Versículo destacado

Juan 2:23 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Mientras Jesús estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en él al ver las señales milagrosas que hacía. "

Juan 2:23

menu_book El versículo en contexto

21 Pero el templo al que Jesús se refería era su propio cuerpo.

22 Por eso, cuando resucitó, sus discípulos recordaron esto que había dicho y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús.

23 Mientras Jesús estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en él al ver las señales milagrosas que hacía.

24 Pero Jesús no confiaba en ellos, porque los conocía a todos.

25 No necesitaba que nadie le dijera nada acerca de la gente, pues él mismo conocía el corazón del hombre.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos un relato del éxito —o, más bien, del escaso éxito— de la predicación y los milagros de Cristo en Jerusalén, mientras permaneció allí durante la Pascua. Cuando el Señor Jesús estuvo en Jerusalén para la Pascua, predicó y también hizo milagros. El hecho de que la gente creyera en él muestra que predicó, y el texto también dice que vieron los milagros que hacía. Se encontraba en la ciudad santa, Jerusalén, el lugar desde donde debía salir la palabra del Señor. Su hogar habitual estaba en Galilea, así que cuando estaba en Jerusalén se dedicaba especialmente a esta obra. También era una temporada santa, un tiempo de fiesta apartado para el servicio de Dios. Durante la Pascua, los levitas, los servidores del templo entre los israelitas, enseñaban el buen conocimiento del Señor (2 Crónicas 30:22), y Cristo aprovechó ese momento para predicar cuando había tanta gente reunida. De esta manera, honró la institución de la Pascua establecida por Dios.

Por este medio, muchos llegaron a creer en su nombre; es decir, lo reconocieron como un maestro enviado por Dios, como lo hizo Nicodemo (Juan 3:2), y como un gran profeta. También es probable que algunos en Jerusalén, que esperaban la redención, creyeran que él era el Mesías prometido. Estaban preparados para recibir la primera aparición de aquella brillante estrella de la mañana.

Sin embargo, Jesús no se confiaba a ellos (Juan 2:24). Esta expresión significa que no depositaba su confianza en ellos. La misma palabra se usa para hablar de creer en él; por eso, creer en Cristo implica entregarnos a él y someternos a su dirección. Cristo no vio razón para confiar en estos nuevos creyentes de Jerusalén, donde tenía muchos enemigos que querían destruirlo. Tal vez algunos no eran sinceros y lo habrían traicionado si se les hubiera presentado la oportunidad, o si hubieran sido sometidos a una fuerte tentación para hacerlo. Cristo tenía más discípulos dignos de confianza entre los galileos que entre los habitantes de Jerusalén.

En tiempos y lugares peligrosos, la sabiduría nos enseña a tener cuidado con las personas en quienes depositamos nuestra confianza. O quizá ellos no eran falsos, sino débiles; y, si ese era el caso, espero que esa haya sido toda la dificultad. Puede que no hubieran querido hacerle daño, pero eran tímidos y carecían de fervor y valor, de modo que podrían haber sido empujados a hacer lo malo. Los cobardes no son dignos de confianza cuando llegan los problemas. También podrían haber sido inquietos, sin buen juicio ni dominio propio. Los habitantes de Jerusalén quizá tenían expectativas más fuertes de que el Mesías gobernaría como un rey terrenal que las que tenían otros, y con esa esperanza habrían estado dispuestos a actuar con atrevimiento contra el gobierno si Cristo hubiera confiado en ellos y se hubiera puesto a la cabeza de ese movimiento. Pero él no lo hizo, porque su reino no es de este mundo. Nosotros también debemos ser cautelosos con las personas inestables y alborotadoras, como lo fue nuestro Maestro, aunque digan que creen en Cristo, tal como lo decían aquellos.

La razón por la que no se confiaba a ellos era que los conocía (Juan 2:25): conocía la maldad de algunos y la debilidad de otros. El evangelista aprovecha este momento para mostrar que Cristo tiene un conocimiento completo de todas las cosas. Él conocía a todas las personas, no solo sus nombres y rostros, como podemos conocer a muchos, sino también su naturaleza, sus hábitos, sus deseos y sus planes; cosas que no conocemos por completo en nadie, ni siquiera en nosotros mismos. Conoce a todos porque su mano poderosa los creó a todos, y su mirada penetrante ve a través de todos. Conoce a sus enemigos astutos y sus planes secretos. Conoce a los falsos amigos y su verdadero carácter, lo que realmente son, sin importar lo que aparenten. También conoce a quienes verdaderamente le pertenecen. Conoce su sinceridad y también sus debilidades. Conoce su constitución y todo lo que los compone.

No necesitaba que nadie le informara acerca de las personas. Su conocimiento no provenía de los informes de otros, sino de su propia percepción perfecta. Los gobernantes terrenales tienen la dificultad de ver con los ojos de otros y oír con los oídos de otros, por lo que deben juzgar según lo que se les informa. Cristo no depende de eso. Los ángeles son sus mensajeros, pero no sus espías, porque sus propios ojos recorren toda la tierra (2 Crónicas 16:9). Esto debe consolarnos cuando Satanás nos acusa, porque Cristo no aceptará de Satanás una acusación sobre nuestro carácter.

Él sabía lo que había en el ser humano: en cada persona y en la naturaleza humana misma. Nosotros sabemos lo que hacen las personas, pero Cristo sabe lo que hay dentro de ellas. Él escudriña el corazón y la mente. Este conocimiento pertenece al Verbo eterno mismo (Hebreos 4:12-13). Si intentáramos juzgar el corazón de los demás, estaríamos ocupando el lugar de Cristo. Qué apto es Cristo para ser el Salvador de las personas, y qué apto es también para ser su médico, pues conoce perfectamente la verdadera condición del paciente, su temperamento y su enfermedad, y sabe lo que hay dentro de él. También es perfectamente apto para ser el Juez de todos, porque el juicio de quien conoce a todas las personas y todo lo que hay en ellas debe ser verdadero y justo.

Este fue el resultado completo de la predicación y los milagros de Cristo en Jerusalén durante aquel viaje. El Señor vino a su templo, y solo unas pocas personas débiles y sencillas acudieron a él, personas de las que no podía obtener ni reconocimiento ni confianza. Sin embargo, al final verá el fruto de su sufrimiento.

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