Versículo destacado
Santiago 5:1 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" ¡Escuchen esto, ustedes los ricos! ¡Lloren y griten por las desgracias que van a sufrir! "
Santiago 5:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 ¡Escuchen esto, ustedes los ricos! ¡Lloren y griten por las desgracias que van a sufrir!
2 Sus riquezas están podridas, y sus ropas están comidas por la polilla.
3 Su oro y su plata se han enmohecido, y ese moho será una prueba contra ustedes y los destruirá como fuego. Han amontonado riquezas en estos días, que son los últimos.
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Santiago les habla aquí primero a los pecadores y después a los santos. Sigue lo que su Maestro ya había dicho: «¡Ay de ustedes los ricos, porque ya recibieron su consuelo!» (Lucas 6:24). Los ricos a quienes se refiere no eran cristianos que solo profesaban tener fe. Eran judíos mundanos e incrédulos, como aquellos que, según Santiago dirá más adelante, condenaron y mataron al justo; algo que los cristianos no podían hacer.
Aunque esta carta fue escrita para creyentes, Santiago todavía podía dirigirse directamente a esos judíos incrédulos. Ellos no escucharían la palabra, así que quedó escrita para que la leyeran. También es importante notar que la carta comienza de una manera diferente de las cartas de Pablo. No está dirigida a «los hermanos en Cristo», sino, de manera más general, a las doce tribus, y su saludo es simplemente «saludos» (Santiago 1:1).
Muchos judíos pobres recibieron el evangelio y creyeron, pero la mayoría de los ricos rechazó el cristianismo. Se endurecieron en su incredulidad y odiaron a quienes creían en Cristo. Santiago se dirige a estas personas ricas, opresoras, incrédulas y perseguidoras en los primeros seis versículos.
Comienza advirtiéndoles del juicio de Dios que estaba por venir sobre ellos (Santiago 5:1-3). Debían esperar miserias tan grandes que tan solo pensar en ellas debería hacerlos llorar y aullar. Sus problemas surgirían precisamente de aquello en lo que habían puesto su esperanza. Al final, esas mismas cosas se levantarían contra ellos y los conducirían a la ruina. Los llama a pensar con seriedad en cómo comparecerán ante Dios en el juicio: «Ahora, ustedes los ricos».
Lo que quiere decir es esto: vienen sobre ustedes dificultades muy severas. No habrá consuelo en ellas, sino solo miseria. Será miseria en esta vida y miseria para siempre; miseria por las pérdidas externas y miseria por la angustia interior; miseria en el mundo y miseria en el infierno. No se trata de una sola aflicción, sino de muchas miserias. La ruina de su nación y de su iglesia estaba cerca, y se acercaba el día de la ira, cuando las riquezas no ayudarían a nadie, sino que todos los malvados serían destruidos.
Incluso pensar en la miseria que se acercaba debería hacerlos llorar y aullar. Los ricos suelen decirse a sí mismos, o escuchar que otros les dicen, que coman, beban y disfruten de la vida. Pero Dios dice: «Lloren y aúllen». Santiago no los está llamando aquí al arrepentimiento. Les está advirtiendo acerca del juicio. Cuando llegara su condena, no habría más que llanto, lamento y dolor acompañado de rechinar de dientes. A quienes viven como animales se les dice que aúllen como animales. Las calamidades públicas son especialmente amargas para los ricos, que viven en comodidad, placer y desenfreno. Por eso llorarán y aullarán más que otros cuando llegue la aflicción.
Su miseria provendrá precisamente de las cosas que más amaban. La corrupción, el deterioro, el óxido y la ruina caerán sobre todas sus posesiones valiosas. «Sus riquezas se han podrido, y sus ropas están comidas por la polilla» (Santiago 5:2). Las cosas a las que ahora se aferran con tanta fuerza después los herirán profundamente. No les servirán de nada y solo les traerán tristeza.
Esas cosas también testificarán contra ellos y «devorarán su carne como fuego» (Santiago 5:3). La Escritura presenta con frecuencia las cosas inanimadas como testigos contra los malvados. El cielo y la tierra, las piedras del campo, los productos de la tierra y aquí incluso el óxido y el deterioro de los tesoros acumulados se levantan como testigos contra los ricos impíos. Ellos creen que están guardando riquezas para sus últimos años, pero en realidad están acumulando tesoros para que otros se los quiten. Eso fue lo que les ocurrió a los judíos cuando los romanos les arrebataron sus riquezas. Al final, ese tesoro se convierte únicamente en un tesoro de ira para el día en que se revele el justo juicio de Dios.
Entonces sus pecados, junto con el castigo por ellos, arderán como fuego en su carne. Cuando Jerusalén fue destruida, muchos miles murieron a causa del fuego. En el juicio final, los malvados serán condenados al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles. Que el Señor nos guarde del destino de los ricos malvados. Para evitarlo, también debemos evitar sus pecados.
Luego Santiago muestra cuáles fueron los pecados que produjeron una miseria tan grande. Una condición tan terrible debe proceder de una culpa muy grave. Uno de los pecados que denuncia es la avaricia. Guardaban ropa hasta que las polillas se la comían, y acumulaban oro y plata hasta que se oxidaban y corroían. Es vergonzoso que esas cosas lleven dentro de sí las semillas de su propia destrucción. La ropa produce la polilla que la destruye, y el oro y la plata producen la corrosión que los consume. Pero la vergüenza recae con mayor fuerza sobre quienes conservan estas cosas para sí mismos hasta que se echan a perder. Dios nos da bienes materiales para que lo honremos y hagamos el bien con ellos. Si, en cambio, los acumulamos por deseo egoísta o por desconfianza en el cuidado de Dios para el futuro, eso es un pecado grave. Incluso el óxido y el deterioro del tesoro testificarán contra esas personas.
Otro pecado que Santiago denuncia es la opresión. «¡Miren! El salario de los trabajadores que segaron sus campos, y que ustedes retuvieron con engaño, clama» (Santiago 5:4). Cuando las personas adquieren riquezas, a menudo adquieren poder junto con ellas. Entonces sienten la tentación de usar ese poder para oprimir a quienes están bajo su autoridad. Aquí los ricos utilizaban en sus campos a trabajadores pobres. Los ricos necesitaban el trabajo de los pobres, así como los pobres necesitaban el salario de los ricos, y ninguno de los dos podía prescindir fácilmente del otro. Sin embargo, los ricos retenían el pago que les correspondía. Probablemente hacían acuerdos injustos y luego no los cumplían de manera honrada.
Este es un pecado que clama, uno que clama a Dios pidiendo justicia. En este caso, a Dios se le llama el Señor de los ejércitos. Ese título aparece con frecuencia en el Antiguo Testamento cuando el pueblo de Dios era débil, estaba desprotegido y se encontraba rodeado de enemigos poderosos.
El Señor de los ejércitos, quien gobierna sobre todo rango de seres y criaturas, escucha a los oprimidos cuando claman por la crueldad o la injusticia. Puede ordenar a cualquiera de las fuerzas que están bajo su autoridad —ángeles, demonios, tormentas, enfermedades o cualquier otra— que castigue el mal cometido contra personas tratadas con dureza y sin misericordia. Por eso debemos cuidarnos de este pecado de engañar y oprimir a otros, y mantenernos alejados incluso de todo lo que se le parezca.
Otro pecado mencionado aquí es vivir entregados a los placeres y al desenfreno. «Han vivido en placeres sobre la tierra y se han entregado al desenfreno» (Santiago 5:5). Dios no nos prohíbe disfrutar de las cosas, pero vivir para el placer como si ese fuera el propósito completo de la vida es un pecado grave. Y hacerlo sobre la tierra, donde solo somos extranjeros y peregrinos, donde permanecemos por poco tiempo y donde deberíamos prepararnos para la eternidad, hace que el pecado sea aún peor.
El lujo suele volver a las personas descuidadas y desenfrenadas, como en Oseas 13:6: «Cuando tenían pastos, se saciaban; se saciaban y se llenaba de orgullo su corazón; por eso se olvidaron de mí». Las grandes riquezas y la abundancia suelen conducir a este tipo de conducta. A quienes poseen grandes bienes les resulta difícil no entregarse demasiado a los placeres del cuerpo. «Han engordado su corazón como en día de matanza» significa que vivían como si cada día fuera un día de fiesta o de sacrificio. Al hacerlo, hicieron que su corazón se volviera gordo, insensible, orgulloso e indiferente a las necesidades y sufrimientos de los demás.
Algunos podrían preguntar: «¿Qué hay de malo en la buena comida y la comodidad, mientras las personas no gasten más de lo que tienen?». Pero ¿de verdad no es malo convertir el vientre en un dios y dedicarle todo el cuidado, en vez de dedicar más a la caridad y a la piedad? ¿No hace daño volverse incapaz de cuidar el alma por satisfacer los deseos del cuerpo? Sin duda, lo que hizo caer fuego sobre Sodoma y lo que produciría la miseria por la que aquí se les dice a los ricos que lloren y aúllen debe ser un mal terrible. El orgullo, la ociosidad y la abundancia de pan significan aquí lo mismo que vivir en placer, entregarse al desenfreno y alimentar el corazón como en un día de matanza.
Otro pecado que se les atribuye a los ricos es la persecución: «Han condenado y matado al justo, y él no se les resiste» (Santiago 5:6). Esto completa la medida de su culpa. Oprimían a otros y actuaban injustamente para obtener riquezas. Una vez que las obtenían, se entregaban al lujo y al placer hasta perder toda sensibilidad hacia las necesidades y los sufrimientos ajenos. Entonces perseguían y mataban sin remordimiento.
Podrían afirmar que actuaban legalmente, puesto que primero condenaban antes de matar. Pero los juicios injustos, por mucha apariencia de legalidad que tengan, seguirán siendo tomados en cuenta por Dios cuando investigue el derramamiento de sangre, igual que los asesinatos y las masacres abiertas. El justo puede ser condenado y asesinado. Sin embargo, cuando sufre de esa manera y se somete en silencio sin resistirse a la sentencia injusta de sus opresores, Dios lo ve. Esto honra a quienes sufren y avergüenza a sus perseguidores. Por lo general, también muestra que el juicio se acerca. Podemos estar seguros de que viene un día de rendición de cuentas: recompensará la paciencia de los oprimidos y hará pedazos al opresor.
Hasta aquí, el mensaje se dirigía a los pecadores. Ahora se dirige a los creyentes. Algunos se han apresurado a burlarse de esta manera de predicar o a rechazarla, porque los ministros dirigen una palabra a los pecadores y otra a los santos en el mismo mensaje. Pero, como el apóstol emplea aquí este método, podemos concluir que es la manera correcta de exponer fielmente la palabra de verdad. Después de hablar de los ricos malvados que oprimen a otros, se abre la oportunidad de consolar al pueblo afligido de Dios: puesto que Dios traerá tanta miseria sobre los malvados, ustedes pueden ver tanto cuál es su deber como cuál es su mayor motivo de ánimo.
En primer lugar, presten atención a su deber: “tengan paciencia” (Santiago 5:7), “fortalezcan su corazón” (Santiago 5:8) y “no se quejen unos contra otros, hermanos” (Santiago 5:9). Conviene considerar con cuidado estos tres mandatos.
“Tengan paciencia” significa soportar las dificultades sin quejarse y soportar las injusticias sin buscar venganza. Aunque Dios no se manifieste rápidamente a favor de ustedes de una manera evidente, esperen en él. “La visión tiene un plazo señalado; al fin hablará y no mentirá”; por eso, esperen. “Aunque tarde, espérenlo, porque sin falta vendrá; no tardará”. Extiendan su paciencia hasta convertirla en perseverancia; ese es el sentido de la palabra usada aquí. Después de haber cumplido con nuestro trabajo, todavía necesitamos paciencia mientras esperamos nuestra recompensa. Esta paciencia cristiana no es una simple resignación ante la necesidad, como enseñaban algunos filósofos. Es aceptar humildemente la sabiduría y la voluntad de Dios, con la mirada fija en una gloriosa recompensa futura. Tengan paciencia hasta que venga el Señor. Y, puesto que esta es una lección que los cristianos deben aprender, aunque sea difícil, Santiago la repite en Santiago 5:8: “Tengan también ustedes paciencia”.
“Fortalezcan su corazón” significa mantener firme e inquebrantable la fe, perseverar constantemente en la práctica del bien sin cansarse y mantener firme la determinación de vivir para Dios y para el cielo, sin importar el sufrimiento o la tentación que se presenten. La prosperidad de los malvados y el sufrimiento de los justos siempre han sido una gran prueba para el pueblo de Dios. David dice que casi resbaló cuando vio la prosperidad de los malvados (Salmo 73:2-3). Algunos de los cristianos a quienes escribió Santiago quizá se encontraban en ese mismo estado de inestabilidad; por eso se les dice que fortalezcan su corazón. La fe y la paciencia afirman el corazón.
“No se quejen unos contra otros” significa literalmente no gemir unos contra otros. Es decir, no se atormenten mutuamente con gemidos de queja por lo que les ha sucedido, ni con gemidos de desconfianza por lo que todavía podría venir, ni con gemidos de venganza contra quienes causaron su sufrimiento, ni con gemidos de envidia hacia quienes están libres de sus dificultades. No se hagan miserables a ustedes mismos ni se hagan miserables unos a otros al afligirse y desgastarse de esa manera.
Manton dice que esta advertencia se dirigía a las ofensas y resentimientos mutuos que los cristianos de aquellos días tenían unos contra otros. Algunos estaban agrupados bajo los nombres de circuncisión e incircuncisión, y se hacían daño entre sí, dándose motivos para gemir. Por tanto, no solo suspiraban bajo la opresión de los ricos perseguidores, sino también bajo las ofensas de creyentes que compartían la misma fe santa.
Quienes viven rodeados de enemigos comunes, y especialmente quienes ya están sufriendo, deben tener mucho cuidado de no afligirse ni quejarse unos contra otros. Si lo hacen, el juicio también puede caer sobre ellos. Cuanto más se extienden esas quejas, más cercano parece estar el juicio.
Aquí también hay un fuerte motivo de ánimo para que los cristianos tengan paciencia, fortalezcan su corazón y dejen de quejarse unos contra otros. Santiago señala al agricultor. Él espera la preciosa cosecha de la tierra y tiene paciencia durante mucho tiempo, hasta que llegan las lluvias tempranas y tardías. Cuando se siembra la semilla, hay que esperar muchos meses a que lleguen las lluvias y después la cosecha; aun así, el agricultor espera con satisfacción el fruto de su trabajo.
Si esto es así, entonces las pocas tormentas y la breve espera que forman parte de esta vida deben soportarse con mayor razón cuando se espera un reino y un gozo sin fin. Si un agricultor espera la cosecha de grano, también podemos esperar una corona de gloria. Y aunque nuestra espera dure un poco más que la del agricultor, aquello que esperamos es mucho más grande y vale muchísimo más.
También debemos recordar lo breve que puede ser nuestro tiempo de espera. “La venida del Señor se acerca” (Santiago 5:8). “El juez ya está a la puerta” (Santiago 5:9). Por eso, no se impacienten ni discutan unos con otros. El gran Juez, que pondrá todo en orden, castigará a los malvados y recompensará a los buenos, está cerca. Debemos pensar en él como alguien tan próximo que podría estar llamando a la puerta.
Cuando Santiago escribió esta carta, estaba muy cerca la venida del Señor para juzgar a los judíos malvados. Y cada vez que el pueblo de Dios es probado de una manera especial, la certeza de que Cristo vendrá como Juez, y de que su venida se acerca, debe fortalecer su corazón. Ahora está mucho más cerca el momento en que juzgará al mundo que cuando se escribió esta carta, por más de mil setecientos años; y eso debería producir un efecto todavía mayor en nosotros.
El peligro de ser condenados cuando aparezca el Juez también debe impulsarnos a cumplir con nuestro deber. “No se quejen, para que no sean condenados”. Un espíritu inquieto y descontento nos pone en peligro del justo juicio de Dios. Con nuestros murmullos, nuestra desconfianza, nuestra envidia y nuestras quejas unos contra otros, muchas veces atraemos sobre nosotros más dificultades de las que imaginamos. Si evitamos esos pecados y permanecemos pacientes en medio de nuestras pruebas, Dios no nos condenará. Esto debe darnos ánimo.
Santiago también nos fortalece al señalar a los profetas: “Tomen como ejemplo de sufrimiento y paciencia a los profetas que hablaron en el nombre del Señor” (Santiago 5:10). Los profetas, a quienes Dios honró y amó profundamente, con frecuencia fueron quienes más sufrieron. Al recordar que las mejores personas a menudo han tenido las vidas más difíciles en este mundo, podemos aceptar mejor la aflicción.
También debemos notar que quienes llegaron a ser los ejemplos más claros de sufrimiento fueron, a la vez, los ejemplos más claros de paciencia. La tribulación produce paciencia. Por eso Santiago afirma lo que los creyentes fieles suelen reconocer: “Consideramos dichosos a quienes perseveran” (Santiago 5:11). Consideramos felices a quienes sufren siendo justos y pacientes. Véase Santiago 1:2-12.
Job también se presenta como un motivo de ánimo. “Han oído hablar de la perseverancia de Job y han visto lo que al final el Señor hizo” (Santiago 5:11). Job sufrió de muchas maneras, y sus sufrimientos fueron muy intensos. Sin embargo, en medio de todo pudo bendecir a Dios, y la inclinación principal de su corazón fue paciente y humilde.
¿Cuál fue el resultado? Dios hizo por Job cosas que muestran claramente que el Señor es muy compasivo y está lleno de tierna misericordia. La mejor manera de soportar el sufrimiento es mirar hacia su desenlace. La compasión de Dios es tan grande que no prolongará las aflicciones una vez cumplido su propósito. Su tierna misericordia es tan abundante que compensará ampliamente a su pueblo por todo lo que haya sufrido. Su corazón se conmueve hacia ellos mientras sufren, y su bondad se manifiesta después.
Por tanto, sirvamos a Dios y soportemos nuestras pruebas como personas que creen que el final coronará todas las cosas.
De este capítulo
Santiago 5:2
"Sus riquezas están podridas, y sus ropas están comidas por la polilla."
Santiago 5:3
"Su oro y su plata se han enmohecido, y ese moho será una prueba contra ustedes y los destruirá como fuego. Han amontonado riquezas en estos días, que son los últimos."
Santiago 5:4
"El pago que no les dieron a los hombres que trabajaron en su cosecha clama contra ustedes, y el Señor todopoderoso ha oído la reclamación de esos trabajadores."
Santiago 5:5
"Aquí en la tierra se han dado una vida de lujo y placeres, engordando como ganado, ¡y ya llega el día de la matanza!"
Santiago 5:6
"Ustedes han condenado y matado a los inocentes sin que ellos opusieran resistencia."
Santiago 5:7
"Pero ustedes, hermanos, tengan paciencia hasta que venga el Señor. El campesino que espera recoger la preciosa cosecha tiene que aguardar con paciencia las temporadas de lluvia."
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