Versículo destacado
Santiago 5:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Sobre todo, hermanos míos, no juren ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ninguna otra cosa. Cuando digan «sí», que sea sí; y cuando digan «no», que sea no, para que Dios no los condene. "
Santiago 5:12
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
10 Hermanos míos, tomen como ejemplo de sufrimiento y paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor.
11 Pues nosotros consideramos felices a los que soportan el sufrimiento con fortaleza. Ustedes han oído cómo soportó Job sus sufrimientos y saben de qué modo lo trató finalmente el Señor, porque el Señor es muy misericordioso y compasivo.
12 Sobre todo, hermanos míos, no juren ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ninguna otra cosa. Cuando digan «sí», que sea sí; y cuando digan «no», que sea no, para que Dios no los condene.
13 Si alguno de ustedes está afligido, que ore. Si alguno está contento, que cante alabanzas.
14 Si alguno está enfermo, que llame a los ancianos de la iglesia para que oren por él y, en el nombre del Señor, lo unjan con aceite.
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Al acercarse el final de la carta, el escritor pasa rápidamente de un tema a otro. Por eso, estos pocos versículos tratan asuntos muy diferentes. Primero advierte contra el pecado de jurar: «Sobre todas las cosas, hermanos míos, no juren» (Santiago 5:12).
Algunas personas interpretan esto de manera demasiado limitada, como si Santiago solo quisiera decir: «No juren cuando otros los insulten o los hagan enojar». Es cierto que aquí se prohíbe ese tipo de juramento impulsivo. Pero eso no excusa a quienes dicen que solo juran cuando los provocan y que no pueden evitarlo. La advertencia de Santiago va más allá y abarca también otras formas de jurar.
Algunos han traducido estas palabras como «antes que nada», con el sentido de: «No añadan juramentos a todo lo que dicen en su conversación cotidiana». Toda forma de juramento descuidado e innecesario está claramente prohibida y se condena en toda la Escritura como un pecado grave. Entre los judíos, los juramentos irreverentes eran muy comunes, y esta carta se dirige ampliamente a las doce tribus dispersas por distintos lugares; por eso, Santiago quizá también esté hablando de personas que no creían. Es difícil pensar que los hijos de Dios deban distinguirse por sus juramentos.
Cuando Pedro fue acusado de ser discípulo de Cristo y quiso negarlo, maldijo y juró. Intentaba demostrar con la mayor firmeza posible que no era uno de los seguidores de Jesús, porque la gente sabía que los verdaderos discípulos no acostumbraban hacer algo así. Aun así, algunos que se llamaban cristianos, pero vivían con ligereza e imprudencia, también pudieron haber sido culpables de este pecado. Con el paso de los años, por desgracia, se ha vuelto muy común, incluso entre quienes afirman llevar el nombre de cristianos y disfrutar de sus privilegios. Santiago dice: «Sobre todas las cosas, no juren», pero muchas personas tratan este asunto como si fuera el menos importante y casi no piensan en sus juramentos cotidianos.
¿Por qué se prohíbe jurar por encima de todas las cosas? Primero, porque ataca directamente el honor de Dios y demuestra un desprecio abierto por su nombre y su autoridad. Segundo, porque este pecado no suele estar impulsado por una tentación real. Las personas no juran para obtener ganancias, placer o prestigio. Lo hacen por una especie de amor perverso al pecado y una hostilidad innecesaria hacia Dios. «Tus enemigos toman tu nombre en vano» (Salmo 139:20). Esto demuestra que actúan como enemigos de Dios, aunque afirmen llevar su nombre o a veces le muestren respeto externo en la adoración. Tercero, una vez que las personas se acostumbran a jurar, es muy difícil que dejen de hacerlo; por eso deben protegerse de este pecado desde el principio. Cuarto, si tratan el nombre de Dios con ligereza en otras ocasiones, ¿cómo pueden esperar que sea un refugio firme en sus momentos de angustia?
Al mismo tiempo, esto no prohíbe los juramentos legítimos y necesarios. Más bien, los protege al preservar el respeto apropiado que se les debe. La verdadera naturaleza de un juramento consiste en poner como garantía el valor de algo grande para confirmar algo menor que está en duda. No es simplemente, como muchos piensan, una apelación a Dios o a otro juez. Por eso las personas llegaron a jurar por el cielo, por la tierra y por otras cosas, como menciona Santiago aquí. Los judíos pensaban que estaban a salvo si evitaban solamente la forma más solemne de juramento, pero llegaron a ser tan irreverentes que juraban por cosas creadas como si esas cosas fueran Dios. Del mismo modo, quienes acostumbran jurar por el nombre de Dios lo colocan al mismo nivel que las cosas ordinarias.
Luego Santiago dice: «Que su sí sea sí y su no, no, para que no caigan en condenación» (Santiago 5:12). Esto significa que debe bastar con decir sí o no, según lo requiera el asunto, y que debemos asegurarnos de cumplir nuestra palabra. Vivamos con tanta honestidad que nadie tenga razones para sospechar que mentimos. Así evitaremos la culpa de respaldar nuestras palabras con juramentos imprudentes y de usar el nombre de Dios para defendernos. Las personas recurren a los juramentos porque otros dudan de su honestidad. Si se sabe que somos veraces y firmes en nuestra palabra, no habrá necesidad de jurar para confirmar lo que decimos. De este modo escapamos de la condenación relacionada con el tercer mandamiento: «El Señor no tendrá por inocente al que tome su nombre en vano».
También se enseña a los cristianos a adaptarse a los cambios de la providencia de Dios, es decir, a su gobierno sabio sobre la vida (Santiago 5:13). «¿Está sufriendo alguno de ustedes? Que ore. ¿Está alegre alguno? Que cante alabanzas». Nuestra vida en este mundo es variada. A veces estamos tristes y otras veces estamos alegres. La sabiduría nos enseña a aceptar ambas realidades y a actuar de una manera apropiada tanto para el sufrimiento como para la alegría. Dios ha puesto estas situaciones una junto a la otra para que aprendamos los deberes que nos pide y usemos incluso nuestras emociones para fortalecer nuestra adoración.
El sufrimiento debe llevarnos a orar, y la prosperidad debe llevarnos a alabar. Esto no significa que la oración sea solo para los tiempos difíciles ni que el canto sea únicamente para los momentos felices. Pero cada deber es especialmente apropiado y provechoso en su debido momento. En un día de sufrimiento, nada es más apropiado que la oración. La persona afligida debe orar por sí misma y también pedir a otros que oren por ella. Los tiempos de sufrimiento deben convertirse en tiempos de oración. Dios envía la aflicción, en parte, para que lo busquemos desde el principio y para que quienes lo han ignorado en otros momentos comiencen a buscarlo.
En medio de la aflicción, el espíritu suele volverse más humilde y el corazón más sensible y tierno. La oración agrada especialmente a Dios cuando brota de un corazón quebrantado y humilde. Las aflicciones también hacen surgir naturalmente las quejas, y la oración es el lugar adecuado para presentarlas. Cuando sufrimos, también necesitamos fe y esperanza, y la oración es el medio establecido por Dios para darnos y fortalecernos estas virtudes. «¿Está afligido alguno? Que ore».
Por otro lado, en un día de alegría y prosperidad, es muy apropiado y adecuado cantar salmos.
Aquí la palabra simplemente es «cante», sin añadir «salmos» ni ninguna otra expresión. Por los escritos de autores cristianos de los primeros siglos, como Plinio, Justino Mártir y Tertuliano, sabemos que los cristianos solían cantar himnos en la adoración, ya fueran tomados de la Escritura o escritos de manera más particular. Algunas personas piensan que las palabras de Pablo a los colosenses y a los efesios, acerca de hablarse unos a otros con «salmos, himnos y cánticos espirituales» (Colosenses 3:16; Efesios 5:19), se refieren únicamente a cantos de la Escritura. Los salmos hebreos de David también estaban divididos en categorías cuyos nombres se parecen mucho a las palabras de Pablo.
Sea como sea, podemos estar seguros de lo siguiente: cantar salmos es una ordenanza del evangelio, una práctica mandada para la adoración cristiana, y nuestra alegría debe ser una alegría santa, apartada para Dios. Aquí se menciona el canto de una manera que muestra que incluso la alegría y la prosperidad personales deben convertirse en alabanza. La alegría santa tiene un lugar en las familias y en los espacios privados, así como en la adoración pública. Nuestro canto debe producir melodía en el corazón para el Señor, y Dios ciertamente se complace en esta clase de adoración.
Luego Santiago da instrucciones especiales para los enfermos, junto con una promesa de sanidad y misericordia perdonadora si se siguen esas instrucciones. Si alguien está enfermo, debe llamar a los ancianos de la iglesia, es decir, a los presbíteros, pastores o ministros (Santiago 5:14-15). Los enfermos tienen el deber de pedir la ayuda y las oraciones de un ministro. También es deber del ministro orar por los enfermos cuando se le pide que lo haga.
Durante el tiempo en que se concedieron milagros de sanidad, los enfermos debían ser ungidos con aceite en el nombre del Señor. La mayoría de los intérpretes limita esta unción a quienes tenían el poder de hacer milagros, y sostiene que, cuando cesaron los milagros, también terminó esta práctica. En el Evangelio de Marcos, los apóstoles ungieron con aceite a muchos enfermos y los sanaron (Marcos 6:13). También hay testimonios de que esta práctica continuó en la iglesia unos doscientos años después de Cristo, pero el don de sanidad desapareció junto con ella. Cuando terminó el don milagroso, se dejó de practicar este rito.
Los católicos romanos transformaron esto en un sacramento llamado extremaunción. No lo usan para sanar a los enfermos, como lo hacían los apóstoles. En cambio, lo administran únicamente a quienes están a punto de morir. La unción apostólica tenía el propósito de sanar la enfermedad, mientras que la versión católica romana supuestamente elimina los restos del pecado y fortalece el alma, según afirman, contra los poderes del mal. Como no pueden demostrar mediante ningún resultado visible que Cristo aún respalde esta práctica, dicen que sus resultados invisibles son maravillosos. Sin duda, es mejor dejar de lado la unción que convertirla en algo contrario al propósito claro que se le dio en la Escritura.
Algunos protestantes han pensado que esta unción solo fue permitida o aprobada por Cristo, y no instituida por él. Pero las palabras de Santiago aquí parecen indicar que fue ordenada en los casos en que había fe para recibir sanidad. Por esa razón, algunos protestantes han defendido su uso de manera limitada. No fue pensada para un uso común, ni siquiera durante la era apostólica. Algunos han considerado que no debía abandonarse por completo en todas las épocas, sino que, donde hubiera una fe extraordinaria tanto en quien unge como en quienes son ungidos, todavía podría acompañarla una bendición extraordinaria.
Aun así, aquí hay algo que debemos notar con cuidado: la sanidad no se atribuye al aceite, sino a la oración: «La oración de fe salvará al enfermo» (Santiago 5:15). Por eso, la oración por los enfermos debe surgir de una fe viva y estar unida a ella. Debe haber fe tanto en quien ora como en la persona por la que se ora. En la enfermedad, lo que resulta eficaz no es una oración fría y formal, sino la oración de fe.
También debemos observar el resultado de la oración. «El Señor lo levantará», es decir, si es conveniente que la persona sea restaurada y si Dios todavía tiene una obra para ella en este mundo. Y si ha cometido pecados, le serán perdonados. Esto significa que, si una enfermedad fue enviada como castigo por un pecado específico, ese pecado será perdonado y la eliminación de la enfermedad lo demostrará. Cuando Cristo le dijo al hombre paralítico: «Vete y no peques más, para que no te suceda algo peor» (Juan 5:14), mostró que un pecado específico puede haber estado detrás de la enfermedad.
Por eso, lo principal que debemos pedirle a Dios en la enfermedad, tanto por nosotros como por los demás, es el perdón del pecado. El pecado es a la vez la raíz de la enfermedad y su aguijón. Si el pecado es perdonado, la aflicción será quitada por misericordia, o veremos la misericordia de Dios aun mientras continúa. Cuando la sanidad descansa sobre el perdón, podemos decir con Ezequías: «Por amor a mi alma me libraste del hoyo de la destrucción» (Isaías 38:17). Cuando estás enfermo y sientes dolor, es natural que ores: «Dame alivio, devuélveme la salud». Pero tu oración más profunda y principal debe ser: «Dios, perdona mis pecados».
A los cristianos también se les enseña a confesarse sus faltas unos a otros y a unirse en oración unos por otros (Santiago 5:16). Algunos intérpretes relacionan esto con Santiago 5:14, como si los enfermos debieran confesar sus faltas a los ministros que oran por ellos. Eso puede ser apropiado cuando alguien sabe que una enfermedad es un castigo directo por un pecado específico y cuando la eliminación de la enfermedad parece estar vinculada con una petición especial de perdón. En ese caso, puede ser correcto explicarle claramente el asunto al ministro, para que pueda orar de manera sabia y específica.
Pero aquí Santiago habla de la confesión entre cristianos, no de confesar los pecados a un sacerdote, como sostienen los católicos romanos. Si unas personas se han hecho daño unas a otras, las injusticias deben confesarse a quienes las sufrieron. Si unas personas se han tentado mutuamente a pecar o han participado juntas en las mismas malas acciones, deben reconocer su culpa unos delante de otros y animarse mutuamente al arrepentimiento. Si el pecado es público y ha causado un daño público, la confesión también debe hacerse públicamente, de manera que llegue a todos los afectados. En ocasiones también es bueno confesar nuestras faltas a un ministro sabio o a un amigo que ore, para que nos ayude a suplicar a Dios misericordia y perdón.
Pero Santiago no está diciendo que debamos confesar todo lo malo que hay en nosotros ni todo lo malo que hay en los demás. Quiere decir que debemos confesar aquello que ayude a restaurar la paz con alguien a quien hemos ofendido, o aquello en lo que necesitemos ayuda para tener una conciencia tranquila. A veces también es útil que los cristianos que tienen una relación de confianza y amistad compartan entre sí sus debilidades y luchas particulares. De esa manera pueden ayudarse mediante la oración, pidiendo a Dios perdón y fortaleza para vencer el pecado.
Quienes confiesan sus faltas unos a otros deben después orar unos con otros y unos por otros. Santiago ya ha señalado diferentes clases de oración. En Santiago 5:13, a los que sufren se les dice que oren por sí mismos. En Santiago 5:14, se les dice que pidan las oraciones de los ministros. En Santiago 5:16, se les dice a los cristianos en particular que oren unos por otros. Así que aquí se promueven todas las formas de oración: la oración de los ministros, la oración compartida y la oración privada.
Luego Santiago muestra el gran valor y poder de la oración. La oración ferviente de una persona justa puede lograr mucho, ya sea a favor de ella misma o de los demás, como lo demuestra Elías en Santiago 5:17-18. La persona que ora debe ser justa, aunque no perfecta en todo, porque Elías no estaba libre de pecado. Debe ser justa en el sentido del evangelio: no ama ni aprueba el pecado. Como dice Salmos 66:18, si guardo el pecado en mi corazón, el Señor no me escuchará.
La oración misma también debe ser ferviente, viva y sincera. Debe ser un verdadero derramamiento del corazón delante de Dios y surgir de una fe genuina. Esa oración es de gran provecho. Nos ayuda a nosotros, puede ayudar mucho a nuestros amigos y, además, podemos tener la seguridad de que agrada a Dios. Es una gran bendición tener amigos cuyas oraciones son poderosas delante de Dios.
Santiago demuestra este poder de la oración mediante la respuesta que recibió Elías. Esto debe animarnos aun en los asuntos ordinarios, porque Elías era un ser humano con sentimientos como los nuestros. Era un hombre bueno y celoso de Dios, y un gran profeta, pero tenía debilidades y estaba sujeto a emociones intensas como cualquier otra persona. Por eso, al orar no debemos depender de nuestros méritos humanos, sino de la gracia de Dios. Lo único que debemos imitar de Elías es que oró con fervor; en otras palabras, oró de verdad. No basta con pronunciar palabras de oración. Debemos orar realmente mientras oramos. Nuestros pensamientos deben estar concentrados, nuestros deseos deben ser intensos y nuestra fe debe estar activa. Cuando oremos de esa manera, encontraremos bendición en la oración.
Elías oró para que no lloviera, y Dios lo escuchó cuando intercedió contra una nación idólatra y perseguidora. No cayó lluvia sobre la tierra durante tres años y seis meses. Después volvió a orar, y el cielo dio lluvia. La oración es, por así decirlo, la llave que abre y cierra el cielo. Apocalipsis 11:6 parece referirse a esto cuando dice que los dos testigos tendrían poder para cerrar el cielo, de modo que no lloviera. Esta extraordinaria respuesta a la oración quedó registrada para animar a los creyentes comunes a perseverar y orar con fervor. Dios nunca les dice a los de la familia de Jacob, es decir, a su pueblo: «Busquen mi rostro en vano». Si Elías pudo hacer cosas tan grandes mediante la oración, las oraciones de ninguna persona justa volverán vacías. Aun cuando Dios no responda de una manera tan milagrosa, todavía puede mostrar esa misma gracia.
Santiago termina su carta exhortándonos a hacer todo lo que podamos, desde el lugar que ocupamos, para ayudar a otros a volver y ser salvos (Santiago 5:19-20). Algunos piensan que en estos versículos Santiago se está defendiendo por haber hablado con tanta claridad y dureza a los cristianos judíos acerca de sus pecados y errores. Sin duda tendría una buena razón para hacerlo, porque al apartarlos del error ayudaría a salvar almas y cubriría una multitud de pecados. Pero este pasaje no debe limitarse a la obra del apóstol ni únicamente a la obra de los ministros. Si alguien aparta del error a otra persona, quienquiera que sea, está sirviendo como instrumento para salvar un alma de la muerte.
Santiago todavía los llama hermanos, pero da por sentado que pueden desviarse. No es señal de sabiduría ni de santidad presumir que nunca nos equivocamos o negarnos a reconocer cuando estamos mal. Si alguien se desvía, sin importar cuán importante o insignificante sea, no debemos tener miedo de mostrarle su error. Y sin importar cuán débil o poco importante parezca, no debemos pensar que está por debajo de nosotros ayudarle a crecer en sabiduría y rectitud. Si alguien se aparta de la verdad, es decir, del evangelio, que es la gran norma de la verdad, ya sea en sus creencias o en su conducta, debemos esforzarnos por llevarlo de vuelta a esa norma.
Los errores en las creencias y los errores en la vida generalmente van juntos. Detrás de cada fracaso práctico suele haber una idea equivocada. Por lo general, nadie vive en pecado sin sostener algún principio pecaminoso. Por eso, convertir a esa persona significa hacerla volver del error y del mal en el que ha caído. No debemos apresurarnos a acusar a un hermano que se ha desviado ni intentar avergonzarlo o causarle problemas. Debemos procurar restaurarlo. Y si, después de todos nuestros esfuerzos, no podemos lograrlo, en ninguna parte se nos da autoridad para perseguirlo o destruirlo. Si ayudamos a llevar a alguien al arrepentimiento, se dice que lo convertimos, aunque la obra pertenece principalmente y, en última instancia, a Dios. Y si no podemos hacer nada más, todavía podemos orar para que la gracia y el Espíritu de Dios lo hagan volver y lo transformen.
Quienes de alguna manera son útiles para hacer que otros vuelvan deben conocer el resultado bendito de esa labor. Pueden encontrar gran consuelo ahora y recibirán una corona al final. La persona que se desvía de la verdad en Santiago 5:19 es descrita aquí como alguien que se aparta del camino correcto en Santiago 5:20. Por eso, no podemos decir que hemos convertido a alguien simplemente porque cambió de opinión, a menos que también lo llevemos a corregir su conducta. La verdadera conversión consiste en hacer que un pecador abandone el error de su conducta, no simplemente en trasladarlo de un grupo a otro o de una perspectiva a otra.
Quien hace volver a un pecador del error de su camino salvará un alma de la muerte. Aquí está en juego un alma, y todo lo que se haga para contribuir a la salvación de un alma ciertamente recibirá recompensa. Puesto que el alma es la parte principal de la persona, Santiago habla de salvar el alma, pero esto incluye a la persona entera. El espíritu será librado del infierno, el cuerpo será levantado de la tumba, y ambos serán salvados de la muerte eterna. Por medio de este cambio de corazón y de vida, quedará cubierta una multitud de pecados. Este es un pasaje de la Escritura que consuela mucho.
Esto nos enseña que, aunque nuestros pecados sean muchos, incluso en gran número, todavía pueden quedar cubiertos o ser perdonados. Cuando una persona se aparta del pecado y lo deja atrás, este queda cubierto y nunca volverá a levantarse contra ella en el juicio. Las personas pueden intentar de todas las maneras cubrir o excusar su pecado, pero no hay una forma verdadera ni duradera de esconderlo, excepto abandonarlo.
Algunos entienden que este versículo quiere decir que la conversión evita que se cometa una multitud de pecados. Eso ciertamente es verdad. La conversión detiene muchos pecados en la persona que se convierte, y también puede evitar muchos más en otras personas que reciben su influencia o comparten su comunión. Por eso, debemos dedicarnos con todo el cuidado posible a la conversión de los pecadores.
Esto traerá felicidad y salvación a la persona que se convierte. También evitará mucho daño e impedirá que el pecado se extienda y crezca en el mundo. Dará gloria y honor a Dios, y aumentará grandemente nuestro consuelo y nuestra alabanza en el gran día. Quienes hacen volver a muchos a la justicia, y quienes los ayudan a hacerlo, resplandecerán como las estrellas por toda la eternidad.
De este capítulo
Santiago 5:1
"¡Escuchen esto, ustedes los ricos! ¡Lloren y griten por las desgracias que van a sufrir!"
Santiago 5:2
"Sus riquezas están podridas, y sus ropas están comidas por la polilla."
Santiago 5:3
"Su oro y su plata se han enmohecido, y ese moho será una prueba contra ustedes y los destruirá como fuego. Han amontonado riquezas en estos días, que son los últimos."
Santiago 5:4
"El pago que no les dieron a los hombres que trabajaron en su cosecha clama contra ustedes, y el Señor todopoderoso ha oído la reclamación de esos trabajadores."
Santiago 5:5
"Aquí en la tierra se han dado una vida de lujo y placeres, engordando como ganado, ¡y ya llega el día de la matanza!"
Santiago 5:6
"Ustedes han condenado y matado a los inocentes sin que ellos opusieran resistencia."
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