Versículo destacado
Juan 11:1 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Había un hombre enfermo llamado Lázaro, natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. "
Juan 11:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Había un hombre enfermo llamado Lázaro, natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta.
2 Esta María, hermana de Lázaro, fue la que derramó perfume sobre los pies del Señor y los secó con sus cabellos.
3 Así pues, las dos hermanas mandaron a decir a Jesús: —Señor, tu querido amigo está enfermo.
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Estos versículos nos presentan claramente a las personas que están en el centro de esta historia, en Juan 11:1-2. Vivían en Betania, una aldea no muy lejos de Jerusalén, donde Jesús solía quedarse cuando subía a la ciudad para las fiestas. Se la llama la aldea de María y Marta porque ellas vivían allí, así como Betsaida es llamada la ciudad de Andrés y Pedro (Juan 1:44). No hay razón para pensar que María y Marta fueran dueñas de toda la aldea, como algunos han imaginado.
También tenían un hermano llamado Lázaro. Su nombre hebreo probablemente era Eleazar, que se acortó y recibió una terminación griega hasta convertirse en Lázaro. Es posible que Jesús haya usado el nombre Lázaro en la parábola donde mostró la dicha, o el gozo, de los justos en el seno de Abraham inmediatamente después de la muerte (Lucas 16:22). Parece que Marta y María estaban a cargo de la casa, mientras que Lázaro quizá llevaba una vida más tranquila, dedicada al estudio y la reflexión. Era una familia ordenada y apacible, con la que Jesús pasaba mucho tiempo, aunque no se menciona que ninguno de ellos tuviera esposo o esposa.
Una de las hermanas es identificada especialmente como la María que ungió al Señor con perfume, en Juan 11:2. Algunos piensan que era la mujer pecadora de Lucas 7:37-38, pero es más probable que se trate de la unción que Juan registra más adelante, en Juan 12:3. Los escritores de los Evangelios no suelen referirse unos a otros, pero Juan sí señala con frecuencia otros pasajes de su propio Evangelio. Los actos de devoción que nacen de un amor sincero por Cristo son aceptados por él y recordados en la iglesia (Mateo 26:13).
Esta era la familia cuyo hermano Lázaro enfermó, y la enfermedad de las personas que amamos nos causa tristeza. Mientras más amigos tenemos, más a menudo sentimos este dolor por solidaridad con ellos. Y cuanto más cercanos son, más profundo es el dolor. Cuando aumentan nuestros motivos de consuelo, a menudo también aumentan nuestras preocupaciones y aflicciones.
Cuando Lázaro enfermó, sus hermanas enviaron un mensaje a Jesús, que se encontraba lejos, al otro lado del Jordán, en Juan 11:3. Mostraron tanto amor por su hermano como respeto por el Señor. Aunque después de la muerte de Lázaro sus bienes quizá pasarían a ellas, aun así querían que viviera, como era natural. Lo cuidaron durante su enfermedad, porque el hermano nace para los tiempos difíciles, y lo mismo puede decirse de una hermana.
También demostraron que querían llevar todas sus preocupaciones a Jesús. Aunque Dios ya conoce nuestras necesidades, tristezas y preocupaciones, lo honramos cuando se las presentamos personalmente. Su mensaje fue muy breve, pero estaba lleno de fe: «Señor, el que amas está enfermo». No dijeron: «El que nosotras amamos», sino: «El que tú amas». Nuestro mayor ánimo al orar proviene de Dios mismo y de su gracia. Tampoco dijeron: «El que te ama», sino: «El que tú amas», porque el amor de Dios por nosotros es el fundamento principal de nuestra esperanza.
Hay algunos amigos y seguidores de Jesús por quienes él muestra un afecto especial. Entre los doce había uno a quien Jesús amaba. No es algo extraño que aquellos a quienes Cristo ama lleguen a enfermarse, porque este mundo trata a todos por igual en ese sentido. La enfermedad física puede corregir el pecado en el pueblo de Dios y poner a prueba su fe. Es un gran consuelo tener a nuestro alrededor personas que oren por nosotros cuando estamos enfermos. Y tenemos buenas razones para orar por los enfermos cuando hay motivos firmes para creer que Cristo los ama y cuida de ellos.
Cristo recibió la noticia y anunció lo que sucedería, probablemente enviando este mensaje a las hermanas de Lázaro por medio del mensajero, para sostenerlas mientras él tardaba en llegar. Dijo dos cosas. Primero: «Esta enfermedad no terminará en muerte». Era una enfermedad real, y Lázaro sí murió, permaneciendo muerto durante cuatro días. Sin embargo, ese no era el propósito de la enfermedad. No había sido enviada simplemente para llevarlo a la tumba, porque Cristo tenía un propósito mayor.
En otro sentido, no era para muerte, porque la muerte no sería su resultado final. Lázaro murió, pero no permaneció muerto. La muerte es una despedida permanente de este mundo, un camino del que normalmente no se regresa en el curso de la vida. En ese sentido, esta enfermedad no era para muerte. Por eso Cristo también dijo acerca de la niña a la que resucitaría: «No está muerta». La enfermedad del pueblo de Dios, por grave que parezca, no conduce a la muerte eterna. La muerte del cuerpo en este mundo es la entrada del alma a otro mundo.
Cuando nosotros o nuestros amigos enfermamos, naturalmente esperamos que se recuperen, pero esa esperanza puede decepcionarnos. Por eso es más sabio descansar en lo que no puede fallar: si pertenecen a Cristo, aun si ocurre lo peor, la segunda muerte no puede hacerles daño; y entonces la primera muerte tampoco puede perjudicarlos verdaderamente. Segundo, Jesús dijo que aquella enfermedad era «para la gloria de Dios», para que se manifestara el poder de Dios. Las aflicciones del pueblo de Dios a menudo tienen el propósito de darle gloria, porque le brindan la oportunidad de mostrar su misericordia. Algunas de las misericordias más dulces llegan por medio de la angustia.
Esto debería ayudarnos a aceptar las providencias difíciles, es decir, el gobierno sabio de Dios sobre acontecimientos que no comprendemos. La enfermedad, la pérdida y la decepción pueden servir para la gloria de Dios; y si Dios es glorificado, debemos estar conformes, como en Levítico 10:3. Era para la gloria de Dios porque también glorificaría al Hijo de Dios cuando resucitara a Lázaro. Así como el hombre nació ciego para que Cristo fuera honrado al sanarlo (Juan 9:3), Lázaro tuvo que enfermar y morir para que Cristo se revelara como el Señor de la vida.
Que esto consuele a quienes Cristo ama en medio de todas sus aflicciones. El propósito de cada sufrimiento es que el Hijo de Dios sea glorificado por medio de él, especialmente en la manera en que sostiene y fortalece a su pueblo. Su sabiduría, poder y bondad se manifiestan en la forma en que ayuda y rescata a los suyos, como vemos en (2 Corintios 12:9, 2 Corintios 12:10).
Por un tiempo se quedó lejos de Betania, aunque amaba a sus amigos de allí, como se muestra en (Juan 11:5, Juan 11:6). Ellas habían suplicado: «Señor, el que amas está enfermo», y esa súplica era verdadera, porque Jesús amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro. De esta manera, las oraciones de fe reciben confirmación en el cielo.
Podríamos esperar que, al enterarse de que Lázaro estaba enfermo, Jesús se apresurara a ir con él. Si los amaba, parecía que aquel era el momento indicado para demostrarlo yendo rápidamente, pues sabía que lo estaban esperando. Pero mostró su amor de la manera opuesta: no se dijo que los amaba y aun así se demoró, sino que los amaba y por eso se demoró. Cuando escuchó que su amigo estaba enfermo, permaneció dos días más en el mismo lugar.
Los amaba; es decir, tenía una alta estima de Marta y María. Veía su sabiduría, gracia, fe y paciencia, y las valoraba más que a muchos otros de sus discípulos. Por eso se demoró, para que su fe fuera probada y, al final, se manifestara para alabanza y honra. También las amaba porque tenía la intención de hacer algo aún mayor por ellas, algo extraordinario que no había hecho por ningún otro amigo. Al esperar, permitió que Lázaro muriera y fuera sepultado antes de llegar.
Si Cristo hubiera ido de inmediato y hubiera sanado a Lázaro, solo habría hecho lo que ya había hecho por muchos otros. Si lo hubiera resucitado justo después de morir, todavía habría sido algo parecido a lo que había hecho con algunos. Pero al esperar tanto, tuvo la oportunidad de hacer por él algo más grande que por cualquier otra persona. Dios a menudo tiene propósitos llenos de gracia aun en las demoras que parecen duras (Isaías 54:7, Isaías 54:8; Isaías 49:14). Los amigos de Cristo en Betania no habían sido olvidados, aunque él no corrió hacia ellos cuando se enteró de su angustia.
Cuando la liberación, ya sea física o espiritual, pública o personal, parece detenerse, en realidad solo está esperando el momento adecuado. Todo es hermoso a su debido tiempo. Entonces Cristo habló con sus discípulos mientras se preparaba para ir a Betania, en (Juan 11:7-16). Sus palabras fueron tan abiertas y afectuosas que corresponden a lo que había dicho: «Los he llamado amigos».
Habló de dos cosas: del peligro que él mismo enfrentaría y de la muerte de Lázaro. Primero habló del peligro que correría al ir a Judea, cerca de Jerusalén, en (Juan 11:7-10). Les dijo a sus discípulos, sus compañeros cercanos y confidentes: «Regresemos a Judea», aunque la gente de allí no era digna de una misericordia así. De este modo, Cristo sigue ofreciendo misericordia a quienes muchas veces la han rechazado.
Esto puede entenderse de dos maneras. Primero, muestra su bondad hacia sus amigos de Betania. Él conocía su tristeza y cada detalle doloroso de lo que estaban viviendo, aunque ningún mensajero le había dado un informe completo. Estaba ausente físicamente, pero presente en espíritu. Cuando vio que habían llegado al límite, y que el hermano y las hermanas se habían despedido por última vez, dijo: «Regresemos a Judea».
Cristo se levanta para ayudar a su pueblo cuando ha llegado el tiempo de mostrarle su favor; sí, cuando ha llegado el momento señalado. Muchas veces, ese momento es precisamente el más oscuro: cuando la esperanza se ha desvanecido y sentimos que estamos aislados. Entonces sabrán que él es el Señor cuando abra los sepulcros (Ezequiel 37:11, 37:13). En medio de una angustia profunda, esto debe librarnos de la desesperación. El límite de la capacidad humana es la oportunidad de Dios.
En segundo lugar, esto fue una prueba del valor de los discípulos, para ver si lo seguirían hasta allí después de que poco antes se hubieran asustado por un intento contra su vida, que probablemente también consideraron una amenaza para sus propias vidas. Regresar a Judea, que se había vuelto peligrosa para ellos, los ponía a prueba. Pero Cristo no dijo: «Vayan ustedes, y yo me quedaré aquí escondido». Dijo: «Vámonos». Cristo nunca lleva a su pueblo al peligro sin ir con ellos. Está con ellos aun cuando caminan por el valle de sombra de muerte.
Los discípulos respondieron advirtiéndole del peligro, como se registra en Juan 11:8. Le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos intentaron apedrearte, ¿y vas a volver allá?». Le recordaron el peligro que había enfrentado recientemente en ese lugar. Los discípulos de Cristo suelen hacer que el sufrimiento parezca más grande de lo que su Maestro lo considera, y recuerdan las ofensas por más tiempo. Él había dejado pasar el insulto, pero ellos no lo habían olvidado. Seguía fresco en su memoria, como si hubiera ocurrido ese mismo día, aunque probablemente habían pasado al menos dos meses.
Les sorprendía que quisiera regresar. Parecían preguntarle: «¿Vas a mostrar bondad a quienes te expulsaron?». La manera en que Cristo perdona las ofensas es más elevada que la nuestra. «¿Vas a ponerte en medio de personas tan llenas de amargura contra ti?», parecían decir. Mostraban una preocupación genuina por su seguridad, como Pedro en otra ocasión, cuando le dijo: «Maestro, cuídate». Si Cristo hubiera querido evitar el sufrimiento, no le habrían faltado amigos que lo animaran a hacerlo. Pero ya se había comprometido con el Señor y no iba a retroceder.
Sin embargo, aunque mostraban preocupación por su seguridad, también dejaban ver dos temores ocultos. Primero, parecían dudar de su poder, como si no pudiera mantenerlos a él y a ellos a salvo en Judea, tal como lo había hecho antes. ¿Acaso se había acortado su brazo? Cuando nos preocupamos por la iglesia y el reino de Cristo, aun así debemos confiar en la sabiduría y el poder del Señor Jesús. Él sabe cómo mantener a salvo a un rebaño de ovejas en medio de los lobos.
En segundo lugar, quizá temían sufrir ellos mismos, pues daban por sentado que compartirían el peligro de Cristo. Cuando nuestros intereses personales coinciden con el bien común, a menudo nos apresuramos a pensar que estamos sirviendo al Señor de los ejércitos, cuando en realidad estamos protegiendo principalmente nuestro dinero, nuestra reputación, nuestra comodidad y nuestra seguridad. Entonces buscamos lo nuestro bajo la apariencia de buscar lo que es de Cristo. Por eso debemos examinar cuidadosamente nuestros motivos.
Cristo respondió a su objeción diciendo: «¿Acaso no tiene el día doce horas?», en Juan 11:9-10. Los judíos dividían el día en doce horas, de modo que las horas eran más largas o más cortas según la estación. Así, una hora equivalía a una duodécima parte de la luz del día entre el amanecer y el atardecer. O quizá, como vivían más al sur que nosotros, sus días se acercaban más a las doce horas de duración. La providencia de Dios nos ha dado la luz del día para trabajar y hace que dure lo suficiente para nuestras tareas; además, a lo largo del año, cada país recibe tanta luz como oscuridad, y el crepúsculo completa el resto.
La vida humana es como un solo día. Dios ha dividido ese día en distintas edades, etapas y oportunidades, así como establece horas más largas y más cortas. Pensar en esto debería llevarnos a ocuparnos diligentemente de las tareas de la vida, porque, si el día tiene doce horas, cada una debe llenarse de deberes y no desperdiciarse. También debería darnos calma frente a los peligros de la vida, porque nuestro día durará hasta que nuestro trabajo haya terminado y nuestro testimonio se haya cumplido.
Cristo aplica esto a sí mismo y muestra por qué debe ir a Judea: tenía un llamado claro para hacerlo. Primero, muestra el consuelo que una persona tiene en su interior cuando permanece en el camino del deber, tal como lo establece la palabra de Dios y lo dirige su providencia. Si alguien camina de día, no tropieza; es decir, si permanece cerca de su deber y mantiene la voluntad de Dios delante de sí como regla, no estará confundido en su interior. Al caminar con rectitud, camina con seguridad y santa confianza.
Así como quien camina de día no tropieza porque puede ver el camino, la persona buena confía en la palabra de Dios como su guía y busca la gloria de Dios como su meta. Mantiene la mirada en esas dos grandes luces, y así tiene una guía segura en cada duda y una fuerte protección en cada peligro (Gálatas 6:4; Salmo 119:6). Cristo, dondequiera que iba, caminaba de día; nosotros también lo haremos si seguimos sus pasos.
Cristo también muestra el dolor y el peligro de caminar sin esta regla. Si alguien camina de noche, tropieza. Es decir, si sigue sus propios deseos, lo que ve y las costumbres de este mundo, y da más peso a sus razonamientos carnales que a la voluntad y la gloria de Dios, cae en trampas y problemas. Se vuelve inquieto y temeroso, y se asusta de cosas que no deberían asustarlo, mientras que la persona recta permanece firme en medio del peligro. Tropieza porque no hay luz en ella; es decir, no tiene un buen principio interior ni es sincera.
Así que Cristo no solo defiende su decisión de ir a Judea, sino que también anima a sus discípulos a acompañarlo y a no temer ningún mal. Después, Cristo y sus discípulos hablan acerca de la muerte de Lázaro (Juan 11:11-16). Luego de prepararlos para ese viaje peligroso a territorio enemigo, les dice claramente que Lázaro ha muerto, aunque no había recibido ningún informe al respecto. Dice: «Nuestro amigo Lázaro duerme». Esto muestra cómo habla Cristo acerca de un creyente y de la muerte de un creyente.
Primero, llama amigo a un creyente: «Nuestro amigo Lázaro». Existe un pacto de amistad entre Cristo y los creyentes, y él reconoce con gusto ese vínculo de amor. Lo que está oculto junto a los justos es conocido por él. Aquellos a quienes Cristo llama sus amigos, todos sus discípulos también deben considerarlos sus propios amigos. Cristo habla de Lázaro como un amigo compartido: «Nuestro amigo». La muerte misma no rompe el vínculo entre Cristo y el creyente. Lázaro está muerto, pero sigue siendo nuestro amigo.
En segundo lugar, Cristo llama sueño a la muerte de un creyente: «Está dormido». Es sabio usar nombres para la muerte que la hagan parecer más conocida y menos aterradora. La muerte de Lázaro era, de una manera especial, como un sueño, al igual que la de la hija de Jairo, porque pronto sería levantado. Puesto que sabemos que finalmente resucitaremos, ¿por qué debería eso cambiar tanto las cosas? Y si tenemos la certeza de resucitar para la vida eterna, ¿por qué no habría de ser tan fácil dejar el cuerpo y morir como quitarnos la ropa y acostarnos a dormir?
Cuando muere un buen cristiano, solo duerme. Descansa del trabajo del día y es renovado para la mañana siguiente. En cierto sentido, la muerte es incluso mejor que el sueño, porque el sueño solo es una pausa, mientras que la muerte pone fin a nuestras preocupaciones y labores. El alma no duerme, sino que se vuelve más activa. El cuerpo duerme sin agitación ni terror, sin enfermedad ni perturbación. Para los malvados, el sepulcro es como una prisión, y sus ropas funerarias son como las cadenas de un criminal que espera su ejecución. Pero para los piadosos es una cama, y sus ataduras son como suaves lazos de plumas en un sueño tranquilo.
Aunque el cuerpo se descomponga, se levantará en la mañana como si nunca hubiera conocido la corrupción. Solo se está quitando la ropa para que pueda ser renovada y preparada para el día de bodas, el día de la coronación, cuando debemos resucitar. Véase Isaías 57:2; 1 Tesalonicenses 4:14. Los griegos llamaban dormitorios a los lugares de sepultura, porque eran lugares de descanso.
Cristo también da una amorosa indicación de lo que piensa hacer por Lázaro: «Voy a despertarlo de su sueño». Podría haberlo hecho sin salir del lugar donde estaba, pues en una ocasión había sanado a distancia a un hombre que estaba a punto de morir (Juan 4:50), y también podría haber resucitado a un muerto desde lejos. Pero decidió darle honor al milagro realizándolo junto al sepulcro: «Voy a despertarlo». Así como el sueño representa la muerte, despertar cuando alguien llama, especialmente cuando llama por su nombre, representa la resurrección (Job 14:15). Apenas había dicho Cristo: «Nuestro amigo duerme», cuando añadió: «Voy a despertarlo». Cada vez que Cristo les dice a los suyos cuán grave es una situación, también les hace saber, en ese mismo momento, cuán rápida y fácilmente puede resolverla.
Las palabras de Cristo también ayudaron a aliviar el temor de sus discípulos de ir con él a Judea. No iba a hacer un viaje público al templo, sino una visita privada, lo cual los expondría menos. Además, iba a ayudar a una familia con la que todos ellos tenían una deuda de gratitud.
Los discípulos entendieron mal lo que Jesús quería decir y se equivocaron acerca de ello (Juan 11:12-13). Dijeron: «Señor, si duerme, se recuperará». Esto muestra, en primer lugar, que se preocupaban por su amigo Lázaro. Esperaban que se recuperara o, como sugiere la palabra, que se salvara de morir en ese momento. Probablemente habían escuchado del mensajero que llevó la noticia de la enfermedad de Lázaro que una de las peores señales era que estaba inquieto y no podía dormir. Al oír ahora que estaba durmiendo, pensaron que la fiebre estaba bajando y que lo peor ya había pasado. El sueño suele ser una medicina natural que da nuevas fuerzas al cuerpo débil y cansado.
Esto también es cierto del sueño de la muerte. Si un buen cristiano se duerme en la muerte, estará en una condición mejor que la que tenía aquí. Pero las palabras de los discípulos también revelan una mayor preocupación por ellos mismos. Sugieren que no era necesario que Cristo fuera a ver a Lázaro y se pusiera en peligro junto con ellos: «Si está durmiendo, pronto se recuperará, y podemos quedarnos donde estamos». Con frecuencia esperamos que la buena obra a la que Dios nos llama de alguna manera se haga sola o la haga otra persona, si llevarla a cabo implica riesgos.
Su error se corrige en Juan 11:13, donde Jesús hablaba de la muerte de Lázaro. Observemos lo lentos que los discípulos de Cristo todavía eran para entenderlo. Por eso, no debemos condenar rápidamente como hereje a todo el que malinterpreta alguna palabra de Cristo. Tampoco debemos hacer que los errores de nuestros hermanos parezcan peores de lo que son. Aun así, este era un error serio, porque podrían haberlo evitado si hubieran recordado cuántas veces se llama sueño a la muerte en el Antiguo Testamento. Debieron haber entendido a Cristo cuando usó el lenguaje de las Escrituras. Además, habría sido extraño que su Maestro viajara dos o tres días solamente para despertar a un amigo de un sueño común, algo que cualquiera podía hacer. Lo que Cristo emprende siempre es algo grande y extraordinario, una obra digna de él.
El evangelista también corrige cuidadosamente el error: Jesús hablaba de la muerte de Lázaro. Quienes usan expresiones poco conocidas o figuras de lenguaje deben aprender de esto a explicarse con claridad y a pedir sabiduría para interpretar lo que dicen, de modo que puedan evitarse los malentendidos.
Entonces Jesús habla claramente acerca de la muerte de Lázaro y de su decisión de ir a Betania, en Juan 11:14-15. Les anuncia la muerte de Lázaro sin ninguna figura de lenguaje: «Lázaro ha muerto» (Juan 11:14). Cristo toma en cuenta la muerte de sus santos, porque es preciosa a sus ojos (Salmo 116:15). Le desagrada que no la tomemos en serio. Aquí vemos cuánto se preocupa Cristo como maestro y con cuánta paciencia ayuda a quienes lo malinterpretan, explicándoles lo que había dicho antes.
También explica por qué había esperado tanto tiempo para ir. «Me alegro por ustedes de no haber estado allí». Si hubiera estado allí a tiempo, habría sanado a Lázaro y evitado que muriera. Eso habría consolado a los amigos de Lázaro, pero los discípulos no habrían visto más de lo que ya habían visto muchas veces. Como resultado, su fe no habría crecido. Ahora, al resucitar a Lázaro, muchos llegarían a creer en él, aunque antes no habían creído (Juan 11:45), y también se fortalecería mucho la fe de quienes ya creían. Ese era el propósito de Cristo: «para que crean».
Entonces decide ir a Betania y llevar consigo a sus discípulos: «Vamos a verlo». No dice: «Vamos a ver a sus hermanas para consolarlas», aunque eso es lo máximo que nosotros podemos hacer. Dice: «Vamos a verlo», porque Cristo puede mostrar sus maravillas incluso a los muertos. La muerte puede separarnos de todos los demás amigos y cortar toda comunicación con ellos, pero no puede separarnos del amor de Cristo ni colocarnos fuera del alcance de su llamado. Así como él mantiene su pacto con el polvo, también puede visitar el polvo. Lázaro ha muerto, pero vamos a verlo. Los que habían dicho: «Si está durmiendo, no hace falta ir», quizá ahora estaban listos para decir: «Si ha muerto, no tiene sentido ir». Sin embargo, Cristo todavía puede obrar allí.
En Juan 11:16, Tomás, llamado el Dídimo, anima a los demás discípulos a seguir con valentía a su Maestro. Tanto Tomás como Dídimo significan «gemelo», uno en hebreo y el otro en griego. Es probable que Tomás tuviera un gemelo. Les dijo a sus compañeros discípulos, quienes probablemente se miraron unos a otros con temor cuando Jesús declaró con tanta firmeza «Vamos»: «Vayamos también nosotros, para morir con él». Algunos entienden que se refería a Lázaro. Lázaro era un amigo querido tanto de Cristo como de los discípulos, y quizá Tomás tenía una relación especialmente cercana con él. Si es así, Tomás quiso decir: «Si ha muerto, vayamos y muramos con él». En primer lugar, pudo haber querido decir: «Si seguimos viviendo, no sabemos cómo vivir sin él». Tal vez Lázaro los había ayudado con frecuencia, les había dado alojamiento o había provisto para ellos. Ahora que se había ido, sentían que habían perdido a quien les hacía la vida más fácil. Muchas veces sentimos que nuestra vida está ligada a la vida de quienes amamos. Pero Dios nos enseña a vivir, y a vivir bien, dependiendo de él cuando ya no están aquellos de quienes dependíamos.
Aun así, eso no es todo lo que Tomás quiso decir. En segundo lugar: «Si morimos, esperamos ser bendecidos junto con él». Tenía una fe tan firme en la vida después de la muerte y una esperanza tan buena por la gracia de Dios, creyendo que tanto ellos como Lázaro pertenecían a esa vida, que estaba dispuesto a que todos fueran y murieran con él. Es mejor morir y acompañar a los amigos cristianos al mundo que recibe el beneficio de su presencia, que permanecer en un mundo empobrecido por su ausencia. Mientras más amigos nuestros son llevados de aquí, menos lazos nos atan a esta tierra y más nuestro corazón se dirige hacia el cielo. Tomás habla de la muerte con tanta naturalidad, como si solo se tratara de quitarse la ropa y acostarse a dormir.
Sin embargo, es más probable que Tomás quisiera decir: «Vayamos y muramos con nuestro Maestro», quien se estaba exponiendo a la muerte al ir a Judea. Si ese es el sentido, sus palabras fueron valientes, aunque su fe era débil, como se vería más adelante (Juan 14:5; Juan 20:25). Tomás sabía cuán enojados estaban los judíos contra Cristo, y también conocía los planes de Dios acerca de él, de los cuales Jesús les había hablado muchas veces. Por eso, no era una suposición extraña pensar que Jesús iba adonde la muerte podía encontrarlo. Tomás muestra, en primer lugar, una disposición llena de gracia a morir con Cristo mismo, motivada por un amor profundo hacia él. En segundo lugar, muestra un deseo ferviente de llevar a sus compañeros discípulos a tener esa misma actitud: «Vayamos todos y muramos con él. Si lo apedrean, que también nos apedreen a nosotros. ¿Quién querría sobrevivir a un Maestro como él?». En tiempos difíciles, los cristianos deben fortalecerse unos a otros de esta manera. Cada uno de nosotros puede decir: «Muramos con él». Pensar en la muerte del Señor Jesús debe hacernos estar dispuestos a morir cuando Dios nos llame.
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Lázaro de Betania
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María de Betania Lázaro de Betania es hermano de María de Betania.
Fuente: Juan 11:2
Esta María, hermana de Lázaro, fue la que derramó perfume sobre los pies del Señor y los secó con sus cabellos.
Lee Juan 11:2 -
Marta Lázaro de Betania es hermano de Marta.
Fuente: Juan 11:1; Juan 11:2; Juan 11:3
Había un hombre enfermo llamado Lázaro, natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta.
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María de Betania
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Marta María de Betania es hermana de Marta.
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Lázaro de Betania Lázaro de Betania es hermano de María de Betania.
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Esta María, hermana de Lázaro, fue la que derramó perfume sobre los pies del Señor y los secó con sus cabellos.
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Marta
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María de Betania María de Betania es hermana de Marta.
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Había un hombre enfermo llamado Lázaro, natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta.
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Lázaro de Betania Lázaro de Betania es hermano de Marta.
Fuente: Juan 11:1; Juan 11:2; Juan 11:3
Había un hombre enfermo llamado Lázaro, natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta.
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De este capítulo
Juan 11:2
"Esta María, hermana de Lázaro, fue la que derramó perfume sobre los pies del Señor y los secó con sus cabellos."
Juan 11:3
"Así pues, las dos hermanas mandaron a decir a Jesús: —Señor, tu querido amigo está enfermo."
Juan 11:4
"Al oírlo, Jesús dijo: —Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que servirá para mostrar la gloria de Dios y también la gloria del Hijo de Dios."
Juan 11:5
"Aunque Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro,"
Juan 11:6
"cuando le dijeron que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba."
Juan 11:7
"Después dijo a sus discípulos: —Vamos otra vez a Judea."
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