Versículo destacado

Isaías 8:9 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Reúnanse, naciones, y llénense de espanto; escuchen esto, todos los países lejanos: por más que tomen las armas, quedarán espantados; sí, por más que tomen las armas, quedarán espantados. "

Isaías 8:9

menu_book El versículo en contexto

7 el Señor los va a inundar con la violenta corriente del río Éufrates (es decir, el rey de Asiria con todo su poder). Se desbordará por todos sus canales y se saldrá por todas las orillas;

8 pasará hasta Judá y la cubrirá; la inundará y le llegará hasta el cuello. Será como un ave con las alas extendidas que cubrirá, Emanuel, toda tu tierra.

9 Reúnanse, naciones, y llénense de espanto; escuchen esto, todos los países lejanos: por más que tomen las armas, quedarán espantados; sí, por más que tomen las armas, quedarán espantados.

10 Hagan planes, pero serán desbaratados; propongan lo que quieran, pero no se realizará, porque Dios está con nosotros.

11 El Señor me tomó fuertemente con su mano y me advirtió que no siguiera el camino de esta gente. Me dijo:

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí el profeta vuelve al problema que Acaz, su corte y su reino enfrentaban en ese momento. La amenaza provenía de la alianza entre las diez tribus y los sirios contra Judá. En estos versículos, primero les habla con valentía a los enemigos y, en efecto, los desafía a hacer todo lo que puedan (Isaías 8:9, 10).

«Pueblos de tierras lejanas, escuchen lo que el profeta les dice en nombre de Dios». Él sabe que harán todo lo posible contra Judá y Jerusalén. Se unen en una alianza estrecha, se preparan para la guerra, se reagrupan una y otra vez y se alistan con firme determinación. Se animan unos a otros, celebran reuniones y consideran todas las maneras de apoderarse de Judá. Hablan como si el asunto ya estuviera decidido y la victoria fuera segura.

Los enemigos de la iglesia suelen actuar con mucha planificación, determinación y confianza. Se esfuerzan enormemente por mover una piedra que con toda seguridad volverá a caer sobre ellos. Pero todos sus esfuerzos fracasarán. No pueden vencer; serán hechos pedazos. Aunque planifiquen cuidadosamente y actúen con toda cautela, sus proyectos quedarán arruinados. De hecho, los mismos planes que hacen contra Jerusalén se convertirán en su propia caída. Sus consejos no tendrán éxito, porque ninguna sabiduría ni ningún plan pueden prevalecer contra el Señor. Lo que se levanta contra Dios y contra su causa no puede permanecer.

«Dios está con nosotros» apunta al nombre Emanuel, que significa «Dios con nosotros». El Mesías nacería entre ellos, y un pueblo al que se le había concedido semejante honor no podía ser abandonado a una ruina total. También contaban con la presencia especial de Dios en su templo, sus mensajes y sus promesas, y estas cosas eran su defensa. Dios estaba de su lado para ayudarlos y pelear por ellos. Si Dios está a nuestro favor, ¿quién puede enfrentarse a nosotros? De esta manera, la hija de Sion desprecia a sus enemigos.

Después, el profeta consuela al pueblo de Dios con el mismo consuelo que él había recibido. El ataque era grave, y la casa de David, es decir, la familia real, estaba aterrorizada (Isaías 7:2). Por eso no sorprende que el pueblo tuviera miedo. Primero, el profeta explica cómo Dios le enseñó a no ceder al mismo terror que dominaba al pueblo ni seguir su camino (Isaías 8:11). El Señor le habló con firmeza y le ordenó que no anduviera por el camino del pueblo, que no dijera lo que ellos decían ni hiciera lo que ellos hacían. No debía compartir su alarma, aprobar su plan de hacer la paz a cualquier precio ni recurrir a Asiria en busca de ayuda.

Esto muestra varias cosas. Incluso las mejores personas se apresuran a sentir temor cuando se reúnen nubes oscuras, especialmente cuando el miedo se extiende entre todos los que las rodean. Todos tendemos demasiado fácilmente a seguir el mismo camino de las personas cercanas, aun cuando no sea un buen camino. Sin embargo, Dios enseña a quienes ama a nadar contra la corriente del pecado común, especialmente contra el miedo común. Él puede enseñar a su pueblo a no andar por el camino de los demás, sino a mantenerse aparte de manera serena y santa.

A veces el pecado actúa con tanta fuerza aun en los corazones buenos que estos necesitan recibir una enseñanza firme. Solo Dios tiene ese derecho, porque solo él puede dar entendimiento y vencer la incredulidad y los prejuicios. Él puede enseñar al corazón, y nadie enseña como él. Quienes están llamados a enseñar a otros primero deben ser enseñados ellos mismos. Enseñan mejor cuando enseñan desde la experiencia, y lo que primero ha tocado su propio corazón es lo que más probablemente tocará también el corazón de los demás.

Entonces, ¿qué les dice a los hijos de Dios? Primero, les advierte contra el miedo pecaminoso (Isaías 8:12). El miedo se propaga con facilidad. Un hombre cuyo corazón desfallece puede hacer que también desfallezca el corazón de sus hermanos, así como ha desfallecido el suyo (Deuteronomio 20:8). Por eso dice: «No llamen conspiración a todo lo que ellos llaman conspiración». Esto significa, en primer lugar, que no deben unirse a las alianzas que están tratando de formar. No deben ponerse del lado de quienes, por incredulidad y desconfianza de Dios, quieren hacer un tratado con Asiria. No deben entrar en semejante pacto.

Esta advertencia es importante en tiempos de angustia. Debemos protegernos de los temores que nos empujan por caminos torcidos para buscar nuestra propia seguridad. En segundo lugar, no debemos aterrorizarnos por las alianzas que otros imaginan y difunden. No debemos entrar en pánico ante cada señal de dificultad. Cuando griten: «¡Hay una conspiración! ¡Hay una conspiración!», no debemos dejarnos arrastrar. Cuando hablen de noticias terribles —«Siria se ha aliado con Efraín. ¿Qué nos sucederá? ¿Tenemos que luchar, huir o rendirnos?»—, no debemos compartir su miedo. No debemos temer lo mismo que ellos temen ni dejarnos llevar por el terror o el temblor.

Cuando los enemigos de la iglesia forman alianzas pecaminosas, los amigos de la iglesia deben cuidarse del miedo pecaminoso que esas alianzas pueden provocar. En cambio, deben temer a Dios de una manera santa: «Tengan por santo al Señor de los ejércitos mismo» (Isaías 8:13). El temor reverente de Dios es una fuerte protección contra el miedo perturbador a los seres humanos, como también lo dice Pedro a los cristianos que sufren (1 Pedro 3:14, 15).

Debemos ver a Dios como el Señor de los ejércitos, aquel que tiene todo poder y a todas las criaturas bajo su autoridad. Luego debemos honrarlo como tal, darle la gloria que corresponde a su nombre y vivir delante de él como personas que creen que él es santo.

Debemos hacer de él nuestro temor y nuestro terror reverente. Esto significa que debemos conservar una profunda reverencia por su providencia, asombrarnos ante su gobierno, temer su desagrado y aceptar tranquilamente lo que él ordena. Si percibiéramos como debemos la grandeza y la gloria de Dios, la apariencia imponente de nuestros enemigos nos parecería insignificante, y su poder sería frenado y limitado (Nehemías 4:14).

Quienes temen el reproche de la gente se olvidan del Señor, su Creador (Isaías 51:12, 13). Compárese también con Lucas 12:4, 5. Dios promete además seguridad santa y una mente tranquila a quienes hacen esto: «Él será un santuario» (Isaías 8:14). Si hacemos de Dios nuestro temor, descubriremos que él es nuestra esperanza, ayuda, defensa y poderoso libertador. Él nos guardará y nos apartará para sí.

Él será un santuario de dos maneras. Primero, nos hará santos. En ese sentido, algunos leen el versículo así: «Él será su santificación», es decir, él los hará santos por su gracia si lo honran con sus alabanzas. Segundo, nos hará estar seguros. Un santuario es un lugar de refugio, donde una persona puede correr para ponerse a salvo y quedar libre del miedo. Quienes verdaderamente temen a Dios no necesitan temer ningún mal.

Luego el profeta advierte acerca de la ruina de los impíos y los incrédulos, tanto en Judá como en Israel. Ellos no tendrían parte en estos consuelos. El mismo Dios que sería un santuario para quienes confían en él se convertiría en piedra de tropiezo y roca de escándalo para quienes se apartaran de él y abandonaran las aguas tranquilas de Siloé para alegrarse con Rezín y el hijo de Remalías (Isaías 8:6); es decir, para quienes hicieron de las criaturas su temor y su esperanza (Isaías 8:14, 15). La mayoría de los habitantes de ambas casas de Israel no honraría al Señor de los ejércitos, y para ellos él sería una trampa y un lazo.

En vez de beneficiarse de la palabra de Dios, se ofenderían por ella. En vez de ser guiados a Dios por sus providencias, esas mismas providencias los alejarían de él. Lo que para algunos es una fragancia salvadora que conduce a la vida, para otros se convierte en un olor de muerte. Muchos de ellos tropezarían y caerían, cayendo en el pecado y en la ruina. Caerían a espada, serían capturados y marcharían al exilio. Si las cosas de Dios nos ofenden, se convertirán en nuestra ruina.

Algunos entienden que esto apunta a los judíos incrédulos que rechazaron a Cristo. El apóstol usa este versículo de esa manera para referirse a todos los que persisten en la incredulidad del evangelio de Cristo (1 Pedro 2:8). Para esas personas, Cristo es una roca de escándalo, porque se niegan a obedecer la palabra y tropiezan con ella.

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