Versículo destacado

Juan 14:18 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" No los voy a dejar huérfanos; volveré para estar con ustedes. "

Juan 14:18

menu_book El versículo en contexto

16 Y yo le pediré al Padre que les mande otro Defensor, para que esté siempre con ustedes.

17 El Espíritu de la verdad. Los que son del mundo no lo pueden recibir, porque no lo ven ni lo conocen; pero ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.

18 No los voy a dejar huérfanos; volveré para estar con ustedes.

19 Dentro de poco, los que son del mundo ya no me verán; pero ustedes me verán y vivirán porque yo vivo.

20 En aquel día, ustedes se darán cuenta de que yo estoy en mi Padre, ustedes están en mí y yo estoy en ustedes.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cuando los amigos se separan, suelen decir: «Mantente en contacto todo lo que puedas». Cristo hizo una promesa semejante a sus discípulos: aunque estuviera fuera de su vista, no estaría fuera de sus pensamientos. Primero les prometió que seguiría cuidando de ellos, como dice Juan 14:18: «No los dejaré huérfanos; vendré a ustedes». Su partida los entristecía, pero no sería tan terrible como temían. No sería ni completa ni definitiva.

No sería completa. Aunque los dejaría sin su presencia corporal, no los dejaría sin consuelo. Aunque fueran como niños abandonados con muy poco, habían recibido la adopción, es decir, el lugar de hijos e hijas en la familia de Dios. Su Padre también sería su Padre, y Dios muestra misericordia a quienes, de otro modo, quedarían huérfanos. Los verdaderos creyentes pueden experimentar tristeza en ciertos momentos, pero nunca están completamente sin consuelo, porque nunca son verdaderamente huérfanos. Dios es su Padre, y es un Padre eterno.

Tampoco sería definitiva. «Vendré a ustedes» significa: «Estoy por venir a ustedes». Vendría poco después de su resurrección y no estaría ausente por mucho tiempo. Él había dicho en repetidas ocasiones: «Al tercer día resucitaré». También seguiría viniendo a ellos diariamente por medio de su Espíritu, en su amor y en sus visitas llenas de gracia. Y ciertamente vendrá al final de los tiempos para llevarlos al gozo de su Señor. Pensar en que Cristo viene a nosotros nos libra de sentirnos abandonados cuando parece alejarse por un tiempo. Si se va por una temporada, es para que podamos recibirlo para siempre. Que esto suavice nuestra tristeza: el Señor está cerca.

También les prometió que seguirían conociéndolo, aun cuando el mundo dejara de verlo, como se explica en Juan 14:19 y Juan 14:20. «Dentro de poco, el mundo no me verá más»; es decir: «Ya no estoy en el mundo». Después de su muerte, el mundo no volvería a verlo, porque, aunque resucitó, no se mostró a todos (Hechos 10:41). El mundo hostil pensó que ya había visto suficiente de él y gritó: «¡Fuera con él! ¡Crucifíquenlo!». Por eso su sentencia sería que no lo verían más. Solo quienes ven a Cristo por la fe lo verán para siempre. El mundo no volverá a verlo hasta su segunda venida, pero sus discípulos siguen teniendo comunión con él durante su ausencia.

«Ustedes me ven y seguirán viéndome, aunque el mundo ya no me vea». Lo vieron con sus ojos físicos después de su resurrección, cuando se les presentó con muchas pruebas convincentes (Hechos 1:8). Entonces los discípulos se alegraron al ver al Señor. También lo vieron por la fe después de su ascensión, sentado a la derecha de Dios como Señor de todo. Vieron en él lo que el mundo no pudo ver.

«Porque yo vivo, ustedes también vivirán». Lo que los turbaba era que su Maestro estaba muriendo, y esperaban morir con él. Pero Cristo responde: «Yo vivo». Esta es la gran verdad en la que Dios se complace: «Yo vivo», dice el Señor, y Cristo dice lo mismo. No dice simplemente: «Viviré», sino: «Yo vivo», porque tiene vida en sí mismo y vive para siempre. No quedamos sin consuelo mientras sabemos que nuestro Redentor vive. Porque él vive, también vivirán quienes están unidos a él por la fe. Vivirán espiritualmente, participando de la vida divina en comunión con Dios. Su vida está escondida con Cristo, y si viven la cabeza y la raíz, también viven los miembros y las ramas. También vivirán para siempre. Sus cuerpos resucitarán por el poder de la resurrección de Cristo, y todo les irá bien en el mundo venidero. No puede terminar mal para quienes pertenecen a él (Isaías 26:19).

También les prometió la certeza de esto, como dice Juan 14:20. «En aquel día», cuando yo sea glorificado y el Espíritu sea derramado, «ustedes sabrán claramente y con certeza que yo estoy en mi Padre, que ustedes están en mí y que yo estoy en ustedes». Estas verdades gloriosas se conocerán plenamente en el cielo, cuando él reciba a su pueblo consigo. Entonces sabrán perfectamente lo que ahora solo perciben débilmente, como a través de un vidrio empañado. Ahora todavía no está claro lo que seremos, pero entonces quedará claro lo que fuimos.

Estas verdades también se entendieron con mayor plenitud después de que el Espíritu Santo fue dado a los apóstoles. Entonces resplandeció la luz divina, sus ojos vieron con mayor claridad y su conocimiento creció de manera mucho más firme, amplia y clara. Fue como lo que le ocurrió al ciego después de que Cristo lo tocó por segunda vez: al principio solo podía ver a las personas como árboles que caminaban. Todos los que reciben al Espíritu de verdad conocen estas verdades, y ese conocimiento les produce un gran gozo. De este conocimiento nace su comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

Saben que Cristo está en el Padre, que es uno con el Padre, por lo que han experimentado de lo que Cristo ha hecho por ellos y en ellos. Ven cuán maravillosamente concuerda el cristianismo con la religión natural y cómo una se une a la otra; por eso saben que Cristo está en el Padre. También saben que Cristo está en ellos, porque los creyentes experimentan por el Espíritu que Cristo vive en ellos (1 Juan 3:24). Y saben que están en Cristo, porque la relación es mutua y hay una cercanía igualmente profunda en ambos sentidos. Cristo en ellos y ellos en Cristo significa una unión íntima e inseparable. Debido a esa unión, puesto que él vive, ellos también vivirán.

La unión con Cristo es la vida de los creyentes, y su relación con él y con Dios por medio de él es su felicidad. Conocer esta unión es su profundo gozo y satisfacción. Ya estaban en Cristo, y él en ellos, pero él habla de esto como un acto adicional de gracia: que pudieran saberlo y disfrutar de su consuelo. Tener una relación con Cristo y saber que la tenemos son, en ocasiones, dos cosas diferentes.

Luego les promete que los amará y se manifestará a ellos, como se explica en Juan 14:21 a Juan 14:24. Aquí vemos a quiénes recibe Cristo como aquellos que verdaderamente lo aman: a quienes tienen sus mandamientos y los cumplen. Esto muestra que las palabras afectuosas que les dirigía a sus discípulos no eran solo para quienes lo seguían entonces, sino para todos los que creerían en él por medio de la palabra de ellos.

Esta es la responsabilidad de todo el que afirma tener el honor de ser discípulo. Debemos guardar los mandamientos de Cristo. Como cristianos de nombre y de profesión, tenemos sus mandamientos cerca de nosotros. Los escuchamos, los leemos y los conocemos. Pero eso no es suficiente. Si queremos demostrar que somos verdaderos cristianos, debemos obedecerlos. No basta con tenerlos en la mente; debemos guardarlos en el corazón y en la vida.

También es un honor para quienes cumplen con esta responsabilidad. Cristo los considera personas que lo aman. No se fija primero en quienes tienen la mente más brillante o la mayor habilidad para hablar en su favor, sino en quienes guardan sus mandamientos. La prueba más segura de nuestro amor por Cristo es obedecer sus mandamientos.

Este es el tipo de amor que un súbdito le da a su rey: un amor leal, respetuoso y obediente. Es un amor que se conforma a la voluntad del rey y descansa en su sabiduría. Cristo recompensará abundantemente ese amor, porque nadie lo ama sin recibir bendición.

En primer lugar, quienes aman a Cristo tendrán el amor del Padre. «El que me ama será amado por mi Padre». No podríamos amar a Dios si él no nos hubiera dado primero la gracia, su ayuda gratuita, para amarlo. Pero también hay un amor especial de aprobación prometido a quienes sí lo aman (Proverbios 8:17). Dios los ama, les muestra que los ama, se complace en ellos y los recibe con bondad. Dios ama al Hijo con tanta plenitud que también ama a todos los que aman al Hijo.

En segundo lugar, tendrán el amor de Cristo. «Y yo lo amaré», como Dios hecho hombre y como Mediador, aquel que une a Dios con las personas. Dios lo amará como Padre, y Cristo lo amará como hermano, incluso como hermano mayor. El Creador lo amará y será el gozo de su vida. El Redentor lo amará y protegerá su bienestar. Nada resplandece con mayor claridad en la naturaleza de Dios que esto: Dios es amor. Nada se ve más glorioso en la obra de Cristo que esto: él nos amó. Estos dos amores son la corona y el consuelo, la gracia y la gloria, de todos los que verdaderamente aman al Señor Jesucristo.

Cristo estaba a punto de dejar a sus discípulos, pero les prometió que seguiría amándolos. No se limita a conservar un sentimiento bondadoso hacia los creyentes cuando está ausente. Sigue haciéndoles bien aun durante su ausencia, porque los lleva en su corazón y vive siempre para interceder por ellos.

En tercer lugar, tendrán el consuelo de ese amor: «Me manifestaré a él». Algunos entienden que esto se refiere a que Cristo se mostró vivo a sus discípulos después de su resurrección. Pero, como esta promesa es para todos los que lo aman y guardan sus mandamientos, debe abarcar más que ese acontecimiento. Hay una manifestación espiritual de Cristo y de su amor a todos los creyentes. Él se manifiesta cuando ilumina su entendimiento para que conozcan su amor y comprendan toda su amplitud (Efesios 3:18-19). También fortalece sus virtudes espirituales y los impulsa a ponerlas en práctica, aumentando así su consuelo en él. Se manifiesta cuando aclara las evidencias de que le pertenecen, les da muestras de su amor, les permite experimentar su ternura y les concede anticipos de su reino y de su gloria. Cristo se manifiesta únicamente a aquellos a quienes decide manifestarse.

Entonces uno de los discípulos se sorprendió por esta promesa (Juan 14:22). Era Judas, no Iscariote, uno de los doce. Judas, o Judá, era un nombre común y honorable. La tribu más honrada de Israel era Judá, y dos de los discípulos de Cristo llevaban ese nombre. Uno era el traidor; el otro era Judas, hermano de Jacobo (Lucas 6:16), y uno de los propios familiares de Cristo (Mateo 13:55). También se le llama Lebeo y Tadeo, y escribió la última de las epístolas, el libro que conocemos como Judas. Este era el discípulo que habló en aquella ocasión.

Vale la pena notar que un hombre muy bueno y otro muy malo tenían el mismo nombre. Los nombres no hacen que una persona sea aceptable ante Dios ni la hacen mejor o peor. Judas, el apóstol, no fue menos fiel por llevar ese nombre, y Judas, el traidor, no fue mejor por llevarlo. El evangelista los distingue cuidadosamente al decir: «no Iscariote». Debemos tener cuidado de no confundir lo valioso con lo inútil.

Judas preguntó: «Señor, ¿cómo es que sucederá esto?». Sus palabras quizá mostraban cierta debilidad en su entendimiento. Algunos piensan que esperaba que el reino del Mesías fuera terrenal, manifestado mediante una gloria y un poder visibles que todo el mundo admiraría. En ese caso, pudo haberse preguntado por qué Cristo se mostraría solamente a los discípulos. Las personas suelen crearse dificultades al entender mal el reino de Cristo, como si perteneciera a este mundo. O quizá Judas quiso expresar un profundo asombro y una humilde gratitud por la bondad especial que Cristo les mostraba. Entonces, «Señor, ¿cómo es que sucederá esto?» sería un clamor de asombro ante la gracia divina, parecido a las palabras de David (2 Samuel 7:18): nada había en ellos que mereciera un favor tan grande.

Que Cristo se manifieste a sus discípulos es un regalo especial. Él se manifiesta a ellos, no al mundo que permanece en tinieblas. Se manifiesta a los humildes, no a los orgullosos y poderosos. Se manifiesta a quienes tienen un espíritu como el de los niños, no a quienes se consideran sabios e inteligentes. Estos favores especiales deben conmovernos profundamente, al considerar quiénes son dejados de lado y quiénes son escogidos. Son verdaderamente asombrosos, y solo pueden explicarse por la gracia libre y soberana de Dios: «Sí, Padre, porque así te agradó».

Cristo respondió explicando y confirmando lo que había dicho (Juan 14:23-24). No se detuvo a corregir la debilidad de las palabras de Judas, sino que continuó consolando a los discípulos. Volvió a explicar la condición de la promesa: amarlo y guardar sus mandamientos. También mostró cuán estrechamente están unidos el amor y la obediencia, pues el amor es la raíz y la obediencia es el fruto.

Si una persona ama verdaderamente a Cristo, ese amor gobernará y guiará su vida, de modo que guardará las palabras de Cristo. El amor verdadero por Cristo incluye valorar su favor, respetar su autoridad y rendirse por completo a su gobierno. Donde el amor es genuino, la obediencia surge naturalmente. Es una obediencia dispuesta y voluntaria, que brota de la gratitud. Pero donde no hay un amor verdadero por Cristo, tampoco habrá interés en obedecerlo. «El que no me ama no guarda mis palabras» (Juan 14:24). Esto también deja al descubierto a quienes no aman a Cristo, por mucho que lo afirmen. Ciertamente, no lo aman quienes no creen su verdad ni obedecen su ley, y para quienes sus palabras son como historias vacías o dichos severos que rechazan. Por eso Cristo tampoco se revelará a un mundo que no lo ama. Ese mundo lo deshonra al negarse a guardar sus palabras. No hay razón para que Cristo esté cerca de quienes se mantienen lejos de él.

Luego Cristo vuelve a explicar la promesa misma (Juan 14:23): «Si alguien me ama, me manifestaré a él». En primer lugar: «Mi Padre lo amará». Cristo ya había dicho esto (Juan 14:21), y lo repite para fortalecer nuestra fe. Es difícil creer que el gran Dios ame a quienes se habían convertido en objeto de su ira. Judas se asombraba de que Cristo se mostrara a ellos, pero esta es la respuesta: si el Padre los ama, ¿por qué Cristo no habría de acercarse a ellos con libertad y familiaridad? En segundo lugar: «Vendremos a él y haremos nuestra morada con él». Esto explica lo que significa que Cristo se manifieste a un creyente y hace que el favor parezca aún mayor. No se trata solamente de «yo vendré», sino de «vendremos»: Cristo y el Padre, que son uno en esto. Véase Juan 14:9.

La luz y el amor de Dios llegan a nosotros por medio de la luz y el amor de Jesús, el Redentor. Por eso, dondequiera que Cristo se forme en una persona, la imagen de Dios queda grabada en esa vida.

No se trata simplemente de «me manifestaré a él desde lejos», sino de «vendremos a él, estaremos cerca de él y estaremos con él». Así actúan la obra bondadosa y el consuelo de Dios en el alma de quienes aman verdaderamente a Cristo. No es solo que les conceda una breve visión de sí mismo o que los visite por un momento. Es que «haremos nuestra morada con él», lo cual muestra tanto el deleite de Dios en esa persona como su presencia constante con ella.

Dios no solo amará a los creyentes obedientes, sino que se deleitará en amarlos. Descansará en su amor hacia ellos (Sofonías 3:17). Estará con ellos como quien está en su propia casa.

También ofrece una razón poderosa tanto para impulsarnos a cumplir la condición como para animarnos a confiar en la promesa: «La palabra que ustedes oyen no es mía, sino del Padre que me envió» (Juan 14:24). Ya lo había dicho muchas veces (Juan 7:16; 8:28; 12:44), y aquí encaja perfectamente.

En primer lugar, se nos exige obedecer porque el mandamiento de Cristo es nuestra norma, y con toda razón. La palabra de Cristo que debemos guardar es la palabra del Padre, y la voluntad de Cristo es la voluntad del Padre. En segundo lugar, nuestro consuelo descansa en la promesa de Cristo. Pero como confiar en esa promesa implica negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y renunciar a todo, necesitamos saber si la seguridad que ofrece es suficientemente firme como para arriesgarlo todo por ella. Esto basta para darnos plena confianza, porque la promesa no es solamente palabra de Cristo, sino también palabra del Padre que lo envió. Por tanto, podemos apoyarnos en ella con toda seguridad.

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