Versículo destacado

Santiago 1:2 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando se vean sometidos a pruebas de toda clase. "

Santiago 1:2

menu_book El versículo en contexto

1 Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus de Israel dispersas por todo el mundo.

2 Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando se vean sometidos a pruebas de toda clase.

3 Pues ya saben que, cuando su fe es puesta a prueba, ustedes aprenden a soportar el sufrimiento con fortaleza.

4 Pero procuren que esa fortaleza los lleve a la perfección, a la plena madurez, sin que les falte nada.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Ahora llegamos al tema principal de esta carta. En este pasaje debemos notar varias cosas. Primero, la condición sufrida de los cristianos en este mundo se describe de una manera muy provechosa, si prestamos atención tanto a lo que se dice claramente como a lo que se da a entender.

Se da a entender que los problemas y las dificultades pueden ser parte de la vida incluso de los mejores cristianos, incluidos aquellos que tienen más razones para pensar bien de sí mismos. Quienes tienen mayores motivos de gozo todavía pueden atravesar aflicciones muy dolorosas. Puesto que las personas piadosas a menudo están dispersas y bajo presión, no deberían sorprenderse cuando llegan las dificultades.

Estas dificultades externas también son tentaciones para ellos. El diablo usa el sufrimiento y los contratiempos para llevar a las personas al pecado, apartarlas de sus deberes o hacerlas incapaces de cumplirlos. Pero, puesto que nuestras aflicciones están en las manos de Dios, su propósito es probar y fortalecer nuestras gracias, es decir, la obra buena de Dios en nosotros. El oro se pone en el horno para purificarlo.

Estas tentaciones pueden ser muchas y variadas, como dice el apóstol: “diversas pruebas”. Nuestras pruebas pueden presentarse de muchas maneras, por lo que necesitamos ponernos toda la armadura de Dios. Debemos estar protegidos por todos lados, porque las tentaciones nos rodean por todos lados. Las pruebas de una persona buena no son cosas que ella misma provoca por causa de su pecado; se dice que “cae” en ellas y, por eso, son más fáciles de soportar.

Aquí también se hacen evidentes las gracias y los deberes necesarios en un tiempo de prueba y sufrimiento. Si pudiéramos prestar atención a estas cosas y crecer en ellas como debemos, sería una gran bendición pasar por la aflicción.

Una de las gracias que debemos practicar es el gozo: “considérenlo como completo gozo” (Santiago 1:2). No debemos caer en un estado de ánimo triste y sin esperanza, porque eso nos debilitaría en medio de las pruebas. Más bien, debemos procurar mantener el ánimo abierto y dispuesto, para entender correctamente nuestra situación y sacar de ella el mejor provecho. La filosofía puede enseñarles a las personas a mantenerse tranquilas frente a los problemas, pero el cristianismo enseña el gozo, porque estas dificultades vienen del amor de Dios, no de su ira.

Por medio de ellas somos hechos semejantes a Cristo, nuestra cabeza, y muestran que pertenecemos a la familia de Dios. Al sufrir por el camino de la justicia, servimos a los intereses del reino de nuestro Señor y ayudamos a edificar el cuerpo de Cristo. Nuestras pruebas harán resplandecer nuestras gracias ahora y nuestra corona después.

Por eso hay buenas razones para considerar como completo gozo las pruebas y dificultades que nos llegan mientras cumplimos nuestro deber. Esta no es una idea exclusiva del Nuevo Testamento. Ya en los días de Job se decía: “Feliz es el hombre a quien Dios corrige”. Hay todavía más razones para gozarnos en las aflicciones cuando pensamos en las otras gracias que ellas fortalecen.

La fe también está incluida aquí, tanto en lo que una frase da por sentado como en lo que otra exige claramente: “sabiendo que la prueba de su fe” (Santiago 1:3), y más adelante: “que pida con fe” (Santiago 1:6). En tiempos de prueba debemos creer firmemente las grandes verdades del cristianismo y aferrarnos a ellas. La fe de la que se habla aquí, la fe que las aflicciones ponen a prueba, consiste en confiar en el poder, la palabra y la promesa de Dios, mientras permanecemos fieles y firmes en el Señor Jesucristo.

La paciencia también debe estar presente: “la prueba de su fe produce paciencia”. Cuando una gracia es puesta a prueba, otra se produce. Mientras más se ejercitan las gracias de un cristiano que sufre, más fuertes se vuelven. “La tribulación produce paciencia” (Romanos 5:3). Para practicar correctamente la paciencia cristiana, debemos permitirle que actúe. No es algo pasivo ni insensible. La frialdad estoica y la paciencia cristiana son muy diferentes. El estoicismo hace que las personas sean menos conscientes del dolor, pero la paciencia cristiana las ayuda a elevarse por encima de él.

En tiempos de prueba debemos asegurarnos de que sea la paciencia, y no la ira, la que actúe en nosotros. No importa lo que se diga o se haga: permitamos que la paciencia dirija nuestras palabras y acciones. No debemos dejar que nuestras pasiones apaguen los buenos efectos de la paciencia. Déjenla actuar, y hará cosas extraordinarias en medio de los problemas. También debemos permitirle realizar su obra por completo. No hagamos nada que la limite o la debilite. Aunque una dificultad siga a otra y toda una cadena de problemas venga contra nosotros, la paciencia debe continuar hasta terminar su obra.

Cuando soportamos todo lo que Dios dispone, durante todo el tiempo que él lo dispone, con una actitud humilde y obediente puesta en él, y cuando hacemos algo más que simplemente resistir, hasta el punto de poder gozarnos en nuestras pruebas, entonces la paciencia ha realizado su obra perfecta. Cuando esa obra está completa, el cristiano es maduro y completo, sin que le falte nada. La paciencia nos equipa con lo que necesitamos para la carrera y la batalla cristianas, y nos ayuda a perseverar hasta el final. Entonces su obra quedará terminada y será coronada de gloria.

Después de haber crecido en las demás gracias, todavía necesitamos paciencia (Hebreos 10:36). Pero si la paciencia realiza su obra perfecta, seremos maduros y completos, sin que nos falte nada.

La oración es otro deber que se recomienda firmemente a los cristianos que sufren. Primero, el apóstol muestra por qué debemos orar especialmente: por sabiduría. “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios”. No debemos orar solamente para que se quite el problema, sino para recibir sabiduría y usarlo bien. ¿Quién no necesita sabiduría en medio de pruebas severas, para guiar sus juicios, gobernar su espíritu y manejar sus asuntos? Ser sabios en tiempos difíciles es un don especial de Dios, y debemos buscarlo en él.

Segundo, se nos dice cómo obtenerla: pidiéndola. Que el insensato se convierta en un mendigo ante el trono de la gracia, y estará en el camino hacia la sabiduría. El apóstol no dice: “Que se la pida al ser humano”, ni siquiera a una persona específica, sino “a Dios”, quien nos creó y fue el primero en darnos entendimiento y razón; en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Confesemos ante Dios nuestra falta de sabiduría y pidámosela cada día.

Tercero, recibimos el mayor estímulo para hacerlo: “Él da a todos abundantemente y sin reproche”. También se promete claramente que la sabiduría será dada (Santiago 1:5). Esto responde a todo pensamiento desalentador que pueda surgir en nuestra mente cuando acudimos a Dios conscientes de nuestra debilidad e insensatez y le pedimos sabiduría. Aquel a quien somos enviados tiene sabiduría para dar y está dispuesto a darla. No hay peligro de que su bondad se limite a unos pocos y excluya a los demás, ni a ninguna persona humilde. Él da a todos.

Si te preocupa necesitar mucha sabiduría y piensas que una cantidad pequeña no será suficiente, el apóstol dice que Dios da generosamente. Y si temes acudir a él en el momento equivocado o que te avergüence por tu insensatez, se añade que él no reprocha. Pídele cuando quieras y tan seguido como quieras, y no recibirás reprensiones.

Si alguien dice: “Esto puede ser cierto para algunos, pero temo que yo no encuentre sabiduría tan fácilmente como los demás”, debe pensar en lo clara que es la promesa: le será dada. Los insensatos merecen perecer en su insensatez si pueden obtener sabiduría con solo pedirla y, aun así, no oran por ella.

También debemos recordar algo cuando pedimos: debemos hacerlo con fe y con una mente firme. Santiago dice: “Que pida con fe, sin dudar” (Santiago 1:6). La promesa es segura, pero con esta condición: la sabiduría será dada a quienes se la pidan a Dios, si creen que Dios puede hacer sabio al sencillo y cumplirá su palabra con quienes acuden a él. Cristo también insistió en este mismo punto cuando trató con personas que acudían a él para ser sanadas: “¿Creen que puedo hacer esto?”.

No debe haber duda ni vacilación ante la promesa de Dios por causa de la incredulidad o porque nos sintamos débiles de nuestra parte. En el sufrimiento también debemos cuidarnos de tener una mente dividida, poco sincera e inestable. “El que duda es semejante a la ola del mar, agitada y llevada de un lado a otro por el viento”. Una persona puede ser elevada por la fe en un momento y luego ser derribada por la desconfianza al siguiente. Puede elevarse hacia el cielo, deseando gloria, honra e inmortalidad, y después volver a hundirse en el deseo de comodidad para el cuerpo o de los placeres de este mundo. Es como una ola que sube y baja mientras el viento la empuja de un lado a otro.

Pero una mente que tiene un objetivo principal —su bien espiritual y eterno— y que permanece firme en su propósito delante de Dios, adquirirá más sabiduría por medio de la aflicción. Mantendrá cálidas sus oraciones y permanecerá por encima de las pruebas y la oposición. Para corregir el espíritu vacilante y la fe débil, el apóstol muestra sus malos efectos. Primero, arruinan la oración: “No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor” (Santiago 1:7). Una persona dudosa e inestable probablemente no valorará como debe los dones de Dios y, por eso, no puede esperar recibirlos. Cuando pedimos sabiduría celestial, es poco probable que la obtengamos si no la apreciamos más que las riquezas y que las cosas más grandes de este mundo.

En segundo lugar, una fe vacilante perjudica nuestra manera de vivir. «El hombre de doble ánimo es inestable en todos sus caminos» (Santiago 1:8). Cuando nuestra fe sube y baja según las dificultades externas, nuestra conducta y nuestras acciones también serán inestables. Esto puede provocar a veces el desprecio del mundo, pero una manera de vivir así no puede agradar a Dios ni beneficiarnos al final. Puesto que solo tenemos un Dios en quien confiar, solo tenemos un Dios a quien obedecer, y eso debería mantenernos firmes. El que es inestable como el agua no sobresaldrá.

Luego, el apóstol describe el espíritu humilde que debe distinguir a los cristianos tanto cuando son exaltados como cuando son humillados. Muestra dónde deben poner su alegría y consuelo tanto los pobres como los ricos (Santiago 1:9-11). A los pobres se les debe seguir tratando como hermanos. La pobreza no rompe el vínculo entre los cristianos. Los buenos creyentes también pueden ser ricos en este mundo. La gracia y las riquezas no son completamente incompatibles. Abraham, el padre de los creyentes, tenía abundancia de plata y oro.

Tanto los pobres como los ricos pueden regocijarse. Ninguna condición de vida nos quita la capacidad de alegrarnos en Dios. Si no nos alegramos en él en todo tiempo, la culpa es nuestra. Los de condición humilde pueden regocijarse si han sido elevados para ser ricos en fe y herederos del reino de Dios, como explica el Dr. Whitby al comentar este pasaje. Los ricos pueden regocijarse en las circunstancias providenciales que los humillan, porque estas producen un espíritu humilde y sencillo, algo precioso ante los ojos de Dios. Si alguien se vuelve pobre por causa de la justicia, esa pobreza misma es su honor. Es un honor ser avergonzado por causa de Cristo: «A ustedes se les ha concedido sufrir» (Filipenses 1:29). Todos los que son humillados y hechos humildes por la gracia pueden regocijarse en la esperanza de su exaltación final en el cielo.

Los ricos también tienen razones importantes para ser humildes, porque tanto ellos como sus riquezas están desapareciendo. «Como la flor de la hierba, pasará». Él y sus riquezas desaparecerán con él (Santiago 1:11). El sol sale con un calor abrasador y luego seca la hierba. Las riquezas de este mundo son pasajeras. Como señala el Sr. Baxter en este pasaje, las riquezas son demasiado inciertas y, al final, demasiado pequeñas para producir un cambio grande o apropiado en nuestra manera de pensar. Como una flor que se marchita bajo el sol ardiente, el rico se marchitará en sus caminos, sus planes, sus esfuerzos y sus negocios en este mundo.

Por eso, que el rico se regocije, no tanto en la providencia que lo hizo rico, sino en la gracia que lo mantiene humilde. También puede regocijarse en las pruebas y dificultades que le enseñan a buscar la felicidad en Dios y no en las cosas que perecen.

Luego se declara una bendición sobre quienes soportan sus pruebas como aquí se enseña: «Dichoso el hombre que persevera bajo la prueba» (Santiago 1:12). No es bendecida solamente la persona que sufre, sino la que persevera, la que atraviesa las dificultades con paciencia y una fe firme mientras cumple con su deber. Las aflicciones no pueden hacernos desdichados a menos que las echemos a perder con nuestra propia respuesta. De ellas puede surgir el bien, y podemos ser bendecidos en medio de ellas. No les quitan la felicidad a quienes viven rectamente; más bien, la aumentan.

El sufrimiento y la prueba son el camino hacia la bendición eterna. «Cuando haya sido aprobado, recibirá la corona de vida». La frase significa que, cuando haya sido aprobado, cuando sus virtudes hayan demostrado ser reales y valiosas, como se prueba el metal con el fuego, y cuando su integridad haya quedado comprobada delante del gran Juez, recibirá la corona. Por encima de todo, el cristiano debe procurar ser aprobado por Dios en cada prueba. Esa será su bendición final, cuando reciba la corona de vida. El cristiano probado será coronado, y la corona que llevará será una corona de vida, llena de vida y gozo, que permanecerá para siempre. Llevamos la cruz solo por un tiempo, pero llevaremos la corona para siempre.

Esta bendición, otorgada en la corona de vida, está prometida al justo que sufre. Por eso podemos confiar plenamente en ella, porque cuando el cielo y la tierra pasen, la palabra de Dios permanecerá. Al mismo tiempo, debemos recordar que nuestra recompensa futura no viene como algo que hayamos ganado y que Dios nos deba, sino como una promesa concedida por su gracia.

Nuestra perseverancia paciente en las pruebas debe nacer del amor a Dios y a nuestro Señor Jesucristo. De lo contrario, no tenemos parte en esta promesa: «El Señor se la ha prometido a quienes lo aman». Pablo dice que alguien podría incluso entregar su cuerpo para ser quemado por alguna razón religiosa y, aun así, no agradar a Dios ni ser aceptado por él si carece de amor; es decir, de amor sincero a Dios y a las personas (1 Corintios 13:3).

La corona de vida no está prometida únicamente a los santos grandes y destacados, sino a todos aquellos que tienen el amor de Dios gobernando en su corazón. Toda persona que verdaderamente ama a Dios verá un día sus sufrimientos en este mundo recompensados plenamente en el mundo venidero, donde el amor alcanza su plenitud.

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