Versículo destacado

Hebreos 11:32 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" ¿Qué más voy a decir? Me faltaría tiempo para hablar de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, de Samuel y de los profetas. "

Hebreos 11:32

menu_book El versículo en contexto

30 Por fe cayeron los muros de la ciudad de Jericó, después de que los israelitas marcharon alrededor de ellos durante siete días.

31 Y por fe, Rahab, la prostituta, no murió junto con los desobedientes, porque había recibido amistosamente a los espías de Israel.

32 ¿Qué más voy a decir? Me faltaría tiempo para hablar de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, de Samuel y de los profetas.

33 Por la fe conquistaron países, impartieron justicia, recibieron lo que Dios había prometido y cerraron la boca de los leones;

34 apagaron fuegos violentos, escaparon de ser muertos a filo de espada, sacaron fuerzas de la flaqueza y llegaron a ser poderosos en la guerra, venciendo a los ejércitos enemigos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de presentar una lista de muchos creyentes destacados, el apóstol ahora termina con un resumen más breve de otros. No relaciona cada hazaña con una persona específica, porque los lectores que conocen las Escrituras pueden hacer esa conexión por sí mismos. Introduce esta parte con una pregunta llena de emoción: «¿Qué más puedo decir? Me faltaría tiempo». En otras palabras, está diciendo que el tema es tan amplio que no podría terminar de explicarlo en una sola carta.

Esto nos recuerda varias cosas. Aun después de estudiar cuidadosamente las Escrituras, siempre hay más que aprender. En los asuntos espirituales, debemos pensar bien lo que vamos a decir y adaptarlo al tiempo disponible. También debemos alegrarnos al ver cuántos creyentes hubo durante el Antiguo Testamento y cuán firme fue su fe, aunque todavía no contemplaban la revelación completa de Dios. Al mismo tiempo, debemos lamentar que en los tiempos del evangelio, cuando la norma de la fe es más clara y completa, tan pocos crean y tantos tengan una fe débil.

El apóstol menciona primero a Gedeón, cuya historia se encuentra en Jueces 6. Gedeón era un hombre de una tribu y una familia insignificantes, y fue llamado mientras realizaba el humilde trabajo de trillar trigo. Sin embargo, Dios le envió un ángel y le dijo: «El Señor está contigo, valiente guerrero». Al principio, Gedeón apenas podía creer que recibiera semejante honor, y con humildad le preguntó al ángel por la condición tan baja y angustiosa de Israel. Entonces el ángel le dio su comisión y le aseguró la victoria, confirmando la promesa con fuego que salió de la roca.

A Gedeón se le ordenó ofrecer un sacrificio, y después dirigió a Israel contra los madianitas. Su ejército se redujo de treinta y dos mil hombres a trescientos. Sin embargo, con esos hombres, sus antorchas y sus cántaros, Dios llenó de confusión y llevó a la ruina a todo el ejército de Madián. La misma fe que le dio a Gedeón valor y honor después lo mantuvo humilde y modesto con sus hermanos. La fe es excelente porque ayuda a las personas a hacer grandes cosas y, al mismo tiempo, evita que se vuelvan orgullosas.

Después viene Barac, otro hombre que Dios levantó para liberar a Israel de Jabín, rey de Canaán, como se relata en Jueces 4. Aunque Barac era soldado, recibió su comisión e instrucciones de Débora, profetisa del Señor, y no quiso ir sin aquella palabra divina. Por la fe obtuvo una gran victoria sobre todo el ejército de Sísara. Su fe también lo llevó a dar a Dios toda la alabanza y la gloria. Eso es lo que hace la fe: se vuelve a Dios en el peligro y la angustia, y después le da gracias por su misericordia y rescate.

Luego sigue Sansón, otro libertador que Dios levantó contra los filisteos, según Jueces 13–16. Su historia nos enseña que la gracia de la fe da fortaleza al alma para realizar grandes obras. Si Sansón no hubiera tenido una fe fuerte además de brazos fuertes, jamás habría podido hacer hazañas tan extraordinarias. Por la fe, los siervos de Dios pueden vencer incluso a un león rugiente. La fe verdadera es aceptada aun cuando está mezclada con muchas debilidades. Además, la fe del creyente permanece hasta el final, de modo que al morir obtiene la victoria sobre la muerte y sobre todos sus enemigos mortales. Su mayor victoria llega por medio de la muerte.

Después el apóstol menciona a Jefté, cuya historia aparece antes que la de Sansón, en Jueces 11. Dios lo levantó para liberar a Israel de los amonitas. Cuando surgían nuevos enemigos contra el pueblo de Dios, Dios también levantaba nuevos libertadores para ellos. La historia de Jefté muestra que la gracia de Dios a menudo encuentra a las personas menos merecedoras e indignas y las usa para realizar grandes cosas. Jefté era hijo de una prostituta, pero aun así Dios obró por medio de él.

Jefté también muestra lo que la fe produce en la vida de una persona. La fe hace que reconozcamos a Dios en todos nuestros caminos, como cuando Jefté expuso delante del Señor todas sus palabras en Mizpa (Jueces 11:11). La fe también hace que una persona sea valiente cuando defiende una buena causa. Lleva a las personas no solo a hacer votos a Dios, sino también a cumplirlos después de haber recibido misericordia, aun cuando el voto traiga profundo dolor o pérdida. Eso ocurrió en el caso de Jefté y de su hija.

Después viene David, aquel gran hombre conforme al corazón de Dios. Pocas personas enfrentaron más pruebas, y pocas mostraron una fe más viva. Su primera aparición pública ya mostró esa fe. De joven había matado al león y al oso, y esa fe lo ayudó a enfrentarse a Goliat y derrotarlo. La misma fe lo ayudó a soportar el odio intenso de Saúl y de los seguidores de Saúl, mientras esperaba que Dios le concediera el honor y el gobierno que le había prometido. También lo convirtió en un rey próspero y victorioso.

Después de una larga vida de virtud y honor, aunque no sin pecados graves, David murió en la fe. Confió en el pacto eterno que Dios había hecho con él y con su casa, un pacto dispuesto en todos sus aspectos y completamente seguro. También dejó excelentes registros de sus pruebas y actos de fe en el libro de los Salmos, que siempre será valioso y útil para el pueblo de Dios.

Después se menciona a Samuel, el profeta que Dios levantó como uno de los profetas más importantes de Israel y también como gobernante del pueblo. Dios se reveló a Samuel cuando todavía era niño y continuó haciéndolo hasta la muerte de Samuel. Esto nos enseña que quienes comienzan temprano a practicar la fe probablemente crecerán y se fortalecerán en ella. También enseña que quienes tienen la responsabilidad de comunicar la mente y la voluntad de Dios a otros primero deben estar firmemente establecidos en su propia fe.

Después de Samuel, el apóstol añade: «y los profetas». Estos eran ministros especiales de la iglesia del Antiguo Testamento. Dios los usaba a veces para anunciar juicio, a veces para prometer misericordia y siempre para reprender el pecado. En ocasiones anunciaban acontecimientos extraordinarios que solo Dios conocía. Sobre todo, anunciaban al Mesías, su venida, su persona y su obra, porque tanto los profetas como la ley apuntan hacia él. Para cumplir una responsabilidad así, era necesaria una fe fuerte y verdadera.

Después de mencionar a estas personas, el apóstol habla de las cosas que hicieron por medio de la fe. Algunas de las obras que menciona corresponden a una u otra de las personas ya nombradas. Otras son más difíciles de relacionar con una sola persona, así que deben entenderse de manera más general. Por la fe conquistaron reinos (Hebreos 11:33). Esto fue cierto de David, Josué y muchos de los jueces.

Aprendamos de esto que el poder y los intereses de los reyes y los reinos a menudo se oponen a Dios y a su pueblo. Sin embargo, Dios puede derribar fácilmente a todo rey y reino que se levante contra él. La fe también es una cualidad apropiada y noble para quienes luchan en los caminos del Señor. Los hace honestos, valientes y sabios.

Estos creyentes «practicaron la justicia» tanto en la vida pública como en la privada. Apartaron a muchas personas de la idolatría y las llevaron a una manera recta de vivir. Creyeron en Dios, y esa fe les fue contada como justicia; es decir, Dios los aceptó como justos delante de él. Vivieron y actuaron correctamente delante de Dios y de los demás. Es un honor y una alegría mayores hacer lo correcto que realizar milagros, porque la fe es un poder activo que conduce a toda clase de vida recta.

También «recibieron promesas», tanto promesas generales como promesas específicas. La fe nos da parte en las promesas de Dios. También nos da consuelo por medio de esas promesas y nos ayuda a esperarlas hasta que llegue el momento apropiado de recibirlas.

Cerraron la boca de los leones, como lo hicieron Sansón (Jueces 14:5-6), David (1 Samuel 17:34-35) y Daniel (Daniel 6:22). De esto aprendemos que el poder de Dios es mayor que el poder de cualquier criatura. La fe se aferra al poder de Dios a favor de su pueblo cuando hacerlo le dará gloria, incluso para vencer a las bestias salvajes y a las personas brutales.

Apagaron la violencia del fuego (Hebreos 11:34). Moisés, mediante la oración de fe, detuvo el fuego de la ira de Dios que ardía contra Israel (Números 11:1-2). Lo mismo hicieron los tres jóvenes, o más bien, aquellos valientes campeones, en Daniel 3:17-27. Su fe en Dios, demostrada al negarse a adorar la imagen de oro, los llevó al horno ardiente que Nabucodonosor había preparado. Sin embargo, su fe hizo que el poder y la presencia de Dios entraran en el horno, y ese poder apagó el fuego, de modo que ni siquiera el olor del humo quedó en ellos. Nunca la fe fue puesta a una prueba más severa, usada con mayor nobleza ni recompensada con más gloria que en ellos.

Escaparon del filo de la espada. Así David escapó tanto de la espada de Goliat como de la espada de Saúl, y Mardoqueo y los judíos escaparon de la espada de Amán. Las espadas de los seres humanos están en la mano de Dios. Él puede quitarles el filo y apartarlas de su pueblo para dirigirlas contra sus enemigos cuando así lo decida. La fe se extiende hacia esa mano de Dios que sostiene las espadas de los seres humanos, y Dios muchas veces ha respondido a la fe de su pueblo.

De la debilidad recibieron fuerzas. A veces esto sucedió con la nación judía, cuando la incredulidad la había llevado a la ruina. Cuando la fe revivió, también revivieron sus circunstancias y sus fuerzas. Esto también ocurrió en la debilidad física: Ezequías, al creer en la palabra de Dios, se recuperó de una enfermedad mortal y atribuyó su recuperación a la promesa y al poder de Dios (Isaías 38:15-16). En esencia, dijo: «El Señor lo ha dicho, y él lo ha hecho. Por estas cosas viven las personas, y en todas ellas está la vida de mi espíritu». Esa misma gracia de la fe también ayuda a las personas a recuperarse de la debilidad espiritual y a renovar sus fuerzas.

Fueron valientes en la batalla. Josué, los jueces y David hicieron esto. La verdadera fe produce el valor y la paciencia más genuinos, porque ve la fuerza de Dios y, en contraste, la debilidad de todos sus enemigos. Y no solo fueron valientes; también tuvieron éxito. Como recompensa y estímulo por su fe, Dios hizo huir a ejércitos extranjeros, es decir, ejércitos de personas ajenas a su nación y enemigas de su religión. Dios hizo que huyeran y cayeran delante de sus siervos fieles. A menudo Dios ha honrado de esta manera a comandantes que creían y oraban, al frente de ejércitos que también creían y oraban, de modo que nada pudiera resistirlos.

Las mujeres recibieron de vuelta a sus muertos mediante la resurrección (Hebreos 11:35). Así ocurrió con la viuda de Sarepta (1 Reyes 17:23) y con la mujer sunamita (2 Reyes 4:36). En Cristo no hay hombre ni mujer, y muchas mujeres han demostrado una fe firme. Sin embargo, aunque el pacto de la gracia incluye a los hijos de los creyentes, todavía los deja sujetos a la muerte natural. Las madres afligidas tardan en renunciar a su derecho sobre sus hijos, aun cuando la muerte se los ha llevado. A veces Dios ha llegado al punto de responder al tierno dolor de mujeres desconsoladas devolviéndoles la vida a sus hijos muertos. Cristo mostró esa compasión con la viuda de Naín (Lucas 7:12 y siguientes). Esto también debe fortalecer nuestra fe en la resurrección general.

Luego el apóstol les dice lo que estos creyentes soportaron por la fe. Fueron torturados y no aceptaron ser liberados (Hebreos 11:35). Los pusieron en el potro de tortura y los presionaron para que negaran a su Dios, a su Salvador y a su religión. Soportaron la tortura y rechazaron la libertad que se les ofrecía bajo condiciones tan vergonzosas. Lo que los mantuvo firmes fue la esperanza de una mejor resurrección y de una liberación más honorable. Esto probablemente se refiere al conocido relato de 2 Macabeos 7.

También soportaron crueles burlas, azotes, cadenas y encarcelamiento (Hebreos 11:36). Las burlas atacaban su reputación, algo profundamente doloroso para una persona reflexiva. Sus cuerpos eran castigados con azotes, como se castigaba a los esclavos. Sus cadenas y su encarcelamiento les quitaban la libertad. Observa hasta dónde puede llegar el odio de las personas malvadas contra los justos, cuánto puede extenderse y cuántas formas de crueldad puede inventar y usar contra quienes no les han hecho ningún mal, excepto en asuntos relacionados con su Dios.

Algunos fueron ejecutados de las maneras más crueles. A unos los apedrearon, como a Zacarías (2 Crónicas 24:21). A otros los aserraron por la mitad, como se dice que le ocurrió a Isaías por orden de Manasés. Algunos fueron tentados, y otros interpretan esta expresión como una referencia a ser quemados (2 Macabeos 7:5). A otros los mataron a espada. Toda clase de muerte estaba preparada para ellos. Sus enemigos envolvieron la muerte en crueldad y terror, pero ellos la enfrentaron con valor y la soportaron.

Otros escaparon de la muerte, pero fueron tratados tan mal que la muerte podría haberles parecido preferible a una vida así. Sus enemigos les perdonaron la vida solo para prolongar su sufrimiento y agotar su paciencia. Tuvieron que vagar vestidos con pieles de oveja y de cabra, pobres, oprimidos y maltratados. Anduvieron errantes por desiertos y montañas, y se escondieron en cuevas y en las cavidades de la tierra (Hebreos 11:37-38). Fueron despojados de las comodidades de la vida y expulsados de sus hogares y refugios. No tenían ropa adecuada; solo las pieles de animales muertos para cubrirse. Fueron expulsados de la sociedad humana y obligados a vivir entre las fieras, escondidos en guaridas y cuevas, llevando sus lamentos a rocas y ríos que no eran menos duros que sus enemigos.

En aquel tiempo soportaron sufrimientos así por causa de su fe, y los soportaron mediante el poder de la gracia que acompaña a la fe. ¿Qué deberíamos admirar más: la maldad de la naturaleza humana, capaz de cometer semejante crueldad contra otros seres humanos, o la excelencia de la gracia de Dios, capaz de sostener a los fieles en medio de tal crueldad y llevarlos a salvo a través de todo?

Esta es una descripción muy honorable, y proviene de Dios mismo, el verdadero Juez y la fuente del honor. Él dice que el mundo no era digno de ellos. El mundo no merecía esas bendiciones porque no sabía valorarlas ni usarlas bien. Las personas malvadas no son dignas de los justos, y Dios también dice que el mundo no es digno de ellos. Aunque ambos lados juzgan las cosas de manera muy diferente, coinciden en esto: las personas buenas no pertenecen aquí para siempre. Por eso Dios las saca de este mundo y las lleva a un mundo adecuado para ellas, un lugar muy por encima de todo lo que su servicio o sus sufrimientos podrían merecer.

También recibieron un buen testimonio (Hebreos 11:39) de parte de todas las personas buenas y de la verdad misma. Sus nombres están incluidos en este registro sagrado de los fieles del Antiguo Testamento, los testigos de Dios. Más aún, hasta la conciencia de sus enemigos dio testimonio a su favor. Aunque esos enemigos los maltrataban, su propia conciencia los condenaba por perseguir a personas mejores que ellos.

También tuvieron parte en las promesas, aunque no recibieron la plenitud de la bendición prometida. Tenían derecho a las promesas, aunque todavía no disfrutaban de las grandes cosas prometidas. Esto no se refiere al gozo del cielo, porque sí lo recibieron al morir, en la parte más importante de su ser: su alma. Más bien, se refiere al gozo de la era del evangelio. Tenían figuras, pero no tenían todavía aquello a lo que esas figuras señalaban. Tenían sombras, pero no la realidad misma. Aun así, bajo esa forma menos completa de revelar el plan de Dios, demostraron una fe extraordinaria.

El apóstol recalca esto para hacer que su fe parezca aún mayor y para despertar en los cristianos una santa envidia y un deseo de esforzarse. No debemos permitir que nos superen en la fe personas que tenían menos ayuda y menos luz que nosotros. Les dice a los hebreos que Dios había provisto algo mejor para ellos (Hebreos 11:40), y por eso podían estar seguros de que él esperaba de ellos por lo menos una fe igual de firme. Puesto que el evangelio es la meta y el cumplimiento del Antiguo Testamento, y el Antiguo Testamento no tenía verdadera grandeza excepto por su relación con Cristo y con el evangelio, su fe debía ser aún más fuerte que la fe de los santos del Antiguo Testamento. Su situación y sus privilegios eran más completos; de hecho, la iglesia del evangelio fue la que llevó a la iglesia judía a la plenitud que Dios había destinado para ella. Sin el evangelio, la iglesia judía habría permanecido inconclusa e imperfecta. Este es un razonamiento poderoso, y debe impulsarnos poderosamente a todos.

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