Versículo destacado
Santiago 1:19 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Recuerden esto, queridos hermanos: todos ustedes deben estar listos para escuchar; en cambio, deben ser lentos para hablar y para enojarse. "
Santiago 1:19
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
17 todo lo bueno y perfecto que se nos da viene de arriba, de Dios, quien creó los astros del cielo. Dios es siempre el mismo: en él no hay variaciones ni oscurecimientos.
18 Él, porque así lo quiso, nos dio vida por medio del mensaje de la verdad, para que seamos los primeros frutos de su creación.
19 Recuerden esto, queridos hermanos: todos ustedes deben estar listos para escuchar; en cambio, deben ser lentos para hablar y para enojarse.
20 Porque el hombre enojado no hace lo que es justo ante Dios.
21 Así pues, despójense de toda impureza y de la maldad que tanto abunda, y acepten humildemente el mensaje que ha sido sembrado, pues ese mensaje tiene poder para salvarlos.
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En esta parte del capítulo, Santiago nos enseña a refrenar nuestras emociones intensas. Necesitamos especialmente esta enseñanza en tiempos de dificultad, y la aprenderemos si verdaderamente hemos nacido de nuevo por medio de la palabra de verdad. Un espíritu irritable y apresurado se deja llevar rápidamente hacia el mal por las aflicciones, y nuestros propios deseos malos y vacíos a menudo difunden el error y los pensamientos equivocados. Pero la gracia renovadora de Dios y el evangelio nos enseñan a mantener esos deseos bajo control. Por eso Santiago dice: «Por tanto, mis amados hermanos, que todo hombre sea pronto para oír, lento para hablar y lento para la ira» (Santiago 1:19).
Estas palabras pueden referirse a la palabra de verdad mencionada justo antes. Si es así, la enseñanza es que debemos estar más dispuestos a escuchar la palabra de Dios y a reflexionar cuidadosamente en ella que a hablar basándonos en nuestras propias ideas o en las opiniones de otras personas. No debemos apresurarnos a acalorarnos ni a enojarnos por los errores, y mucho menos por ideas como la afirmación de que Dios es la causa del pecado humano. Más bien, debemos estar dispuestos a escuchar y considerar lo que la palabra de Dios enseña sobre estos asuntos.
Estas palabras también pueden aplicarse a las pruebas y tentaciones que Santiago ya mencionó al comienzo del capítulo. Entonces la enseñanza es que debemos estar más dispuestos a escuchar cómo Dios explica su providencia —es decir, su gobierno sabio sobre nuestra vida— y qué está haciendo por medio de nuestros sufrimientos, que a hablar precipitadamente como David cuando dijo en su apresuramiento: «Estoy perdido», o como Jonás cuando dijo en su enojo: «Bien hago en enojarme». En vez de juzgar a Dios en medio de nuestras dificultades, debemos abrir nuestros oídos y nuestro corazón para escuchar lo que él nos dice.
Una tercera manera de entender estas palabras es relacionándolas con las discusiones y divisiones que los cristianos enfrentaban en aquellos días de prueba. En ese caso, cada lado debía estar dispuesto a escuchar al otro. Muchas veces las personas se aferran a sus propias opiniones porque se niegan a escuchar lo que podría decirse en contra de ellas. Debemos estar dispuestos a escuchar la razón y la verdad desde todos los lados, y ser lentos para decir cualquier cosa que cierre una conversación honesta. Y cuando hablemos, no debe haber enojo en nuestras palabras, porque la respuesta amable calma la ira. Puesto que esta carta corrige muchos desórdenes entre los cristianos, esta es una manera muy apropiada de leer las palabras de Santiago: «pronto para oír, lento para hablar y lento para la ira». También podemos aprender lo siguiente: si las personas quieren controlar su lengua, primero deben controlar sus pasiones. Cuando Moisés fue provocado en su espíritu, habló sin pensar. Si queremos ser lentos para hablar, debemos ser lentos para la ira.
Santiago da una razón contundente para este dominio propio: «La ira del hombre no produce la justicia de Dios» (Santiago 1:20). Es como si dijera que muchas veces las personas actúan con acaloramiento y enojo mientras afirman tener celo por el honor de Dios, pero Dios no necesita nuestras pasiones. Su causa se sirve mejor por medio de la gentileza y la humildad que por medio de la rabia y la furia. Salomón dice: «Las palabras de los sabios se oyen con calma más que el grito del que gobierna entre los necios» (Eclesiastés 9:17). Como señaló el doctor Manton, en algunas reuniones de la iglesia habría menos enojo y más provecho si las personas fueran tan prontas para escuchar como lo son para hablar. También recordó que, cuando un maniqueo interrumpía constantemente a Agustín y exigía en voz alta: «¡Escúchame! ¡Escúchame!», Agustín respondió con humildad: «Ni yo te escuche a ti ni tú me escuches a mí, sino que ambos escuchemos al apóstol».
Lo peor que podemos llevar a una discusión religiosa es el enojo. Aunque parezca surgir de una preocupación por lo correcto, no se puede confiar en él. La ira humana no deja de ser humana y se opone a la justicia de Dios. Quienes afirman defender la causa de Dios mediante ese enojo demuestran que en realidad no conocen a Dios ni su causa. Debemos tener especial cuidado con esto cuando estamos escuchando la palabra de Dios (ver 1 Pedro 2:1-2).
Santiago también nos llama a apartar otros deseos corruptos, no solo la ira precipitada: «Desechen toda inmundicia y abundancia de malicia» (Santiago 1:21). La palabra traducida como «inmundicia» apunta a deseos especialmente vergonzosos y pecaminosos. La expresión «abundancia de malicia» puede referirse a la abundancia de maldad o a otras formas de mal espiritual. Por eso, como cristianos, debemos cuidarnos y apartar no solo los pecados más evidentes y carnales que hacen impura a una persona, sino también todo desorden de un corazón corrompido que nos lleve a oponernos a la palabra y a los caminos de Dios. El pecado contamina; por eso se le llama inmundicia. También hay mucha maldad dentro de nosotros, una verdadera abundancia de malicia, y debemos estar atentos para combatirla. No basta con contener los malos deseos; hay que desecharlos y apartarlos (Isaías 30:22). Esto incluye no solo los pecados externos y las grandes acciones perversas, sino también todo pecado de pensamiento, sentimiento, palabra y conducta.
Esto concuerda con las partes anteriores del capítulo. Un tiempo de prueba y aflicción exige que desechemos toda inmundicia, y esto también es necesario si queremos evitar el error y recibir y usar correctamente la palabra de verdad. Así Santiago llega a una enseñanza clara sobre cómo escuchar la palabra de Dios. Primero, debemos prepararnos para recibirla. Necesitamos apartar todo deseo corrupto, todo prejuicio y toda opinión arraigada que distorsione nuestro juicio y ciegue nuestra mente. Toda la inmundicia y la abundancia de malicia ya mencionadas deben ser especialmente sometidas y desechadas por todos los que escuchan el evangelio.
Luego Santiago nos dice cómo debemos recibirla: «Reciban con humildad la palabra sembrada en ustedes, la cual puede salvar sus almas» (Santiago 1:21). Al escuchar la palabra de Dios, debemos recibirla, estar de acuerdo con sus verdades y someternos a sus mandatos. Debemos recibirla como una rama recibe un injerto, de modo que el fruto producido no provenga de nuestra antigua naturaleza amarga, sino de la naturaleza de la palabra del evangelio sembrada en nosotros. Por eso, debemos acercarnos a la palabra de Dios con un espíritu profundamente humilde, dispuesto a aprender y a someterse. Eso significa recibirla con humildad. Debemos estar dispuestos a escuchar acerca de nuestras faltas, aceptar la corrección no solo con paciencia, sino también con gratitud, y permitir que el evangelio nos moldee y nos forme.
En todo lo que escuchamos, debemos tener como meta la salvación de nuestras almas. La palabra de Dios tiene el propósito de hacernos sabios para la salvación, y quien se acerca a ella con un propósito menor deshonra el evangelio y perjudica su propia alma.
Debemos acercarnos a la palabra de Dios, tanto cuando la leemos como cuando la escuchamos, como personas que saben que es el poder de Dios para salvar a todo el que cree (Romanos 1:16).
Luego Santiago nos dice qué debe venir después de escuchar la palabra: «Pongan en práctica la palabra, y no se limiten solo a escucharla, engañándose a ustedes mismos» (Santiago 1:22). Escuchar debe conducir a la práctica. Por más cuidadosa o frecuente que sea nuestra atención a la palabra de Dios, no nos ayudará si no la obedecemos también. Aunque escucháramos un sermón todos los días, e incluso si un ángel del cielo lo predicara, escuchar solamente nunca nos llevaría al cielo.
El apóstol insiste en esto porque es verdaderamente necesario. Debe haber una práctica interior por medio de la meditación y una práctica exterior mediante la obediencia real. No basta con recordar lo que escuchamos, repetirlo, dar testimonio de ello, alabarlo, escribirlo o llevar un registro. Todo eso debe conducir a una sola cosa: poner en práctica la palabra. Quienes solo escuchan se engañan a sí mismos. La palabra que se usa aquí señala un razonamiento ingenioso, pero falso: cuando las personas intentan excusarse de una responsabilidad porque han cumplido con otra. Pueden pensar que basta con llenar su mente de ideas, aunque su corazón esté vacío de buenos deseos y su vida no muestre buenas obras. El autoengaño termina siendo la peor clase de engaño.
Luego Santiago muestra el uso correcto de la palabra de Dios, así como su uso equivocado, en Santiago 1:23-25. Podemos entender su propósito mediante la imagen de un espejo, en el que una persona ve su rostro natural. Así como un espejo muestra las manchas y la suciedad del rostro para que puedan lavarse, la palabra de Dios nos muestra nuestros pecados para que nos arrepintamos, busquemos el perdón y corrijamos lo que está mal. Hay espejos que favorecen a las personas, pero la verdadera palabra de Dios no halaga a nadie. Si las personas se halagan a sí mismas, es culpa de ellas. La verdad, tal como está en Jesús, no halaga a nadie.
Si prestamos mucha atención a la palabra de verdad, esta nos mostrará la corrupción de nuestra naturaleza y el desorden de nuestro corazón y de nuestra vida. Nos dirá claramente quiénes somos. Pablo describe que no percibió la corrupción de su naturaleza hasta que se vio en el espejo de la ley (Romanos 7:9). En esencia, dice que pensaba que todo estaba bien con él hasta que vino el mandamiento; entonces el pecado cobró vida, y vio sus propias manchas y deformidades. Comprendió que se encontraba en un estado de muerte y condenación. De la misma manera, cuando miramos la palabra de Dios para vernos con sinceridad, corregir lo que está mal y moldear nuestra vida conforme a ella, estamos haciendo un uso correcto de la palabra.
Santiago también describe a quienes no usan correctamente este espejo: la persona que se mira, se va y enseguida olvida cómo era (Santiago 1:24). Esta es una imagen fiel de quien escucha la palabra de Dios y no la obedece. Mientras escuchan la palabra, muchas personas se sienten conmovidas por su propio pecado, miseria y peligro. Reconocen la maldad del pecado y su necesidad de Cristo. Pero, cuando termina la predicación, lo olvidan todo. Sus convicciones se desvanecen, sus buenos sentimientos desaparecen y se van como el agua de una inundación. Lo olvidan de inmediato.
La palabra de Dios nos muestra cómo apartar nuestros pecados y cómo adornar nuestra alma con la justicia de Jesucristo. Nuestros pecados son las manchas que la ley revela, y la sangre de Cristo es el agua limpiadora que muestra el evangelio. Pero de nada sirve escuchar la palabra de Dios y mirarnos en el espejo del evangelio si nos vamos y olvidamos nuestras manchas en vez de lavarlas, y olvidamos el remedio en vez de aplicarlo.
En Santiago 1:25, se describe como bienaventurados a quienes escuchan correctamente: «El que mira atentamente la ley perfecta de la libertad y persevera en ella», y continúa diciendo. El evangelio es una ley de libertad porque libera de la ley ceremonial judía y del pecado, la culpa, la ira y la muerte. La ley ceremonial era una carga, pero el evangelio de Cristo trae libertad. También es una ley perfecta, a la que no es necesario añadirle nada.
Cuando escuchamos la palabra, miramos esta ley perfecta en busca de consejo y dirección. La miramos para tomar de ella nuestra medida. Pero solo miramos la ley de la libertad como debemos cuando perseveramos en ella; es decir, cuando permanecemos en su enseñanza hasta que se convierte en una parte viva de nosotros. No debemos ser olvidadizos, sino poner en práctica la obra que nos presenta. Debemos mantenerla siempre delante de nuestros ojos, hacer de ella la regla constante de nuestras palabras y conducta, y moldear conforme a ella la disposición de nuestra mente.
Quienes hacen esto y perseveran en la palabra de Dios son bendecidos en lo que hacen. Serán bendecidos en todos sus caminos, como enseña el primer salmo, y quizá Santiago esté aludiendo a esto aquí. El salmista dice que quien medita en la ley de Dios y vive conforme a ella prosperará en todo lo que haga. Santiago afirma que la persona que no escucha la palabra para luego olvidarla, sino que la pone en práctica, será bendecida.
Algunos han intentado usar esto para afirmar que somos bendecidos por causa de nuestras buenas obras. Pero es necesario observar con cuidado las palabras de la Escritura. Santiago no dice que alguien sea bendecido por sus obras, sino en su obra. Las buenas obras son el camino donde se encuentra la bendición, pero no son su causa. La bendición no está en conocer la voluntad de Dios, sino en hacerla (Juan 13:17). No es hablar, sino caminar, lo que nos lleva al cielo.
A continuación, Santiago explica cómo distinguir entre una religión vacía y una religión pura y aprobada por Dios. En el mundo se discute mucho sobre esto. Las personas debaten qué religión es falsa y vana, y cuál es verdadera y pura. Lo mejor sería permitir que la Escritura resuelva el asunto, porque habla de manera clara y firme.
¿Qué es la religión vacía? Santiago dice: «Si alguno piensa que es religioso y no refrena su lengua, sino que engaña a su propio corazón, la religión de esa persona es inútil». Aquí debemos observar tres cosas.
Primero, la religión vacía suele tener mucha apariencia. A la persona le importa más parecer religiosa ante los demás que ser verdaderamente piadosa. La expresión «piensa que es» es importante, porque señala a quienes desean más la apariencia de la fe que su realidad. La religión en sí no es inútil, y es incorrecto decir: «No sirve de nada servir al Señor». Pero las personas pueden volverla vacía si solo tienen una apariencia externa de piedad y no su poder.
Segundo, la religión vacía suele manifestarse en criticar, insultar y hablar mal de los demás. Cuando Santiago habla de no refrenar la lengua, se refiere principalmente a no contenerse de cometer estos pecados al hablar. Si escuchamos a alguien hablar constantemente de las faltas de otras personas, difundir afirmaciones duras sobre sus creencias o hacer que otros parezcan inferiores para poder mostrarse sabio y bueno, eso es una mala señal. Una persona con una lengua que difama no puede tener un corazón verdaderamente humilde y bondadoso. Quien disfruta hacerle daño a su prójimo no puede afirmar sinceramente que ama a Dios; por eso, una lengua insultante revela a una persona hipócrita. Criticar a los demás es un pecado fácil, muy natural para nosotros, y demuestra que la persona todavía vive según su naturaleza y no según la gracia.
Estos pecados relacionados con la manera de hablar eran comunes en los días de Santiago, como lo muestra el resto de esta carta. El Dr. Manton dice que seguir las malas costumbres de la época es una señal clara de una religión vacía. Los hipócritas siempre han sido así: cuanto más se esfuerzan por parecer buenos, con mayor libertad menosprecian a los demás. La lengua y el corazón están estrechamente relacionados, de modo que con frecuencia uno revela al otro. Por esa razón, el apóstol presenta una lengua sin control como una prueba clara de una religión inútil. No hay verdadera fuerza en ninguna religión que no pueda enseñar a una persona a controlar su manera de hablar.
Tercero, la religión vacía termina en autoengaño. La persona continúa hablando contra los demás y tratando de parecer importante, hasta que finalmente engaña a su propia alma. Cuando la religión se convierte en una simple apariencia, ¡qué grande llega a ser su vacío!
Luego Santiago nos dice claramente qué es la religión verdadera: «La religión pura y sin contaminación delante de Dios y Padre es esta» (Santiago 1:27). La religión es honorable cuando es pura y limpia, sin mezclarse con invenciones humanas ni con la corrupción del mundo. Las religiones falsas suelen reconocerse por su impureza y su falta de amor. Juan dice: «El que no hace lo justo no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano» (1 Juan 3:10). En cambio, una vida santa y un corazón lleno de amor muestran una religión verdadera. Como dice el Dr. Manton, nuestra religión no se embellece por medio de ceremonias, sino por la pureza y la caridad. También observa sabiamente que una religión pura debe conservarse sin contaminación.
Esa religión pura también es pura y sin contaminación delante de Dios y Padre. Lo correcto es lo que es correcto ante los ojos de Dios y lo que busca principalmente su aprobación. La religión verdadera nos enseña a vivir como si siempre estuviéramos delante de Dios. Nos lleva a buscar su favor y a procurar agradarle en todo lo que hacemos.
La compasión y la caridad hacia los pobres y los que sufren son una parte muy importante y necesaria de la religión verdadera. Santiago habla de «visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones». Aquí, «visitar» significa brindar toda la ayuda que podamos. Se menciona a los huérfanos y a las viudas porque con frecuencia son olvidados u oprimidos, pero la misma regla se aplica a todos los que necesitan misericordia y a todos los que atraviesan dificultades. Es significativo que, si la religión pudiera resumirse en dos deberes principales, uno de ellos sería mostrar misericordia y aliviar a los afligidos.
Una vida íntegra debe acompañar al amor y la compasión sinceros: «mantenerse sin mancha del mundo». El mundo puede manchar fácilmente el alma. Es difícil vivir en él y relacionarnos con él sin contaminarnos, pero ese debe seguir siendo nuestro objetivo constante. Esto forma parte de una religión pura y sin contaminación.
Las cosas del mundo pueden ensuciar nuestro espíritu si pasamos demasiado tiempo entregados a ellas, y los pecados y deseos del mundo lo manchan mucho más profundamente. Juan resume lo que hay en el mundo y aquello que no debemos amar en tres categorías: los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida. Mantenernos sin mancha de todas estas cosas es mantenernos sin mancha del mundo. Que Dios, por su gracia, mantenga limpios tanto nuestro corazón como nuestra vida del amor al mundo y de las tentaciones de las personas malvadas que viven conforme al mundo.
De este capítulo
Santiago 1:1
"Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus de Israel dispersas por todo el mundo."
Santiago 1:2
"Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando se vean sometidos a pruebas de toda clase."
Santiago 1:3
"Pues ya saben que, cuando su fe es puesta a prueba, ustedes aprenden a soportar el sufrimiento con fortaleza."
Santiago 1:4
"Pero procuren que esa fortaleza los lleve a la perfección, a la plena madurez, sin que les falte nada."
Santiago 1:5
"Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios, y él se la dará, pues Dios da a todos sin limitación y sin hacer reproche alguno."
Santiago 1:6
"Pero tiene que pedir con fe, sin dudar en nada, porque quien duda es como una ola del mar, que el viento lleva de un lado a otro."
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