Versículo destacado
Juan 11:17 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Al llegar, Jesús se encontró con que Lázaro ya llevaba cuatro días sepultado. "
Juan 11:17
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
15 Y me alegro de no haber estado allí, porque así es mejor para ustedes, para que crean. Pero vamos a verlo.
16 Entonces Tomás, al que llamaban el Gemelo, dijo a los otros discípulos: —Vamos también nosotros para morir con él.
17 Al llegar, Jesús se encontró con que Lázaro ya llevaba cuatro días sepultado.
18 Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros;
19 y muchos de los judíos habían ido a visitar a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano.
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Una vez resuelto que Cristo iría a Judea y que sus discípulos lo acompañarían, emprendieron el viaje. En el camino ocurrieron otros acontecimientos que registran los demás evangelistas, como la sanidad del ciego en Jericó y la conversión de Zaqueo. No debemos pensar que estamos perdiendo el tiempo mientras vamos de camino para hacer el bien. Tampoco debemos concentrarnos tanto en una buena obra que descuidemos otra.
Por fin, llegó cerca de Betania, que estaba a unos quince estadios de Jerusalén, es decir, aproximadamente dos millas (Juan 11:18). Juan señala esto porque, en efecto, este milagro ocurrió en los alrededores de Jerusalén y contaba como una reprensión contra la ciudad. Cristo hizo más milagros en Galilea, pero los que realizó en Jerusalén o cerca de ella fueron más impresionantes. Allí sanó a un hombre que había estado enfermo durante treinta y ocho años, a otro que había sido ciego de nacimiento y resucitó a un hombre que llevaba cuatro días muerto.
Cuando Jesús llegó a Betania, observemos lo que encontró allí. La última vez que había estado con sus amigos, probablemente los había dejado sanos y alegres. Pero cuando nos separamos de nuestros amigos, aunque Cristo sabe lo que sucederá, nosotros no sabemos qué cambios pueden ocurrirnos a nosotros o a ellos antes de volver a encontrarnos. Encontró a su amigo Lázaro en el sepulcro (Juan 11:17). Al acercarse al pueblo, probablemente por el lugar donde se enterraba a los habitantes, alguien le informó —quizá un vecino o alguien con quien se encontró— que Lázaro llevaba cuatro días sepultado.
Algunos piensan que Lázaro murió el mismo día en que el mensajero llevó a Jesús la noticia de su enfermedad, y cuentan dos días para el viaje del mensajero y dos para el viaje de Jesús. Me parece más probable que Lázaro muriera precisamente en el momento en que Jesús dijo: «Nuestro amigo duerme; acaba de quedarse dormido». Así, el tiempo entre su muerte y su sepultura, que entre los judíos era breve, junto con los cuatro días en el sepulcro, completó el tiempo de este viaje. Cristo viajaba públicamente, como lo demuestra el hecho de que pasó por Jericó, y su visita a la casa de Zaqueo también tomó tiempo. La liberación prometida siempre llega con certeza, pero con frecuencia llega lentamente.
También encontró a sus amigas sobrevivientes sumidas en el duelo. Marta y María estaban profundamente afligidas por la muerte de su hermano, como lo demuestra el hecho de que muchos judíos habían ido a consolarlas. Donde hay muerte, por lo general hay personas en duelo, especialmente cuando quien muere fue bondadoso con su familia y útil durante su vida. La casa donde llega la muerte se llama casa del duelo (Eclesiastés 7:2). Cuando alguien parte a su morada eterna, quienes lo lloran recorren las calles (Eclesiastés 12:5), o se sientan solos y permanecen en silencio.
Esta era la casa de Marta: una casa donde habitaba el temor de Dios y descansaba su bendición, pero que aun así se convirtió en una casa de duelo. La gracia impedirá que el dolor gobierne el corazón (Juan 14:1), pero no impedirá que entre en la casa. Y donde hay personas en duelo, debe haber quienes las consuelen. Tenemos el deber de llorar con quienes sufren y consolarlos, y compartir su dolor también puede brindarles consuelo. Cuando el dolor es reciente, con frecuencia olvidamos las verdades que podrían ayudarnos. Por eso es una misericordia contar con personas que nos las recuerden, y también es nuestro deber recordárselas a otros.
Los maestros judíos daban gran importancia a esto y exigían que sus discípulos consideraran seriamente el deber de consolar a quienes estaban de duelo después de un entierro. Consolaron a Marta y a María por la muerte de su hermano hablando de él, no solo del buen nombre que había dejado, sino también del lugar feliz al que había ido. Cuando nos son arrebatados familiares y amigos piadosos, podemos afligirnos por nosotros mismos porque los extrañamos. Sin embargo, también tenemos motivos para consolarnos por quienes nos han precedido y han llegado a una felicidad donde ya no nos necesitan.
La visita de estos judíos a Marta y María demuestra que eran personas respetadas y que habían dejado huella en la sociedad. También muestra que eran bondadosas con los demás, de modo que incluso quienes no tenían afecto por Cristo las trataban con consideración. Además, en esto se ve la sabia providencia de Dios, pues hizo que muchos judíos, probablemente mujeres judías, se reunieran precisamente en ese momento para consolar a las que estaban de duelo. Así podrían ser testigos claros del milagro y comprobar cuán pobre era su consuelo en comparación con el de Cristo. Cristo no acostumbraba llamar testigos para sus milagros, pero si solo hubieran estado presentes los familiares, alguien podría haber objetado. Por eso Dios dispuso que estas personas se reunieran aparentemente por casualidad, para que dieran testimonio del milagro y silenciaran la incredulidad.
Ahora llegamos a lo que sucedió entre Cristo y sus amigas sobrevivientes en ese encuentro. Cuando Cristo demora sus visitas por un tiempo, su llegada se vuelve mucho más bienvenida. Así ocurrió aquí. Su ausencia hace más dulce su regreso, y su demora nos enseña a valorar su presencia.
Primero se nos habla del encuentro entre Cristo y Marta (Juan 11:20). Ella salió a recibirlo. Parece que esperaba ansiosamente su llegada y preguntaba por ella. Tal vez había enviado mensajeros para informarse de su acercamiento, o había estado preguntando: «¿Han visto al que mi alma ama?». Así que la primera persona que lo vio corrió a darle la buena noticia. En cualquier caso, ella se enteró de que venía antes de que llegara. Había esperado mucho tiempo y preguntado una y otra vez: «¿Ya llegó?», sin recibir noticias, pero al fin llegó aquel a quien esperaba. Al final, la visión hablará y no mentirá.
Cuando oyó que Jesús venía, Marta dejó todo y salió a recibirlo, demostrando cuánto deseaba darle la bienvenida. Dejó de lado toda ceremonia y la atención cortés que debía a los judíos que habían ido a visitarla, y se apresuró a encontrarse con Jesús. Cuando Dios, por su gracia o por su providencia, se acerca a nosotros con misericordia y consuelo, debemos salir a su encuentro con fe, esperanza y oración. Algunos piensan que Marta salió del pueblo para encontrarse con Jesús y advertirle que había varias personas judías en la casa que no eran amigas de él; así, si quería, podría evitarlas.
Cuando Marta salió a recibir a Jesús, María se quedó en la casa. Algunos piensan que no había escuchado la noticia porque estaba en la habitación atendiendo a las personas que habían ido a consolarla, mientras que Marta, encargada de los asuntos de la casa, recibió primero el informe. Quizá Marta no le dijo a su hermana que Cristo había llegado porque quería tener el honor de recibirlo primero. Otros piensan que María sí se enteró de que Cristo había llegado, pero estaba tan abrumada por el dolor que no se movió. Prefería permanecer junto a su tristeza, sentada y pensando en su pérdida, convencida de que tenía razón para lamentarse.
Al considerar este relato junto con Lucas 10:38, podemos ver los distintos temperamentos de estas dos hermanas, así como las tentaciones y fortalezas de cada una. Marta era activa y ocupada por naturaleza. Le gustaba estar siempre haciendo algo, participar en todo, y en una ocasión eso se había convertido en una trampa para ella, porque la dejó «preocupada y angustiada por muchas cosas» y la apartó de la devoción. Pero en esta temporada de dolor, esa misma naturaleza activa la ayudó. Impidió que la tristeza se encerrara en su corazón, la impulsó a salir rápidamente al encuentro de Cristo y, por eso, recibió antes su consuelo.
María, en cambio, era tranquila y reflexiva por naturaleza. Eso había sido bueno en otra ocasión, porque la había llevado a sentarse a los pies de Jesús para escuchar su palabra y la había ayudado a atenderlo sin las distracciones que Marta experimentaba. Pero en este tiempo de aflicción, ese mismo temperamento se convirtió en una trampa. La hizo menos capaz de enfrentar su dolor y la inclinó hacia la tristeza, de modo que «María se quedó en la casa». Debemos aprender de esto cuán sabio es vigilar cuidadosamente contra las tentaciones de nuestro temperamento natural y aprovechar sus fortalezas.
Aquí también encontramos toda la conversación entre Cristo y Marta. Marta comienza hablándole a Cristo en Juan 11:21-22. Primero, se queja por su demora y su ausencia. Lo dijo con el dolor causado por la muerte de su hermano, pero también con cierta herida, como si el Maestro hubiera sido poco bondadoso: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». En esas palabras hay algo de fe. Ella creía en el poder de Cristo: sabía que podía haber sanado a Lázaro aun en medio de una enfermedad grave y haber impedido que muriera. También creía en su compasión: si hubiera visto a Lázaro en su última enfermedad y a sus seres queridos llorando, habría tenido misericordia de ellos y les habría evitado ese dolor, porque sus misericordias nunca fallan.
Pero en sus palabras también hay una triste incredulidad. Su fe era real, pero débil, como una caña cascada. Limita el poder de Cristo al decir: «Si hubieras estado aquí», cuando debía saber que él podía sanar aun desde lejos y que su gracia no estaba limitada por su presencia física. También pone en duda su sabiduría y bondad, como si no hubiera escogido el momento correcto para venir. Es casi como si pensara que llegar ahora fuera tan inútil como no haber venido. Y en cuanto a recibir ayuda en ese momento, apenas podía permitirse tener esperanza.
Aun así, Marta se contiene y se consuela pensando en el poder de Cristo en el cielo. Al menos, se abstiene de culpar a su Maestro y de insinuar que ha llegado demasiado tarde. «Pero aun ahora sé que todo lo que le pidas a Dios, Dios te lo dará». Observemos cuán dispuesta está su esperanza. No se atreve a pedirle a Jesús que resucite a Lázaro, porque hasta ese momento no había ningún caso de alguien que hubiera vuelto a la vida después de llevar tanto tiempo muerto. Pero, como una humilde suplicante, presenta el asunto ante el sabio y compasivo Señor Jesús. Cuando no sabemos exactamente qué pedir ni qué esperar, en general debemos entregarnos a Dios y dejar que haga lo que le parezca bien. Cuando no sabemos cómo orar, nos consuela saber que el gran Intercesor sabe qué pedir por nosotros y que siempre es escuchado.
Sin embargo, su fe todavía es débil. Debió haber dicho: «Señor, puedes hacer todo lo que quieras», pero solo dice: «Puedes obtener de Dios todo lo que le pidas». Había olvidado que el Hijo tiene vida en sí mismo y hace milagros por su propio poder. Aun así, ambas verdades nos animan: la autoridad de Cristo en la tierra y su intercesión en el cielo. Él sostiene el cetro de oro en una mano y el incensario de oro en la otra. Su poder siempre es mayor, y su intercesión siempre prevalece.
Entonces llega la palabra de consuelo que Cristo le da a Marta en respuesta a su ruego, en Juan 11:23: «Tu hermano resucitará». En su dolor, Marta miraba hacia atrás y lamentaba que Cristo no hubiera estado allí. Pensaba: «Si él hubiera estado aquí, mi hermano todavía estaría vivo». A menudo hacemos lo mismo y aumentamos nuestro dolor imaginando lo que pudo haber sido. «Si tan solo se hubiera usado este método, o se hubiera llamado a aquel médico, mi amigo no habría muerto». Pero no lo sabemos, y esos pensamientos no sirven de nada. Puesto que se ha cumplido la voluntad de Dios, nuestro deber es someternos a él.
Cristo dirige a Marta, y también a nosotros con ella, a mirar hacia adelante, hacia lo que ciertamente sucederá: «Tu hermano resucitará». En cierto sentido, esto se refería especialmente a Lázaro, pues estaba a punto de ser resucitado. Sin embargo, Cristo habla de manera amplia, como de algo que sucederá, sin recalcar que él mismo lo haría. De este modo, nuestro Señor habla con humildad incluso acerca de sus propias obras. También deja poco claro al principio cuándo ocurrirá esto, para que la fe y la paciencia de Marta sean probadas.
Al mismo tiempo, estas palabras se aplican a todos los creyentes y a su resurrección en el día final. Cuando hemos sepultado a amigos y familiares piadosos, nos consuela recordar que resucitarán. Así como el alma no se pierde al morir, sino que se ha adelantado, tampoco el cuerpo se pierde, sino que ha sido guardado. Es como si Cristo dijera: «Tu padre, tu madre, tu hijo, tu hija o tu cónyuge resucitará. Estos huesos secos volverán a vivir».
Entonces Marta mezcla la fe con la incredulidad en su respuesta, en Juan 11:24. Primero, considera verdadera y fiel la afirmación de que él resucitará en el día final. Aunque la doctrina de la resurrección sería confirmada plenamente más adelante por la propia resurrección de Cristo, ya había sido revelada, y Marta creía firmemente en ella (Hechos 24:15). Creía que habrá un día final, cuando todos los días del tiempo hayan sido contados y lleguen a su fin. Creía que entonces habrá una resurrección general, cuando la tierra y el mar entreguen a sus muertos. También creía en una resurrección personal: que ella misma resucitaría y que su querido hermano también lo haría. Así como aquel día los huesos volverán a unirse con sus huesos, los amigos volverán a encontrarse con sus amigos.
Sin embargo, parece pensar que esta promesa no es tan útil como realmente lo es. «Sé que resucitará en el día final, pero ¿de qué nos sirve eso ahora?». Es como si el consuelo de la vida eterna y de la resurrección no valiera mucho o no pudiera compensar su dolor presente. Aquí vemos nuestra propia debilidad y necedad. Permitimos que lo que podemos sentir ahora deje una huella más profunda en nosotros —sea tristeza o alegría— que las cosas que creemos por fe. «Sé que resucitará en el día final»; ¿no debería ser eso suficiente? Ella parece pensar que no lo es.
Por eso, nuestro descontento ante las dificultades presentes disminuye enormemente la manera en que vemos las esperanzas futuras. Las trata como si no merecieran mucha atención.
Entonces Cristo le dio a Marta más enseñanza y consuelo. Él no apagará la mecha que humea ni quebrará la caña doblada. Le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11:25-26). Con estas palabras, Cristo le dio dos verdades en las que podía confiar, y estas son las mismas verdades a las que nuestra fe debe aferrarse en los tiempos difíciles.
Primero está el poder de Cristo, su poder soberano. Él es la resurrección y la vida, la fuente de la vida y quien devuelve la vida a los muertos. Marta creía que Dios podía conceder cualquier cosa si Jesús se lo pedía, pero Cristo quería que supiera que él podía hacer cualquier cosa con su propia palabra. Ella creía en una resurrección en el día final, y Cristo le dijo que ese poder estaba en sus propias manos. Los muertos oirían su voz (Juan 5:25). Si podía resucitar a un mundo entero de personas que habían estado muertas durante muchas generaciones, ciertamente podía resucitar a un hombre que llevaba muerto apenas cuatro días.
Este es un gran consuelo para todos los verdaderos cristianos: Jesucristo es la resurrección y la vida, y lo será para ellos. Resurrección significa volver a la vida. Cristo es quien concede ese regreso y la vida a la que se regresa. Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo venidero, y Cristo es tanto la fuente como el fundamento de esa esperanza.
Segundo, están las promesas del nuevo pacto, el nuevo acuerdo que Dios establece con su pueblo por medio de Cristo. Estas promesas nos dan más razones para esperar que viviremos. Observemos primero a quiénes se hacen: a quienes creen en Jesucristo, se unen a él y confían en él como el único Mediador, aquel que reconcilia a Dios con las personas. Ellos reciben el testimonio de Dios acerca de su Hijo, lo obedecen sinceramente y responden a su gran propósito.
La condición de la segunda promesa se expresa así: «El que vive y cree en mí». Esto puede entenderse de dos maneras. Puede referirse a la vida natural: todo el que vive en este mundo, sea judío o gentil y viva donde viva, si cree en Cristo, vivirá por medio de él. Pero también establece un límite de tiempo. Todo el que cree mientras está vivo, mientras todavía se encuentra en este estado de prueba, será feliz en Cristo. Después de la muerte será demasiado tarde. O puede referirse a la vida espiritual: el que vive y cree es quien ha nacido de nuevo por la fe a una vida celestial y divina; para él, vivir es Cristo, porque Cristo es la vida de su alma.
Segundo, observemos cuáles son las promesas. En Juan 11:25-26, Cristo dice que, aunque muera, vivirá. En realidad, nunca morirá. Los seres humanos tienen cuerpo y alma, y Dios ha provisto para la felicidad de ambos.
Para el cuerpo, está la promesa de una resurrección gloriosa. Aunque el cuerpo está muerto a causa del pecado y no hay manera de evitar esa muerte, volverá a vivir. Aquí se dejan de lado todas las dificultades relacionadas con la condición de los muertos, como si no fueran nada. Aunque la sentencia de muerte fue justa, aunque la muerte resulte aterradora, aunque sus cadenas sean fuertes, aunque una persona muera y sea sepultada, quede muerta y se descomponga, aunque el polvo esparcido se mezcle con el polvo común de tal manera que ninguna habilidad humana pueda distinguirlo ni separarlo, tomemos el caso más difícil posible y aun así tendremos la certeza de que volverá a vivir. El cuerpo será resucitado en gloria.
Para el alma, está la promesa de una inmortalidad bienaventurada. El que vive y cree, el que está unido a Cristo por la fe y vive espiritualmente por medio de esa unión, nunca morirá. Esa vida espiritual nunca se apagará, sino que llegará a su plena realización en la vida eterna. Puesto que el alma es espiritual por naturaleza, es inmortal. Por lo tanto, si por la fe vive una vida espiritual acorde con su naturaleza, su felicidad también será inmortal. Nunca morirá, nunca dejará de estar en paz y felicidad, y su vida no se verá quebrantada como la vida corporal. Al final, el cuerpo moribundo será absorbido por la vida, pero la vida del alma creyente, al morir, será absorbida de inmediato por la inmortalidad.
«No morirá para siempre». Así la citó Cipriano en latín. El cuerpo no permanecerá muerto para siempre en la tumba. Muere, como los dos testigos, solo por un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo. Cuando el tiempo termine y todas sus partes se hayan cumplido, un espíritu de vida procedente de Dios entrará en él. Pero eso no es todo. El alma no morirá de la muerte que dura para siempre. No morirá eternamente. Bienaventurado y santo es quien, por la fe, participa en la primera resurrección y tiene parte en Cristo, quien es esa resurrección. Sobre tal persona, la segunda muerte, es decir, la muerte eterna, no tendrá poder (Juan 6:40).
Entonces Cristo le preguntó: «¿Crees esto?». Es decir: ¿puedes aceptarlo y hacerlo tuyo? ¿Puedes confiar en mi palabra acerca de esto? Cuando leemos o escuchamos las palabras de Cristo sobre las grandes realidades del mundo venidero, debemos preguntarnos seriamente: «¿Creo esto? ¿Creo en particular esta verdad, una verdad que presenta tantas dificultades y que se relaciona con mi propia situación? ¿Mi fe hace que esto sea real para mí y le da seguridad a mi alma, de modo que pueda decir no solo “Creo esto”, sino también “Así es como lo creo”?».
Marta se había concentrado en que su hermano resucitara en este mundo. Antes de darle esperanza sobre eso, Cristo dirigió sus pensamientos hacia otra vida y otro mundo. Era como si le dijera: «No te detengas en eso. ¿Crees lo que te estoy diciendo acerca de la condición futura?». Los problemas y los consuelos de esta vida presente no nos afectarían con tanta intensidad si creyéramos como debiéramos en las realidades de la eternidad.
Marta le dio a Cristo una respuesta sincera y aceptó lo que él había dicho (Juan 11:27). Aquí tenemos la confesión de fe de Marta, la misma clase de buena confesión por la que Pedro fue elogiado (Mateo 16:16-17), y con ella el asunto llega a su conclusión. Primero, la norma de su fe era la palabra de Cristo. Ella la aceptó exactamente como él la había dicho, sin cambios, excepciones ni condiciones. «Sí, Señor», dijo, afirmando que todo lo que Cristo había prometido era verdadero según su propio significado: «Así es». La fe hace eco de la revelación divina. Repite las mismas palabras y permanece firme en ellas. La reina Isabel dijo: «Sí, Señor; tal como lo expresa la palabra, así lo creo y lo acepto».
Segundo, el fundamento de su fe era la autoridad de Cristo. Creyó esto porque creyó que quien lo había dicho era el Cristo. Volvió al fundamento para sostener lo que se había edificado sobre él. «He creído», dice ella, «que tú eres el Cristo, y por eso creo esto». Aquí debemos observar lo siguiente.
Todo lo que Marta creyó y confesó acerca de Jesús apuntaba a lo mismo. Primero, creyó que él era el Cristo, el Mesías prometido y esperado durante tanto tiempo, el Ungido. Segundo, creyó que era el Hijo de Dios, como se llama al Mesías en (Salmo 2:7), no solo por su oficio, sino por su naturaleza. Tercero, creyó que era el que había de venir al mundo, la bendición esperada durante muchas generaciones por el pueblo de Dios.
De esa confesión, Marta sacó una conclusión clara. Si Jesús es el Cristo, entonces ya no queda ninguna dificultad insuperable para creer que él es la resurrección y la vida. Si él es el Cristo, entonces es la fuente de la luz y de la verdad, y podemos confiar en todo lo que dice como en la propia palabra de Dios. Él es el profeta a quien debemos escuchar en todo. Si él es el Cristo, también es la fuente de la vida y de la bendición; por eso podemos confiar tanto en su poder como en su veracidad.
¿De qué otra manera podríamos creer que los cuerpos reducidos a polvo volverán a vivir? ¿De qué otra manera podríamos creer que las almas, tan cargadas y oscurecidas como las nuestras, vivirán para siempre? No podríamos creerlo si no creyéramos en aquel que lo promete: el Hijo de Dios, que tiene vida en sí mismo y nos da vida.
Luego viene el encuentro entre Cristo y María, la otra hermana. Después de decir esto, Marta se fue, ahora en paz, y llamó a su hermana María. Antes Marta había querido que María dejara a Cristo y fuera a ayudarla con el servicio (Lucas 10:40), pero ahora trata de llevar a María hacia Cristo. Después de recibir consuelo ella misma, quiere que su hermana también lo comparta.
La llamó en voz baja, porque había otras personas presentes: judíos que no eran amigos de Cristo. En esto vemos una imagen del llamado especial por medio del cual Cristo atrae a su pueblo hacia sí. Es una invitación reservada y personal, dirigida a ellos y no al mundo que los rodea. Tienen un alimento que los demás no conocen y un gozo que los extraños no pueden compartir.
Marta llamó a María siguiendo las instrucciones de Cristo. Él le había dicho que fuera a llamar a su hermana. Todo llamado que verdaderamente llega al corazón procede de Cristo, sin importar quién lo transmita. «El Maestro está aquí y te llama». Ella lo llama Maestro, es decir, un instructor, que era la manera habitual de referirse a él. Se alegra de que haya llegado: «El Maestro ha venido». Aquel a quien habían deseado y esperado durante tanto tiempo había llegado, y esa era la mejor consolación en medio de su dolor.
Lázaro se había ido, y con él también se había ido el consuelo que encontraban en él. Pero el Maestro había venido, y él era mejor que su amigo más querido. En sí mismo tenía más que suficiente para compensar toda pérdida. Él es quien nos enseña a sacar provecho del sufrimiento (Salmo 94:12). Enseña y, por eso, consuela. Marta también invita a María a ir a su encuentro. «Él te está llamando», le dice, y quiere que la lleven hacia él.
Cuando Cristo, nuestro Maestro, viene, nos llama. Viene por medio de su palabra y de sus ordenanzas, los medios establecidos para adorarlo y obedecerlo. Nos llama a ellas, por medio de ellas y, a través de ellas, a sí mismo. Te llama de manera particular, por tu nombre (Salmo 27:8). Si él te llama, te sanará y te consolará.
María respondió de inmediato. En cuanto escuchó la buena noticia de que el Maestro había llegado, se levantó rápidamente y fue hacia él. No se había dado cuenta de lo cerca que estaba, porque él suele estar más cerca de quienes lloran en Sion de lo que ellos imaginan. Pero cuando supo que estaba cerca, corrió a su encuentro con alegría. Una fe viva capta hasta la señal más pequeña de la bondadosa cercanía de Cristo y responde de inmediato.
Cuando Cristo llegó, María no se detuvo a pensar en las costumbres habituales del luto. Se olvidó de las formalidades y atravesó el pueblo corriendo para encontrarse con él. Nunca debemos permitir que una preocupación excesiva por las normas de conducta nos impida encontrarnos con Cristo. Tampoco se detuvo a consultar a los judíos que habían venido a consolarla. Los dejó a todos y fue hacia él, sin pedirles consejo ni siquiera permiso.
Se nos dice dónde encontró al Maestro. Él todavía no había entrado en Betania, sino que estaba en las afueras del pueblo, donde Marta se había encontrado con él. Esto muestra el amor de Cristo por la obra que había venido a realizar. Se quedó cerca del sepulcro para estar listo para ir allí. No entraría en el pueblo a descansar de su viaje hasta haber hecho la obra para la que había venido. También permaneció fuera del pueblo para que no pareciera que estaba tratando de llamar la atención o reunir a una multitud para que presenciara el milagro.
La prontitud de María también muestra su amor por Cristo. Incluso después de lo que parecía una demora de su parte, ella seguía amándolo profundamente y no tomó nada de manera amarga. Nosotros también debemos ir hacia Cristo fuera del campamento (Hebreos 13:13).
Los judíos que estaban con María entendieron mal que se hubiera ido tan de repente. Pensaron que había ido al sepulcro para llorar allí. Marta pudo soportar este dolor mejor que María, quien por naturaleza tenía un espíritu sensible y afligido. Las personas con ese temperamento deben cuidarse de no dejar que la tristeza las domine, y necesitan recibir paciencia y ayuda. El consuelo que aquellos judíos le habían ofrecido no la había ayudado, y cuando se fue tan rápidamente, decidieron que debía dirigirse al sepulcro para llorar allí.
Esto muestra tanto la debilidad de quienes están de duelo como la sabiduría de quienes consuelan. Muchas veces, quienes sufren hacen más pesado su propio dolor y convierten la tristeza en algo peor. Incluso podemos hallar una especie de consuelo extraño en sentir nuestro propio dolor, como si fuera correcto llevar la aflicción hasta el límite. Pero ¿por qué seguir afligiéndose como si no hubiera esperanza? La aflicción ya es bastante difícil. No debemos hacerla más pesada al resistir la voluntad de Dios en medio de ella.
Quienes consuelan deben procurar, tanto como puedan, evitar que el dolor vuelva con demasiada fuerza y dirigir la mente hacia cosas mejores. Aunque se equivocaron acerca de María, aquellos judíos fueron llevados por seguirla hasta Cristo, y se convirtieron en testigos de uno de sus milagros más grandes. Es bueno permanecer cerca de los amigos de Cristo en sus sufrimientos, porque eso puede ayudarnos a conocer mejor a Cristo.
Entonces llegó María, rodeada por su pequeño grupo de personas que la consolaban, y cayó a los pies de Jesús. Estaba abrumada por el dolor y, entre muchas lágrimas, dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Marta había dicho lo mismo antes, y ellas se lo habían repetido muchas veces una a la otra.
La postura de María es muy humilde y sumisa. Cayó a los pies de Jesús, y con esto fue más lejos que Marta, quien tenía un mayor dominio de sus emociones. María no cayó solamente como una persona destrozada por el dolor, sino como una humilde suplicante, alguien que pedía misericordia. En otra ocasión se había sentado a los pies de Cristo para escuchar su enseñanza (Lucas 10:39), y ahora se encuentra allí por otra razón.
Quienes se acercan a los pies de Cristo en tiempos tranquilos, dispuestos a aprender de él, pueden acudir a él con confianza en medio de las dificultades. Pueden postrarse a sus pies y esperar su favor. El gesto de María también mostró que aceptaba la voluntad de Dios en lo sucedido y confiaba en su bondad respecto a lo que aún estaba por venir. Cuando sufrimos, debemos acercarnos a Cristo con dolor por nuestro pecado, humillarnos delante de él y aceptar con paciencia el gobierno de Dios.
Caer a los pies de Jesús también era una señal de profundo respeto y reverencia. En aquel tiempo, las personas honraban así a los reyes y gobernantes. Pero Jesús no mostraba una gloria terrenal como la de un príncipe de este mundo; por eso, quienes lo adoraban de esa manera seguramente lo reconocían como alguien más que un simple ser humano. Le rendían un honor divino.
María estaba confesando públicamente su fe en Cristo, tal como lo había hecho Marta. En efecto, estaba diciendo: «Creo que tú eres el Cristo». Doblar la rodilla ante Cristo y confesarlo con la boca están unidos como una misma respuesta (Romanos 14:11; Filipenses 2:10-11). María hizo esto delante de los judíos que la habían acompañado, personas que apreciaban a su familia, pero eran hostiles hacia Cristo. Aun así, se postró a sus pies delante de todos; no le dio vergüenza honrarlo ni tuvo miedo de desagradar a sus vecinos. Pensaran lo que pensaran, ella seguiría inclinándose ante él.
Servimos a un Maestro del que no tenemos ninguna razón para avergonzarnos, y su aprobación basta para superar las burlas y los insultos de los demás. Las palabras de María también fueron muy conmovedoras: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». La demora de Cristo tenía un propósito sabio y resultó ser para bien, pero ambas hermanas le hablaron de una manera que sonaba a reproche, como si él fuera responsable de la muerte de su hermano.
Jesús tenía todo el derecho de sentirse ofendido por aquella acusación repetida. Podría haberles dicho que tenía otras cosas que hacer, en lugar de esperar el momento que ellas habían previsto, y que debía ir cuando su obra se lo permitiera. Pero no dijo nada de eso. Entendía su dolor y sabía que, en medio de una pérdida, las personas a menudo hablan con demasiada dureza. Así que pasó por alto su falta de respeto y nos dejó un ejemplo de gentileza y humildad en el sufrimiento.
María dijo menos que Marta, pero lloró más. Lo que le faltó decir, lo expresó con sus lágrimas. Sus lágrimas estaban llenas de devoción, y ese tipo de lágrimas tiene una voz —una voz fuerte y persuasiva— ante Cristo. No hay palabras más poderosas que esas.
De este capítulo
Juan 11:1
"Había un hombre enfermo llamado Lázaro, natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta."
Juan 11:2
"Esta María, hermana de Lázaro, fue la que derramó perfume sobre los pies del Señor y los secó con sus cabellos."
Juan 11:3
"Así pues, las dos hermanas mandaron a decir a Jesús: —Señor, tu querido amigo está enfermo."
Juan 11:4
"Al oírlo, Jesús dijo: —Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que servirá para mostrar la gloria de Dios y también la gloria del Hijo de Dios."
Juan 11:5
"Aunque Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro,"
Juan 11:6
"cuando le dijeron que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba."
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