Versículo destacado

Isaías 53:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Y, sin embargo, él cargaba con nuestros sufrimientos y soportaba nuestros propios dolores. Nosotros pensamos que Dios lo había herido, castigado y humillado. "

Isaías 53:4

menu_book El versículo en contexto

2 El Señor quiso que su siervo creciera como una planta tierna que hunde sus raíces en tierra seca. No tenía belleza ni esplendor; no había nada atrayente en su aspecto.

3 Los hombres lo despreciaban y lo rechazaban. Era un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento. Como a alguien que no merece ser visto, lo despreciamos y no lo tuvimos en cuenta.

4 Y, sin embargo, él cargaba con nuestros sufrimientos y soportaba nuestros propios dolores. Nosotros pensamos que Dios lo había herido, castigado y humillado.

5 Pero fue traspasado a causa de nuestra rebeldía y atormentado a causa de nuestras maldades; el castigo que sufrió nos trajo la paz, y por sus heridas alcanzamos la salud.

6 Todos nosotros nos perdimos como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, pero el Señor cargó sobre él la maldad de todos nosotros.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos ofrecen un relato más completo de los sufrimientos de Cristo. Ya se ha dicho mucho, pero aquí vemos con mayor claridad hasta qué punto se humilló en obediencia, incluso hasta la muerte en una cruz. Cargó con penas y dolores, y no se apartó de ellos. Aunque la carga era pesada y el camino largo, no se cansó. Siguió adelante hasta poder decir: «Todo está terminado».

También soportó golpes y heridas. Fue golpeado, azotado y afligido. Sus dolores lo hirieron profundamente, especialmente cuando Dios era deshonrado y cuando el Padre parecía abandonarlo en la cruz. En el camino, la gente lo golpeó con palabras: se burlaron de él, discutieron contra él y dijeron toda clase de cosas malas acerca de él. Al final, lo golpearon con sus manos, una vez tras otra.

Sufrió heridas y azotes. Fue azotado, y no conforme al límite más moderado que permitía la ley judía, que era de no más de cuarenta azotes. Más bien, fue golpeado conforme a la práctica romana. Es probable que los golpes fueran más crueles porque Pilato pretendía que sustituyeran la crucifixión, pero solo condujeron a ella. Fue herido en las manos, los pies y el costado. Aunque Dios había dispuesto que ninguno de sus huesos fuera quebrado, casi todo su cuerpo quedó desgarrado y lleno de moretones. Desde la corona de espinas en su cabeza hasta sus pies clavados en la cruz, había heridas por todas partes.

También fue tratado injustamente y maltratado. Fue oprimido, es decir, recibió un trato injusto y cruel. Le imputaron cargos que no merecía, y sufrió siendo un hombre inocente. Lo sintió profundamente en su mente y en su cuerpo. Sin embargo, aunque permaneció paciente, no era insensible al dolor. Compartió el sufrimiento de los oprimidos, que no tienen quien los consuele, porque el poder está del lado de sus opresores (Eclesiastés 4:1). La opresión es una carga pesada, y ha llevado a muchas personas sabias a la desesperación (Eclesiastés 7:7). Aun así, cuando Jesús fue oprimido, conservó el dominio de sí mismo.

También fue juzgado y encarcelado, como sugieren las palabras «fue quitado de la cárcel y del juicio» (Isaías 53:8). Puesto que Dios lo hizo pecado por nosotros, es decir, lo trató como el portador del pecado en nuestro lugar, fue tratado como si fuera un criminal. Fue arrestado, puesto bajo custodia, llevado a juicio y condenado conforme a los procedimientos legales. Por así decirlo, Dios presentó el caso contra él, lo juzgó y lo confinó en la prisión del sepulcro, cuya entrada fue cubierta y sellada con una piedra.

Fue arrancado de la tierra de los vivientes mediante una muerte prematura, aunque había vivido una vida llena de buenas obras. Sus enemigos lo mataron, y algunos quizá pensaron que esas mismas buenas obras eran la razón por la que lo odiaban tanto. Fue condenado a muerte y sepultado entre los malvados, pues fue crucificado entre dos ladrones, como si fuera el peor de los tres. Sin embargo, fue sepultado con los ricos, en la tumba de José, un consejero honorable. Según las costumbres humanas, debió haber sido enterrado con criminales, pero Dios ya lo había anunciado y su providencia dispuso que tuviera un sepulcro con el inocente y el rico. Esto lo distinguió de quienes realmente merecían la muerte, aun en medio de sus sufrimientos.

El significado de estos sufrimientos es igualmente importante. Era un profundo misterio que una persona tan santa soportara cosas tan terribles, y naturalmente surgía la pregunta de cómo podía haber sucedido y qué mal había cometido. Sus enemigos pensaban que sufría lo que merecía. Aunque no pudieron demostrar nada contra él, lo consideraron herido, golpeado por Dios y afligido (Isaías 53:4). Como lo odiaban y lo perseguían, supusieron que Dios también lo odiaba y estaba luchando contra él. Eso los enfureció aún más. Eran como quienes dicen: «Dios lo ha abandonado; persíganlo y atrápenlo» (Salmo 71:11).

Quienes reciben un castigo justo son, en cierto sentido, golpeados por Dios, porque Dios gobierna sobre la justicia. Por eso sus enemigos pensaban que Jesús había sido condenado justamente a muerte como blasfemo, engañador y enemigo del César. Los que lo vieron en la cruz no examinaron su caso con justicia. Supusieron que era culpable de todo lo que se le acusaba y que su muerte demostraba que Dios lo había juzgado. De la misma manera, los amigos de Job pensaban que Dios había golpeado a Job porque sus sufrimientos eran extraordinarios. Es verdad que Cristo fue golpeado por Dios (Isaías 53:10), o, según otra manera de entenderlo, que era el afligido de Dios, el Hijo de Dios que sufría. Pero eso no era lo que querían decir sus enemigos.

Él no hizo absolutamente nada que mereciera semejante trato. Aunque lo acusaron de descarriar a la nación y de incitar a la rebelión, eso era completamente falso. No cometió violencia alguna, sino que pasó haciendo el bien. Y aunque lo llamaron engañador, nunca mereció ese nombre, porque no hubo engaño en su boca (Isaías 53:9; 1 Pedro 2:22). No cometió pecado, ni se encontró engaño o astucia en sus palabras. Nunca falló ni de palabra ni de hecho, y sus enemigos no pudieron responder a su desafío: «¿Quién de ustedes puede demostrar que soy culpable de pecado?». Incluso el juez que lo condenó reconoció que no encontraba ninguna falta en él, y el centurión que llevó a cabo la ejecución dijo que ciertamente era un hombre justo.

También se comportó durante el sufrimiento de una manera que mostró que no estaba muriendo como un criminal. Aunque fue oprimido y afligido, no abrió la boca (Isaías 53:7). Ni siquiera defendió su propia inocencia. Se ofreció voluntariamente para sufrir y morir por nosotros, y no presentó ninguna objeción. Esto quita la vergüenza de la cruz, porque él la escogió voluntariamente con propósitos grandes y santos. Por su sabiduría podía haber evitado la sentencia, y por su poder podía haberse resistido a la ejecución, pero estaba escrito, y tenía que suceder así. Recibió este mandato de su Padre, y por eso fue llevado como un cordero al matadero, sin resistirse. Así como una oveja permanece en silencio delante de quienes la esquilan, e incluso delante de quien va a matarla, él tampoco abrió la boca. Esto muestra su paciente perseverancia en medio del dolor (Salmo 39:9), su mansedumbre frente a los insultos (Salmo 38:13) y su obediencia voluntaria a la voluntad de su Padre: «No se haga mi voluntad, sino la tuya. Aquí estoy; vengo».

Por esta voluntad somos santificados. Cristo entregó su propia alma, su propia vida, como ofrenda por nuestro pecado.

Jesucristo sufrió para nuestro bien y en nuestro lugar. Isaías lo afirma de manera clara y completa, usando muchas expresiones contundentes. Primero, es evidente que todos somos culpables delante de Dios. Todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios (Isaías 53:6). Todos nosotros, como ovejas, nos hemos descarriado; cada cual se ha apartado por su propio camino. Toda la raza humana está bajo la mancha del pecado original, y cada persona también comete muchos pecados propios.

Todos nos hemos alejado de Dios, nuestro legítimo dueño. Nos hemos apartado de él, del propósito para el que nos creó y del camino que puso delante de nosotros. Nos hemos descarriado como ovejas, que tienden a alejarse y que, una vez perdidas, no pueden encontrar por sí mismas el camino de regreso a casa. Esa es nuestra verdadera condición. Tenemos una inclinación constante a apartarnos de Dios y no podemos volver a él por nuestra propia cuenta.

Esto no solo constituye nuestra miseria, pues nos alejamos de los pastos verdes y nos exponemos al peligro. También constituye nuestra culpa. Ofendemos a Dios al apartarnos de él, porque cada uno de nosotros se vuelve hacia su propio camino. Al hacerlo, ponemos nuestro yo y nuestra propia voluntad en contra de Dios y de su voluntad, lo cual muestra la maldad del pecado. En lugar de caminar obedientemente por el camino de Dios, nos hemos vuelto obstinadamente hacia nuestro propio camino, el camino de nuestro corazón, donde nos conducen nuestros deseos y pasiones corruptos. Nos hemos establecido como nuestros propios dueños, decidiendo por nosotros mismos qué haremos y qué tendremos.

Algunos entienden esto como nuestro propio camino particular de maldad, distinto de los caminos malos de los demás. Los pecadores tienen su propio pecado: ese pecado predilecto que se aferra más a ellos, el que aman y justifican de manera especial.

Segundo, nuestros pecados reciben el nombre de penas y dolores (Isaías 53:4), o quizá de enfermedades y heridas. La Septuaginta los traduce como nuestros pecados, y así también lo hace el apóstol Pedro (1 Pedro 2:24). Nuestra corrupción original es la enfermedad del alma, una debilidad y un desorden persistentes. Nuestros pecados concretos son las heridas del alma, que causan dolor a la conciencia, a menos que esta se haya endurecido y embotado.

Nuestros pecados también reciben el nombre de penas y dolores porque todas nuestras penas y dolores provienen del pecado. Además, nuestros pecados merecen toda pena y todo dolor, incluso los más severos y duraderos.

Tercero, nuestro Señor Jesús fue designado, y estuvo de acuerdo, para ofrecer satisfacción por nuestros pecados y así salvarnos del castigo que merecen.

Él fue designado para hacer esto conforme a la voluntad de su Padre, porque el Señor cargó en él la iniquidad de todos nosotros. Dios lo escogió para ser el Salvador de pecadores necesitados, y determinó que fueran salvos de esta manera: por medio de Cristo, quien llevaría sus pecados y sufriría el castigo en su lugar. No fue exactamente el mismo sufrimiento que nosotros habríamos tenido que soportar, pero tuvo un valor completamente equivalente, suficiente para sostener el honor de la santidad y la justicia de Dios en su gobierno del mundo.

Observemos, en primer lugar, la manera en que somos rescatados de la ruina que el pecado trajo sobre nosotros. Nuestros pecados fueron puestos sobre Cristo, así como los pecados del adorador eran puestos sobre el sacrificio y como los pecados de todo Israel eran puestos sobre la cabeza del macho cabrío expiatorio. Nuestros pecados se reunieron sobre él, como indica una posible lectura marginal. Los pecados de todos aquellos a quienes vino a salvar, de todo lugar y de toda época, se juntaron sobre él, y él fue herido por causa de ellos. También puede entenderse que fueron hechos caer sobre él, como quienes se abalanzaron contra él con espadas y garrotes para arrestarlo.

Poner nuestros pecados sobre Cristo significa quitarlos de nosotros. No caeremos bajo la maldición de la ley si nos sometemos a la gracia del evangelio. Nuestros pecados fueron puestos sobre Cristo cuando él fue hecho pecado, es decir, una ofrenda por el pecado, por nosotros; y cuando nos redimió de la maldición de la ley al hacerse maldición por nosotros. De esta manera, se hizo capaz de dar descanso a todos los que acuden a él cargados con el peso del pecado. Véase Salmo 40:6-12.

En segundo lugar, observemos quién estableció este plan. Fue el Señor quien puso nuestras iniquidades sobre Cristo. Él planeó este camino de reconciliación y salvación, y aceptó el pago que Cristo haría en nuestro lugar. Cristo fue entregado a la muerte conforme al plan determinado y al conocimiento previo de Dios. Nadie excepto Dios tenía autoridad para poner nuestros pecados sobre Cristo, porque el pecado se cometió contra él y el pago debía hacerse a él. Además, aquel sobre quien fue puesta la iniquidad era su propio Hijo, el Hijo de su amor, su santo siervo Jesús, quien no conoció pecado.

En tercer lugar, observemos por quiénes se hizo esta expiación. La iniquidad de todos nosotros fue puesta sobre Cristo. En Cristo hay mérito suficiente para la salvación de todos, y esa salvación se ofrece sinceramente a todos; no deja fuera a nadie excepto a quienes se excluyen a sí mismos. Esto muestra que este es el único camino de salvación. Todos los que son justificados, es decir, declarados justos delante de Dios, lo son porque sus pecados fueron puestos sobre Jesucristo. Y por muchos que sean sus pecados, él puede soportar el peso de todos ellos.

En cuarto lugar, Cristo también aceptó hacer esto. Dios puso nuestra iniquidad sobre él, y Cristo consintió en llevarla. Algunos piensan que las siguientes palabras de Isaías 53:7 deberían leerse así: «Se le exigió el pago, y él respondió». La justicia de Dios exigía satisfacción por nuestros pecados, y Cristo se ofreció para hacer esa satisfacción. Se convirtió en nuestro fiador, es decir, en quien garantiza nuestra deuda; no porque originalmente estuviera obligado junto con nosotros, sino porque intervino para asumir legalmente la responsabilidad por la deuda de otro. Fue como si dijera: «Padre, que la maldición caiga sobre mí».

Por eso, cuando fue arrestado, estuvo de acuerdo con aquellos a quienes se entregó en que sus discípulos fueran puestos en libertad: «Si me buscan a mí, dejen que estos se vayan» (Juan 18:8). Por decisión propia, asumió la responsabilidad de nuestra deuda, y es una gran misericordia para nosotros que lo haya hecho. Así restituyó lo que no había tomado.

Después de asumir nuestra deuda, sufrió el castigo. Salomón dice que quien garantiza la deuda de un extraño sufrirá por ello. Cristo, como nuestro fiador, sufrió por nosotros. Él llevó nuestros sufrimientos y cargó nuestros dolores (Isaías 53:4). Hizo más que someterse a la debilidad común de la naturaleza humana y a las dificultades ordinarias de la vida, que el pecado introdujo en el mundo. Soportó la angustia más profunda cuando dijo: «Mi alma está profundamente afligida».

Hizo suyas las dificultades de esta vida presente y las llevó con todo su peso, para hacerlas más ligeras y soportables para nosotros. El pecado es la raíz amarga y el dolor que están dentro de todo sufrimiento y miseria. Cristo llevó nuestros pecados y, por eso, también llevó nuestros dolores. Los apartó de nosotros, para que nunca quedáramos aplastados bajo un peso que no pudiéramos soportar. Esto se cita en Mateo 8:17 y se aplica a la compasión de Cristo por los enfermos que acudían a él para ser sanados, así como al poder que ejercía para sanarlos.

Hizo esto al sufrir por nuestros pecados (Isaías 53:5). Fue herido por nuestras transgresiones, para hacer expiación por ellas y comprar nuestro perdón. Nuestros pecados fueron las espinas sobre su cabeza, los clavos en sus manos y pies, y la lanza en su costado.

Las heridas y los golpes son consecuencias del pecado: lo que merecíamos y lo que atrajimos sobre nosotros mismos (Isaías 1:6). Sin embargo, aunque son dolorosas, esas heridas y golpes no tienen que ser mortales. Cristo fue herido por nuestros pecados y sufrió un dolor profundo por nuestras rebeliones. Fue aplastado por nuestras iniquidades, nuestra culpa y nuestra perversidad. En otras palabras, nuestros pecados fueron la razón de su muerte.

Isaías dice lo mismo en Isaías 53:8. El castigo que debía caer sobre nosotros cayó sobre él. Algunos entienden la frase de esta manera: «Fue eliminado por el pecado de mi pueblo, a quien correspondía el castigo». Fue entregado a la muerte por nuestras transgresiones (Romanos 4:25). Por eso el Nuevo Testamento dice que Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras, lo que incluye también este pasaje (1 Corintios 15:3).

Algunos interpretan la frase como una referencia a que fue herido por las manos malvadas de mi pueblo, los judíos, quienes eran el pueblo de Dios de nombre, y que fue crucificado y asesinado por ellos (Hechos 2:23). Pero el primer sentido es más claro, y la profecía de Daniel lo respalda firmemente. Se prometió que el Mesías acabaría con la transgresión, pondría fin al pecado y haría reconciliación, es decir, traería paz con Dios, por la iniquidad (Daniel 9:24).

El resultado para nosotros es paz y sanidad (Isaías 53:5). Tenemos paz porque el castigo que nos trajo la paz fue puesto sobre él. Al aceptar ese castigo, quitó la hostilidad entre Dios y la humanidad e hizo la paz mediante la sangre de su cruz. Puesto que el pecado nos hizo detestables ante la santidad de Dios y nos expuso a su justicia, ahora Dios se ha reconciliado con nosotros por medio de Cristo. Él hace más que perdonarnos y salvarnos de la ruina: nos lleva a la amistad y a la comunión con él. De esa manera, todo bien llega a nosotros (Colosenses 1:20). Cristo es nuestra paz (Efesios 2:14).

También tenemos sanidad, porque por sus heridas somos sanados. El pecado no solo es un delito que merecía condenación y muerte; también es una enfermedad que destruye nuestra alma. Cristo proveyó la cura. Por medio de sus sufrimientos, compró para nosotros el Espíritu y la gracia de Dios, para que nuestros deseos corrompidos, las enfermedades del alma, puedan morir. También da a nuestra alma una condición saludable, de modo que podamos servir a Dios y estar preparados para disfrutar de él. Su cruz también nos enseña y nos fortalece. Su verdad y su poder nos dan razones firmes para rechazar el pecado, de modo que el pecado pierde su dominio sobre nosotros.

Para Cristo, esto significó su resurrección y su honor permanente. Así se quitó la vergüenza de la cruz. Se entregó a la muerte como sacrificio, semejante a un cordero, y Dios mostró que había aceptado su ofrenda al levantarlo de entre los muertos (Isaías 53:8). Fue sacado de la prisión y del juicio. Había estado retenido en la tumba bajo un proceso judicial, como si estuviera arrestado por nuestra deuda, y parecía que el juicio había fallado en su contra. Pero, por mandato de Dios, fue sacado de la tumba. Un ángel fue enviado para quitar la piedra y dejarlo en libertad. Así, el juicio contra él fue revocado, y esto es tanto nuestro consuelo como su honor. Fue entregado por nuestras transgresiones y resucitó para nuestra justificación, es decir, para que fuéramos declarados justos delante de Dios. Liberar al fiador, al que ocupó nuestro lugar, significaba liberar la deuda.

También fue honrado y exaltado. «¿Quién podrá declarar su generación?» puede referirse a su edad, a su vida continua o a la duración de su vida. Resucitó para no morir nunca más. La muerte ya no tiene autoridad sobre él. Aquel que estaba muerto vive para siempre, y nadie puede describir por completo esa vida interminable a la que resucitó. Fue exaltado porque obedeció hasta la muerte por los pecados de su pueblo. También podemos entender estas palabras como una referencia a su descendencia espiritual, su pueblo creyente. ¿Quién puede contar el vasto número de convertidos que serán llevados a él por medio del evangelio, como el rocío de la mañana? Esto nos lleva a pedir que el Señor multiplique grandemente a esta generación y la bendiga, tal como prometió hacerlo con Israel por medio de Moisés (Deuteronomio 1:11).

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