Versículo destacado
Isaías 8:1 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El Señor me dijo: Toma una tabla grande y escribe en ella, con letras comunes y corrientes: “Maher-salal-hasbaz”. "
Isaías 8:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El Señor me dijo: Toma una tabla grande y escribe en ella, con letras comunes y corrientes: “Maher-salal-hasbaz”.
2 Toma luego como testigos de confianza al sacerdote Urías y a Zacarías, hijo de Jeberequías.
3 Más tarde me uní a la profetisa, mi esposa, y ella quedó encinta y tuvo un niño. Entonces el Señor me dijo: Ponle por nombre Maher-salal-hasbaz.
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En estos versículos, Isaías anuncia una profecía sobre las victorias del rey de Asiria contra Damasco, Samaria y Judá. Damasco y Samaria serían destruidas, y Judá sería profundamente sacudida por el miedo. Primero, el Señor le dice al profeta que escriba esta profecía y la haga pública, para que todos pudieran leerla y para que el registro permaneciera cuando se cumpliera. Uno de los propósitos de la profecía era que, al cumplirse, la gente supiera que Dios había enviado al profeta (Juan 14:29).
Isaías debía tomar un rollo grande, lo bastante amplio para contener claramente este mensaje por escrito. Debía escribir todo lo que se había anunciado acerca de la invasión de Asiria con letra común, de manera clara y comprensible. El mensaje de Dios no debía quedar oculto en palabras confusas, sino hacerse evidente para quienes lo leyeran y escucharan (Habacuc 2:2; 1 Corintios 14:19). Quienes escriben para otros deben hacerlo de modo que puedan ser entendidos.
También se le dijo al profeta que pusiera al rollo un título breve y llamativo: Maher-salal-hasbaz, que significa: «Pronto al despojo, rápido al saqueo». Este nombre señalaba el rápido ataque del ejército asirio y el gran botín que tomaría. El título haría que la gente preguntara qué significaba el mensaje y ayudaría a que lo recordaran. A veces, unas pocas palabras pueden transmitir una verdad muy profunda.
Isaías también se aseguró de que este registro tuviera testigos formales (Isaías 8:2). Llamó a testigos fieles, escribió la profecía en su presencia y les pidió que la firmaran, para que después pudieran confirmar que él había anunciado esos acontecimientos de antemano. Menciona los nombres de los testigos para dar mayor certeza, de modo que cualquiera pudiera acudir a ellos si fuera necesario. Eran dos testigos, conforme a la norma de que todo asunto debía confirmarse por medio de dos testigos.
Uno de ellos era Urías, el sacerdote, que aparece en la historia de Acaz, aunque no por haber hecho algo bueno, pues había apoyado el altar idólatra de Acaz (2 Reyes 16:10-11). Aun así, en ese momento sirvió como un testigo confiable.
Isaías también hizo que el título de la profecía fuera el nombre de su hijo, para que la advertencia no se olvidara (Isaías 8:3). Su esposa, llamada la profetisa por ser la esposa de un profeta, dio a luz otro hijo. El nombre de este niño transmitía un mensaje, tal como lo había hecho antes el nombre de Sear-jasub (Isaías 7:3). Pero aquel nombre anterior hablaba de misericordia: «Un remanente volverá»; este hablaba de juicio: «Pronto al despojo, rápido al saqueo». El mensaje se repite en el nombre del niño porque el acontecimiento era seguro.
Cada vez que se pronunciara el nombre del niño, les recordaría a las personas que el juicio se acercaba. También es sabio que recordemos con frecuencia los cambios y las dificultades que pueden venir en este mundo, quizá incluso pronto. Cuando miramos con alegría a nuestros hijos, también debemos recordar que no sabemos lo que ellos tendrán que enfrentar en el futuro. Es un pensamiento serio, pero provechoso.
Luego, la profecía explica el significado de ese nombre. Siria e Israel, que se habían unido contra Judá, pronto serían presa fácil del rey de Asiria y de su ejército victorioso (Isaías 8:4). Antes de que el niño pudiera siquiera decir «papá» o «mamá», algunas de las primeras palabras que aprenden los niños, las riquezas de Damasco y el botín de Samaria serían llevados. Asiria saquearía la ciudad y el campo, y llevaría lo mejor de todo a su propia tierra como prueba de su victoria. Quienes roban a otros deben esperar que ellos mismos puedan ser despojados, porque el Señor es justo, y quienes causan problemas muchas veces terminan enfrentando problemas.
Dios también castigaría a algunos habitantes de Judá, porque muchos de ellos apoyaban en secreto a Siria e Israel y estaban en contra de la casa de David. El rey de Asiria, que destruiría a Efraín y a Siria, también traería gran angustia sobre Judá, tal como ya se había anunciado (Isaías 7:17). Su pecado consistía en que habían rechazado «las aguas de Siloé, que fluyen suavemente» (Isaías 8:6), una imagen del gobierno tranquilo que Dios había dado a Judá y de sus bendiciones. Menospreciaban a su propio país y su gobierno porque no eran tan impresionantes como los de otros pueblos, y no valoraban el mensaje sereno que Dios les enviaba por medio de sus profetas.
En cambio, se alegraban por causa de Rezín y del hijo de Remalías, los enemigos que ahora los estaban invadiendo. Elogiaban a esos enemigos, admiraban su fuerza y sus planes, y estaban dispuestos a abandonar el lado de Judá para unirse a ellos.
Por ese pecado, Dios los juzgaría por medio del mismo rey de Asiria. El que había destruido a Siria y a Efraín también sería un terror para el grupo de Judá que había simpatizado con ellos (Isaías 8:7-8). Como habían rechazado las aguas tranquilas de Siloé y se sentían incómodos bajo el gobierno que Dios había establecido sobre ellos, el Señor traería sobre ellos las aguas fuertes y desbordadas del río, el Éufrates. Menospreciaban a Judá porque no tenía un gran río del cual presumir, ya que el arroyo de Jerusalén era pequeño y poco impresionante.
El sentido de Dios es claro: si tanto admiraban el Éufrates, tendrían suficiente de sus aguas. El rey de Asiria, cuya tierra estaba junto a ese río, vendría con todo su poder y esplendor: precisamente el ejército que ellos admiraban tanto. Menospreciaban a su propio rey porque no podía reunir una fuerza semejante, pero Dios convertiría aquello de lo que presumían en un juicio contra ellos.
Si admiramos demasiado a las personas por su riqueza y su fuerza, es justo que Dios permita que ese mismo poder se convierta en una carga para nosotros. Santiago emplea un razonamiento parecido al advertir contra honrar a los ricos por encima de los demás, ya que con frecuencia los ricos terminan oprimiéndonos (Santiago 2:3, 5). Debemos estar más contentos con las aguas de Siloé, la corriente tranquila, porque las aguas que corren con fuerza son peligrosas.
El ejército asirio aparece como una inundación que se precipita, sube por sus cauces y desborda sus riberas, arrasándolo todo. Nadie podría hacerle frente. Senaquerib, rey de Asiria, y su ejército avanzarían por Judá con tan poca resistencia que parecería más una marcha a través del país que un ataque.
Llegaría incluso hasta el cuello; es decir, avanzaría hasta Jerusalén, la capital del reino, y ese sería el límite de su avance. La ciudad santa sería protegida para que no cayera en sus manos. En medio de la inundación más oscura de la angustia, Dios puede mantener a su pueblo con la cabeza fuera del agua y preservar su consuelo y su vida espiritual. Las aguas pueden llegar hasta el cuello (Salmo 69:1), pero allí se detendrán.
También hay consuelo en esto: aunque el asirio, como un ave de rapiña, extendería sus alas sobre toda la tierra de Judá, esta seguiría siendo la tierra de Emanuel. Es tu tierra, oh Emanuel, porque allí Cristo nacería, viviría, predicaría y haría milagros. Él era el Rey de Sion, por lo que tenía un derecho especial sobre esa tierra y un cuidado especial de ella.
Las tierras que pertenecen a Emanuel y lo reconocen como Señor pueden ser inundadas por un tiempo, pero no serán destruidas. Cuando el enemigo irrumpa como una inundación, Emanuel protegerá lo que es suyo y levantará una bandera contra él (Isaías 59:19).
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Maher-salal-has-baz
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Isaías Isaías es padre de Maher-salal-has-baz.
Fuente: Isaías 7:3; Isaías 8:1; Isaías 8:3
Entonces el Señor dijo a Isaías: Toma a tu hijo Sear-iasub y ve a encontrarte con el rey Ahaz en el extremo del canal del estanque superior, en el camino que conduce al campo del Lavador de Paños,
Lee Isaías 7:3El Señor me dijo: Toma una tabla grande y escribe en ella, con letras comunes y corrientes: “Maher-salal-hasbaz”.
Lee Isaías 8:1Más tarde me uní a la profetisa, mi esposa, y ella quedó encinta y tuvo un niño. Entonces el Señor me dijo: Ponle por nombre Maher-salal-hasbaz.
Lee Isaías 8:3
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Explora más relacionesAlgunos datos de relaciones fueron adaptados de BibleData, Brady Stephenson (CC BY 4.0). Datos revisados, traducidos y complementados con referencias bíblicas.
De este capítulo
Isaías 8:2
"Toma luego como testigos de confianza al sacerdote Urías y a Zacarías, hijo de Jeberequías."
Isaías 8:3
"Más tarde me uní a la profetisa, mi esposa, y ella quedó encinta y tuvo un niño. Entonces el Señor me dijo: Ponle por nombre Maher-salal-hasbaz."
Isaías 8:4
"Porque antes de que el niño sepa decir “papá” y “mamá”, Damasco y Samaria serán saqueadas, y sus riquezas serán llevadas al rey de Asiria."
Isaías 8:5
"Y de nuevo me dijo el Señor:"
Isaías 8:6
"Ya que, por miedo a Resín y al hijo de Remalías, esta gente desprecia el agua de Siloé, que corre mansamente,"
Isaías 8:7
"el Señor los va a inundar con la violenta corriente del río Éufrates (es decir, el rey de Asiria con todo su poder). Se desbordará por todos sus canales y se saldrá por todas las orillas;"
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