Versículo destacado

Juan 12:37 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" A pesar de que Jesús había hecho señales milagrosas tan grandes delante de ellos, no creían en él; "

Juan 12:37

menu_book El versículo en contexto

35 Jesús les respondió: —La luz todavía estará entre ustedes, pero solo por un poco de tiempo. Caminen, pues, mientras tienen esta luz, para que la oscuridad no los sorprenda; porque quien camina en la oscuridad no sabe por dónde va.

36 Crean en la luz mientras todavía la tienen, para que pertenezcan a la luz. Después de decir estas cosas, Jesús se fue y se escondió de ellos.

37 A pesar de que Jesús había hecho señales milagrosas tan grandes delante de ellos, no creían en él;

38 pues tenía que cumplirse lo que escribió el profeta Isaías: «Señor, ¿quién ha creído nuestro mensaje? ¿A quién le ha revelado el Señor su poder?»

39 Por eso no podían creer, pues Isaías también escribió:

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos el honor que los profetas del Antiguo Testamento dieron a nuestro Señor Jesucristo. Ellos anunciaron de antemano y lamentaron la incredulidad de muchos que no creerían en él. Para Cristo fue verdaderamente una deshonra y un dolor que su enseñanza recibiera tan poca aceptación y tanta oposición. Sin embargo, esto también quitaba todo motivo de sorpresa y vergüenza, porque mostraba que las Escrituras se estaban cumpliendo.

Aquí se dicen dos cosas acerca de este pueblo obstinado, y ambas habían sido anunciadas por Isaías, el profeta del evangelio. No creyeron, y no podían creer. Primero, no creyeron, aunque él había hecho tantos milagros delante de ellos, milagros que debieron convencerlos. En lugar de eso, se opusieron a él.

Observa cuántas razones les dio Cristo para creer. Hizo milagros, muchos milagros; la expresión significa tanto numerosos como grandes. Esto incluye todos los milagros que ya había realizado. Incluso en ese momento, los ciegos y los cojos acudían a él en el templo, y él los sanaba (Mateo 21:14). Sus milagros eran la principal prueba de que había sido enviado por Dios, y él apelaba a esa evidencia.

Cristo enfatiza dos aspectos de esos milagros. Primero, fueron muchos. Fueron variados, se repitieron con frecuencia, y cada milagro nuevo confirmaba los anteriores. Su cantidad demostraba el poder inagotable de Cristo y les daba a las personas muchas oportunidades de examinarlos cuidadosamente. Si hubiera habido algún engaño, probablemente habría quedado al descubierto en alguno de ellos. Como todos eran actos de misericordia, mientras más milagros hacía, más bien producía.

Segundo, esos milagros fueron públicos. Los hizo delante de ellos, no lejos ni en secreto, sino abiertamente y ante muchos testigos. Ellos los vieron con sus propios ojos.

Sin embargo, el resultado fue este: aun así, no creyeron en él. No podían negar los hechos, pero se negaron a aceptar la conclusión. La lección es clara: ni siquiera la evidencia más clara y contundente puede producir fe en corazones pecaminosos y predispuestos contra Dios. Ellos vieron, pero no creyeron.

Esto cumplió las Escrituras, como dice Juan (Juan 12:38). No es que aquellos judíos incrédulos tuvieran la intención de cumplir la profecía. Probablemente pensaban que las Escrituras que hablaban de los mejores miembros del pueblo de Dios se estaban cumpliendo en ellos mismos. Pero, al final, los acontecimientos correspondieron exactamente con lo anunciado, y así se cumplieron las palabras de Isaías. Cuanto menos probable parece un acontecimiento, más claramente se ve el conocimiento anticipado de Dios cuando él lo anuncia de antemano.

Nadie habría esperado que el reino del Mesías, respaldado por pruebas tan contundentes, encontrara tanta resistencia entre los judíos. Por eso su incredulidad es llamada una obra extraña y una maravilla (Isaías 29:14). Cristo mismo se maravilló de ella, pero Isaías la había anunciado (Isaías 53:1), y ahora estaba sucediendo.

El evangelio es llamado su mensaje, o lo que habían oído; es decir, el mensaje que habían recibido de Dios y de los apóstoles. Se parece al informe de un hecho o a un mensaje formal presentado ante otros. La profecía dice que solo unos pocos de los que oyen este mensaje serán persuadidos a confiar en él. Muchos lo escuchan, pero pocos le prestan atención y lo reciben. «¿Quién ha creído?» significa que solo uno aquí y otro allá, muy pocos, y ninguno en gran número o posición destacada.

También se presenta como algo profundamente triste que tan pocos crean el mensaje del evangelio. La palabra «Señor» aparece aquí en la traducción griega, aunque no en el texto hebreo, y comunica la idea de un informe doloroso que los mensajeros presentan a Dios después de encontrar una recepción tan fría. Es como el siervo que regresó y le contó a su señor todo lo sucedido (Lucas 14:21).

La razón por la que las personas no creen el mensaje del evangelio es que el brazo del Señor no se les ha revelado. Es decir, no llegan a conocer ni a someterse verdaderamente a la gracia de Dios. No experimentan personalmente el poder y la comunión con Cristo en su muerte y resurrección, donde se manifiesta el poder salvador de Dios. Vieron los milagros de Cristo, pero no reconocieron en ellos el brazo del Señor.

Segundo, no podían creer, y no podían porque Isaías había dicho: «Él ha cegado sus ojos». Esta es una afirmación difícil y no es fácil explicarla. Sabemos que Dios es perfectamente justo y misericordioso, así que no debemos pensar que existe alguna necesidad maligna impuesta a las personas por el consejo de Dios, como si él las hubiera hecho malas simplemente por ejercer su poder. Dios no condena a nadie basándose únicamente en su soberanía. Y, sin embargo, se dice: «No podían creer».

Cuando Agustín llegó a estas palabras, habló con santa cautela, sin querer apresurarse a explicar este misterio. Los juicios de Dios son justos, aunque están ocultos. Una manera de entender «no podían creer» es que significa «no querían creer». Se habían aferrado obstinadamente a la incredulidad. Tanto Crisóstomo como Agustín se inclinan por esa interpretación. En ocasiones, las Escrituras usan la incapacidad para describir el rechazo arraigado de una persona, como en Génesis 37:4, donde se dice que los hermanos de José «no podían hablarle pacíficamente», y también en Juan 7:7. Esta es una incapacidad moral, semejante a la de alguien tan acostumbrado a hacer el mal que ha perdido el hábito de hacer el bien (Jeremías 13:23).

Pero las palabras van más allá: «No podían, porque Isaías había dicho: “Él ha cegado sus ojos”». Aquí la dificultad aumenta. Es cierto que Dios no es el autor del pecado, y aun así hay una acción justa de Dios que se manifiesta en la ceguera y la obstinación de quienes continúan rechazando el arrepentimiento y la fe. Ellos son castigados justamente por resistirse a la luz de Dios y quebrantar su ley.

Si Dios retira una gracia de la que se ha abusado, si entrega a las personas a los deseos malvados que ellas mismas han elegido, si permite que el espíritu maligno actúe en quienes se resistieron al buen Espíritu, o si en su providencia pone tropiezos en el camino de los pecadores que confirman sus prejuicios, entonces ciega sus ojos y endurece sus corazones. Estos son juicios espirituales, semejantes a cuando Dios entregó a los gentiles idólatras a pasiones vergonzosas y a los cristianos corrompidos a fuertes engaños.

Este pasaje también muestra los pasos que intervienen en la conversión. Primero, los pecadores son llevados a ver con sus ojos, de modo que puedan reconocer la realidad de las cosas divinas y adquirir cierto conocimiento de ellas. Segundo, entienden con el corazón; es decir, aplican esas verdades a sí mismos y no solo están de acuerdo con ellas. Las aceptan y las reciben. Tercero, se convierten: realmente se vuelven del pecado a Cristo, y del mundo y de la carne a Dios, quien llega a ser su felicidad y su herencia. Cuarto, Dios los sana; es decir, los justifica y los santifica, perdona sus pecados, que son como heridas sangrantes, y da muerte a sus corrupciones, que son como enfermedades ocultas.

Cuando Dios retira su gracia, nada de esto sucede. La mente permanece apartada de Dios.

El creciente rechazo hacia Dios y hacia la vida que proviene de Dios puede profundizarse tanto que se convierta en un odio arraigado y sin esperanza. Entonces la condición de la persona, o incluso de la nación, se vuelve desesperada.

La Palabra de Dios también advierte que la ceguera y la dureza judiciales —es decir, el estado en el que Dios deja justamente a las personas en su pecado obstinado— vendrán sobre quienes continúan escogiendo la maldad. Esto fue anunciado especialmente acerca de la iglesia y la nación judías. Dios conoce todas sus obras, y también conoce las nuestras. Cristo sabía de antemano quién lo traicionaría y lo dijo (Juan 6:70). Esta es otra prueba de que las profecías de las Escrituras son verdaderas, y aun la incredulidad de los judíos puede fortalecer nuestra fe. También es una advertencia para cada persona, para que nadie quede atrapado por aquello que los profetas advirtieron (Hechos 13:40).

Lo que Dios ha anunciado ciertamente sucederá. Por eso, siguiendo una línea estricta de razonamiento, podría decirse que no podían creer porque Dios ya había dicho por medio de los profetas que no creerían. El conocimiento de Dios es tan seguro que no puede equivocarse acerca de lo que ve de antemano, y su verdad es tan completa que no puede mentir en lo que anuncia. Por eso las Escrituras no pueden ser quebrantadas.

Aun así, es importante notar que la profecía no nombró a personas específicas. Por lo tanto, nadie podía decir: «Este hombre o aquel no podía creer porque Isaías lo dijo». Más bien, señalaba a toda la nación judía, que continuaría en incredulidad hasta que sus ciudades fueran destruidas y quedaran desoladas, como dicen los versículos siguientes (Isaías 6:11-12). Sin embargo, aun allí Dios reservó un remanente, un pequeño grupo que quedaría, como se expresa en «la décima parte» (Isaías 6:13). Esto mantenía abierta la esperanza para cada individuo, porque cada persona todavía podía preguntar: «¿Por qué no podría yo formar parte de ese remanente?».

Después, el evangelista muestra (Juan 12:41) que la profecía iba más allá de los días de Isaías y señalaba principalmente al tiempo del Mesías: «Isaías dijo esto cuando vio su gloria y habló de él». En la profecía leemos que este mensaje le llegó a Isaías (Isaías 6:8-9), pero aquí se nos dice que él habló teniendo a Cristo en mente. Nada le fue comunicado como profeta que no le hubiera sido comunicado primero por Dios, y nada se le comunicó que después no transmitiera a aquellos a quienes había sido enviado a servir (Isaías 21:10).

La visión que Isaías tuvo de la gloria de Dios aquí se presenta como una visión de la gloria de Jesucristo: «Vio su gloria». Esto demuestra que Jesucristo es igual al Padre en poder y gloria, y que también a él le corresponde la alabanza. Cristo tenía gloria antes de que el mundo fuera creado, e Isaías vio esa gloria.

También se dice que el profeta habló de él. En cierto sentido, parece que las palabras se refieren al propio profeta, porque allí recibió su llamado y las instrucciones para cumplirlo. Sin embargo, también hablan de Cristo, porque todos los profetas dieron testimonio de él y señalaron de antemano su venida. Hablaron de él de esta manera: para muchas personas, su venida no solo sería inútil, sino perjudicial, como un mensaje que trae muerte. Alguien podría objetar respecto a su enseñanza: «Si venía del cielo, ¿por qué no creyeron los judíos?». Este pasaje responde que no fue porque faltaran pruebas, sino porque sus corazones se habían endurecido y sus oídos se habían vuelto sordos. Se habló de Cristo como alguien glorificado tanto en la ruina de una multitud obstinada como en la salvación de un remanente escogido.

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