Versículo destacado
Isaías 8:16 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Guarden bien este mensaje; mantengan ocultas estas instrucciones, estas enseñanzas mías. "
Isaías 8:16
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
14 Él será para ustedes como una trampa; será la piedra con la que tropezarán, la cual hará caer a los dos reinos de Israel; será como una trampa en la que caerán los habitantes de Jerusalén.
15 Muchos tropezarán, caerán y morirán; muchos caerán en la trampa y quedarán atrapados.
16 Guarden bien este mensaje; mantengan ocultas estas instrucciones, estas enseñanzas mías.
17 Aunque el Señor se oculta del pueblo de Jacob, yo confío en él. En él he puesto mi esperanza.
18 Yo y los hijos que me dio el Señor somos señales milagrosas para Israel, puestas por el Señor todopoderoso, que vive en el monte Sión.
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En estos versículos vemos el gran privilegio que tiene el pueblo de Dios al recibir su palabra. Debe honrar al Señor de los ejércitos, tenerle reverencia y encontrar en él su refugio al «atar el testimonio» (Isaías 8:16). Esto es una señal poderosa del cuidado de Dios por su iglesia: él ha puesto en ella el tesoro incomparable de la revelación divina.
La palabra de Dios es tanto un testimonio como una ley. Es un testimonio porque Dios la ha confirmado, y es una ley porque él la ha ordenado. Como testimonio, guía nuestra fe; como ley, guía nuestra conducta. Debemos aceptar su verdad y someternos a sus mandatos.
Este testimonio y esta ley están «atados y sellados». Eso significa que no debemos añadirles ni quitarles nada. Son como una carta de Dios para la humanidad, doblada y sellada con su autoridad. El sello del Antiguo Testamento también mostraba que el significado completo de muchas profecías esperaría hasta los tiempos del Nuevo Testamento (Daniel 12:4). Lo que antes estaba sellado ahora ha sido abierto y dado a conocer incluso a los niños (Mateo 11:25). Sin embargo, en cuanto al mundo venidero y a la condición futura, el testimonio todavía permanece parcialmente sellado, porque conocemos solo en parte y profetizamos solo en parte.
Estas verdades sagradas han sido puestas en manos de los discípulos, los hijos de los profetas y del pacto (Hechos 3:25). Este es el buen depósito que se les confió, la sana enseñanza que deben cuidar (2 Timoteo 1:13-14). Quienes en otro tiempo tuvieron a los profetas como maestros todavía deben aferrarse estrechamente a la palabra escrita.
También aprendemos a usar correctamente este privilegio por medio del ejemplo y la determinación del propio profeta (Isaías 8:17-18). Él se aferró a la ley y al testimonio, y encontró consuelo en ellos aun en medio de un profundo desaliento. Los ministros pueden recomendar mejor la palabra de Dios a los demás cuando primero han encontrado descanso en ella.
El profeta enfrentó dos causas principales de desaliento. Primero, vio el rostro desfavorable de Dios, no solo contra él mismo, sino también contra su pueblo, cuyo bienestar le importaba profundamente. Dios había escondido su rostro de la casa de Jacob y, por un tiempo, parecía haberla dejado bajo su desagrado. Aunque el profeta anunciaba el juicio de Dios, todavía se afligía por él, como alguien que no deseaba que llegara el día de la angustia. Si la casa de Jacob se aparta del Dios de Jacob, no debería parecer extraño que él esconda su rostro de ella.
Segundo, enfrentó el desprecio y la burla de la gente, no solo contra él, sino también contra sus seguidores, entre quienes estaban sellados la ley y el testimonio. «Yo y los hijos que el Señor me ha dado» éramos «señales y presagios», tratados como espectáculos extraños y señalados en las calles (Isaías 8:18). Es posible que los hijos del profeta fueran objeto de burlas por causa de sus nombres proféticos. El pueblo de Dios a menudo es motivo de asombro para el mundo porque vive de manera diferente y no se entrega a la misma maldad que los demás (1 Pedro 4:4). En esto, el profeta era una figura de Cristo, y Hebreos 2:13 usa estas palabras para mostrar que los creyentes son hijos de Cristo: «Aquí estoy, con los hijos que Dios me ha dado». Los padres deben ver a sus hijos como regalos de Dios. Los ministros deben considerar a sus convertidos como hijos que Dios les ha dado y tratarlos con cuidado y ternura. Todo el bien que podemos hacer por los demás proviene de la gracia de Dios. Cristo también considera a los creyentes como los hijos que el Padre le dio (Juan 17:6), y tanto él como ellos son objeto de oposición en todas partes (Lucas 2:34; Hechos 28:22).
El consuelo del profeta era este: veía la mano de Dios en todos sus sufrimientos y mantenía la mirada puesta en ella. Cualquier aflicción que cayera sobre la casa de Jacob venía porque Dios había escondido su rostro. Cualquier desprecio que se derramara sobre él y sus amigos venía del Señor de los ejércitos. Él lo había dispuesto así, tal como en otro tiempo permitió que Simei maldijera a David (Job 19:13; Job 30:11).
También sabía que Dios todavía habitaba en el monte Sion, donde se daba a conocer a su pueblo y estaba dispuesto a escuchar sus oraciones y recibir su adoración. Aunque por el momento Dios escondiera su rostro de la casa de Jacob, ellos todavía sabían dónde encontrarlo: él habita en el monte Sion. Por eso el profeta resolvió esperar al Señor y seguir mirando hacia él. Continuaría atendiendo a la guía de Dios aun cuando Dios pareciera estar escondido, y esperaría su regreso con misericordia y humilde confianza. Quienes esperan en Dios con fe y oración pueden buscarlo con esperanza y alegría. Cuando no sentimos consuelo, aun así debemos seguir honrando a Dios y obedeciéndolo, y después esperar un tiempo. Al anochecer habrá luz.
El profeta también da una advertencia sabia a sus discípulos, entre quienes estaban sellados la ley y el testimonio, y a quienes se habían confiado las palabras vivas de Dios. Da por sentado que, en un día de angustia, podrían sentirse tentados a consultar a quienes tenían espíritus familiares: personas que trataban con el diablo y afirmaban revelar el futuro para que otros pudieran planear su vida según esa información. Saúl hizo esto cuando buscó a la adivina de Endor (1 Samuel 28:7, 1 Samuel 28:15), y Ocozías hizo lo mismo cuando consultó al dios de Ecrón (2 Reyes 1:2).
Estos adivinos usaban gestos y sonidos extraños y absurdos. «Susurraban y murmuraban», a menudo cubriéndose para no poder ver claramente ni ser vistos. O quizá las palabras se refieren a su manera de hablar: una voz baja, entrecortada y apenas comprensible, a veces semejante al sonido de una grulla, una golondrina o una paloma (Isaías 38:14). No hablaban con la valentía ni la claridad de los profetas del Señor. Su propósito era entretener a la gente en vez de enseñarle. Aun así, algunos eran tan insensatos que acudían a ellos e incluso animaban a otros a hacer lo mismo, incluidos los propios oyentes del profeta, quienes debían haber sabido más. Por eso les advierte que no participen en esas prácticas.
Había leyes claras contra esta maldad (Levítico 19:31; Levítico 20:27), pero se encontraba en Israel e incluso en naciones cristianas. Aun así, toda persona que tenga algún sentido de la religión debería sentirse horrorizada por ella. Debemos rechazar los hechizos, los amuletos y toda consulta a quienes afirman tener poderes ocultos para predecir la suerte, sanar enfermedades o encontrar cosas perdidas. Este es un pecado grave y, en la práctica, niega al Dios que está por encima de todo.
El profeta les da una respuesta para esta tentación y pone estas palabras en su boca: si alguien intenta atraparlos de esa manera, deben responder: «¿Acaso no debe un pueblo consultar a su Dios? ¿Qué? ¿Acaso consultarán los vivos a los muertos?». Primero, esta es una regla básica de la religión: un pueblo debe buscar a su propio Dios. El Señor es nuestro Dios; por eso debemos acudir a él, pedirle ayuda y no ir a quienes afirman tener espíritus familiares. Todos caminan en el nombre de su dios, y quienes hicieron de los ejércitos del cielo sus dioses buscaban ayuda en ellos (Miqueas 4:5; Jeremías 8:2). ¿Acaso un pueblo cargado de culpa y angustia no debe buscar a su Dios para recibir perdón y paz? ¿Acaso un pueblo que vive en incertidumbre, necesidad y peligro no debe buscar a su Dios para recibir dirección, provisión y protección? Puesto que el Señor es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo, es claramente nuestro deber buscarlo.
Segundo, es una completa necedad buscar ayuda viva en ídolos muertos. ¿Qué podría ser más absurdo que acudir a imágenes sin vida en busca de vida y consuelo, o esperar que amigos muertos —si las personas les oran como si fueran dioses— hagan por nosotros lo que los amigos vivos no pueden hacer? Los muertos no saben nada ni tienen planes ni actividad alguna (Eclesiastés 9:5, 9:10). Por eso es insensato buscar su favor con la esperanza de recibir alivio. Los nigromantes, personas que intentaban consultar a los muertos, como la adivina de Endor, solo demostraban su propia necedad. Debemos vivir por el Dios vivo, no por los muertos. ¿Qué vida o luz podemos esperar de quienes no tienen vida ni luz?
Tercero, los dirige a consultar la palabra de Dios. Aunque los profetas que estaban entre ellos no hablaran directamente sobre cada situación, sí tenían la palabra escrita, y a ella debían acudir. Quienes saben usar bien su Biblia no se sentirán atraídos por los hechiceros. Si queremos saber cómo buscar a nuestro Dios y entender su voluntad, debemos acudir a la ley y al testimonio. Allí vemos lo que es bueno y lo que el Señor exige de nosotros. Haz de los estatutos de Dios tus consejeros y recibirás la dirección correcta.
Debemos usar la ley y el testimonio hablando conforme a esa palabra. Eso significa hacer de ella nuestro estándar, moldearnos según ella, recibir de ella consejo, apelar a ella y permitir que decida todo. Debemos aceptar esas palabras sanas que dan vida (1 Timoteo 6:3) y hablar de las cosas de Dios con las palabras que enseña el Espíritu Santo. No basta con evitar hablar en contra de la palabra; debemos hablar de acuerdo con ella.
Debemos hacerlo porque, si no lo hacemos, demostramos que somos profundamente insensatos. Quienes no están de acuerdo con la palabra de Dios muestran que no hay luz en ellos, ni siquiera la luz del amanecer. No tienen un juicio correcto sobre las cosas. No se entienden a sí mismos ni comprenden la diferencia entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira. Quienes rechazan la revelación de Dios ni siquiera poseen una verdadera comprensión humana. Y quienes se niegan a aceptar la palabra de Dios tampoco usan correctamente la razón, porque no reciben la verdad superior que viene de Dios. Algunos entienden esto como una advertencia: si no hablan conforme a esta palabra, no tendrán luz, ni bien, ni consuelo, ni alivio, sino solo oscuridad y desesperación, como dicen los versículos siguientes (Isaías 8:21-22). ¿Qué luz tenía Saúl cuando consultó a la adivina (1 Samuel 28:18, 20)? Tampoco pueden esperar luz quienes se apartan del Padre de las luces.
También declara la ruina de quienes buscan a los espíritus y desprecian la ley y el testimonio de Dios. No tendrán luz, consuelo ni éxito. En cambio, pueden esperar horror y sufrimiento (Isaías 8:21-22). El problema que temían caerá sobre ellos. Recorrerán la tierra sin rumbo, inquietos y expulsados de un lugar a otro por un enemigo invasor. Estarán en una situación desesperada, sin saber adónde acudir para conseguir alimento, ya sea porque la tierra habrá quedado devastada o porque ellos y sus vecinos serán demasiado pobres para ayudarse. Los que antes vivían en abundancia pasarán hambre. Quienes abandonan a Dios se apartan del camino de todo bien.
También serán miserables por dentro debido a su descontento y su impaciencia. Una persona buena puede encontrarse en necesidad, pero procurará tranquilizarse y conservar la calma. En cambio, cuando estas personas tengan hambre, se volverán amargadas e inquietas, y su frustración se alimentará de su propio espíritu. Esa clase de angustia impaciente es un pecado que se castiga a sí mismo.
Además, se volverán insoportables para todos los que los rodean, incluso para quienes tienen autoridad sobre ellos. Cuando sus planes fracasen y hayan llegado al límite de sus fuerzas, olvidarán el deber y la decencia. Maldecirán a su rey, como si todos los problemas públicos fueran culpa suya, y maldecirán a su Dios. Incluso culparán a su providencia, como si Dios los hubiera tratado injustamente. La insensatez del ser humano arruina su camino, y después su corazón se llena de enojo contra el Señor (Proverbios 19:3). Necesitamos controlar nuestras palabras cuando el corazón está alterado, porque hablar con irritación suele resultar muy ofensivo.
Finalmente, caerán en la desesperación al no ver ningún camino probable hacia el alivio. Mirarán hacia arriba, pero el cielo les parecerá oscuro y hostil. No podría ser de otra manera, pues han maldecido a su Dios. Mirarán hacia la tierra, pero ¿qué consuelo puede ofrecerles a quienes están en conflicto con Dios? Solo habrá angustia, oscuridad y tristeza: todo será amenazante y nada ofrecerá esperanza. Sus propios temores los empujarán a la oscuridad, haciendo que todo a su alrededor parezca negro y aterrador. Esto explica la afirmación anterior de que no habrá luz para ellos (Isaías 8:20). Quienes cierran los ojos a la luz de la palabra de Dios quedan justamente en la oscuridad, vagando sin fin; y las chispas que ellos mismos encendieron no les servirán de nada.
De este capítulo
Isaías 8:1
"El Señor me dijo: Toma una tabla grande y escribe en ella, con letras comunes y corrientes: “Maher-salal-hasbaz”."
Isaías 8:2
"Toma luego como testigos de confianza al sacerdote Urías y a Zacarías, hijo de Jeberequías."
Isaías 8:3
"Más tarde me uní a la profetisa, mi esposa, y ella quedó encinta y tuvo un niño. Entonces el Señor me dijo: Ponle por nombre Maher-salal-hasbaz."
Isaías 8:4
"Porque antes de que el niño sepa decir “papá” y “mamá”, Damasco y Samaria serán saqueadas, y sus riquezas serán llevadas al rey de Asiria."
Isaías 8:5
"Y de nuevo me dijo el Señor:"
Isaías 8:6
"Ya que, por miedo a Resín y al hijo de Remalías, esta gente desprecia el agua de Siloé, que corre mansamente,"
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