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Hebreos 13:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" No dejen de amarse unos a otros como hermanos. "

Hebreos 13:1

menu_book El versículo en contexto

1 No dejen de amarse unos a otros como hermanos.

2 No se olviden de ser amables con quienes lleguen a su casa, pues de esa manera algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.

3 Acuérdense de los presos, como si ustedes también estuvieran presos con ellos. Piensen en quienes han sido maltratados, ya que ustedes también pueden pasar por lo mismo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El propósito de Cristo al entregarse por nosotros fue comprarse un pueblo para sí: un pueblo apartado y deseoso de hacer buenas obras. Por eso, ahora el apóstol llama a los hebreos creyentes a practicar muchos deberes excelentes, cosas en las que los cristianos deben distinguirse.

En primer lugar, los llama al amor fraternal (Hebreos 13:1). No se refiere solamente a una bondad general hacia todas las personas, pues todos somos hermanos por naturaleza y procedemos de la misma humanidad. Tampoco se refiere únicamente al afecto más cercano que se debe a quienes tienen los mismos padres. Se refiere a ese amor especial y espiritual que debe existir entre los hijos de Dios.

Este amor ya estaba presente entre los hebreos, y el escritor da por sentado que lo conocían. En aquel tiempo, la nación judía estaba profundamente dividida en asuntos religiosos y civiles; sin embargo, había un verdadero amor fraternal entre quienes creían en Cristo. Ese amor se manifestó claramente después de que recibieron al Espíritu Santo, cuando los creyentes compartían sus bienes y vendían sus propiedades para ayudar a sus hermanos y hermanas. El espíritu del cristianismo es un espíritu de amor. La fe actúa por medio del amor, y la verdadera religión es el vínculo más fuerte de amistad. Si no lo es, entonces solo es un nombre.

Este amor fraternal corría el peligro de desaparecer, especialmente durante una época de persecución, cuando más se necesitaba. También estaba amenazado por las discusiones entre ellos acerca de cuánto respeto debían seguir mostrando a las ceremonias de Moisés, es decir, a la ley que Dios dio por medio de Moisés. Las discusiones religiosas suelen enfriar el afecto cristiano, pero los creyentes deben cuidarse de eso. Deben hacer todo lo posible por mantener vivo el amor fraternal. Los cristianos siempre deben amarse y vivir como hermanos. Mientras más crezcan en su devoción a Dios, su Padre celestial, más se amarán unos a otros por causa de él.

En segundo lugar, los exhorta a practicar la hospitalidad: «No se olviden de mostrar hospitalidad a los extraños» (Hebreos 13:2). Al amor fraternal debemos añadir la bondad. El deber consiste en recibir a los extraños, tanto a quienes son extranjeros para el pueblo de Israel como a quienes son desconocidos para nosotros personalmente. Esto incluye especialmente a quienes reconocen que son extranjeros en este mundo y esperan otra patria, como sucedía con el pueblo de Dios en aquel tiempo. Los judíos creyentes se encontraban en una situación difícil y desesperada. Sin embargo, el escritor habla en términos generales de los extraños. Aunque no sepamos quiénes son ni de dónde vienen, si no tienen un hogar seguro, debemos hacerles espacio en nuestro corazón y en nuestro hogar hasta donde nos sea posible.

La razón es clara: algunos recibieron ángeles sin saberlo. Abraham lo hizo (Génesis 18), y Lot también (Génesis 19). Uno de los visitantes que Abraham recibió era el Hijo de Dios. No debemos suponer que eso nos sucederá a nosotros, pero todo lo que hagamos por los extraños en obediencia a Cristo, él lo considera y lo recompensa como si lo hubiéramos hecho por él mismo (Mateo 25:35). Dios muchas veces ha concedido honores y bendiciones a siervos hospitalarios mucho más allá de lo que esperaban.

En tercer lugar, los llama a mostrar compasión cristiana: «Acuérdense de los que están en prisión» (Hebreos 13:3). El deber consiste en recordar a quienes están encadenados y sufren. Dios suele disponer las cosas de tal manera que, mientras algunos cristianos y algunas iglesias están en angustia, otros disfrutan de paz y libertad. No todos son llamados al mismo tiempo a sufrir hasta derramar su sangre. Quienes están libres deben identificarse con los sentimientos de los que están presos y en dificultades, como si estuvieran encadenados con ellos. Deben sentir verdaderamente el sufrimiento de sus hermanos.

La razón es que ellos mismos todavía están en el cuerpo. Esto significa, primero, que están en cuerpos físicos y pueden sufrir las mismas cosas; por eso deben mostrar compasión ahora, con la esperanza de que otros hagan lo mismo por ellos si llega su propio tiempo de prueba. También significa que pertenecen al mismo cuerpo espiritual y están bajo la autoridad de la misma cabeza. Si una parte sufre, todas las demás sufren con ella (1 Corintios 12:26). Sería contrario a la naturaleza cristiana que los creyentes no llevaran los unos las cargas de los otros.

En cuarto lugar, los exhorta a vivir en pureza y castidad (Hebreos 13:4). Habla con aprecio de la institución divina del matrimonio. El matrimonio es honorable para todos, y todos deben considerarlo así. No debe negarse a quienes Dios no se los ha negado. Es honorable porque Dios lo estableció para la humanidad en el Edén, sabiendo que no era bueno que el hombre estuviera solo. Él unió y bendijo a la primera pareja, los primeros padres de la raza humana, para que todos acudieran a Dios en este asunto importante y se casaran en el Señor. Cristo honró el matrimonio con su presencia y con su primer milagro.

El matrimonio también es honorable porque ayuda a evitar la impureza y a preservar sin mancha el lecho matrimonial. Es honorable y dichoso cuando las personas se unen siendo puras y permanecen puras, sin profanar el lecho matrimonial, no solo evitando los actos ilícitos, sino también los deseos pecaminosos.

Luego presenta una advertencia seria y justa acerca de la impureza y el pecado sexual: «Dios juzgará a los que practican la inmoralidad sexual y a los adúlteros» (Hebreos 13:4). Dios sabe quiénes son culpables de estos pecados, y ninguna oscuridad puede ocultárselos. Él llama a estos pecados por su verdadero nombre, no con palabras más suaves como amor o romance, sino como inmoralidad sexual y adulterio: pecado sexual fuera del matrimonio y traición dentro del matrimonio. Él llevará estos pecados a juicio. Puede hacerlo por medio de la conciencia de la persona en esta vida, poniendo sus pecados delante de ella para humillarla profundamente. Una conciencia culpable, una vez despertada, es muy severa. También puede juzgarlos al morir y en el día final. Expondrá, condenará y expulsará para siempre a quienes mueran con la culpa de este pecado.

En quinto lugar, los llama a vivir con contentamiento cristiano (Hebreos 13:5-6). El pecado opuesto a esta gracia es la avaricia: un deseo ansioso de las riquezas mundanas y la envidia hacia quienes tienen más que nosotros. No debemos darle ningún lugar en nuestra vida. Aunque se esconda en el corazón, si no es vencida, se manifestará en nuestras palabras y conducta. No solo debemos refrenarla, sino arrancarla de nuestra alma.

El deber que se opone a la avaricia es estar satisfechos con lo que tenemos. Esto se refiere a las cosas presentes, pues el pasado no puede recuperarse y el futuro está solamente en las manos de Dios. Cualquier cosa que Dios nos dé día tras día, debemos recibirla con contentamiento, aunque sea menos de lo que tuvimos antes o menos de lo que esperamos tener después. Debemos hacer que nuestra mente se conforme a nuestra condición presente; ese es el camino seguro al contentamiento. Quienes no pueden hacerlo tampoco estarían satisfechos si Dios elevara su condición hasta igualar sus deseos, porque sus deseos aumentarían junto con ella.

Amán era favorito en la corte y aun así no estaba satisfecho. Acab se sentaba en un trono y aun así no estaba satisfecho. Adán estaba en el paraíso y aun así no estaba satisfecho. Ni siquiera se describe aquí a los ángeles del cielo como satisfechos por naturaleza. Pero Pablo, aunque había sido humillado y pasaba necesidad, había aprendido a estar satisfecho cualquiera que fuera su situación.

Dios ha dicho: «Nunca te dejaré ni te abandonaré» (Hebreos 13:5-6). Se lo dijo a Josué (Josué 1:5), pero también se aplica a todos los siervos fieles de Dios. Las promesas dadas en el Antiguo Testamento pueden aplicarse correctamente a los creyentes del Nuevo Testamento. Esta promesa contiene el corazón de todas las promesas de Dios. Significa: «Nunca, nunca te dejaré, y jamás te abandonaré».

La promesa se fortalece mediante cinco expresiones negativas, acumuladas para hacerla completamente firme. El verdadero creyente tendrá la presencia bondadosa de Dios durante la vida, en la muerte y para siempre. Basados en esta promesa plena, los creyentes pueden decir con confianza: «El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el ser humano» (Hebreos 13:6). Los seres humanos no pueden hacer nada contra Dios, y Dios puede convertir en bien para su pueblo todo lo que ellos hagan.

Los cristianos también tienen deberes hacia sus ministros, tanto hacia los que han muerto como hacia los que todavía viven. Respecto a los que han muerto, la Escritura dice: «Acuérdense de sus dirigentes» (Hebreos 13:7). Eran sus guías y líderes, hombres que les habían comunicado la palabra de Dios. Su dignidad no consistía en gobernar según su propia voluntad, sino en dirigir conforme a la palabra de Dios. No guiaban desde lejos ni por medio de otros, sino mediante su presencia personal y su enseñanza basada en la palabra de Dios.

Aun después de su muerte, los creyentes deben recordar a esos ministros por su predicación, sus oraciones, sus consejos personales y su ejemplo. Deben seguir su fe, permaneciendo firmes en la misma verdad que ellos predicaron, y buscando también la gracia de la fe por la cual vivieron y murieron bien. Deben considerar cómo terminaron sus vidas: con qué rapidez, paz y alegría completaron su carrera.

El apóstol insiste con firmeza en este deber y presenta varias razones. Primero, Jesucristo nunca cambia. Aunque algunos ministros hayan muerto y otros estén por morir, la gran cabeza y sumo sacerdote de la iglesia, el que cuida las almas de los creyentes, vive para siempre y permanece siempre igual. Los cristianos deben mantenerse firmes e inconmovibles al imitar a Cristo. Deben recordar que Cristo vive eternamente para cuidar y recompensar la fidelidad a su verdad, y para juzgar a quienes pecan al apartarse de ella. Él es el mismo en los días del Antiguo Testamento, en los días del evangelio y para siempre con su pueblo.

Segundo, deben cuidarse de las enseñanzas falsas por la naturaleza de esas enseñanzas. Eran doctrinas variadas y diferentes de lo que habían recibido de maestros fieles, y ni siquiera concordaban entre sí. Eran extrañas para la iglesia del evangelio y estaban fuera del evangelio mismo. Inquietaban y distraían, como un barco sacudido por el viento, en peligro de perder el ancla, ser arrastrado y estrellarse contra las rocas. Eran contrarias a la gracia de Dios, que afirma y fortalece el corazón. Las doctrinas extrañas mantienen el corazón cambiante e inestable.

Además, eran enseñanzas bajas y mezquinas, centradas en cosas externas y temporales, como las comidas y las bebidas. Eran inútiles, porque quienes se sentían más atraídos por ellas no obtenían ningún beneficio verdadero para sus almas. Estas enseñanzas no los hacían más santos, humildes, agradecidos ni orientados hacia las cosas del cielo. También los excluían de las bendiciones del altar cristiano (Hebreos 13:10): «Tenemos un altar». Este es un asunto importante, por lo que el apóstol le dedica tiempo.

La iglesia cristiana sí tiene un altar. Algunos acusaban a los primeros cristianos de no tener altar, pero eso era falso. Sí tenemos un altar, no físico, sino personal: Cristo mismo. Él es nuestro altar y nuestro sacrificio, y él hace santo el don ofrecido. Los altares establecidos bajo la ley señalaban a Cristo: el altar de bronce mostraba el sacrificio y el altar de oro mostraba la intercesión.

Este altar ofrece un banquete a los verdaderos creyentes: un banquete basado en el sacrificio, con alimento abundante, fortaleza y crecimiento espiritual, y gozo santo. La mesa del Señor no es nuestro altar, sino que recibe su provisión del altar. Cristo, nuestra Pascua, fue sacrificado por nosotros (1 Corintios 5:7); por eso debemos celebrar la fiesta. La Cena del Señor es el banquete de la Pascua del evangelio.

Quienes se aferran al tabernáculo o al sistema levítico, o regresan a él, se excluyen de las bendiciones de este altar y de los beneficios que Cristo compró. Si sirven al tabernáculo, eligen los antiguos ritos y ceremonias y renuncian a su derecho al altar cristiano. El apóstol primero demuestra esto y luego lo aplica.

Él muestra que continuar bajo la ley judía impide disfrutar de los privilegios del altar del evangelio. Bajo aquella ley, ninguna parte de la ofrenda por el pecado debía comerse; tenía que quemarse fuera del campamento cuando el pueblo vivía en tiendas, y fuera de las puertas de la ciudad cuando vivía en ciudades. Por lo tanto, si todavía se aferran a esa ley, no pueden comer del altar del evangelio. Lo que se come allí proviene de Cristo, la gran ofrenda por el pecado. No es el sacrificio mismo, como afirman los católicos romanos, porque la ofrenda por el pecado se quemaba y no se comía. Más bien, el banquete del evangelio es el fruto y el resultado de ese sacrificio, y quienes no reconocen el sacrificio mismo no tienen derecho al banquete.

Para mostrar que Cristo era verdaderamente el cumplimiento de la ofrenda por el pecado y que podía limpiar a su pueblo con su propia sangre, cumplió el modelo al sufrir fuera de la puerta. Esto fue una señal clara de su humillación, como si no fuera digno de pertenecer ni a la sociedad sagrada ni a la civil. También muestra cómo el pecado, que merecía los sufrimientos de Cristo, separa a la persona de todos los derechos sagrados y civiles, y convierte al pecador en una carga y un peligro público para la sociedad, si Dios se dispusiera a tomar en cuenta toda iniquidad.

Después de mostrar que aferrarse a la ley levítica mantendría a las personas fuera del altar cristiano según las propias reglas de esa ley, el apóstol pasa a aplicar este argumento de una manera apropiada (Hebreos 13:13-15). Primero, salgamos a él fuera del campamento, lejos de la ley ceremonial, lejos del pecado, lejos del mundo e incluso lejos de nosotros mismos y de nuestro cuerpo cuando él nos llame.

Segundo, estemos dispuestos a llevar el reproche de Cristo. Debemos estar dispuestos a que nos traten como la basura del mundo, como si no fuéramos dignos de vivir ni siquiera de morir una muerte común. Ese fue su reproche, y debemos aceptarlo como parte de seguirlo. Tenemos aún más razones para hacerlo porque, salgamos o no de este mundo para estar con Cristo, pronto tendremos que dejarlo por medio de la muerte. Aquí no tenemos una ciudad permanente, y el pecado, los pecadores y la muerte no nos permitirán quedarnos mucho tiempo. Por eso, salgamos ahora por fe y busquemos en Cristo el descanso y la estabilidad que este mundo no puede darnos (Hebreos 13:14).

Tercero, usemos correctamente este altar. No solo debemos disfrutar de sus bendiciones, sino también cumplir sus deberes, como personas a quienes Cristo hizo sacerdotes para servir en este altar. Llevemos nuestros sacrificios a este altar y a nuestro sumo sacerdote, y ofrezcámoslos por medio de él (Hebreos 13:15, Hebreos 13:16). ¿Qué sacrificios debemos llevar y ofrecer en este altar, que es Cristo? No sacrificios por el pecado, porque ya no hacen falta. Cristo ya ofreció el gran sacrificio de expiación, es decir, el sacrificio que nos pone en una relación justa con Dios. Nuestros sacrificios son de gratitud y alabanza.

El primero es el sacrificio de alabanza a Dios, que debemos ofrecer continuamente. Incluye la adoración, la oración y la acción de gracias. Es el fruto de nuestros labios. Debemos proclamar la alabanza de Dios con labios sinceros, y esta alabanza es solo para Dios, no para los ángeles, los santos ni ninguna criatura. También debe ofrecerse por medio de Cristo, confiando en que él pagó completamente por el pecado y en su intercesión, es decir, en su obra de hablar por nosotros delante del Padre.

El segundo es el sacrificio de ayudar a los demás y practicar el amor cristiano. «Hacer el bien y compartir con los demás» es algo que no debemos olvidar, porque Dios se agrada de esos sacrificios (Hebreos 13:16). Según nuestras posibilidades, debemos atender las necesidades del alma y del cuerpo de las personas. No debemos conformarnos únicamente con palabras, con el sacrificio de nuestros labios, sino ofrecer también el sacrificio de las buenas obras. Debemos colocar estas obras sobre este altar, sin confiar en el valor de nuestros propios hechos, sino en nuestro gran sumo sacerdote. Dios se agrada de sacrificios como estos: alabanza y generosidad ofrecidas por medio de Cristo. Él recibe con agrado el don, y por medio de Cristo recibe y bendice también a quien lo ofrece.

Después de hablar del deber que los cristianos tienen hacia sus ministros que han muerto, principalmente seguir su fe y no apartarse de ella, el apóstol ahora explica el deber hacia los ministros que están vivos (Hebreos 13:17) y las razones de ese deber. El deber consiste en obedecerlos y someterse a ellos. Esto no significa obediencia ciega ni rendición total. Significa obedecer en todo lo que esté de acuerdo con la voluntad de Dios revelada en su Palabra. Aun así, se trata de una obediencia y una sumisión reales, no solo a Dios, sino también a la autoridad del oficio ministerial, que proviene de Dios con tanta certeza como la autoridad de los padres o de los gobernantes civiles en su ámbito correspondiente. Los cristianos deben permitir que sus ministros les enseñen y no pensar que son demasiado sabios, demasiado buenos o demasiado importantes para aprender de ellos. Cuando comprueben que la enseñanza del ministro concuerda con las Escrituras, deben obedecerla.

También hay razones para este deber. Primero, los ministros tienen autoridad sobre el pueblo. Su oficio no consiste en dominar, pero sí tiene verdadera autoridad. No tienen derecho a enseñorearse de las personas, sino a guiarlas por los caminos de Dios mediante la enseñanza, la explicación de las Escrituras y su aplicación a las necesidades de la gente. No deben establecer leyes propias, sino explicar las leyes de Dios. Aun así, nadie debe aceptar la interpretación de un ministro sin examinarla. Deben escudriñar las Escrituras y, en la medida en que la enseñanza del ministro concuerde con esa norma, deben recibirla, no como una simple opinión humana, sino como la Palabra de Dios, que actúa poderosamente en quienes creen.

Segundo, los ministros velan por las almas, no para atraparlas, sino para salvarlas. Su propósito no es atraer a las personas hacia ellos mismos, sino hacia Cristo, y edificarlas en conocimiento, fe y santidad. Deben estar atentos a todo lo que pueda dañar las almas, advertir sobre los errores peligrosos, las trampas de Satanás y los juicios venideros, y aprovechar toda oportunidad para ayudar a las personas a avanzar por el camino al cielo.

En tercer lugar, los ministros tendrán que rendir cuentas de cómo cumplieron con su deber y de lo que ocurrió con las personas que les fueron confiadas. Tendrán que responder si alguna se perdió por su negligencia o si, mediante su ministerio, alguien llegó a la fe y fue fortalecido. En cuarto lugar, ellos desearán poder rendir una buena cuenta de sí mismos y de quienes estuvieron bajo su cuidado. Si pueden informar de fidelidad y fruto, ese será para ellos un día de alegría. Las personas convertidas y fortalecidas mediante su ministerio serán su gozo y su corona en el día del Señor Jesús.

En quinto lugar, si tienen que rendir cuentas con tristeza, esa pérdida les corresponde tanto a ellos como al pueblo. Es en beneficio de quienes escuchan que sus ministros puedan rendir cuentas con alegría y no con tristeza. Si los ministros fieles no tienen éxito, el dolor será de ellos, pero la pérdida será del pueblo. Los ministros fieles habrán cumplido con su deber y se habrán preservado a sí mismos, pero la sangre y la ruina de un pueblo sin fruto e infiel recaerán sobre su propia cabeza.

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