Versículo destacado

Isaías 1:2 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cielo y tierra, escuchen lo que dice el Señor: Crié hijos hasta que crecieron, pero ellos se rebelaron contra mí. "

Isaías 1:2

menu_book El versículo en contexto

1 Profecías que Isaías, hijo de Amós, recibió por revelación acerca de Judá y Jerusalén durante los reinados de Ozías, Jotam, Ahaz y Ezequías en Judá.

2 Cielo y tierra, escuchen lo que dice el Señor: Crié hijos hasta que crecieron, pero ellos se rebelaron contra mí.

3 El buey reconoce a su dueño, y el asno, el establo de su amo; pero Israel, mi propio pueblo, no reconoce ni tiene entendimiento.

4 ¡Ay, gente pecadora, pueblo cargado de maldad, descendencia de malhechores, hijos pervertidos! Se han alejado del Señor, se han apartado del Dios Santo de Israel y lo han abandonado.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Podemos esperar encontrar una escena más luminosa y feliz antes de que termine este libro, pero al principio todo se ve oscuro para Judá y Jerusalén. Si la iglesia, el viñedo de Dios, se ve así, ¿cómo será entonces el desierto del mundo? El profeta habla en nombre de Dios, pero parece ver muy pocas esperanzas de lograr que el pueblo preste atención. Por eso se vuelve hacia los cielos y la tierra y los llama a escuchar: «Oigan, cielos, y escucha, tierra» (Isaías 1:2).

Es como si el profeta dijera que aun la creación sin vida puede escuchar con más disposición que este pueblo terco e insensato. Las luces del cielo deberían avergonzar su oscuridad, y la fertilidad de la tierra debería avergonzar su esterilidad. El orden constante de la creación debería avergonzar su desorden. Moisés comenzó de manera parecida (Deuteronomio 32:1), y el profeta está señalando hacia Moisés, como si ya hubieran llegado aquellos tiempos sobre los que se había advertido (Deuteronomio 31:29).

Esto también puede ser un llamado a los cielos y a la tierra —es decir, a los ángeles y a los habitantes del mundo de arriba y del mundo de abajo— para que juzguen entre Dios y su viñedo. Ninguno de ellos podría mostrar una ingratitud semejante. Dios siempre demostrará tener la razón cuando habla, y los cielos y la tierra declararán su justicia (Miqueas 6:1, Miqueas 6:2; Salmo 50:6).

La acusación contra ellos es una ingratitud vil, y esa es una de las peores formas de pecado. Si se llama ingrata a una persona, difícilmente podría acusársele de algo peor. Los cielos y la tierra deberían escuchar y asombrarse ante el cuidado bondadoso de Dios por un pueblo tan difícil: «Yo crié y eduqué hijos». Él los alimentó bien y les enseñó bien, como se describe en Deuteronomio 32:6. También los exaltó: no solo los mantuvo con vida, sino que los hizo grandes y honorables.

Le debemos a Dios cada día de vida, cada consuelo y cada paso de progreso, por su cuidado paternal. Sin embargo, ese mismo pueblo se rebeló contra él. Algunos entienden esta frase como «se apartaron de mí», como si hubieran abandonado a su Rey y actuaran como traidores contra su gobierno y su honor. Cada muestra del favor de Dios hace más grave que nos apartemos de él. Somos sus hijos, y aun así nos rebelamos.

El profeta dice que esta rebelión surgió de la ignorancia y de la falta de reflexión. «El buey conoce a su dueño, y el burro el pesebre de su amo», pero Israel no conoce (Isaías 1:3). Incluso el buey y el burro, que son animales poco inteligentes, tienen suficiente sentido para saber dónde pertenecen. El buey conoce a su dueño y se somete a su yugo. El burro conoce el pesebre donde recibe su alimento y permanece cerca de él.

Qué vergüenza cuando las personas quedan avergonzadas por animales tan sencillos. Incluso se nos manda aprender de ellos (Proverbios 6:6, Proverbios 6:7), se nos presenta como menos sensatos que ellos (Jeremías 8:7) y se nos enseña más que a ellos, aunque con frecuencia sabemos menos (Job 35:11). Dios es nuestro Creador y Dueño, y lo que él nos da por medio de su providencia es como el pesebre de nuestro amo. Sin embargo, muchos de los que afirman ser el pueblo de Dios no reconocen esto o no quieren pensar en ello.

En efecto, preguntan: «¿Qué es el Todopoderoso para que le sirvamos?». Actúan como si Dios no fuera su dueño y como si la oración no produjera ningún beneficio. El profeta ya había dicho que se rebelaron; ahora muestra por qué: se rebelan porque no conocen y no reflexionan. Cuando la mente se oscurece, toda el alma se aparta de Dios (Efesios 4:18). Judá tenía luz y conocimiento, y Dios era conocido entre ellos; pero como no vivían de acuerdo con lo que sabían, era como si no supieran nada.

Esto nos enseña que muchos de los que afirman ser el pueblo de Dios son descuidados con respecto a su alma. También muestra que no pensar seriamente en lo que ya sabemos es tan peligroso como no saberlo. Las personas se apartan de Dios porque no consideran sus deberes, su gratitud ni el beneficio que tienen al servirle.

Luego el profeta lamenta la gran extensión del pecado en su iglesia y su reino. El pecado se había convertido en una enfermedad que infectaba a todos, y clama: «¡Ay, nación pecadora!» (Isaías 1:4). Se lamenta por aquellos que no se lamentaban por sí mismos. Aquí hay una indignación santa, pero también dolor por lo que su pecado traería.

Su pecado estaba muy extendido. Eran una nación pecadora, y la mayoría vivía de manera perversa y profana. Esto se manifestaba en la vida pública, en sus relaciones con otras naciones y en la administración de justicia dentro del país. Un pueblo se encuentra en un estado lamentable cuando el pecado se vuelve nacional.

Su pecado también era pesado y grave. Estaban cargados de maldad; es decir, la culpa y la maldición de su pecado pesaban sobre ellos. Su perversidad era como un peso que no podían quitarse de encima. Yacía sobre ellos como el plomo, como en Zacarías 5:7, Zacarías 5:8, y los oprimía como una carga que se aferra a ellos, como en Hebreos 12:1.

También provenían de una mala estirpe. Eran descendencia de malhechores, una familia que durante mucho tiempo había practicado la traición. Seguían los pasos de sus padres y continuaban colmando la medida de su pecado, como en Números 32:14. Su rebelión parecía haberse transmitido de generación en generación.

Peor aún, no solo se corrompían a sí mismos, sino que corrompían a otros. No eran únicamente hijos pecadores, sino hijos que propagaban el pecado. No solo eran pecadores, sino también tentadores. Servían a la obra de Satanás al atraer a otros hacia el mal. Cuando quienes son llamados hijos de Dios viven perversamente, su ejemplo causa un gran daño.

Su pecado también era un apartarse traicionero de Dios.

Habían abandonado su lealtad. Habían dejado al SEÑOR, a quien antes se habían unido. Se apartaron de él, como si ya no fueran su pueblo. Abandonaron su servicio, como soldados que huyen de su bandera y retroceden cuando deberían avanzar. Cuando Dios los impulsaba hacia adelante, corrían en la dirección opuesta, como un buey que no está acostumbrado al yugo o como una novilla que no deja de desviarse (Oseas 4:16).

Esto era una desobediencia atrevida e insultante contra él. Provocaban deliberadamente a la ira al Santo de Israel. Sabían qué cosas lo ofendían y aun así las hacían. El apartamiento de quienes han profesado tener fe y pertenecer a Dios le resulta especialmente ofensivo.

Isaías compara entonces su condición con la de un cuerpo enfermo y cubierto de llagas, como el cuerpo de Job (Isaías 1:5, Isaías 1:6). La enfermedad había alcanzado las partes más importantes, de modo que amenazaba la vida. La enfermedad en la cabeza y en el corazón es la más peligrosa; aquí, toda la cabeza estaba enferma y todo el corazón desfallecía. Su juicio se había corrompido, como si la lepra se hubiera apoderado de su mente. Su amor por Dios y por la verdadera religión se había enfriado y finalmente había muerto, como advierte Apocalipsis 3:2.

La enfermedad se había extendido por todo el cuerpo. Desde la planta del pie hasta la cabeza, desde la persona más pobre hasta la más importante, no había nada sano. No había buenos principios ni verdadera religión, que es la salud del alma. Solo había heridas, moretones, culpa y corrupción: los tristes resultados de la caída de Adán. Tal pecado es aborrecible para un Dios santo y doloroso para un alma sensible, como David lo experimentó cuando dijo: «Mis heridas hieden y están podridas a causa de mi necedad» (Salmo 38:5). Véase también Salmo 32:3, Salmo 32:4.

No se había hecho ningún esfuerzo verdadero por reformarlos; o, si se había hecho alguno, había fracasado. Sus heridas no habían sido cerradas, vendadas ni suavizadas con aceite. Mientras el pecado permanezca sin confesión y sin arrepentimiento, las heridas siguen abiertas y sin lavar. La carne infectada no ha sido removida. Y mientras el pecado permanezca sin perdón, las heridas no se suavizan ni se cierran; no se ha hecho nada para sanarlas ni para evitar que provoquen un daño mortal.

Luego Isaías lamenta los juicios que Dios había traído sobre ellos a causa de sus pecados, así como su terquedad bajo esos juicios. Su reino estaba casi arruinado (Isaías 1:7). Sus ciudades y sus tierras habían quedado devastadas, pero ellos eran tan insensibles que había que decírselo claramente. En efecto, les dice: «Miren y vean: su país está desolado. La tierra está sin cultivar porque ya no queda gente que la trabaje, y las aldeas están abandonadas» (Jueces 5:7). Sus campos y viñedos se habían convertido en lugares desolados, llenos de espinos (Proverbios 24:31).

Sus ciudades habían sido incendiadas por los enemigos invasores, porque el fuego y la espada suelen ir juntos. Los extranjeros se habían comido sus cosechas, que debían haber alimentado a sus familias. Peor todavía, ellos tenían que ver cómo sucedía y no podían impedirlo. Pasaban hambre mientras sus enemigos disfrutaban de lo que debía haberlos sostenido. La ruina de su tierra era como la destrucción causada por extranjeros, porque los invasores la trataban como solo los extranjeros lo harían.

Jerusalén misma, la hija de Sion, o la propia Sion, el monte santo, había quedado en ruinas y expuesta. Lo que antes era querido por Dios ahora parecía una choza en una viña después de la cosecha, cuando ya no vive ni protege nadie allí. Se veía tan insignificante como una cabaña en un huerto de pepinos, y la gente la evitaba como si fuera una ciudad sitiada (Isaías 1:8). Algunos piensan que Isaías todavía está describiendo la condición miserable del reino en el versículo 6. Probablemente este sermón fue predicado durante el reinado de Acaz, cuando Judá fue atacada por Siria, Israel, Edom y los filisteos, quienes mataron a muchos y llevaron cautivos a muchos otros (2 Crónicas 28:5, 2 Crónicas 28:17, 2 Crónicas 28:18). El pecado nacional y la corrupción moral traen la ruina nacional.

Sin embargo, no todos habían cambiado, así que Dios amenaza con tomar otro camino con ellos (Isaías 1:5). «¿Para qué quieren que los siga castigando?», pregunta, dando a entender: ¿por qué seguir corrigiéndolos cuando el castigo no les hace ningún bien? En vez de mejorar, se rebelaban cada vez más a medida que aumentaba su disciplina. Acaz mismo lo hizo de manera especial, pues en su angustia pecó todavía más contra el SEÑOR (2 Crónicas 28:22). Es como un médico que suspende el medicamento al ver que el paciente está más allá de toda recuperación, o como un padre que deja de corregir a su hijo cuando ve que se ha endurecido y decide desheredarlo.

A algunas personas las empeoran precisamente los medios que Dios usa para mejorarlas. Cuanto más las golpea, más se rebelan. El sufrimiento no debilita sus deseos corruptos, sino que los agita y los endurece. A veces Dios, en su justo juicio, deja de corregir a quienes durante mucho tiempo se han negado a cambiar, porque se propone destruirlos. La plata que no se deja purificar no vuelve al horno, sino que se arroja al montón de desechos (Jeremías 6:29, Jeremías 6:30). Véanse también (Ezequiel 24:13, Oseas 4:14). «El que es impuro, que siga siendo impuro».

Entonces Isaías se consuela al pensar en un remanente que permanecería como señal de la gracia y la misericordia de Dios, aun en medio de la corrupción y la ruina generalizadas (Isaías 1:9). Estaban muy cerca de la destrucción total. Tanto en su pecado como en su castigo, casi eran como Sodoma y Gomorra; eran tan malvados que difícilmente se habrían encontrado entre ellos ni siquiera diez personas justas. Casi eran tan miserables como si no hubiera sobrevivido nadie y la tierra se hubiera convertido en un lago de azufre. La justicia decía: «Haz con ellos como con Admá; trátalos como a Zeboim». Pero la misericordia decía: «¿Cómo podría entregarlos?» (Oseas 11:8, Oseas 11:9).

Esto fue lo que los salvó: el SEÑOR de los ejércitos les dejó un remanente muy pequeño, apartado de la rebelión general y preservado del desastre que alcanzó a los demás. Pablo cita este pasaje y lo aplica a los pocos judíos de su tiempo que creyeron en Cristo, mientras la nación en conjunto lo rechazó; en ellos se cumplieron las promesas de Dios hechas a los antepasados (Romanos 9:27). En los tiempos más difíciles, Dios todavía preserva del pecado a un remanente y lo guarda para mostrarle misericordia, como hizo con Noé y su familia durante el diluvio, y con Lot y su familia cuando destruyó Sodoma.

Este remanente suele ser muy pequeño en comparación con la multitud que se rebela y acaba en ruina. Una multitud numerosa no demuestra que se trate de la verdadera iglesia. El rebaño de Cristo es pequeño.

Es obra de Dios hacer santos y salvar a unos, mientras deja que otros perezcan en su impureza. Esta es una obra de su poder como SEÑOR de los ejércitos, comandante de todas las huestes celestiales. Si él no nos hubiera dejado ese remanente, no habría quedado nadie. Los corruptores (Isaías 1:4) hicieron todo lo posible por arruinar a todos, y los destructores (Isaías 1:7), por acabar con todos. Lo habrían logrado si Dios mismo no hubiera intervenido para asegurar un remanente para sí: personas que deben darle toda la gloria.

Es bueno que un pueblo rescatado de la ruina total mire atrás y vea lo cerca que estuvo de ella. Debe reconocer que estuvo al borde de la destrucción y cuánto debió a unas pocas personas buenas que se pusieron en la brecha. También debe entender que esas personas buenas fueron un regalo de Dios, quien las dejó allí. «Es gracias a la misericordia del SEÑOR que no hemos sido destruidos».

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