Versículo destacado
Isaías 51:9 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Despierta, despierta, brazo del Señor; ármate de fuerza. Despierta como lo hiciste en el pasado, en tiempos muy lejanos. Tú despedazaste a Rahab, el monstruo marino; "
Isaías 51:9
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
7 Escúchenme, ustedes que saben lo que es justo, pueblo que toma en serio mi enseñanza. No teman las injurias de los hombres ni se dejen deprimir por sus insultos,
8 porque ellos perecerán como un vestido apolillado, como lana roída por gusanos. Pero mi victoria será eterna y mi salvación durará para siempre.
9 Despierta, despierta, brazo del Señor; ármate de fuerza. Despierta como lo hiciste en el pasado, en tiempos muy lejanos. Tú despedazaste a Rahab, el monstruo marino;
10 secaste el mar, las aguas del profundo abismo, y convertiste el fondo del mar en un camino para que pasaran los libertados.
11 Así también regresarán los rescatados por el Señor y entrarán en Sión dando gritos de alegría. Sus rostros estarán siempre alegres; encontrarán felicidad y dicha, y el dolor y el llanto desaparecerán.
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En estos versículos, la iglesia ora para que Dios manifieste su poder en la historia, derrote a sus enemigos y rescate a su pueblo: «¡Despierta, despierta! Revístete de fuerza, brazo del SEÑOR» (Isaías 51:9). El brazo del Señor significa Cristo o representa a Dios mismo, como en Salmo 44:23. Cuando le piden a Dios que «despierte», no quieren decir que esté dormido, pues él vela por Israel sin dormir. Piden que haga claramente visible su cuidado y su poder, actuando a favor de su pueblo de una manera que todos puedan reconocer.
«Revístete de fuerza» significa «muestra tu fuerza», así como una persona se pone ropa para presentarse en público (Salmo 21:13). La iglesia ve que su situación es grave. Sus enemigos son numerosos y fuertes, mientras que sus amigos son pocos y débiles. Por eso depende por completo de la fuerza del brazo de Dios para recibir ayuda. «Despierta como en los días antiguos» significa: «Haz ahora por nosotros lo que hiciste por nuestros antepasados hace mucho tiempo; repite las maravillas que ellos nos contaron» (Jueces 6:13).
Ellos respaldan esta oración con dos clases de razones. Primero, recuerdan lo que Dios ya ha hecho. Dios ha realizado grandes obras en defensa de la misma causa, y su brazo no se ha debilitado. Hirió a Egipto, que había esclavizado y oprimido a su hijo primogénito, Israel. Despedazó a Rahab e hirió al faraón, ese dragón llamado también Leviatán (Salmo 74:13-14). En otras palabras, le asestó a Egipto una herida mortal. También hizo maravillas por Israel al secar el mar, incluso las aguas del gran abismo, para abrir un camino por donde pasaran los redimidos (Isaías 51:10).
Dios nunca se queda sin una manera de llevar a cabo sus planes para su pueblo. Encontrará un camino o abrirá uno. La misericordia pasada fortalece la fe y la esperanza, y también ofrece buenas razones para orar. Lo que Dios ha hecho antes nos da fundamento para pedirle: «Nos ayudaste en el pasado; ¿no volverás a ayudarnos?» (Salmo 85:1-6).
Segundo, apelan a sus promesas (Isaías 51:11). «Los redimidos del SEÑOR volverán» significa: «Tú has dicho que volverán». Esto apunta a la promesa de Isaías 35:10, donde los redimidos llegan a Sion con cantos después de ser liberados de Babilonia. Los pecadores que son sacados de la esclavitud del pecado y llevados a la libertad de los hijos de Dios también pueden avanzar cantando, como un ave que ha sido liberada de su jaula. Cuando los creyentes salen de la prisión del cuerpo, van cantando hacia la Sion celestial. Esa promesa se cumplirá plenamente entonces, pero todavía podemos apoyarnos en ella ahora.
Si Dios planea darnos una alegría tan grande al final, también obrará las liberaciones que necesitamos en el presente. Cuando los santos lleguen al cielo, entrarán en el gozo de su Señor. Recibirán un honor perdurable y una alegría completa. Experimentarán el gozo y la felicidad que nunca pudieron encontrar plenamente en este mundo de lágrimas. Aquí, la tristeza puede seguir rápidamente a la alegría. Allí, la tristeza y el lamento desaparecerán para nunca volver.
La respuesta de Dios llega de inmediato: «Yo, yo mismo, soy el que los consuela» (Isaías 51:12). Ellos pidieron manifestaciones de poder, y él responde con el consuelo de su gracia, una respuesta plena y apropiada. Si Dios no hiere al dragón ni seca el mar como lo hizo en el pasado, pero consuela nuestra alma en medio del sufrimiento, no tenemos razón para quejarnos. Si no responde de inmediato con la fuerza salvadora de su mano derecha, aun así debemos agradecerle si responde, como lo hizo con el ángel, con palabras buenas y consoladoras (Zacarías 1:13).
Observemos cómo habla Dios acerca de consolar a su pueblo: «Yo, yo mismo lo haré». Él había mandado a sus ministros que lo consolaran (Isaías 40:1), pero ellos no pueden llegar al corazón como él puede hacerlo; por eso toma esta obra en sus propias manos. Además, se complace en realizarla. Entre sus honores está este título: él es el Dios que consuela a los abatidos. Aquellos a quienes Dios consuela reciben verdadero consuelo. De hecho, su promesa de consolarlos es suficiente, por sí misma, para consolarlos.
Él consuela a quienes tienen miedo, porque el temor produce tormento y necesita consuelo. El temor a las personas es una trampa, y necesitamos ayuda para permanecer libres de ella. Dios consuela a los temerosos reprendiéndolos, y esa es una manera apropiada de consolarnos a nosotros mismos y a los demás: «¿Por qué estás abatido y por qué estás angustiado?» (Isaías 51:12-13). Dios no quiere que su pueblo se deje aplastar por temores alarmantes acerca de la vergüenza que otros puedan causarle, del poder cada vez mayor de quienes lo amenazan ni de cualquier daño que planeen contra nosotros o contra nuestro pueblo.
Esos temores no son razonables. Ceder ante ellos disminuye nuestra dignidad. «¿Quién eres tú para tener miedo?». En el original, la palabra está en femenino, como si dijera: «¿Quién eres tú, mujer?». Ceder ante esos temores es una actitud débil e indigna de quienes sirven al Dios viviente. Es absurdo tener miedo de una persona moribunda, de alguien que ciertamente morirá pronto, del ser humano que será como la hierba y se marchitará. Las personas más fuertes y aterradoras siguen siendo solo seres humanos (Salmo 9:20), y mueren como todos los demás (Salmo 81:7). Son apenas hierba: brotan de la tierra y a ella regresan.
Debemos considerar que toda persona es alguien que morirá. Aquellos a quienes admiramos, amamos o en quienes confiamos son mortales. Por eso no debemos darles un valor excesivo ni apoyarnos demasiado en ellos. Aquellos a quienes tememos también son frágiles y mortales. Qué insensato es que los siervos del Dios viviente teman a personas que morirán, que están aquí hoy y mañana ya no estarán.
También es insensato vivir con temor todos los días, todo el tiempo (Isaías 51:13). Eso mantiene a la persona en una angustia constante, sin paz ni capacidad de disfrutar. A veces el peligro es real y está cerca, y entonces es prudente tener cuidado. Pero vivir en alarma permanente, sospechando peligro a cada paso y temblando ante cada sonido, es convertirnos en esclavos del temor durante toda la vida (Hebreos 2:15). También trae sobre nosotros el severo juicio anunciado en Deuteronomio 28:66-67, donde el miedo se convierte en la condición diaria de la vida.
También es igualmente irrazonable temer más de lo que la situación justifica: «Tienes miedo de la furia del opresor».
Es verdad que existe un opresor y que está enojado. Incluso puede tener la intención de hacernos daño cuando se presente la oportunidad, por lo que es sabio mantenernos alerta. Pero tenerle miedo como si estuviera a punto de destruirnos, como si fuera a cortarnos la garganta y nada pudiera detenerlo, es un temor desproporcionado.
Un espíritu temeroso suele hacer que todo parezca peor de lo que realmente es. Ve el peligro más grande y más cercano de lo que en verdad está. A veces Dios muestra rápidamente lo absurdo de ese temor: «¿Dónde está la furia del opresor?». Desaparece en un instante, y el peligro se va antes de que nos demos cuenta. El corazón del opresor cambia o sus manos quedan atadas. El faraón, rey de Egipto, no es más que un ruido, y el rey de Babilonia ya no existe. ¿Qué ocurrió con todos los opresores feroces del pueblo de Dios, los que lo intimidaban, lo amenazaban y lo aterrorizaban? Pasaron y desaparecieron, y lo mismo ocurrirá con estos.
Este temor también es pecaminoso porque se olvida de Dios: «Tienes miedo de un ser humano que morirá y te olvidas del SEÑOR, tu Creador». Él también es el Creador del mundo entero, quien extendió los cielos y puso los fundamentos de la tierra. Por eso tiene bajo su control todos los poderes celestiales y terrenales. Nuestro temor excesivo a las personas es una manera silenciosa de olvidarnos de Dios. Cuando nos angustiamos por las amenazas humanas, olvidamos que hay un Dios por encima de ellas y que incluso los gobernantes más poderosos solo tienen la autoridad que Dios les concede. Olvidamos su providencia, su gobierno sabio sobre cada acontecimiento conforme a su propio plan.
También olvidamos sus promesas de proteger a su pueblo y olvidamos cómo nos ha cuidado en el pasado. Muchas veces intervino en el momento preciso, cuando pensábamos que el opresor estaba a punto de destruirnos. Olvidamos nuestros «Jehová-jireh», los memoriales de misericordia en el monte del Señor, los lugares donde Dios proveyó. Si de verdad recordáramos que debemos considerar al Señor como nuestro temor y nuestro terror, no nos estremeceríamos tanto ante las miradas y las amenazas de las personas (Isaías 8:12-13). Dichoso quien siempre teme a Dios (Proverbios 28:14; Lucas 12:4-5).
Él también consuela a quienes están encadenados y exiliados, como se muestra en Isaías 51:14-15. Primero, pensemos en lo que ellos hacen por sí mismos. Los exiliados cautivos se apresuran para ser liberados y regresar a su propia tierra, de la cual fueron expulsados. Les preocupa morir en la fosa; es decir, temen morir como prisioneros debido a las dificultades del confinamiento. También les preocupa que se les acabe el pan: ya sea el alimento necesario para mantenerse con vida en prisión o el sustento necesario para pagar el viaje de regreso. Sus provisiones son escasas, por eso se apresuran a ser liberados.
Algunos consideran esto una falta. Piensan que el cautivo muestra una impaciencia desconfiada, incapaz de esperar el tiempo de Dios, y actúa como si fuera a morir con toda seguridad si no es liberado de inmediato. Otros lo consideran una virtud, porque cuando se abren las puertas de la prisión, no se demora, sino que hace todo lo posible para asegurar su liberación. Entonces Dios dice: «Pero yo soy el SEÑOR tu Dios», y con esto les revela lo que hará por ellos, incluso aquello que ellos no pueden hacer por sí mismos.
Dios tiene todo el poder para ayudar a los exiliados cautivos, porque dividió el mar cuando sus olas rugientes eran más aterradoras que las amenazas de los opresores orgullosos. Algunos piensan que el versículo debería decir que él calmó el mar (Salmo 65:7; Salmo 89:9). Esto no solo demuestra lo que Dios puede hacer, sino que también representa lo que ha hecho y hará por su pueblo. Él encontrará la manera de calmar la tormenta y llevarlos a salvo al puerto. «SEÑOR de los ejércitos» es su nombre para siempre, el nombre por el que su pueblo lo ha conocido desde hace mucho tiempo. Y así como él puede ayudarlos, también está dispuesto y comprometido a hacerlo, porque es su Dios, oh cautivo exiliado; es tu Dios por medio del pacto.
Esto es una reprensión para los cautivos desanimados. No deben concluir que tienen que ser liberados de inmediato o morir en la fosa, porque el SEÑOR de los ejércitos puede ayudarlos aun cuando hayan caído muy bajo. También es un ánimo para los cautivos diligentes. Cuando se proclame la libertad, no deben perder el tiempo. Deben saber que el SEÑOR es su Dios y que, mientras procuran ayudarse a sí mismos, pueden tener la certeza de que él los ayudará.
También consuela a todo su pueblo que había confiado en lo que los profetas habían dicho en el nombre del SEÑOR y había edificado su esperanza sobre esas palabras. Cuando las liberaciones anunciadas por los profetas no llegaron tan pronto como esperaban, o no alcanzaron la grandeza de sus esperanzas, se desanimaron y quedaron abatidos. Pero aquí reciben ánimo por medio de lo que Dios dice a su profeta: no solo a este profeta, sino a todos sus profetas y, sobre todo, a Cristo, el gran profeta. Es un profundo consuelo escuchar al Dios de verdad y poder decirle a su mensajero: «He puesto mis palabras en tu boca, para que por medio de ellas plante los cielos».
Dios prometió consolar a su pueblo, pero todavía lo hace por medio de sus profetas, por medio de su evangelio. Por eso se nos dicen tres cosas acerca de esa palabra. Primero, es completamente verdadera. Dios reconoce como suyas las palabras que ellos hablaron, pues fueron las palabras que él les mandó proclamar: «He puesto mis palabras en tu boca». Por lo tanto, quien los recibe a ellos también me recibe a mí. Esto fortalece profundamente nuestra fe, porque la enseñanza de Cristo no era un mensaje privado suyo, sino el mensaje de Aquel que lo envió. Las palabras de los profetas y los apóstoles eran las propias palabras de Dios, puestas por él en sus bocas. El Espíritu de Dios no solo les reveló las cosas que debían decir, sino que también guio las palabras mismas que usaron (2 Pedro 1:21; 1 Corintios 2:13). Por eso son palabras verdaderas de Dios, el Dios que no puede mentir.
Segundo, esta palabra está completamente segura. «Te he cubierto con la sombra de mi mano» (como en Isaías 49:2). Esto habla de una protección especial, no solo para los profetas, sino también para sus profecías; no solo para Cristo, sino también para el cristianismo y el evangelio de Cristo. Los profetas no solo nos entregan la palabra fiel de Dios, sino que esa palabra también será preservada cuidadosamente hasta que se cumpla para el bien de la iglesia, a pesar de los esfuerzos incansables de los poderes de las tinieblas por apagar esta luz. Ellos profetizarán otra vez (Apocalipsis 10:11), no en sus cuerpos físicos, sino por medio de sus escritos, que Dios siempre ha mantenido bajo la sombra de su mano. Él los ha preservado mediante su providencia especial; de no haberlo hecho, se habrían perdido hace mucho tiempo.
Tercero, cuando esta palabra se cumpla, su alcance será inmenso, mucho mayor que el esplendor exterior de la profecía misma. «He puesto mis palabras en tu boca», no para que por medio de su cumplimiento plante solamente una nación o funde una ciudad, sino para que plante los cielos y ponga los fundamentos de la tierra. Haré por mi pueblo algo semejante a una nueva creación. Esto apunta a la gran obra realizada por el evangelio de Cristo y al establecimiento de su santa fe en el mundo.
Así como Dios hizo al principio el mundo por medio de Cristo (Hebreos 1:2) y también formó por medio de él la iglesia del Antiguo Testamento (Zacarías 6:12), del mismo modo usará a Cristo y las palabras puestas en su boca para establecer algo nuevo. En cierto sentido, volverá a plantar los cielos y a poner de nuevo los fundamentos de la tierra. El pecado arrojó a toda la creación en el desorden, pero Cristo quitó el pecado del mundo y restauró el orden.
Por eso las cosas antiguas han pasado y todo se ha hecho nuevo. Las cosas del cielo y de la tierra vuelven a unirse y reciben un nuevo orden (Colosenses 1:20). Por medio de él, conforme a la promesa de Dios, esperamos cielos nuevos y una tierra nueva (2 Pedro 3:13), y los mismos profetas dan testimonio de esto.
También establecerá una nueva iglesia: la iglesia del Nuevo Testamento. Le dirá a Sion: «Ustedes son mi pueblo». La iglesia del evangelio es llamada Sion (Hebreos 12:22) y Jerusalén (Gálatas 4:26), y cuando los gentiles sean incorporados a ella, también serán llamados pueblo de Dios.
Cuando Dios traiga una gran liberación a su iglesia, y especialmente cuando complete su salvación en el gran día, mostrará abiertamente que este grupo pequeño y a menudo despreciado es su pueblo: aquellos que él escogió y amó.
De este capítulo
Isaías 51:1
"Óiganme todos los que desean vivir con rectitud y me buscan —dice el Señor—. Miren la roca de la que fueron cortados, la cantera de la que fueron sacados;"
Isaías 51:2
"miren a Abraham, su padre, y a Sara, la que les dio la vida. Cuando yo lo llamé, él era uno solo, pero lo bendije y le di muchos descendientes."
Isaías 51:3
"Yo seré bondadoso con Sión, la ciudad que estaba completamente en ruinas. Convertiré las tierras secas del desierto en un jardín, como el jardín que el Señor plantó en Edén. Allí habrá felicidad y alegría, cantos de alabanza y sonido de música."
Isaías 51:4
"Pueblos, préstenme atención; escúchenme, naciones: yo publicaré mi enseñanza, y mis mandamientos alumbrarán a los pueblos."
Isaías 51:5
"Mi victoria está cerca, mi acción salvadora viene en camino; con mi poder gobernaré a los pueblos. Los países del mar esperarán en mí y confiarán en mi poder."
Isaías 51:6
"Levanten los ojos al cielo y miren abajo, hacia la tierra: el cielo se desvanecerá como el humo, la tierra se gastará como un vestido y sus habitantes morirán como mosquitos. Pero mi salvación será eterna y mi victoria no tendrá fin."
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