Versículo destacado

Isaías 40:3 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Una voz grita: Preparen en el desierto un camino para el Señor; tracen en la región estéril una calzada recta para nuestro Dios. "

Isaías 40:3

menu_book El versículo en contexto

1 El Dios de ustedes dice: Consuelen, consuelen a mi pueblo;

2 hablen con ternura a Jerusalén y díganle que su esclavitud ha terminado, que ya ha pagado por sus faltas y que ya ha recibido de mi mano el doble del castigo por todos sus pecados.

3 Una voz grita: Preparen en el desierto un camino para el Señor; tracen en la región estéril una calzada recta para nuestro Dios.

4 Rellenen todas las cañadas, allanen los cerros y las colinas, y conviertan la región quebrada y montañosa en una llanura completamente lisa.

5 Entonces el Señor mostrará su gloria, y todos los hombres juntos la verán. El Señor mismo lo ha dicho.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cuando haya llegado el tiempo de mostrar favor a Sion, y se cumpla el momento señalado, el pueblo de Dios debe estar preparado para la misericordia que él quiere concederle. Necesita arrepentimiento y fe; por eso escuchamos la voz de alguien que clama en el desierto. Esto puede aplicarse a los profetas que acompañaban a los cautivos en su condición semejante a un desierto y que, al ver acercarse la liberación, animaron al pueblo a prepararse para ella. También les aseguraron que toda dificultad en el camino de su regreso sería quitada. Es una buena señal de que la misericordia está siendo preparada para nosotros cuando vemos que la gracia de Dios nos prepara para recibirla (Salmo 10:17).

Sin embargo, este pasaje debe aplicarse finalmente a Juan el Bautista. Aunque Dios era quien hablaba, Juan era la voz que clamaba en el desierto, y su tarea consistía en preparar el camino del Señor; es decir, en preparar a las personas para recibir el evangelio de Cristo. El camino del Señor se prepara, en primer lugar, mediante el arrepentimiento del pecado. Eso fue lo que Juan el Bautista predicó a todo Judá y Jerusalén (Mateo 3:2, Mateo 3:5), y de esa manera preparó un pueblo dispuesto para el Señor (Lucas 1:17).

La alarma ha sido anunciada, y cada persona debe prestar atención, bajo su propia responsabilidad. Dios viene con misericordia, y debemos prepararnos para él (Isaías 40:3-5). Si aplicamos esto al cautiverio, significa que, cualesquiera que sean las cosas difíciles que se interpongan en el camino del regreso, serán quitadas. Esta voz en el desierto, mediante el poder divino que obra a través de ella, envía trabajadores delante para nivelar el camino. Pero también hace un llamado al deber, y ese mismo deber nos corresponde mientras nos preparamos para que Cristo entre en nuestro corazón.

Primero debemos alcanzar una disposición del corazón que esté lista para recibir a Cristo y su evangelio: «Preparen el camino del Señor». Debemos prepararnos para él y quitar todo lo que bloquee su entrada. Hay que hacerle espacio a Cristo y construir para él una carretera recta. Si él prepara el destino para nosotros, ciertamente debemos preparar el camino para él. Debemos prepararnos para el Salvador. «Levanten sus cabezas, oh puertas» (Salmo 24:7, Salmo 24:9). Debemos prepararnos para la salvación, para esa gran salvación y también para actos más pequeños de rescate. Debemos disponernos para recibirlos, y entonces Dios los llevará a cabo. No debemos ponernos obstáculos ni cerrar nuestra propia puerta, sino hacerle una carretera, incluso en un terreno que parezca un desierto. Esto es lo que él espera para poder mostrar su gracia.

También debemos permitir que la gracia de Dios nivele nuestro corazón. Quienes no reciben el consuelo de Cristo porque están abatidos y desanimados son los valles que deben ser elevados. Quienes no reciben consuelo porque se enorgullecen de sus propios méritos y valor son las montañas y colinas que deben ser bajadas. Quienes se han ofendido por la palabra y los caminos de Dios, y son obstinados y están dispuestos a resistirse a lo que es claro y sencillo porque no encaja con sus deseos pecaminosos o sus intereses mundanos, son los caminos torcidos que deben enderezarse y los terrenos ásperos que deben allanarse. Si el evangelio de Cristo es escuchado con justicia y sin prejuicios, no puede dejar de ser recibido. Así se prepara el camino del Señor, y así Dios prepara su propio camino en todas las personas objeto de su misericordia, aquellas cuyo corazón abre, como abrió el de Lidia.

Cuando esto se haya hecho, la gloria del Señor será revelada (Isaías 40:5). Cuando los cautivos estén preparados para la liberación, Ciro la proclamará, y solo quienes tengan el corazón conmovido por el Señor se beneficiarán de ella. Dios les dará valor y determinación para superar los desalientos del camino y considerar como nada las colinas, los valles y los terrenos ásperos. Cuando Juan el Bautista haya predicado durante algún tiempo el arrepentimiento, la negación de uno mismo y la reforma de vida, y haya preparado así un pueblo dispuesto para el Señor (Lucas 1:17), entonces el Mesías mismo será manifestado en su gloria. Él hará milagros, cosa que Juan no hizo, y por su gracia, que es su gloria, consolará y sanará a quienes Juan había llevado a reconocer su pecado.

Esta manifestación de la gloria divina también será luz para las naciones. Toda la humanidad la verá junta, no solamente los judíos. La verán, la admirarán y la recibirán con agrado, así como las naciones vecinas se dieron cuenta del regreso del cautiverio (Salmo 126:2). También demostrará que la palabra de Dios se ha cumplido, porque ninguna parte de ella fallará. La boca del Señor lo ha declarado, y por eso la mano del Señor lo llevará a cabo.

En segundo lugar, debemos confiar en la palabra del Señor, no en ninguna fuerza humana. Puesto que la boca del Señor ha hablado, esta voz también debe proclamar: «La palabra de nuestro Dios permanece para siempre» (Isaías 40:8). Cuando las promesas de salvación de Dios se cumplen por completo y en el momento señalado, eso demuestra que su palabra es segura y digna de confianza. Estamos preparados para la liberación cuando dependemos completamente de la palabra de Dios y edificamos sobre ella nuestra esperanza, con la plena seguridad de que no nos avergonzará. Al confiar así, debemos llegar a comprender que toda la humanidad es como la hierba: débil y pasajera.

No hay que temer al poder humano cuando se opone a la liberación. Será como la hierba ante la palabra del Señor: se marchitará y será pisoteado. Los orgullosos babilonios, que creen que la ruina de Jerusalén durará para siempre, son solamente como la hierba sobre la que sopla el Espíritu del Señor. Él los reduce a la nada y seca toda su gloria. La palabra del Señor, que promete la liberación, permanecerá para siempre, y sus enemigos no pueden impedir que se cumpla.

Tampoco se debe confiar en el poder humano cuando parece estar ayudando a la liberación. En comparación con la palabra del Señor, es solamente hierba; únicamente su palabra es un fundamento firme para nuestra esperanza. Cuando Dios está a punto de salvar a su pueblo, hará que deje de confiar en las criaturas y de buscar ayuda en las colinas y montañas. Esos apoyos le fallarán, y sus esperanzas en ellos quedarán defraudadas. El Espíritu del Señor soplará sobre ellos, porque Dios no permitirá que ninguna criatura compita con él por la esperanza y la confianza de su pueblo. Puesto que solo su palabra permanecerá para siempre, nuestra fe debe descansar únicamente en ella. Cuando llegamos a ese punto, y no antes, estamos preparados para recibir misericordia.

La palabra de nuestro Dios, esa gloria del Señor que ahora está siendo revelada, es el evangelio, junto con la gracia que trae a nosotros y obra en nosotros. Permanecerá para siempre, y este es el consuelo de todos los creyentes cuando ven que todo consuelo basado en las criaturas se marchita como la hierba. El apóstol aplica esto a la palabra predicada mediante el evangelio, que vive y permanece para siempre, como la semilla incorruptible por la cual nacemos de nuevo (1 Pedro 1:23-25).

Para preparar el camino del Señor, debemos convencernos de la vanidad de todo lo creado. «Toda carne es hierba» significa que cada ser humano es débil y tiene una vida breve. Nosotros somos así, de modo que no podemos salvarnos a nosotros mismos. Nuestros amigos también son así, y por eso tampoco pueden salvarnos.

Toda la belleza de las cosas creadas, precisamente aquello que puede hacerlas parecer hermosas, es como la flor de la hierba. Se marchita rápidamente, por lo que no puede obtener para nosotros el favor de Dios. Somos criaturas que mueren, y todos nuestros consuelos en este mundo también son consuelos que mueren. Por esa razón, no pueden ser la felicidad que necesitan nuestras almas inmortales. Debemos buscar la salvación más allá de estas cosas y buscar también más allá de ellas nuestra verdadera herencia.

También debemos estar convencidos de que la promesa de Dios es digna de confianza. La palabra del Señor puede hacer por nosotros lo que ninguna persona puede hacer. Puesto que permanece para siempre, puede darnos una felicidad que dure tanto como nuestras almas, que vivirán para siempre. Las cosas que no vemos, pero que debemos creer, son eternas.

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