Versículo destacado

Jeremías 31:35 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" El Señor, que puso el sol para alumbrar durante el día y la luna y las estrellas para alumbrar durante la noche, que hace que el mar se agite y que sus olas rujan, y que tiene por nombre el Señor todopoderoso, dice: "

Jeremías 31:35

menu_book El versículo en contexto

33 Esta será la alianza que haré con Israel en aquel tiempo: pondré mi ley en su corazón y la escribiré en su mente. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Yo, el Señor, lo afirmo.

34 Ya no será necesario que unos a otros, amigos y parientes, tengan que instruirse para que me conozcan, porque todos, desde el más grande hasta el más pequeño, me conocerán. Yo les perdonaré su maldad y no me acordaré más de sus pecados. Yo, el Señor, lo afirmo.

35 El Señor, que puso el sol para alumbrar durante el día y la luna y las estrellas para alumbrar durante la noche, que hace que el mar se agite y que sus olas rujan, y que tiene por nombre el Señor todopoderoso, dice:

36 Si algún día llegaran a fallar estas leyes que he establecido, ese día Israel dejaría de ser mi pueblo. Yo, el Señor, lo afirmo.

37 Si algún día se llegara a medir el cielo y a explorar la tierra hasta sus cimientos, ese día yo rechazaría a Israel por todo lo que ha hecho. Yo, el Señor, lo afirmo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En los versículos anteriores se han prometido cosas maravillosas acerca de la iglesia del evangelio, la iglesia de Cristo, a la cual la comunidad judía después del exilio finalmente daría paso. Todas esas promesas encontrarán allí su cumplimiento pleno y definitivo. Pero ¿podemos confiar en ellas? Sí. Aquí se confirman y se nos da la mayor seguridad posible de que las bendiciones que contienen permanecerán.

La verdad principal que aquí se afirma es esta: mientras exista el mundo, Dios tendrá una iglesia en él. En ocasiones, la iglesia puede quedar muy abatida, pero volverá a levantarse y recuperará su lugar. Está edificada sobre una roca, y las puertas del infierno no podrán vencerla. Para fortalecer nuestra fe, Dios nos señala dos grandes hechos: la creación del mundo y la reconstrucción de Jerusalén.

Primero, la creación del mundo, junto con su firmeza y su orden perdurable, demuestra el poder y la fidelidad del Dios que se ha comprometido a establecer su iglesia. Dios fue quien hizo todas las cosas desde el principio (Hebreos 3:4), y él sigue siendo quien mantiene todo en orden. La gloria constante del mundo natural debe animarnos a confiar también en la promesa de que la gloria de la gracia continuará, porque esa promesa es tan segura como las aguas de Noé (Isaías 54:9).

Contempla las maravillas de la naturaleza y considera cuán dichosos son quienes tienen para siempre como Dios a este Dios de la naturaleza. Observa el movimiento constante y ordenado de los cuerpos celestes. Dios es quien los puso en movimiento y quien gobierna sobre ellos con autoridad suprema. Él da el sol como luz para el día (Jeremías 31:35). No solo lo hizo así al principio, sino que todavía lo mantiene de esa manera. La luz, el calor y toda la influencia del sol siguen dependiendo de su Creador.

Él da las ordenanzas fijas de la luna y de las estrellas para que alumbren de noche. Sus movimientos se llaman ordenanzas porque son regulares y ordenados, y porque están dispuestos bajo el gobierno de Dios. Véase Job 38:31-33.

Observa también cómo Dios gobierna el mar y refrena sus olas orgullosas. El Señor de los ejércitos divide el mar o, como lo interpretan algunos, aquieta el mar cuando rugen sus olas. Él lo gobierna y lo mantiene bajo control. Cuando está más agitado, Dios lo mantiene dentro de sus límites (Jeremías 5:22) y pronto vuelve a calmarlo. Debemos alabar a Dios no solo porque mantiene los cielos en su curso regular, sino también porque contiene al mar cuando se mueve con violencia.

Observa la inmensidad de los cielos y la extensión interminable del firmamento. Tiene que ser un Dios grande aquel que gobierna un mundo tan grande. Los cielos de arriba no pueden medirse (Jeremías 31:37), y aun así Dios los llena.

Observa también el misterio de la parte de la creación en la que vivimos y que mejor conocemos. No se pueden descubrir las bases de la tierra en sus profundidades, porque el Creador la cuelga sobre la nada (Job 26:7). No sabemos cómo están afirmados sus cimientos (Job 38:6).

Observa, finalmente, cuán firmes e inconmovibles son todas estas cosas (Jeremías 31:36). Estas ordenanzas no desaparecerán delante de Dios. Él mantiene siempre ante sus ojos a todos los ejércitos de los cielos y de la tierra, junto con todos sus movimientos. Él los estableció, y permanecen porque todos son sus siervos (Salmo 119:90-91). A menudo las nubes cubren los cielos, y el sol y la luna se oscurecen. La tierra puede temblar y el mar puede agitarse. Sin embargo, todos conservan su lugar. Se mueven, pero no son removidos. En todo esto debemos reconocer el poder, la bondad y la fidelidad del Creador.

A partir de esto también podemos estar seguros de las bendiciones del reino de la gracia. Podemos tener plena confianza en que la descendencia de Israel no dejará de ser una nación, porque el Israel espiritual, la iglesia del evangelio, será una nación santa, un pueblo adquirido por Dios (1 Pedro 2:9). Cuando Israel según la carne ya no sea una nación, los hijos de la promesa serán considerados como la verdadera descendencia (Romanos 9:8).

Dios no desechará a toda la descendencia de Israel, ni siquiera por todo lo que han hecho, aunque han actuado con mucha maldad (Jeremías 31:37). Tendría razón para desecharlos, pero no lo hará. Aunque los expulsó de su tierra y los humilló por un tiempo, no los desechará para siempre. Desecha a algunos, pero no a todos. Pablo parece señalar esto cuando pregunta: «¿Ha desechado Dios a su pueblo?» y responde: «De ninguna manera» (Romanos 11:1). En ese mismo tiempo todavía queda un remanente, suficiente para mantener verdadera la promesa de que Dios no desechará a toda la descendencia de Israel, aunque muchos se destruyan a sí mismos por su incredulidad.

Esta fe puede fortalecerse mediante algunas verdades claras. Primero, el Dios que se ha encargado de preservar a la iglesia es todopoderoso. Él sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Nuestra ayuda está en su nombre, el que hizo los cielos y la tierra, y por eso puede hacer cualquier cosa.

Segundo, Dios no cuidaría tanto del mundo si no tuviera la intención de recibir gloria por medio de él. ¿Y cómo lo haría, sino asegurando para sí una iglesia en el mundo, un pueblo que sea para él motivo de honra y alabanza?

Tercero, si el orden de la creación permanece porque fue establecido firmemente desde el principio y no necesita cambios, entonces el camino de la gracia continuará con la misma estabilidad, porque también fue establecido sabiamente desde el comienzo.

Cuarto, aquel que prometió preservar para sí una iglesia ya ha demostrado ser fiel a la palabra que habló acerca de la estabilidad del mundo. El que fue fiel a su pacto con Noé y sus hijos, porque lo estableció como un pacto eterno (Génesis 9:9, 16), ciertamente no será infiel a su pacto con Abraham y su descendencia, es decir, con su descendencia espiritual, pues ese también es un pacto eterno. Ni siquiera lo malo que ellos han hecho, aunque ha sido mucho, podrá frustrar el propósito bondadoso de ese pacto. Véase Salmo 89:30 y los versículos siguientes.

Segundo, la reconstrucción de Jerusalén, que en ese tiempo estaba en ruinas, así como su ampliación y fortalecimiento, sería una señal de las cosas mayores que Dios haría por la iglesia del evangelio, la Jerusalén celestial (Jeremías 31:38-40). Llegarían los días, aunque tardaran mucho en llegar, en que Jerusalén sería completamente reconstruida y tendría una extensión semejante a la de antes. Aquí se describen sus límites mediante los lugares por donde pasaría su línea exterior. Sin duda, el muro de Nehemías, que comenzó cerca de la torre de Hananeel mencionada aquí (Nehemías 3:1), fue construido para abarcar el terreno al que se refiere esta profecía, aunque no podemos estar seguros de la ubicación exacta de todos los lugares nombrados, como la puerta de la esquina y la colina de Gareb.

Cuando Jerusalén fuera reconstruida, sería apartada para Dios y para su servicio. Sería edificada para el SEÑOR (Jeremías 31:38), y hasta sus espacios abiertos y los campos cercanos serían santos para el SEÑOR.

Ya no sería contaminada por ídolos como antes. En cambio, allí Dios sería alabado y honrado. Toda la ciudad sería como un solo templo, un solo lugar santo, tal como la nueva Jerusalén, que no tiene templo porque toda la ciudad es un templo.

Edificada sobre la promesa de Dios, ya no sería arrancada ni derribada. Esto significa que duraría por muchísimo tiempo. La nueva ciudad, desde el regreso del exilio hasta su destrucción final, duró aproximadamente tanto como la ciudad antigua, desde los días de David hasta el cautiverio. Pero esta promesa encuentra su cumplimiento pleno en la iglesia del evangelio.

La iglesia del evangelio es el Israel espiritual; por eso Dios no la desechará. También es la ciudad santa; por eso ningún poder humano puede arrancarla ni derribarla. Puede quedar en ruinas por un tiempo, como Jerusalén, pero se recuperará, sobrevivirá a la tormenta y cumplirá el propósito de Dios. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

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