Versículo destacado

Isaías 48:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Escucha esto, familia de Jacob, que llevas el nombre de Israel y eres descendiente de Judá; que juras por el nombre del Señor; que invocas al Dios de Israel, aunque sin honradez ni rectitud; "

Isaías 48:1

menu_book El versículo en contexto

1 Escucha esto, familia de Jacob, que llevas el nombre de Israel y eres descendiente de Judá; que juras por el nombre del Señor; que invocas al Dios de Israel, aunque sin honradez ni rectitud;

2 que dices ser de la ciudad santa y apoyarte en el Dios de Israel, cuyo nombre es Señor todopoderoso:

3 Desde el principio te anuncié las cosas del pasado; yo mismo las di a conocer. De pronto actué, y se hicieron realidad.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos la religión hipócrita que muchos judíos profesaban, junto con su relación con Dios. El profeta recibe la orden de hablarles a personas así, para ponerlas al descubierto y humillarlas. De ese modo, tendrían que reconocer que Dios tenía razón en los juicios que había traído sobre ellos.

Observemos lo elevadas que eran sus pretensiones religiosas. Tenían el nombre, la apariencia y la posición externa del pueblo de Dios, aunque sus corazones estaban lejos de él. Eran la casa de Jacob, la familia que Dios había escogido. Se llamaban Israel, un nombre honorable que significa «el que lucha con Dios», y se enorgullecían de ese título.

Descendían de las aguas de Judá, es decir, eran descendientes de Judá, la tribu real de la cual vendría el Mesías. Juraban por el nombre del SEÑOR, reconociéndolo como el Dios verdadero y como su propio Dios. También hablaban con frecuencia del Dios de Israel, mencionándolo mucho en sus oraciones y alabanzas, y aparentaban tener cuidado de recordarlo.

Se consideraban parte de la ciudad santa, aun cuando estaban cautivos en Babilonia, y valoraban esa conexión. También se apoyaban en el Dios de Israel y se jactaban de sus promesas y de su pacto. Si alguien les preguntaba acerca de su Dios, podían responder: «El SEÑOR de los ejércitos es su nombre», y luego sentirse muy importantes porque le pertenecían.

Sin embargo, toda esa profesión de fe no servía de nada, porque no se hacía con verdad ni con justicia. Sus corazones no eran sinceros. Esto demuestra que nuestras palabras y acciones religiosas no significan nada si no somos honestos delante de Dios. Si no somos sinceros, tomamos el nombre del SEÑOR en vano.

Dios también usó medios claros para mantenerlos cerca de él y apartarlos de la idolatría. Sus leyes, con sus advertencias y sus protecciones, debieron haber sido suficientes, pero no lo fueron. Por eso añadió profecías extraordinarias y actos notables de su providencia, con el propósito de demostrar que solo él es el Dios verdadero y que era sabio y correcto aferrarse a él.

Dios los honró al darles muchas profecías. Desde el principio había anunciado las cosas anteriores. No dejó sin declarar ningún acontecimiento importante de su nación desde sus comienzos, incluida su esclavitud en Egipto, su liberación y el establecimiento de sus tribus en Canaán. Dios habló de esas cosas antes de que sucedieran y después demostró que se cumplieron.

Esto les concedía un honor especial por encima de las demás naciones y también respondía a su curiosidad. Tenían profecías dignas de confianza, relacionadas con su propio pueblo y con su propia tierra. Dios hizo que se cumplieran de repente, cuando nadie las esperaba, de modo que solo el conocimiento anticipado de Dios podía explicarlas. Él las anunció, y llegaron a suceder, porque cuando Dios actúa, lo hace con seguridad y eficacia.

Incluso las dificultades que sufrían en Babilonia habían sido anunciadas desde el principio por medio de Moisés, como resultado seguro de apartarse de Dios (Levítico 26:31, etc.; Deuteronomio 28:36, etc.; Deuteronomio 29:28). Dios también había prometido que regresarían a él y a su propia tierra (Deuteronomio 30:4, etc.; Levítico 26:44-45). Si comparaban su condición presente y la liberación que esperaban con lo escrito en la ley, verían que las Escrituras correspondían exactamente con su experiencia.

Dios también los honró al darles cosas nuevas por medio de los profetas de su propio tiempo. Eran acontecimientos ocultos que no podían conocer por sí mismos, como la profecía acerca de Ciro y el momento exacto de su liberación de Babilonia. Dios hizo que esas cosas ocurrieran en su propio tiempo. En efecto, su restauración fue una nueva creación.

Estas promesas no se habían dado desde el principio, sino más adelante, para ayudarlos cuando comenzaran a alejarse de Dios. Aun así, Dios les anunció esas cosas antes de que pudieran conocerlas por cualquier medio humano. Se las comunicó cuando no habían oído hablar de ellas, no las conocían y no tenían ninguna razón para esperarlas. Se las anunció cuando todo parecía imposible y cuando difícilmente habrían escuchado a alguien que intentara predecirlo.

Dios les había mostrado cosas ocultas que estaban más allá de su conocimiento y había hecho grandes cosas que superaban sus fuerzas. Por eso dice: «Ustedes han oído; vean todo esto». Habían escuchado la profecía y ahora debían ver su cumplimiento. Debían comparar la palabra de Dios con sus obras y comprobar que correspondían exactamente. Entonces tendrían que reconocer abiertamente que el SEÑOR es el Dios verdadero, el único que posee un conocimiento y un poder semejantes. También deberían admitir que su Dios había sido bueno con ellos y que ellos mismos habían actuado vergonzosamente al serle tan infieles y preferir a otros en su lugar.

Dios trató con ellos de esta manera por una razón importante. Quería impedir que se jactaran de sí mismos o de sus ídolos. Por medio de sus profetas, les anunció de antemano su liberación, para que, cuando llegara, no se la atribuyeran a los ídolos.

Dios dio a conocer estas cosas para asegurar que la gloria fuera para él, porque de otro modo algunos se la habrían atribuido a sus imágenes talladas. Dios dice, en esencia: «Lo anuncié antes para que ustedes no pudieran decir: “Mi ídolo hizo esto o mandó que sucediera”» (Isaías 48:5). Muchos estaban dispuestos a decirlo, y así aquello que debía librarlos de la idolatría habría terminado confirmándolos en ella. Pero ahora no tienen esa excusa, porque si los ídolos hubieran hecho esas cosas, sus profetas deberían haberlas anunciado. Puesto que los profetas del SEÑOR las anunciaron, es evidente que el poder que las llevó a cabo era el poder del SEÑOR.

Dios también lo anunció por medio de sus profetas para que ellos no se atribuyeran la previsión a sí mismos. Algunas personas no eran tan descaradas como para decir que un ídolo había hecho la obra, pero sí eran lo bastante orgullosas como para afirmar que, si Dios no hubiera hablado primero, ellas mismas habrían previsto lo que sucedería. Dios les dice, en esencia: «No pueden decir: “Miren, yo ya lo sabía”» (Isaías 48:7). Las personas orgullosas suelen restarle importancia a algo grande y sorprendente diciendo que era justamente lo que esperaban desde el principio. Dios habló de antemano para silenciar esa clase de jactancia. Él ha dicho y hecho lo suficiente para impedir que las personas presuman de sí mismas, de modo que nadie pueda jactarse delante de él. Si eso no las humilla, solo hace más grave su orgullo y su ruina. Al final, toda boca quedará cerrada y todos permanecerán en silencio delante de Dios.

Dios también hizo esto para dejarlos sin excusa en su obstinación. Por eso tuvo tanto cuidado con ellos: sabía que eran tercos (Isaías 48:4). Sabía que, si no hubiera confirmado mediante la profecía su dominio sobre la historia, ellos habrían tenido la osadía de negarlo y decir que su ídolo había hecho lo que Dios hizo. Sabía cuán decididos estaban a seguir el mal. La palabra indica que eran duros. Su cuello era como un tendón de hierro, incapaz de inclinarse ante el mandato de Dios, de volverse para reflexionar sobre su trato con ellos o de mirar hacia arriba con temor ante su desaprobación. Su frente era como el bronce: insolente y sin vergüenza, arrogante y reacia a sentir temor o arrepentirse, siempre avanzando por el camino de sus propios deseos.

Dios todavía usa medios para llevar a los pecadores a estar de acuerdo con él, aun cuando sabe que son obstinados. También sabía cuán falsos serían y cuán poco sinceros serían incluso en aquello que pareciera bueno (Isaías 48:8). Les envió a sus profetas, pero ellos no quisieron escuchar ni entender. Eso no era sorprendente, considerando lo que habían sido. Con razón se les llamó rebeldes desde su nacimiento. Desde que fueron formados como pueblo, estuvieron inclinados a la idolatría. Llevaron consigo desde Egipto ese amor extraño por el pecado y comenzaron a quejarse casi tan pronto como emprendieron el camino hacia Canaán. Por eso fueron reprendidos con justicia desde entonces (Deuteronomio 9:7, Deuteronomio 9:24).

Por eso Dios dice: «Yo sabía que actuarían con mucha infidelidad». Él vio de antemano que se apartarían y da la razón: siempre los había encontrado falsos e inconstantes (Deuteronomio 31:16, Deuteronomio 31:27, Deuteronomio 31:29). Esto también se aplica a cada uno de nosotros. Todos nacemos como personas desobedientes. Desde el nacimiento se nos puede llamar rebeldes, y por eso es fácil comprender que actuaremos con mucha infidelidad. Donde existe el pecado original, el pecado personal surge naturalmente. Dios lo sabe y, aun así, no nos trata como merecemos.

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