Versículo destacado
Isaías 2:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" La gente se meterá entre las rocas, debajo del suelo; se esconderá de la terrible presencia del Señor y del resplandor de su majestad. "
Isaías 2:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 ¡Pero también está lleno de ídolos! La gente adora los dioses que ha hecho con sus manos, con sus propios dedos.
9 Se han humillado y se han rebajado. ¡No los perdones!
10 La gente se meterá entre las rocas, debajo del suelo; se esconderá de la terrible presencia del Señor y del resplandor de su majestad.
11 Los orgullosos tendrán que bajar la vista; los altaneros serán humillados. Solo el Señor mostrará su grandeza en aquel día,
12 el día en que el Señor todopoderoso actúe contra todo hombre orgulloso y soberbio, contra todo hombre altanero, para humillarlo;
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El profeta continúa mostrando qué clase de ruina vendrá sobre su tierra cuando Dios los haya abandonado. Esto puede referirse especialmente a la destrucción causada primero por los caldeos y, más tarde, por los romanos; pero también encaja con la manera en que Dios humilla a los pecadores orgullosos. A menudo les quita aquello que aman y en lo que confían más que en él, para que dejen de enorgullecerse de esas cosas.
Aquí Dios advierte que, a su debido tiempo, hará temblar a los pecadores que se sienten seguros: aquellos que se dicen a sí mismos que todo está bien y desafían a Dios y sus juicios (Isaías 2:10). Les dice que entren en la roca, porque Dios vendrá con juicios tan aterradores que se verán obligados a esconderse en el polvo, temblando ante el temor del Señor. Perderán su valentía, se estremecerán ante el menor ruido y huirán aunque nadie los persiga (Lucas 21:26; Proverbios 28:1). La misma imagen aparece más adelante en este capítulo, cuando las personas se esconden en cuevas y agujeros de la tierra, o les piden a las rocas y a los montes que caigan sobre ellas antes que dejarlas expuestas (Isaías 2:19; Oseas 10:8). Esto se vio de manera especial cuando los romanos destruyeron Jerusalén (Lucas 23:30) y cuando Dios juzgó a los poderes paganos que perseguían a los creyentes (Apocalipsis 6:16).
Todo esto ocurre por temor del Señor y ante la gloria de su majestad. Entonces lo verán como un fuego consumidor y se verán a sí mismos como rastrojo delante de él, cuando se levante para sacudir terriblemente la tierra y expulsar de ella a los malvados (Job 38:13). También sacudirá todos los apoyos terrenales en los que ellos se apoyaban, y su falsa seguridad se derrumbará. La majestad de Dios es temible, y tarde o temprano hará que toda persona huya delante de él. Quienes no quieran temer a Dios ni acudir a él en busca de misericordia se verán obligados a temerle y a huir de él hacia algún refugio falso.
Es una insensatez que quienes son perseguidos por la ira de Dios piensen que pueden escapar de ella o esconderse de ella. Las cosas de este mundo pueden ser sacudidas, porque no son seguras y se encaminan hacia su fin. Esa sacudida será aterradora para quienes hayan puesto todo su corazón en las cosas terrenales. Y cuando la tierra misma sea sacudida, no habrá refugio seguro en cuevas ni en agujeros de la tierra. Entonces no habrá otro refugio fuera de Dios y de las cosas de arriba.
El profeta también dice que los pecadores orgullosos serán humillados, especialmente quienes desprecian a los demás y tienen un concepto exagerado de sí mismos (Isaías 2:11). Sus miradas altivas serán humilladas, y sus rostros serán abatidos por la vergüenza y la desesperación. Su arrogancia será doblegada, su espíritu quebrantado y ellos se avergonzarán de aquello de lo que antes se jactaban. Esto se repite en el versículo 17, donde se dice que la altivez humana será humillada. El orgullo siempre termina cayendo de una manera u otra. Las personas se humillan por la gracia de Dios, que les muestra la maldad del orgullo y les enseña humildad, o Dios las humilla quitándoles aquello de lo que se sentían orgullosas.
La razón es clara: solo el Señor será exaltado. Las personas orgullosas son humilladas para que Dios sea magnificado. Esto honra su poder, porque al humillar a los orgullosos demuestra que solo él es Dios. También honra su justicia, porque los orgullosos se levantan contra él, y Dios no permitirá que nadie tome para sí la gloria que le pertenece únicamente a él. Ellos se le oponen, y él se les opone. Dios será exaltado entre las naciones (Salmo 46:10), y llegará el día en que solo él será exaltado, después de haber derribado todo gobierno, autoridad y poder que se le oponga (1 Corintios 15:24).
Esto sucederá mediante juicios humillantes que quebrantarán a las personas y las harán caer (Isaías 2:12). El día del Señor de los ejércitos, el día de su ira y su juicio, vendrá sobre todo el que sea orgulloso. Dios ahora se ríe de su insolencia, porque ve que se acerca su día y que los alcanzará cuando menos lo esperen (Salmo 37:13). Se dice que ese día del Señor vendrá sobre los cedros del Líbano, esos árboles altos y majestuosos. Jerónimo observa que los cedros son llamados árboles de Dios, aunque su ira cae sobre ellos, lo cual muestra que entre personas de toda condición algunas serán salvas y otras perecerán.
El mismo juicio se anuncia contra los cedros, los robles de Basán, los montes altos y las colinas elevadas, así como contra las torres altas y las murallas fortificadas (Isaías 2:14-15). Estas imágenes pueden representar a las personas orgullosas, que se consideran fuertes e inconmovibles como los cedros y los robles, y que miran a los demás como si fueran apenas arbustos. Pueden parecer montes altos que todos notan, pero precisamente por eso están más expuestos a los truenos de Dios. Las colinas más elevadas son las que reciben con mayor frecuencia el impacto de los rayos. Ante la ira de Dios, los montes se dispersan y las colinas se inclinan y se derriten como cera (Habacuc 3:6; Salmo 68:8). Del mismo modo, las personas ruidosas y jactanciosas, semejantes a torres altas con campanas y cañones, y quienes confían en su propia fortaleza como si fueran murallas, serán derribados.
Estas imágenes también señalan las cosas de las que las personas se sienten orgullosas y en las que depositan su confianza. El día del Señor vendrá precisamente sobre aquello que consideran su fuerza y seguridad, y les quitará la armadura en la que confiaban. Si los habitantes del Líbano se jactaban de sus cedros, y los de Basán de sus robles, árboles que ningún otro territorio podía igualar, el día del Señor quebraría esos cedros y robles, junto con las casas construidas con ellos.
Jerusalén se enorgullecía de los montes que la rodeaban, como si fueran defensas fuertes, y también de sus murallas y fortalezas. Pero en el día del Señor todo eso sería derribado y humillado. También se enorgullecían de las cosas que les hacían sentirse seguras y fuertes.
Se enorgullecían de su comercio en ultramar, pero el día del Señor vendría sobre todas las naves de Tarsis. Esas naves serían destruidas, como ocurrió con las naves de Josafat: se hundirían en el mar o naufragarían en el puerto. Zabulón era un puerto para las naves, pero ya no se alegraría de su comercio. Cuando Dios trae ruina sobre un pueblo, puede golpear cada fuente de sus ingresos.
También se enorgullecían de sus adornos y decoraciones en el hogar. El día del Señor vendría sobre todas las imágenes hermosas, ya se tratara de las partes pintadas de sus naves o de las pinturas finas que traían de otras tierras, quizá de Grecia, que más tarde llegó a ser conocida por sus pintores. Algunos entienden la expresión como una referencia a todo lo que es agradable a la vista. Podían ser imágenes de familiares, y por eso resultarles muy queridas, o imágenes de sus dioses, agradables para los idólatras porque alimentaban su falsa adoración.
No hay nada malo en hacer imágenes o decorar una habitación con ellas, siempre que esto no quebrante el segundo o el séptimo mandamiento. Pero cuando las personas cuentan sus imágenes entre sus “cosas preciosas”, se encariñan con ellas, se sienten orgullosas de ellas, gastan en ellas dinero que debió destinarse a ayudar a otros y ponen en ellas su corazón, se exponen al juicio de Dios. Es un uso pobre del corazón, especialmente cuando hay tantas cosas mejores de las cuales disfrutar.
El Señor también quería avergonzar a los idólatras y destruir el afecto y el respeto que les daban a sus ídolos. Cuando dice que abolirá por completo los ídolos, muestra que, al ser exaltado solo el Señor, no solo humillará a las personas orgullosas, como al faraón que se levantó contra él, sino que también derribará a los dioses falsos que compiten con él por la adoración. Serán eliminados por completo. Sus amigos los abandonarán o sus enemigos los harán pedazos, de modo que no quedará nada de ellos.
Esto demuestra el vacío de los dioses falsos. Ni siquiera pueden protegerse a sí mismos, mucho menos proteger a quienes los adoran. También demuestra el triunfo del Dios verdadero sobre todos sus rivales, porque la verdad es grande y prevalecerá. Dagón cayó delante del arca, y Baal cayó delante del Señor, el Dios de Elías. Los dioses de las naciones desaparecerán lentamente, porque no podrán sostenerse (Sofonías 2:11; Jeremías 10:11). El Rey legítimo triunfará sobre toda pretensión falsa.
Cuando Dios destruya los ídolos, quienes los adoraban también los abandonarán. Algunos lo harán porque finalmente estarán convencidos de que los ídolos son vacíos y falsos, como Efraín cuando dijo: “¿Qué más tengo que ver con los ídolos?”. Otros lo harán porque habrán comprendido, demasiado tarde, que los ídolos no pueden ayudarlos y perderán toda esperanza de recibir rescate de ellos (Isaías 2:20). Cuando los juicios de Dios obliguen a las personas a entrar en las cuevas y en los agujeros de las rocas, y aun así no puedan salvarse, arrojarán sus ídolos. Los echarán a los topos y a los murciélagos, fuera de su vista, para poder apresurarse a entrar en los refugios de las rocas por temor del Señor (Isaías 2:21).
Quienes no se dejan apartar de sus pecados mediante la persuasión, tarde o temprano pueden verse obligados a abandonarlos por el temor. Dios puede hacer que las personas aborrezcan precisamente los ídolos que antes amaban más, incluso la plata y el oro, considerados los bienes más valiosos. Los codiciosos convierten la plata y el oro en sus ídolos, y hacen de su dinero su dios. Pero puede llegar el momento en que sientan que el dinero es más una carga que una ayuda: puede fallarles en medio del peligro, hundir su embarcación o hacer más lenta su huida. En ocasiones, los marineros han arrojado la carga al mar para salvarse (Jonás 1:5; Hechos 27:38), y los sirios se deshicieron de sus prendas de vestir presos del pánico (2 Reyes 7:15). También pueden tirar su dinero por la indignación de haber confiado en un apoyo que resultó inútil (Ezequiel 7:19).
Estos idólatras arrojan sus ídolos porque se avergüenzan de ellos y de la insensatez de haber confiado en ellos. O lo hacen porque temen ser encontrados con esos ídolos cuando los juicios de Dios estén sobre la tierra, como un ladrón que tira los bienes robados mientras lo están registrando. Los lugares más oscuros, donde viven los topos y los murciélagos, son apropiados para los ídolos, porque tienen ojos, pero no ven. Dios puede obligar a las personas a arrojarlos allí cuando se avergüencen de las encinas que antes deseaban (Isaías 30:22; Isaías 1:29). Moab se avergonzará de Quemos, así como el pueblo de Israel se avergonzó de Betel (Jeremías 48:13).
Sin embargo, es posible aborrecer el pecado y dejarlo atrás sin experimentar un arrepentimiento verdadero. Una persona puede odiar un pecado porque ya se ha hartado de él, o abandonarlo porque ya no tiene la oportunidad de practicarlo, y aun así no arrepentirse de verdad. El arrepentimiento genuino consiste en apartarse del pecado por amor a Dios, no solamente por temor al castigo.
El profeta también advierte a quienes confían en la fuerza humana. La exhortación «Dejen de confiar en el ser humano» significa que los juicios de Dios deben enseñarles esta lección; por eso, es sabio aprenderla antes de que lleguen la vergüenza y la decepción. El ser humano es débil, porque su aliento está en sus narices y puede desaparecer en cualquier momento. Es una criatura mortal, y la muerte puede llegar rápidamente. Las narices son solo una pequeña parte del cuerpo, como si la vida estuviera esperando junto a la puerta para salir. De hecho, el aliento puede escaparse antes de que nos demos cuenta. Por eso, el ser humano no es lo que parece, ni lo que afirma ser, ni lo que imaginamos que es. Cuando se le evalúa correctamente, es menos que nada, más liviano que la vanidad.
Por todo esto, es sabio dejar de confiar en el ser humano. Es nuestro deber y también es para nuestro propio bien. No pongamos nuestra confianza en ninguna persona, ni siquiera en la más importante. No hagamos de la fuerza humana nuestra esperanza, porque es limitada y prestada. No permitamos que el ser humano sea aquello que tememos ni aquello en lo que confiamos. Más bien, miremos el poder de Dios, porque todo poder humano está bajo su autoridad y depende de él. Temamos su ira, busquemos su favor, tomémoslo como nuestra ayuda y pongamos nuestra esperanza en el SEÑOR nuestro Dios.
De este capítulo
Isaías 2:1
"Estas son las profecías que Isaías, hijo de Amós, recibió por revelación acerca de Judá y Jerusalén:"
Isaías 2:2
"En los últimos tiempos quedará establecido el monte donde se encuentra el templo del Señor. Será el monte más alto, más alto que cualquier otro monte. Todas las naciones vendrán a él;"
Isaías 2:3
"pueblos numerosos llegarán y dirán: «Vengan, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y podamos andar por sus senderos». Porque de Sión saldrá la enseñanza del Señor, y de Jerusalén vendrá su palabra."
Isaías 2:4
"El Señor juzgará entre las naciones y decidirá los pleitos de pueblos numerosos. Ellos convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. Ningún pueblo volverá a tomar las armas contra otro ni a recibir instrucción para la guerra."
Isaías 2:5
"¡Vamos, pueblo de Jacob, caminemos a la luz del Señor!"
Isaías 2:6
"Señor, has abandonado a tu gente, al pueblo de Jacob; el país está lleno de adivinos venidos del oriente, de magos como los que hay entre los filisteos, y se hacen tratos con extranjeros."
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