Versículo destacado
Juan 13:31 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Después de que Judas salió, Jesús dijo: —Ahora se muestra la gloria del Hijo del hombre, y la gloria de Dios se muestra en él. "
Juan 13:31
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
29 Como Judas estaba encargado de la bolsa del dinero, algunos pensaron que Jesús quería decirle que comprara algo para la fiesta o que diera algo a los pobres.
30 Una vez que Judas recibió el pan, salió. Ya era de noche.
31 Después de que Judas salió, Jesús dijo: —Ahora se muestra la gloria del Hijo del hombre, y la gloria de Dios se muestra en él.
32 Y si el Hijo del hombre muestra la gloria de Dios, también Dios mostrará la gloria de él, y lo hará pronto.
33 Hijitos míos, ya no estaré con ustedes por mucho tiempo. Ustedes me buscarán, pero lo mismo que les dije a los judíos se lo digo ahora a ustedes: No podrán ir adonde yo voy.
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Esta parte, y lo que sigue hasta el final del capítulo 14, recoge la conversación de Jesús con sus discípulos alrededor de la mesa. Después de la cena, Judas salió. Pero ¿qué hicieron el Maestro y sus discípulos mientras estaban a la mesa? Se dedicaron a una conversación provechosa, enseñándonos que nuestras conversaciones en la mesa deben contribuir a la fe.
Cristo inicia esta conversación. Cuanto más dispuestos estemos, con humildad, a orientar las conversaciones hacia lo bueno y edificante, más nos pareceremos a Jesucristo. Quienes, por su posición, reputación o dones, atraen naturalmente la atención de los demás deben usar esa influencia para hacer el bien.
Aquí nuestro Señor habla con ellos, probablemente de manera mucho más amplia de lo que registra este pasaje, acerca del gran misterio de su propia muerte y sufrimiento. Los discípulos todavía no lo entendían. Ni siquiera podían aceptar la posibilidad de que sucediera, mucho menos comprender lo que significaba. Por eso Cristo les dio una enseñanza que quitaría el tropiezo de la cruz.
No comenzó esta enseñanza hasta que Judas salió, porque Judas era un hermano falso. La presencia de personas malvadas a menudo impide las conversaciones provechosas. Cuando Judas se fue, Cristo dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre». Judas había sido una mancha en aquella cena de amor fraternal y una vergüenza para la comunidad; por eso ahora Cristo dice que es glorificado. El sentido es que Cristo recibe honra cuando las comunidades cristianas son purificadas, porque la corrupción en su iglesia lo deshonra, y quitarla elimina esa vergüenza.
O, más bien, Judas había salido para poner en marcha los acontecimientos que pronto llevarían a Cristo a la muerte. Por eso Cristo dice: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre», es decir, ahora está a punto de ser crucificado.
Aquí Cristo les enseña algo profundamente consolador acerca de sus sufrimientos. Primero, les dice que él mismo será glorificado por medio de ellos. Aunque el Hijo del Hombre estaba a punto de sufrir la mayor vergüenza y deshonra, y aunque tanto sus amigos como sus enemigos lo tratarían con desprecio, dice: «Ahora es glorificado». Porque ahora obtendría una victoria gloriosa sobre Satanás y todos los poderes de las tinieblas; los despojaría y triunfaría sobre ellos. Era como si se pusiera la armadura para entrar en batalla contra esos enemigos de Dios y de la humanidad.
También lograría una liberación gloriosa para su pueblo. Por medio de su muerte los reconciliaría con Dios y establecería para ellos una justicia y una felicidad duraderas. Derramaría una sangre que sería una fuente inagotable de gozo y bendición para todos los que creen. Además, daría un ejemplo glorioso de abnegación, paciencia en el sufrimiento, valentía, desprecio por el mundo, celo por la gloria de Dios y amor por las almas humanas. Ese ejemplo lo haría digno de honra eterna.
Cristo ya había sido glorificado por medio de muchos milagros, pero ahora habla de ser glorificado en sus sufrimientos, como si esa gloria fuera mayor que toda la demás gloria de su vida terrenal.
Segundo, les enseña que el Padre sería glorificado en sus sufrimientos. Los sufrimientos de Cristo satisficieron la justicia de Dios, y por eso Dios fue glorificado por medio de ellos. El daño que el pecado humano había causado al honor de Dios fue reparado de manera abundante y completa. Las exigencias de la ley fueron satisfechas plenamente, y la autoridad justa de Dios fue firmemente vindicada. Sus sufrimientos también revelaron la santidad y la misericordia de Dios. Los atributos de Dios resplandecen en la creación y en su providencia, pero brillan aún más en la redención (Colosenses 1:24; 2 Corintios 4:6). Dios es amor, y en esto ha mostrado claramente su amor.
Tercero, Cristo dice que él mismo sería grandemente glorificado después de sus sufrimientos, porque Dios sería grandemente glorificado por medio de ellos (Juan 13:32). Observemos cuán plenamente habla de esto. Está seguro de que Dios lo glorificará, y aquellos a quienes Dios glorifica son verdaderamente gloriosos. La tierra y el infierno intentaron hacer que Cristo pareciera insignificante, pero Dios había determinado glorificarlo, y así lo hizo. Dios lo glorificó en sus sufrimientos mediante señales asombrosas en el cielo y en la tierra que los acompañaron, hasta el punto de llevar a sus verdugos a reconocer que él era el Hijo de Dios. Pero, sobre todo, Dios lo glorificó después de sus sufrimientos cuando lo sentó a su derecha y le dio el nombre que está por encima de todo nombre.
Cristo dice que Dios lo glorificará «en sí mismo». Esto puede significar, en primer lugar, en Cristo mismo, en su propia persona, y no solamente en su reino entre los seres humanos. Esto incluiría su pronta resurrección. Una persona común puede ser honrada después de morir únicamente en la memoria de otros o por medio de sus descendientes, pero Cristo fue honrado en su propia persona. O puede significar, en segundo lugar, en Dios mismo, como se explica en Juan 17:5. Él se sentaría con el Padre en su trono (Apocalipsis 3:21). Esta sí es verdadera gloria.
También dice que Dios lo glorificará «inmediatamente». Cristo veía el gozo y la gloria que tenía por delante no solo como algo grande, sino también cercano. Sus sufrimientos durarían poco y pronto terminarían. El servicio fiel que se presta a los gobernantes terrenales a menudo espera mucho tiempo para recibir una recompensa, pero Cristo recibió su exaltación de inmediato. Pasaron apenas unas cuarenta horas, o poco más, desde su muerte hasta su resurrección, y cuarenta días desde entonces hasta su ascensión. Por eso era apropiado decir que sería glorificado inmediatamente (Salmo 16:10).
Todo esto sucedió porque Dios fue glorificado en los sufrimientos de Cristo y por medio de ellos. Puesto que Dios recibió honra por medio de ellos, de la misma manera honraría a Cristo. En la exaltación de Cristo se ve claramente que Dios tomó en cuenta su humillación y la recompensó. Porque se humilló, Dios lo exaltó hasta lo sumo. Si el Padre recibió tanta gloria por medio de la muerte de Cristo, podemos estar seguros de que el Hijo no perdió nada. Véase el pacto entre ellos (Isaías 53:12). Y quienes trabajan para glorificar a Dios ciertamente participarán de la felicidad de ser glorificados con él.
Luego Cristo les enseña algo más acerca de sus sufrimientos. Esta parte busca despertarlos, porque todavía eran lentos para comprenderlo (Juan 13:33). Los llama «hijitos», una expresión que muestra más su ternura y cuidado que la debilidad de ellos. Habla como un padre que está a punto de dejarlos, pero que dejará bendiciones con ellos. «Todavía estaré con ustedes un poco de tiempo». Ya se refiriera a su muerte o a su ascensión, el sentido era el mismo: le quedaba muy poco tiempo con ellos. Por eso debían aprovechar al máximo la oportunidad que todavía tenían.
Si tenían alguna buena pregunta que hacer, algún consejo que pedir o alguna enseñanza o consuelo que recibir, debían expresarlo pronto, porque él estaría con ellos solo un poco más. Debemos aprovechar plenamente los medios que Dios nos da para el bien de nuestra alma mientras los tenemos, porque no los tendremos por mucho tiempo. O nos serán quitados, o nosotros seremos apartados de ellos.
No debían aferrarse a su presencia física como si toda su felicidad y consuelo dependieran de ella. Necesitaban aprender a vivir sin esa presencia y no permanecer como niños pequeños que siempre necesitan una persona que los cuide. Los medios que Dios establece son temporales. No debemos descansar en ellos, sino pasar por medio de ellos hacia el descanso al que apuntan.
También les enseña que seguirlo al mundo venidero, para estar con él allí, sería muy difícil. Lo que había dicho a los judíos (Juan 7:34), ahora se lo dice a sus discípulos. Incluso los creyentes necesitan ser despertados por las mismas advertencias y reflexiones que hacen reaccionar a los pecadores. Primero, Cristo les dice que, cuando él se fuera, sentirían su ausencia. «Ustedes me buscarán», es decir: «Desearán que yo volviera a estar con ustedes».
A menudo aprendemos el valor de las bendiciones cuando las perdemos. Aunque el Consolador realmente los ayudaría en sus dificultades, no les daría el mismo consuelo visible que la presencia física de Cristo les había dado, pues estaban acostumbrados a ella. Cristo había dicho a los judíos: «Me buscarán y no me encontrarán», pero a sus discípulos simplemente les dice: «Ustedes me buscarán». Esto sugiere que, aunque ya no tendrían su presencia física, no lo buscarían en vano. Cuando buscaron su cuerpo en la tumba y no lo encontraron, aun así su búsqueda tuvo un buen propósito.
Segundo, les dice que no podían ir adonde él se dirigía. Esto debía elevar sus pensamientos hacia él, pues iba a un mundo invisible e inaccesible, para vivir en una luz a la que nadie puede acercarse (1 Timoteo 6:16). También debía humillarlos y hacerlos pensar seriamente en su propio futuro. Cristo dice que no podían seguirlo, así como Josué le dijo al pueblo que no podía servir al Señor; no para desanimarlos, sino para hacerlos más diligentes.
No podían seguirlo hasta su cruz, porque les faltaban valor y determinación firme. Esto quedó demostrado cuando todos lo abandonaron y huyeron. Tampoco podían seguirlo hasta su corona, porque todavía no tenían suficiente fortaleza espiritual y su obra y lucha aún no habían terminado.
Luego les habla del gran deber del amor fraternal (Juan 13:34-35): «Ámense unos a otros». Judas acababa de salir y había demostrado ser un hermano falso, pero ellos no debían permitir que eso los llevara a sospechar unos de otros de tal manera que destruyeran el amor. Aunque hubiera un Judas entre ellos, no todos eran Judas. Como el odio de los judíos contra Cristo y sus seguidores estaba creciendo, y ellos debían esperar ser tratados como había sido tratado su Maestro, necesitaban amarse fraternalmente para fortalecerse unos a otros.
Él da tres razones para este amor mutuo. La primera es que se trata del mandato de su Maestro (Juan 13:34): «Les doy un mandamiento nuevo». Jesús hace más que elogiarlo por ser hermoso o recomendarlo por ser útil. Lo ordena y lo convierte en una de las leyes fundamentales de su reino. Este mandamiento está junto al de creer en Cristo (1 Juan 3:23; 1 Pedro 1:22). Es el mandato de nuestro Rey, quien tiene el derecho de establecer leyes para nosotros. También es el mandato de nuestro Redentor, quien nos da esta ley para sanar nuestra enfermedad espiritual y prepararnos para el gozo eterno.
Es un mandamiento nuevo de varias maneras. Primero, es un mandamiento renovado. Existía desde el principio (1 Juan 2:7); es tan antiguo como la ley de la naturaleza y era el segundo gran mandamiento de la ley de Moisés. Sin embargo, como también es uno de los grandes mandamientos del Nuevo Testamento, dado por Cristo, el nuevo Legislador, se le llama nuevo. Es como un libro antiguo publicado en una edición nueva, corregida y ampliada. La tradición judía había distorsionado tanto este mandamiento que, cuando Cristo lo restauró y lo presentó bajo su verdadera luz, podía llamarse legítimamente nuevo. La venganza y la represalia eran tan comunes, y el amor propio era tan fuerte, que el amor fraternal había sido tratado como algo pasado de moda. Por eso, tal como Cristo lo presentó, era nuevo para la gente.
Segundo, es un mandamiento excelente, como un cántico nuevo que tiene una belleza especial y agradable. Tercero, es un mandamiento eterno: tan nuevo que siempre permanecerá nuevo. Como el nuevo pacto, que nunca desaparecerá (Hebreos 8:13), seguirá siendo fresco por toda la eternidad, aun cuando la fe y la esperanza ya no sean necesarias. Cuarto, tal como Cristo lo da, es nuevo de otra manera. Antes, el mandamiento era: «Ama a tu prójimo». Ahora es: «Ámense unos a otros». Se nos presenta de una manera más conmovedora al dársenos como un deber mutuo que nos debemos unos a otros.
La segunda razón para el amor fraternal es el ejemplo de su Salvador: «Así como yo los he amado». Esto forma parte de lo que hace que sea un mandamiento nuevo, porque esta norma y razón para amar habían permanecido ocultas durante generaciones. Puede entenderse como una referencia a todas las maneras en que Cristo ya había amado a sus discípulos durante el tiempo que caminó entre ellos. Les hablaba con bondad, se preocupaba profundamente por ellos y por su bienestar, les enseñaba, aconsejaba y consolaba, oraba con ellos y por ellos, los defendía cuando otros los acusaban, permanecía a su lado cuando los menospreciaban y afirmaba abiertamente que le eran más queridos que su madre, hermana o hermano.
También los corregía cuando estaban equivocados, pero soportaba con paciencia sus debilidades. Los excusaba, reconocía lo mejor de ellos y pasaba por alto muchos de sus errores. Así los había amado, y hacía muy poco les había lavado los pies. De la misma manera, ellos debían amarse unos a otros y amarse hasta el fin. O quizá estas palabras se refieren al acto especial de amor que estaba a punto de demostrar a todos sus discípulos al entregar su vida por ellos: «Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Juan 15:13). Si él nos ha amado de esa manera, puede esperar legítimamente que nos amemos unos a otros.
No podemos hacer unos por otros algo de la misma naturaleza (Salmo 49:7), pero debemos amarnos de una manera que refleje su amor. Debemos tomarlo como nuestro modelo y seguir sus instrucciones. Nuestro amor mutuo debe ser sincero y espontáneo, dispuesto a esforzarse y sacrificarse, firme y duradero. Sobre todo, debe ser un amor por el alma de los demás. También debemos amarnos unos a otros porque Cristo nos ha amado. Véanse Romanos 15:1, Romanos 15:3, Efesios 5:2, Efesios 5:25 y Filipenses 2:1-5.
La tercera razón es el honor de su profesión de fe (Juan 13:35): «En esto todos sabrán que ustedes son mis discípulos, si se aman unos a otros».
Debemos tener amor, no simplemente aparentarlo. El amor debe estar arraigado en nosotros como un hábito, listo para manifestarse aun cuando no exista una oportunidad inmediata de demostrarlo. Por medio de esto, la gente verá que realmente seguimos a Cristo, porque también lo seguimos en esto.
El amor fraternal es la marca de los discípulos de Cristo. Cristo reconoce a los suyos por ese amor, ellos pueden reconocerse a sí mismos por él (1 Juan 2:14), y los demás también pueden reconocerlos por él. Es la vestimenta de su familia, la señal clara de sus seguidores y aquello por lo que él quiere que sean conocidos: su amor mutuo. Esto era lo que distinguía a su Maestro. Todo el que ha oído hablar de él ha oído hablar de su gran amor. Por eso, si la gente ve a un grupo amándose con más calidez de lo que suele ser común, puede decir con razón: «Estos son seguidores de Cristo. Han estado con Jesús».
Esto muestra, en primer lugar, cuánto quería Cristo que sus discípulos se amaran unos a otros. En esto debían distinguirse. La manera del mundo es que cada persona se preocupe por sí misma, pero el pueblo de Cristo debe interesarse profundamente unos por otros. Él no dice: «Por esto sabrá la gente que son mis discípulos, si hacen milagros», porque quien hace milagros sin amor no es nada (1 Corintios 13:1-2). Dice que será el amor: un amor que nace de negarse a uno mismo y de la gratitud hacia Cristo. Cristo quería que este fuera el distintivo especial de su religión, la señal principal de la iglesia verdadera.
En segundo lugar, es un gran honor para los discípulos de Cristo ser conocidos por su amor fraternal. Nada contribuirá más a ganar el respeto y la buena voluntad de los demás. Véase cuán poderosa era esta atracción en Hechos 2:46-47. Tertuliano dice que esta era la gloria de la iglesia primitiva: que los cristianos eran conocidos por el afecto que se tenían unos a otros. Incluso sus enemigos lo notaban y decían: «Miren cómo se aman estos cristianos» (Apología, capítulo 39).
En tercer lugar, si los seguidores de Cristo no se aman unos a otros, avergüenzan su fe y dan motivos para dudar de su sinceridad. Oh Jesús, ¿son estos tus cristianos: estas personas enojadas, maliciosas, rencorosas y de mal carácter? ¿Es esta la túnica de tu Hijo? Cuando nuestros hermanos y hermanas necesitan nuestra ayuda y tenemos la oportunidad de servirles, o cuando difieren de nosotros en sus creencias o prácticas, o incluso cuando compiten con nosotros o nos irritan, entonces nos encontramos precisamente en las situaciones que muestran si llevamos esta insignia de los discípulos de Cristo.
De este capítulo
Juan 13:1
"Era antes de la fiesta de la Pascua. Jesús sabía que había llegado la hora de dejar este mundo para ir a reunirse con el Padre. Siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, y así los amó hasta el fin."
Juan 13:2
"Mientras estaban cenando, el diablo ya había puesto en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la idea de traicionar a Jesús."
Juan 13:3
"Jesús sabía que había venido de Dios, que iba a volver a Dios y que el Padre le había dado toda autoridad."
Juan 13:4
"Así que se levantó de la mesa, se quitó la capa y se ató una toalla a la cintura."
Juan 13:5
"Luego echó agua en una palangana y comenzó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba atada a la cintura."
Juan 13:6
"Cuando iba a lavarle los pies a Simón Pedro, este le dijo: —Señor, ¿tú vas a lavarme los pies a mí?"
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