Versículo destacado

Oseas 11:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cuando el pueblo de Israel era niño, yo lo amaba; a él, que era mi hijo, lo llamé de Egipto. "

Oseas 11:1

menu_book El versículo en contexto

1 Cuando el pueblo de Israel era niño, yo lo amaba; a él, que era mi hijo, lo llamé de Egipto.

2 Pero cuanto más lo llamaba, más se apartaba de mí. Mi pueblo ofrecía sacrificios a los dioses falsos y quemaba incienso a los ídolos.

3 Aun así, yo guié al pueblo de Efraín y le enseñé a caminar; pero ellos no comprendieron que era yo quien los cuidaba.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos, en primer lugar, cuán bondadoso había sido Dios con Israel. Había hecho por ellos más que por cualquier otro pueblo bajo el cielo y les había dado muchos privilegios especiales. El Señor no usa esos regalos para avergonzarlos, porque da sin reproches, sino para recordarles su bondad. Ese recuerdo debería hacer que su pecado pareciera aún más grave y llevarlos al arrepentimiento.

Dios los amó cuando todavía eran jóvenes. «Cuando Israel era niño, yo lo amé» significa que, cuando Israel apenas comenzaba a convertirse en una nación en Egipto, Dios puso su amor sobre ellos (Oseas 11:1). Los escogió porque los amaba y porque decidió seguir amándolos, como dice Moisés (Deuteronomio 7:7-8). Cuando eran débiles, indefensos, insensatos, tercos y vulnerables como niños abandonados, Dios aun así los amó. Se compadeció de ellos, les mostró su favor y los cuidó como una nodriza cuida a un niño pequeño.

Las personas que han crecido, e incluso las que han llegado a la vejez, deberían mirar con frecuencia hacia atrás y recordar la bondad que Dios les mostró desde su niñez. Dios también liberó a Israel de la casa de esclavitud: «De Egipto llamé a mi hijo». Lo llamó su hijo, incluso su primogénito, cuando exigió al faraón que lo dejara en libertad. A quienes Dios ama, también los llama a salir de la esclavitud del pecado y de Satanás para entrar en la libertad de sus hijos.

Estas palabras también fueron dichas para señalar a Cristo. Después de la muerte de Herodes, Jesús y sus padres fueron llamados a salir de Egipto, y Mateo dice que esto cumplió este pasaje (Mateo 2:15). Por eso, estas palabras miran al mismo tiempo hacia la historia de Israel y hacia Cristo. El rescate de Israel fue un modelo de la venida posterior de Cristo y también una promesa de las bendiciones mayores que Dios todavía tenía para ese pueblo, especialmente el envío de su Hijo al mundo y su regreso a la tierra de Israel.

Dios también les dio una formación y un cuidado constantes. «Yo enseñé a caminar a Efraín» presenta la imagen de un niño que aprende a caminar con ayuda. En el desierto, Dios los guio mediante la columna de nube y de fuego, les mostró el camino y los sostuvo con su cuidado poderoso. Les enseñó a andar en sus mandamientos por medio de la ley ceremonial, que servía como guía para un pueblo que todavía estaba en una etapa de inmadurez. Los tomaba de los brazos para que no se desviaran, tropezaran ni cayeran.

El Israel espiritual de Dios también es sostenido de esta manera. «Tú me has sostenido de mi mano derecha» expresa un cuidado semejante (Salmo 73:23). Cuando algo estaba mal en ellos, o incluso cuando algo no estaba del todo en orden, Dios actuaba como su médico. «Los sané» significa algo más que brindarles cuidados, porque solo Dios puede sanar verdaderamente y poner las cosas en orden. Él es el Señor que sana a su pueblo y quita sus aflicciones (Éxodo 15:26).

Los llevó a su servicio por medios bondadosos. «Los atraje con cuerdas humanas, con lazos de amor» significa que Dios atrae hacia sí a los pecadores, y que nadie viene a él si Dios no lo atrae (Juan 6:44). Trató con ellos de una manera humana, razonable y apacible. No los impulsó por la fuerza, no los gobernó con dureza ni los sujetó mediante la violencia, sino que los ganó con bondad.

También alivió la pesada carga que habían llevado durante tanto tiempo. La imagen de quitar el yugo de sus quijadas proviene del cuidado de un buen agricultor, que tiene misericordia de sus animales y no los hace trabajar en exceso. En Egipto, Israel había sido sometido y obligado a realizar trabajos muy pesados, pero Dios lo alivió y le quitó esa carga (Salmo 81:6). La libertad es una gran misericordia, especialmente cuando Dios saca a alguien de la esclavitud.

También les proporcionó alimento. En Egipto habían tenido una vida muy difícil, pero una vez que Dios los sacó de allí, los alimentó. Envió maná alrededor de su campamento, pan del cielo y alimento digno de los ángeles. Otras criaturas tienen que buscar su comida, pero Dios puso el alimento delante de su propio pueblo, como un padre o una madre alimenta a sus hijos.

En segundo lugar, vemos la gran ingratitud de Israel hacia Dios. No quisieron escuchar su voz. Él les habló por medio de Moisés y de los demás profetas, llamándolos a apartarse de sus pecados y a cumplir con su deber, pero ellos se alejaron como si esa voz no tuviera autoridad sobre ellos. Cuanto más urgentemente los profetas los impulsaban a hacer el bien, más tercos se volvían en hacer el mal. Actuaban como los niños insensatos que a menudo se alejan precisamente de quienes los llaman.

También se sintieron atraídos por los ídolos y los adoraron. Ofrecieron sacrificios repetidamente a Baal y quemaron incienso ante imágenes talladas, aunque los profetas no dejaban de advertirles que no hicieran aquello que Dios aborrecía. La idolatría era el pecado al que se aferraban con mayor terquedad desde el principio.

Además, fueron indiferentes a Dios y ciegos ante su bondad. No reconocieron que él los había sanado. Solo miraban a Moisés y Aarón, los instrumentos humanos de su liberación, y cuando llegaban los problemas, los culpaban a ellos. No veían, por medio de ellos, a Dios, quien realmente los había ayudado.

Cuando Dios los corregía y los mantenía bajo una disciplina severa, no entendían que lo hacía para su bien. No veían que él los estaba sanando ni que el dolor era necesario para completar la curación. Si hubieran comprendido esto, habrían estado más dispuestos a aceptar la manera en que Dios trataba con ellos. La ignorancia está en la raíz de la ingratitud (Oseas 2:8).

También tenían una fuerte inclinación a alejarse de Dios. Esta es la parte más oscura de la acusación contra ellos: «Mi pueblo está decidido a apartarse de mí» (Oseas 11:7). Cada parte de esta afirmación es seria. Se apartan, no se mantienen firmemente unidos a Dios y parecen acercarse a él solo para volver a deslizarse hacia atrás, como un arco defectuoso que no dispara la flecha en línea recta.

Se apartan de mí, de Dios mismo, el bien supremo y la fuente de la vida y del agua viva. Se alejan del Dios que nunca se apartó de ellos y que nunca fue un desierto para ellos. Están decididos a apartarse, es decir, están dispuestos a pecar. Hay en ellos una inclinación natural hacia el mal y, aun en sus mejores momentos, vacilan entre Dios y el mundo. Una pequeña tentación puede desviarlos, y rápidamente ceden.

Esto también significa que son tercos en su pecado. Tienen el corazón firmemente inclinado hacia el mal, y esa inclinación es fuerte. Siguen apartándose, sin importar lo que se diga o se haga para detenerlos. Sin embargo, todavía son llamados «mi pueblo». Llevan el nombre de Dios y afirman pertenecerle. Él ha hecho mucho por ellos, espera mucho de ellos y los ha alimentado y criado como a hijos; aun así, ellos se apartan.

Al arrepentirnos, no solo debemos lamentar nuestros actos externos de apartarnos de Dios, sino también nuestra inclinación a apartarnos. No debemos llorar únicamente por los pecados que cometemos, sino también por la corrupción que hay dentro de nosotros, por el pecado que vive en nosotros y por nuestra mente inclinada a lo terrenal.

También se mostraron extrañamente reacios a arrepentirse y cambiar. Dos expresiones muestran su terquedad. Primero, se negaron a regresar (Oseas 11:5). Estaban tan decididos a alejarse que, aun después de comprobar por experiencia cuán insensata era su rebeldía y cuánto peor se volvía la vida cuando abandonaban a Dios, continuaron avanzando en la dirección equivocada. «Amo a los extraños y seguiré tras ellos». Se les ordenó regresar, se les insistió y suplicó que regresaran, y se les prometió una bienvenida bondadosa si lo hacían, pero se negaron.

Segundo, aunque fueron llamados al Altísimo, no quisieron venir. Los profetas y los ministros de Dios los llamaban de regreso al Dios contra quien se habían rebelado, el Dios Altísimo, de quien se habían alejado hasta caer en tanta miseria. Los llamaban a apartarse de los ídolos, que estaban muy por debajo de ellos y los hacían menos dignos, y los llamaban al Dios verdadero, que estaba muy por encima de ellos y cuya adoración era su verdadero honor. Los llamaban a dejar las cosas terrenales para buscar las cosas elevadas y celestiales, pero todo fue inútil. Ninguno quiso exaltarlo. No quisieron reconocer que él es el Dios Altísimo ni darle la gloria que su nombre merece.

O bien, no quisieron levantarse. No quisieron salir del estado de rebeldía y miseria al que se habían arrojado. Eligieron permanecer allí y no levantaron la cabeza ni el corazón. Los ministros fieles de Dios a menudo han trabajado por personas que se apartan, llamándolas al Altísimo, pero nada las movía. Ninguna quiso exaltarlo.

Ahora Dios muestra su ira, y es una ira justa. Estas son las señales de su desaprobación contra Israel. Primero, como los había sacado de Egipto para hacerlos su propio pueblo y ellos no quisieron serle fieles, los llevaría a una condición peor que aquella en la que los había encontrado (Oseas 11:5). No los enviaría de regreso a Egipto, aunque ya había sido un lugar cruel de esclavitud. En cambio, entrarían en un servicio aún más duro, porque el asirio sería su rey y los trataría peor de lo que el faraón jamás los trató.

No regresarían a Egipto, que estaba cerca, donde podrían escuchar con frecuencia noticias de su propia tierra y esperar volver pronto. En cambio, serían llevados a Asiria, mucho más lejos. Allí quedarían separados de todo contacto con su tierra y perderían toda esperanza de regresar. Esto era justo, porque se negaron a volver. Quienes no quieren regresar a las responsabilidades que han abandonado no deberían esperar recuperar las comodidades que han perdido.

En segundo lugar, Dios les había dado Canaán, una tierra buena y un hogar seguro y cómodo, pero allí mismo traería sus juicios sobre ellos, haciendo que su morada fuera insegura y miserable (Oseas 11:6). La espada vendría sobre ellos: la espada de la guerra, la espada de un enemigo extranjero que los vencería y triunfaría sobre ellos. Este juicio se extendería ampliamente. La espada golpearía sus ciudades, los lugares donde vivía la gente y se acumulaban las riquezas. También alcanzaría sus ramas, ya se refiera esto a las aldeas del campo, al pueblo mismo, a las puertas y cerrojos de las ciudades, a las distintas partes de sus riquezas e ingresos, o a los hijos, las ramas de sus familias.

Duraría mucho tiempo: «Permanecerá sobre sus ciudades». David consideró que tres meses huyendo de sus enemigos era el único de tres juicios que valía la pena rechazar, pero esta espada permanecería sobre las ciudades de Israel mucho más que tres meses. Como continuaban rebelándose contra Dios, Dios mantenía sus juicios sobre ellos. También produciría una destrucción completa. Consumiría sus ramas, las devoraría y dejaría todo desolado. Esto ocurrió por causa de sus propios planes, es decir, porque insistieron en seguir sus propios proyectos. En un juicio justo, Dios los entregó a esos proyectos. La ruina de los pecadores procede de sus propios planes. Los planes de Dios los habrían salvado, pero sus propios planes los destruyeron.

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