Versículo destacado
Isaías 55:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Todos los que tengan sed, vengan a beber agua; los que no tengan dinero, vengan, consigan trigo gratis y coman; consigan vino y leche sin pagar nada. "
Isaías 55:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Todos los que tengan sed, vengan a beber agua; los que no tengan dinero, vengan, consigan trigo gratis y coman; consigan vino y leche sin pagar nada.
2 ¿Por qué gastar dinero en lo que no es pan? ¿Por qué gastar su salario en algo que no satisface? Escúchenme bien y comerán buenos alimentos; comerán cosas deliciosas.
3 Vengan a mí y presten atención; escúchenme y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna y cumpliré así las promesas que por amor hice a David.
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Aquí se nos invita a todos a venir y recibir los beneficios que la gracia de Dios ha provisto para las personas necesitadas bajo el nuevo pacto. Esta es la herencia de los siervos del Señor (Isaías 54:17), y no solo será su herencia futura, sino también su porción presente, como vemos aquí en Isaías 55:1.
La invitación se dirige a todos. No es únicamente para los judíos, a quienes llegó primero el mensaje de salvación, sino también para los gentiles. Los pobres, los discapacitados, los cojos y los ciegos son llamados a este banquete, junto con todos los que se encuentren en los caminos y junto a los cercos. Esto muestra que en Cristo hay suficiente para todos y para cada persona. También muestra que los ministros deben ofrecer ampliamente la vida y la salvación a todas las personas, y que el pacto del evangelio no excluye a nadie, excepto a quienes se excluyen a sí mismos.
La invitación se anuncia con claridad, como un llamado público: «¡Ah!». Prestemos atención. Que todo el que tenga oídos para oír, oiga.
¿Qué clase de persona es bienvenida? La que tiene sed. Todos son bienvenidos a la gracia del evangelio con una sola condición: que reciban de buena gana esa gracia. Quienes están satisfechos con el mundo y sus placeres, y no buscan su felicidad en el favor de Dios, no tienen sed. Tampoco tienen sed quienes confían en sus propias buenas obras para obtener justicia y no ven que necesitan a Cristo y su justicia. No sienten una necesidad profunda, ni dolor ni carga por causa de su alma, y por eso no se humillarán lo suficiente para depender de Cristo.
Pero quienes tienen sed son invitados a las aguas, así como los cansados y cargados son invitados a Cristo para encontrar descanso. Cuando Dios da gracia, primero despierta hambre de ella. Y donde ya ha producido esa sed, también la saciará (Salmo 81:10).
¿A dónde se les invita? A venir a las aguas. Deben acercarse a la orilla, a los lugares donde llegan y se intercambian las mercancías, porque allí está el mercado. Cristo trae una justicia eterna; sin él, esa justicia habría permanecido para siempre fuera de nuestro alcance. Vengan a Cristo, porque él es la fuente abierta y la roca de la que brota el agua. Vengan a las ordenanzas santas de Dios, esas corrientes que alegran la ciudad de nuestro Dios. Tal vez parezcan sencillas y comunes, como el agua, pero para quienes creen en Cristo, aquello a lo que señalan será como vino y leche: abundante y refrescante.
Vengan a las aguas sanadoras, a las aguas vivas. Todo el que quiera, puede venir y beber del agua de la vida (Apocalipsis 22:17). Nuestro Señor se refirió a esta invitación cuando dijo: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» (Juan 7:37).
¿Qué se les invita a hacer? Primero: «Vengan y compren». Ningún comerciante ha buscado clientes con tanta insistencia como Cristo nos busca a nosotros, porque este es un trato en el que solo nosotros salimos ganando. Vengan y compren; no se arrepentirán. Hagan suya la gracia del evangelio al recibirla conforme a los términos de Cristo, y no permanezcan indecisos preguntándose si aceptarán lo que él ofrece.
Segundo: «Vengan y coman». Háganla aún más suya, porque lo que comemos llega a pertenecernos más plenamente que aquello que solo compramos. Debemos comprar la verdad, no para ponerla en un estante, sino para alimentarnos de ella y fortalecernos. Debemos obtener lo que nuestras almas necesitan, aunque nos cueste todo lo que apreciamos, con tal de tener a Cristo, su gracia y su consuelo. Debemos abandonar el pecado, porque el pecado se opone a Cristo. Debemos renunciar a toda esperanza puesta en nuestra propia justicia, porque compite con Cristo. Incluso debemos estar dispuestos a perder la vida misma y todo lo necesario para sostenerla, antes que renunciar a nuestra unión con él. Y cuando hayamos comprado lo que necesitamos, no debemos negarnos a disfrutarlo: «Compren y coman».
¿Qué se ofrece? «Vino y leche». No solo quitarán la sed, como lo haría el agua sola, sino que también nutrirán el cuerpo y refrescarán el espíritu. El mundo no alcanza lo que esperamos de él. En el mejor de los casos esperamos encontrar agua, y a menudo quedamos decepcionados, como las caravanas de Tema (Job 6:19). Pero Cristo da más de lo que esperamos. Venimos en busca de agua y encontramos vino y leche: el alimento abundante de la tierra de Judá, con el que Silo, el gobernante prometido de Judá, reúne a los pueblos alrededor de sí (Génesis 49:10, 12). Sus ojos estarán rojos por el vino y sus dientes blancos por la leche.
Debemos venir a Cristo por la leche para los pequeños, para nutrir a quienes acaban de nacer de nuevo. También debemos acudir a él por el vino, para fortalecer y alegrar a los creyentes maduros. Debemos abandonar nuestra agua sucia, e incluso nuestro veneno, para recibir este vino y esta leche.
¿Cómo se ofrece esta provisión? «Sin dinero y sin precio». Es una manera extraña de comprar: no solo sin dinero en efectivo, algo bastante común, sino sin dinero alguno e incluso sin la promesa de pagarlo. Sin embargo, esto no resulta extraño para quienes recuerdan el consejo de Cristo a la iglesia de Laodicea, que era verdaderamente pobre y necesitada: que viniera a comprar (Apocalipsis 3:17-18).
Comprar sin dinero significa varias cosas. Primero, los dones ofrecidos no tienen precio; están más allá de cualquier suma que pudiéramos mencionar. La sabiduría no se puede comprar con oro. Segundo, quien los ofrece no nos necesita ni necesita nada que podamos devolverle. Hace estas promesas no porque necesite vender, sino porque se complace en dar. Tercero, las bendiciones ya fueron compradas y pagadas por completo. Cristo las adquirió a un costo total, no con dinero, sino con su propia sangre (1 Pedro 1:19). Cuarto, somos bienvenidos a las promesas aunque no tengamos ningún valor ni nada valioso que ofrecer a cambio. Nosotros mismos no tenemos mérito, y nada de lo que poseemos o hacemos puede ganarnos estos dones. Si Cristo y el cielo son nuestros, debemos reconocer para siempre que todo se lo debemos a la gracia gratuita.
Ahora se nos exhorta con urgencia —y que Dios nos convenza— a aceptar esta invitación y hacer nuestro este buen trato. Lo que se nos pide es escuchar a Dios y lo que él nos ofrece: «Escúchenme con atención» (Isaías 55:2).
El profeta dice que debemos hacer algo más que escuchar. Debemos aprobar lo que Dios dice y aplicarlo a nosotros mismos (Isaías 55:3). Debemos inclinar el oído como lo haríamos ante algo que nos importa profundamente y que nos causa alegría. Inclinemos el oído y permitamos que nuestro corazón orgulloso se someta al camino humilde del evangelio. Acerquémonos para escuchar con cuidado y fijarnos en lo que se dice. Oigamos y vengamos a Dios. No debemos limitarnos a negociar con él; debemos estar de acuerdo con él y aceptar sus condiciones. Recibamos sus ofrecimientos como algo verdaderamente bueno para nosotros y respondamos a sus demandas, reconociendo que son sabias y justas.
Las razones de este llamado vienen de dos direcciones. Primero, muestra el gran daño que nos hacemos cuando lo ignoramos: gastamos dinero en lo que no es pan, es decir, en lo que ni siquiera puede darnos el alimento de un mendigo, y trabajamos por lo que no satisface. Aquí vemos el vacío de las cosas de este mundo. No son pan para el alma. No proporcionan verdadero alimento ni refrigerio a la vida interior. El pan sostiene el cuerpo, pero la riqueza y el placer no pueden sostener en absoluto la vida espiritual. Solo la verdad eterna y el bien eterno pueden alimentar a un alma racional e inmortal, cuya vida consiste en reconciliarse con Dios, ser transformada a su semejanza y permanecer unida a él.
Estas cosas no satisfacen. No dan al alma consuelo sólido ni contentamiento verdadero. No permiten que una persona diga: «Ahora tengo lo que quería». De hecho, ni siquiera satisfacen por completo los deseos del cuerpo. Cuanto más tienen las personas, más quieren (Eclesiastés 1:8). Amán no estaba satisfecho ni siquiera en medio de su gran riqueza. Las cosas del mundo halagan, pero no llenan. Pueden agradar por un momento, como el sueño de una persona hambrienta, pero al despertar todavía estará vacía. Pueden hacer que una persona se sienta llena por un tiempo, pero nunca la satisfacen de verdad. La dejan enferma e inquieta, no contenta. Todo es vanidad y correr tras el viento.
Esto también muestra la insensatez de quienes viven para este mundo. Gastan su dinero y su esfuerzo en cosas inciertas e insatisfactorias. Los ricos viven de su dinero y los pobres viven de su trabajo, pero ambos suelen pasar por alto lo más importante. Unos comercian y otros se esfuerzan, y ambos siguen prometiéndose felicidad en el mundo. Sin embargo, los dos terminan profundamente decepcionados. Dios razona bondadosamente con ellos: están actuando en contra de su propio bien y se están dejando engañar. También debemos razonar con nosotros mismos y permitir que ese razonamiento nos lleve a tomar la decisión santa de no trabajar por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para siempre (Juan 6:27). Que cada decepción del mundo nos impulse hacia Cristo y nos enseñe a buscar únicamente en él la satisfacción. Esa es la única manera de asegurarnos lo que verdaderamente permanece.
En segundo lugar, la invitación es bondadosa porque aceptarla nos trae grandes bienes. Si escuchamos a Cristo, comeremos lo bueno: alimento saludable y agradable, bueno en sí mismo y beneficioso para nosotros. La buena palabra y la promesa de Dios, una conciencia limpia y el consuelo de su buen Espíritu son un banquete continuo para quienes escuchan atentamente a Cristo y lo obedecen. Sus almas se deleitarán en la abundancia, en los placeres más plenos y dulces. Por eso, la invitación no es: «Vengan y compren», como si eso pudiera desanimar a los pobres. Es: «Vengan y coman. Vengan y disfruten de lo que les dará abundante satisfacción. ¡Coman, amigos!». Es triste que haya que animar con tanta ternura a las personas a buscar su propia felicidad.
Esta invitación también asegura una felicidad duradera: «Escuchen, y vivirán». No solo serán librados de la ruina eterna, sino que recibirán una dicha eterna, porque nada menos que eso puede ser verdaderamente vida para un alma inmortal. Las palabras de Cristo son espíritu y vida, vida para el espíritu (Juan 6:33, Juan 6:63), las palabras de esta vida (Hechos 5:20). ¡Qué condiciones tan sencillas ofrece Dios para alcanzar la felicidad: «Escuchen, y vivirán»!
Además, el gran Dios nos garantiza todo esto con gracia: «Vengan a mí, y haré con ustedes un pacto eterno». Esto significa que establecerá con nosotros una relación de pacto, comprometiéndose a hacernos bien y a darnos felicidad. Primero, si acudimos a Dios para servirlo, él hará un pacto con nosotros para bendecirnos. Esto demuestra su humildad para con nosotros y su cuidado por nosotros. Segundo, su pacto es eterno: fue planeado desde la eternidad y permanece para siempre. Tercero, los beneficios de este pacto son misericordias que corresponden a nuestra necesidad. Como somos miserables, la misericordia es exactamente lo que necesitamos. Estas bendiciones proceden de la misericordia de Dios y han sido dispuestas con bondad para nosotros. Cuarto, son las misericordias de David, las misericordias prometidas a David (Salmo 89:28-29 y siguientes). Se les llama las misericordias de David, su siervo, y Salomón apela a ellas (2 Crónicas 6:42). Este pacto será tan seguro como el pacto con David (Jeremías 33:25-26). El pacto de la realeza era una imagen del pacto de la gracia (2 Samuel 23:5).
O, lo que es más probable, aquí David apunta al Mesías, el Rey prometido. Todas las bendiciones del pacto son sus misericordias. Él las adquirió, fueron prometidas en él y están guardadas en sus manos; de sus manos las recibimos nosotros. Él es el mediador, el que se pone entre Dios y nosotros y asegura el pacto para nosotros. Así aplica Hechos 13:34 esta promesa a él. Son las cosas santas de David porque están confirmadas por la santidad de Dios (Salmo 89:35) y tienen como propósito conducir a las personas a la santidad. Quinto, son misericordias seguras. El pacto es seguro porque está ordenado sabiamente en cada una de sus partes. Es seguro en su ofrecimiento, porque Dios promete estas misericordias con sinceridad y firmeza. Es seguro en su aplicación a los creyentes, porque Dios no retira sus dones ni revoca su llamado. Son las misericordias de David y, por eso, son seguras: en Cristo todas las promesas de Dios son «sí» y «amén».
Entonces se promete a Jesucristo como aquel que hace efectivas todas las demás promesas, como dice Isaías 55:4. Él es ese David, aquel en quien se encuentran todas las misericordias seguras del pacto. Dios lo dio en su propósito y en su promesa, lo designó y, a su debido tiempo, ciertamente lo enviaría, como si ya hubiera venido, para ser todo lo que necesitamos a fin de recibir las bendiciones preparadas para nosotros. Lo dio gratuitamente, porque ¿qué podría ser más gratuito que un regalo? No había nada en nosotros que pudiera merecer semejante favor, pero Cristo es el regalo de Dios. Necesitamos a alguien como él.
Esto demuestra la verdad de las promesas que nos invitan a recibir sus beneficios. Cristo es dado como testigo de que Dios está dispuesto a recibirnos en su favor conforme a los términos del evangelio y a confirmar las promesas hechas a los patriarcas. Por eso podemos confiar plenamente nuestras almas a esas promesas. Cristo es un testigo fiel, así que podemos aceptar su palabra. También está completamente capacitado para hablar, porque estuvo con el Padre desde la eternidad y conocía perfectamente todo el asunto. Como profeta, Cristo declara al mundo la voluntad de Dios, y creer consiste en recibir su testimonio.
Cristo también es dado para ayudarnos a aceptar la invitación y acudir conforme a sus condiciones. No sabemos cómo encontrar las aguas donde serán suplidas nuestras necesidades, pero Cristo nos es dado como guía. No sabemos qué hacer para estar preparados para este regalo y participar de él, pero él nos es dado como comandante. Nos muestra qué debemos hacer y nos da fuerzas para hacerlo. Muchos problemas y enemigos se interponen en nuestro camino hacia Cristo. Enfrentamos enemigos espirituales, pero para animarnos en la lucha tenemos un buen capitán, como Josué, quien condujo a Israel a la tierra prometida. Él pondrá a nuestros enemigos bajo nuestros pies y nos llevará a tomar posesión de la tierra prometida. Cristo es comandante por medio de su enseñanza y guía por medio de su ejemplo. Nuestra responsabilidad es obedecerlo y seguirlo.
Ahora que el dueño del banquete está establecido, el banquete debe llenarse de invitados, porque la provisión no se desperdiciará ni quedará sin utilidad (Isaías 55:5). Los gentiles, las naciones distintas de Israel, serán llamados a este banquete e invitados desde los caminos y los lugares apartados. Dios dice: «Llamarás a una nación que no conoces», es decir, a un pueblo que antes no era llamado suyo ni reclamado como propio y al que Dios no había enviado profetas de la misma manera que los había enviado a Israel, el pueblo conocido por encima de todas las familias de la tierra. Los gentiles recibirán ahora un favor que nunca habían tenido. En su caso, conocer a Dios se muestra realmente como que Dios los conoce a ellos (Gálatas 4:9).
Vendrán cuando sean llamados. Las naciones que no te conocían correrán hacia ti. Quienes estuvieron alejados de Cristo durante mucho tiempo serán acercados, y quienes habían estado huyendo de él correrán hacia él con gran rapidez y entusiasmo. Habrá una gran reunión de gentiles creyentes en torno a Cristo, quien, al ser levantado de la tierra, atraerá a todos hacia sí.
Esta es la razón por la que acudirán en multitud a Cristo: por causa del Señor, su Dios, porque él es el Hijo de Dios y ha sido declarado como tal con poder. Ahora ven que su Dios es el Dios con quien tienen que relacionarse, y que no hay manera de acercarse a ese Dios si no se unen a su Hijo. Quienes llegan a conocer a Dios y comprenden cuál es su relación con él no pueden dejar de correr hacia Jesucristo, el único mediador, es decir, el único que une a Dios con la humanidad. No hay manera de llegar a Dios sino por medio de él.
Esta es también la razón por la que Dios los llevará a Cristo: porque Cristo es el Santo de Israel, fiel a sus promesas, y Dios ha prometido glorificarlo dándole las naciones como herencia. Cuando unos griegos comenzaron a preguntar por Cristo, él dijo: «Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado» (Juan 12:22-23). Su gloria en la resurrección y la ascensión fue la gran razón que impulsó a muchos a correr hacia él.
De este capítulo
Isaías 55:2
"¿Por qué gastar dinero en lo que no es pan? ¿Por qué gastar su salario en algo que no satisface? Escúchenme bien y comerán buenos alimentos; comerán cosas deliciosas."
Isaías 55:3
"Vengan a mí y presten atención; escúchenme y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna y cumpliré así las promesas que por amor hice a David."
Isaías 55:4
"Yo lo puse a él como testigo para las naciones, como jefe e instructor de los pueblos."
Isaías 55:5
"Tú llamarás a pueblos desconocidos; pueblos que no te conocían correrán hacia ti, porque yo, tu Señor, el Dios Santo de Israel, te he honrado."
Isaías 55:6
"Busquen al Señor mientras puedan encontrarlo; llámenlo mientras está cerca."
Isaías 55:7
"Que el malvado abandone su camino y el perverso deje sus ideas; vuélvanse al Señor, y él tendrá compasión de ustedes; vuélvanse a nuestro Dios, que es generoso para perdonar."
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