Versículo destacado
Hebreos 10:19 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Hermanos, ahora podemos entrar con toda libertad en el santuario gracias a la sangre de Jesús, "
Hebreos 10:19
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
17 Y no me acordaré más de sus pecados ni de sus maldades.
18 Así pues, cuando los pecados han sido perdonados, ya no hay necesidad de más ofrendas por el pecado.
19 Hermanos, ahora podemos entrar con toda libertad en el santuario gracias a la sangre de Jesús,
20 siguiendo el nuevo camino de vida que él nos abrió a través del velo, es decir, a través de su propio cuerpo.
21 Tenemos un gran sacerdote al frente de la casa de Dios.
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Aquí el apóstol presenta los honores y privilegios de la vida del evangelio. Los creyentes deben conocer lo que Cristo ha obtenido para ellos, para que puedan disfrutar de ese consuelo y darle la gloria. El primer privilegio es la confianza para entrar en el Lugar Santísimo; es decir, el libre acceso a Dios. Tienen luz para guiarlos, libertad de corazón y de palabra para seguir esa luz, el derecho a este privilegio, ayuda para usarlo bien y la seguridad de que serán recibidos.
Pueden entrar en la presencia llena de gracia de Dios por medio de su santa Palabra, sus ordenanzas, sus providencias y su pacto. De ese modo disfrutan de la comunión con Dios y reciben lo que él les da, hasta estar preparados para entrar en su presencia gloriosa en el cielo. Otro privilegio es tener un gran sumo sacerdote, Jesús, sobre la casa de Dios. Él gobierna a la iglesia en la tierra y a la iglesia en el cielo. Dios está dispuesto a morar con las personas en la tierra y a que ellas moren con él en el cielo, pero las personas caídas no pueden vivir con Dios sin un sumo sacerdote: el Mediador, quien hace posible la reconciliación aquí y el disfrute pleno de Dios en el futuro.
Luego el apóstol muestra cómo entran los cristianos en estos privilegios. En general, es por medio de la sangre de Jesús, es decir, por el valor de su sacrificio ofrecido a Dios como sacrificio expiatorio, un pago que aparta la culpa del pecado. Cristo compró para todos los que creen el libre acceso a Dios por los medios de la gracia ahora y, más adelante, en el reino de la gloria. Cuando esta sangre es aplicada a la conciencia, aleja el temor propio de la esclavitud y da al creyente confianza de estar seguro y de ser recibido en la presencia de Dios.
Después explica con más detalle este camino de acceso. Primero, es el único camino. El primer camino al árbol de la vida ha estado cerrado desde hace mucho tiempo. Segundo, es un camino nuevo, que se opone tanto al pacto de obras, que presenta la obediencia como el camino a la vida, como al antiguo sistema del Antiguo Testamento. Es el último camino que se abrirá para la humanidad, y quienes lo rechazan se excluyen para siempre. Es un camino que siempre será eficaz.
Tercero, es un camino vivo. Intentar llegar a Dios por medio del pacto de obras significaría muerte, pero por este camino podemos acercarnos a Dios y vivir. Fue abierto por un Salvador vivo, que estuvo muerto y ahora vive. También es un camino que da vida y una esperanza viva a todos los que entran por él. Cuarto, es un camino que Cristo abrió para nosotros a través del velo, es decir, por medio de su cuerpo. El velo del tabernáculo y del templo señalaba hacia el cuerpo de Cristo. Cuando él murió, el velo del templo se rasgó, y esto sucedió en el momento del sacrificio de la tarde. El pueblo recibió una visión impactante del Lugar Santísimo, algo que nunca antes había podido ver. Nuestro camino al cielo es por medio de un Salvador crucificado, y su muerte es nuestro camino a la vida.
Como estos privilegios son tan grandes, los hebreos tienen ciertos deberes. Primero, deben acercarse a Dios y hacerlo de la manera correcta. Ya que se ha abierto un camino de regreso a Dios, mantenerse lejos sería una gran ingratitud y un desprecio hacia Dios y hacia Cristo. Deben acercarse mediante la conversión y al aferrarse a su pacto. Deben acercarse viviendo en santidad, como Enoc, quien caminó con Dios. Deben acercarse en adoración humilde, inclinándose ante el estrado de sus pies. También deben acercarse dependiendo de Dios con confianza y obedeciendo con cuidado su dirección, buscando siempre una comunión más profunda con él hasta morar en su presencia. Sin embargo, deben asegurarse de acercarse de la manera correcta.
Deben venir con un corazón sincero, sin engaño ni hipocresía deliberada. Dios examina el corazón y desea la verdad en lo más profundo. La sinceridad es la perfección propia del evangelio, aunque no es la justicia que justifica, es decir, la justicia que nos pone en una relación correcta con Dios. Deben venir con plena seguridad de fe, confiando plenamente en que, cuando se acercan a Dios por medio de Cristo, serán escuchados y aceptados. Deben apartar toda duda pecaminosa. Sin fe es imposible agradar a Dios, y cuanto más fuerte es nuestra fe, más gloria le damos.
Deben venir con el corazón purificado de una mala conciencia mediante la aplicación creyente de la sangre de Cristo al alma. De este modo pueden ser limpiados de la culpa, de la corrupción, del temor y el tormento pecaminosos, de la resistencia a Dios y al deber, de la ignorancia, el error, la superstición y todo otro problema que el pecado produce en la conciencia. También deben venir con el cuerpo lavado con agua pura, lo que puede referirse al bautismo, por el cual somos identificados como discípulos de Cristo y miembros de su cuerpo espiritual, o a la obra santificadora del Espíritu Santo, quien transforma tanto nuestra vida exterior como nuestra condición interior. Él nos limpia de la suciedad de la carne y del espíritu. Los sacerdotes bajo la ley tenían que lavarse antes de entrar en la presencia del Señor para ofrecer sacrificios. Por eso, al acercarnos a Dios debe haber una preparación cuidadosa.
El apóstol también anima a los creyentes a mantener firme la confesión de su fe. Deben aferrarse a todas las verdades y los caminos del evangelio, sujetarlos con firmeza y conservar ese compromiso frente a la tentación y la oposición. Los enemigos espirituales tratarán de arrancarnos de las manos la fe, la esperanza, la santidad y el consuelo, pero debemos considerar nuestra fe como nuestro mayor tesoro. Debemos hacerlo sin vacilar, sin dudar, sin convencernos a nosotros mismos de dejar de obedecer y sin entretenernos con la tentación de apartarnos de Cristo. Una vez que estos asuntos fundamentales han quedado establecidos entre Dios y nuestra alma, debemos permanecer firmes e inconmovibles.
La razón es clara: el que prometió es fiel. Dios les ha hecho a los creyentes promesas grandes y preciosas, y él es fiel a su palabra. En él no hay falsedad ni inconstancia, y tampoco debe haberlas en nosotros. Su fidelidad debe impulsarnos a ser fieles. Debemos confiar más en sus promesas para nosotros que en nuestras promesas para él, y pedirle que nos dé la gracia que necesitamos.
El apóstol también presenta medios para evitar que nos apartemos y para ayudarnos a permanecer fieles y perseverar. Menciona varios, comenzando con este: debemos pensar unos en otros para estimularnos al amor y a las buenas obras.
Los cristianos deben preocuparse profundamente unos por otros. Deben considerar las necesidades, debilidades y tentaciones de los demás, y hacerlo con amor, no con un espíritu acusador. El objetivo es estimularse unos a otros al amor y a las buenas obras: a amar más a Dios y a Cristo, a amar más la santidad y a servirse unos a otros en cuerpo y alma. Un buen ejemplo suele ser la manera más fuerte y eficaz de animar al amor y a las buenas obras.
Tampoco deben dejar de reunirse, como dice Hebreos 10:25. Cristo quiere que sus discípulos se reúnan, a veces en grupos pequeños para conversar y orar, y también públicamente para adorar y escuchar el evangelio. En los días de los apóstoles y en toda época, las reuniones cristianas son necesarias para la adoración y para edificarse unos a otros. Ya en aquel tiempo algunos comenzaban a descuidar esas reuniones, y eso era un paso hacia el abandono de la fe. La comunión entre los creyentes es una gran ayuda y una bendición, porque fortalece su corazón y sus manos.
Los creyentes también deben exhortarse unos a otros. Esto significa que deben recordarse mutuamente sus deberes, advertirse sobre el pecado y el peligro de alejarse de Dios, y cuidarse unos a otros con una preocupación santa. Deben señalar con suavidad sus fallas y corrupciones, y mantenerse mutuamente alertas con una seriedad piadosa. Cuando se hace con el verdadero espíritu del evangelio, esta es la mejor clase de amistad: cálida y fiel.
También deben prestar atención a los tiempos de prueba que se acercan y permitir que eso los impulse a ser más diligentes: «con mayor razón al ver que se acerca el Día». Los cristianos deben reconocer las señales de los tiempos que Dios ha anunciado. Se acercaba un día terrible para la nación judía, cuando su ciudad sería destruida y el pueblo sería rechazado por haber rechazado a Cristo. Eso traería dispersión y muchas tentaciones para el remanente escogido. Por eso el apóstol les pide que se reúnan con mayor fidelidad y se animen unos a otros con mayor dedicación, para que estuvieran preparados. También se acerca para cada persona un día de prueba: el día de la muerte. Debemos estar atentos a su llegada y permitir que eso nos haga más cuidadosos y firmes en nuestro deber.
Después de hablar de estas ayudas para mantener firmes a los creyentes, el apóstol continúa al final del capítulo exhortándolos a perseverar y advirtiendo contra el apartamiento de la fe, con razones muy serias en Hebreos 10:26-27 y los versículos siguientes. Comienza describiendo la naturaleza de la apostasía: pecar deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, pecando contra una verdad que ha sido claramente revelada. Este pasaje ha preocupado a algunos creyentes sinceros, que temían que todo pecado voluntario cometido después de haber recibido convicción fuera el pecado imperdonable. Eso es un error. El pecado descrito aquí es un rechazo completo y definitivo de Cristo: cuando personas decididas rechazan a Cristo, el único Salvador; resisten al Espíritu, el único que santifica; y rechazan el evangelio, el único camino de salvación y las palabras de vida eterna. Lo hacen después de conocer, aceptar y profesar la fe cristiana, y continúan haciéndolo con obstinación y malicia. Este es el gran pecado, semejante al pecado desafiante descrito en Números 15:30-31, por el cual la ley establecía que tales personas debían ser eliminadas de entre el pueblo.
El apóstol también señala el terrible juicio que sigue a semejante apostasía. Para esas personas ya no queda ningún sacrificio por el pecado ni otro Cristo que pueda venir a salvarlas. Han rechazado el último refugio y el único remedio. Bajo la ley, había algunos pecados para los cuales no se establecían sacrificios; sin embargo, un pecador verdaderamente arrepentido todavía podía mirar hacia Cristo y ser librado de la ruina eterna. Pero bajo el evangelio, quienes rechazan a Cristo y no quieren ser salvos por medio de él no tienen ningún otro lugar adonde acudir.
Para ellos solo queda una aterradora expectativa del juicio (Hebreos 10:27). Algunos piensan que esto se refiere a la destrucción de la iglesia y la nación judías, y ciertamente la incluye; pero también se refiere a la destrucción final que espera a todos los apóstatas obstinados en la muerte y el juicio. Entonces el Juez manifestará contra ellos un fuego de ira, y ese fuego destruirá a los enemigos de Dios. Serán entregados a un fuego consumidor y a un ardor eterno. A veces, incluso mientras todavía viven, Dios permite que pecadores graves experimenten algo de esto por medio de su propia conciencia, de modo que viven aterrorizados, esperando el castigo y sintiendo que no pueden soportarlo ni escapar de él.
Luego el apóstol compara esto con el castigo establecido bajo la ley de Moisés para quienes despreciaban esa ley, es decir, quienes pecaban deliberadamente y trataban con desprecio la autoridad, las advertencias y el poder de Dios. Cuando esas personas eran declaradas culpables por dos o tres testigos, se les daba muerte y morían sin misericordia, aunque se trataba solamente de una muerte temporal. Los gobernantes sabios deben proteger el honor de su gobierno y de sus leyes castigando a los transgresores deliberados, pero solo deben hacerlo cuando las pruebas sean sólidas. Esa era la norma de Dios en la ley de Moisés, y el apóstol la usa para mostrar cuánto más terrible debe ser el juicio de quienes se apartan de Cristo. Sus propias conciencias pueden juzgar cuánto mayor será su castigo al considerar la grandeza de su pecado.
Han pisoteado al Hijo de Dios. Pisotear a una persona común es una atrocidad; hacerlo con una persona honorable es insoportable. Pero tratar así al Hijo de Dios es el insulto más grande. Es pisotear su persona al negar que él es el Mesías; pisotear su autoridad y debilitar su reino; y pisotear a su pueblo, tratándolo como basura, como si no tuviera derecho a vivir en el mundo. ¿Qué castigo podría ser demasiado grande para personas así?
También han considerado como algo común e impuro la sangre del pacto, por medio de la cual Cristo fue santificado. Es decir, han tratado la sangre de Cristo, que compró y selló el pacto, como si no tuviera ningún valor santo. Estas palabras también pueden referirse al propio apóstata, quien había sido santificado, es decir, bautizado, incorporado exteriormente al nuevo pacto y admitido a la Cena del Señor. Existe una clase de santificación de la que una persona puede participar y, aun así, apartarse después. Las personas pueden recibir señales externas de religión, dones y gracias comunes, una profesión de fe, una forma de piedad, una vida llena de deberes religiosos y ciertos privilegios, y aun así terminar apartándose.
Quienes alguna vez parecieron valorar mucho la sangre de Cristo pueden después tratarla como algo impuro, no mejor que la sangre de un criminal. Sin embargo, esa sangre fue el rescate del mundo, y cada gota de ella tiene un valor infinito.
También han mostrado desprecio por el Espíritu de gracia, es decir, el Espíritu Santo, quien es dado bondadosamente a las personas y produce gracia dondequiera que obra. Debemos prestar cuidadosa atención a este Espíritu y obedecerlo, pero ellos lo han entristecido, resistido, apagado e incluso insultado. Esta es la forma más grave de maldad y deja al pecador en una situación desesperada, porque se niega a permitir que la salvación del evangelio le sea aplicada.
Luego el escritor deja el asunto a la conciencia de cada lector. Apela al sentido común y a la justicia, preguntando si pecados tan graves no deberían recibir un castigo correspondiente, un castigo más severo que la muerte sin misericordia. Pero ¿qué podría ser más severo que morir sin misericordia? La respuesta es esta: morir bajo la misericordia y la gracia que se han rechazado. Es terrible cuando no solo la justicia de Dios, sino también su gracia y misericordia despreciadas, exigen castigo.
Esta advertencia se fortalece con lo que dice la Escritura acerca de la justa ira de Dios, su juicio santo contra el pecado. Dios ha dicho: «Mía es la venganza», según el Salmo 94:1. Los terrores del Señor se conocen tanto por la revelación como por la razón. Su justicia vengadora es una parte gloriosa, aunque terrible, de quién es él. Le pertenece a él, y la ejecutará contra quienes desprecian su gracia. Él tomará venganza por sí mismo, por su Hijo, por su Espíritu y por su pacto, contra quienes se apartan de él.
La otra cita procede de Deuteronomio 32:36: «El Señor juzgará a su pueblo». Él examinará y probará a su iglesia visible, y dejará al descubierto a quienes solo afirman pertenecerle. Separará lo valioso de lo inútil y castigará con gran severidad a los pecadores de Sion. Por eso, cualquiera que conozca al Dios que dijo: «Mía es la venganza; yo daré el pago», debe estar de acuerdo con la conclusión del apóstol en Hebreos 10:31: «¡Terrible cosa es caer en las manos del Dios viviente!».
Quienes conocen el gozo que proviene del favor de Dios también pueden comprender el poder y el terror de su ira vengadora. La miseria eterna de los pecadores impenitentes y de los apóstatas consiste en esto: caerán en las manos del Dios viviente. Su castigo procederá de Dios mismo. Él los tomará en las manos de su justicia y tratará personalmente con ellos, y su mayor sufrimiento será el peso directo de la ira divina sobre sus almas.
Cuando Dios castiga por medio de agentes humanos, el instrumento reduce la fuerza del golpe. Pero cuando castiga con su propia mano, el sufrimiento es completo e infinito. Eso es lo que recibirán de la mano de Dios. Se acostarán en el dolor. Su ruina procederá de su presencia gloriosa y poderosa. Cuando hagan su amargo lecho en el infierno, descubrirán que Dios está allí, y su presencia será su terror y tormento más profundos. Y como él es el Dios viviente, vive para siempre y castigará para siempre.
Luego el apóstol los anima a seguir adelante recordándoles los sufrimientos que habían soportado antes por Cristo: «Recuerden aquellos días pasados, cuando, después de haber recibido la luz, soportaron una gran lucha de sufrimientos» (Hebreos 10:32). En los primeros días del evangelio estalló una feroz persecución contra los cristianos, y los creyentes hebreos habían participado en ella. Quiere que recuerden cómo sufrieron justo después de haber recibido la luz, es decir, después de que Dios les dio luz espiritual, les dio vida en el alma y los recibió en su favor y en su pacto. Entonces la tierra y el infierno unieron sus fuerzas contra ellos. La persona que se encuentra en un estado natural está en oscuridad y, mientras permanece allí, Satanás y el mundo no la molestan mucho. Pero el estado de gracia es un estado de luz, por lo que los poderes de las tinieblas se oponen violentamente a él. Quienes desean vivir piadosamente en Cristo Jesús deben sufrir persecución.
También quiere que recuerden lo que padecieron. Soportaron una gran lucha de sufrimientos, pues muchos problemas distintos se unieron contra ellos. Sufrieron en su propia persona y fueron expuestos públicamente ante el mundo, los ángeles y los seres humanos (1 Corintios 4:9). También fueron heridos en su nombre y reputación por medio de muchos insultos (Hebreos 10:33). Los cristianos deben preocuparse por tener un buen nombre, especialmente porque el honor de la religión está relacionado con ello, y por eso el desprecio constituye una carga seria. También sufrieron en sus bienes, cuando les quitaron sus posesiones, les impusieron multas y les causaron pérdidas.
También sufrieron al compartir el sufrimiento de sus hermanos en la fe. El espíritu cristiano es compasivo, no egoísta. Hace que el dolor de otro creyente se sienta como propio y nos mueve a tener misericordia, visitarlo, ayudarlo y defenderlo. Los cristianos somos un solo cuerpo, guiado por un mismo Espíritu y dedicado a una causa común; pertenecemos al Dios que se aflige con todas las aflicciones de su pueblo. Si una parte del cuerpo sufre, las demás también sufren con ella. El apóstol recuerda especialmente cómo ellos habían compartido su propia aflicción: «Tuvieron compasión de mí cuando estuve preso» (Hebreos 10:34). Debemos recordar con gratitud la bondad que nuestros hermanos en la fe nos han mostrado en nuestros propios momentos de sufrimiento.
También destaca la manera en que perseveraron. Dios los había sostenido poderosamente en aquellas pruebas anteriores. Soportaron el sufrimiento con paciencia y, más aún, lo aceptaron con alegría de parte de Dios como un honor, considerándolo un privilegio sufrir vergüenza por el nombre de Cristo. Dios puede fortalecer a su pueblo afligido con todo poder en lo más profundo de su ser, para que persevere con paciencia y constancia, e incluso con alegría (Colosenses 1:11).
Lo que los ayudó a mantenerse firmes fue saber que tenían en el cielo una posesión mejor y permanente. La felicidad de los creyentes en el cielo es una realidad sólida, algo de verdadero peso y valor. Todo lo que hay en la tierra es solo una sombra. Esa posesión es mejor que cualquier cosa que puedan tener o perder aquí, y permanece para siempre. Sus enemigos nunca podrán quitársela, como les quitaron sus bienes terrenales. Esta esperanza futura compensará con creces todo lo que ahora pierdan y sufran. En el cielo tendrán una vida mejor, una herencia mejor, una libertad mejor, una compañía mejor, corazones mejores, un trabajo mejor: todo será mejor.
Los cristianos deben conocer esta verdad personalmente y sentirla en lo profundo del corazón. El Espíritu de Dios da testimonio juntamente con el espíritu de ellos, y esa seguridad firme los ayuda a mantenerse de pie frente a cualquier lucha o sufrimiento que enfrenten en este mundo.
Luego el escritor los exhorta a seguir adelante por causa de la recompensa que espera a todos los cristianos fieles (Hebreos 10:35). Les dice que no desechen su confianza, es decir, su santo valor y su libertad para acercarse a Dios con firmeza. Ya habían sufrido mucho por su fe y habían soportado bien esos sufrimientos; por eso debían mantenerse firmes en esa misma confesión.
Fortalece este llamado al recordarles que la confianza santa trae una recompensa muy grande. También trae bendiciones presentes, como paz interior, gozo y una medida abundante de la presencia y el poder de Dios sobre ellos. Y traerá una recompensa aún mayor en la vida venidera. En nuestra vida presente también necesitamos paciencia (Hebreos 10:36). «Necesitan perseverar», les dice, porque después de hacer la voluntad de Dios deben esperar para recibir la promesa, es decir, la recompensa prometida.
La mayor parte de la felicidad de los santos todavía permanece como una promesa. Primero deben hacer la voluntad de Dios y después esperar el tiempo que él ha establecido para cumplir lo que prometió. Necesitan paciencia para vivir hasta que Dios los llame a su presencia. Es una prueba de la paciencia cristiana estar dispuestos a seguir viviendo cuando el trabajo ya está terminado y esperar la recompensa hasta que Dios esté listo para concederla. Debemos ser siervos que esperan en Dios cuando ya no podemos ser sus siervos activos. Quienes ya han demostrado mucha paciencia deben seguir demostrando esa misma paciencia hasta la muerte.
Para ayudarlos a esperar, les recuerda que la venida de Cristo está cerca, tanto para librarlos como para recompensarlos (Hebreos 10:37). En poco tiempo, dice, el que ha de venir vendrá y no tardará. Cristo pronto vendrá por ellos en la muerte, pondrá fin a todos sus sufrimientos y les dará la corona de la vida. También vendrá pronto para juzgar; pondrá fin a los sufrimientos de toda la iglesia, su cuerpo místico, y les dará una recompensa plena y gloriosa de manera pública. Hay un tiempo establecido para ambas cosas, y él no se retrasará más allá de ese momento (Habacuc 2:3). La lucha presente del cristiano puede ser intensa, pero pronto terminará.
También los anima a perseverar al mostrar que esta es la señal de los verdaderos creyentes y el camino a la felicidad, mientras que retroceder es la vergüenza y la ruina de quienes lo hacen (Hebreos 10:38-39). «El justo vivirá por la fe» significa que, en los tiempos más difíciles, los creyentes sinceros pueden seguir viviendo al confiar en las promesas de Dios. La fe les da vida y fortaleza. Pueden apoyarse en Dios, vivir dependiendo de él y esperar su tiempo. Así como la fe sostiene su vida espiritual ahora, después será coronada con vida eterna.
Alejarse de Dios es la señal de aquellos en quienes Dios no se complace, y trae su serio desagrado. Dios nunca se agradó de una profesión vacía ni de una religión meramente externa en personas que no perseveran en la fe. Él siempre vio la hipocresía de sus corazones, y se ofende profundamente cuando su religión externa termina en rebelión abierta contra él.
El apóstol concluye con una palabra de esperanza acerca de sí mismo y de estos hebreos. Confía en que ellos no perderán la condición ni la felicidad de los justos para caer en la vergüenza y la miseria de los malvados (Hebreos 10:39). En efecto, dice que espera que ni ellos ni él estén entre quienes retroceden. Espera que, después de haber enfrentado grandes pruebas y haber sido sostenidos por la gracia de Dios, no queden abandonados a sus propias fuerzas ni se aparten para destrucción. Más bien, desea que Dios los guarde con su gran poder, por medio de la fe, para salvación.
Las personas que profesan tener fe pueden avanzar mucho y aun así retroceder al final. Alejarse de Dios es avanzar hacia la destrucción, porque cuanto más nos apartamos de él, más cerca estamos de la ruina. Pero quienes han permanecido fieles en medio de grandes pruebas tienen buenas razones para esperar que esa misma gracia seguirá siendo suficiente para ayudarlos a vivir por fe hasta recibir el resultado de su fe y paciencia: la salvación de sus almas. Si vivimos por fe y morimos en la fe, nuestras almas estarán seguras para siempre.
De este capítulo
Hebreos 10:1
"Porque la ley de Moisés era solo una sombra de los bienes que vendrían, y no su presencia verdadera. Por eso, la ley nunca puede hacer perfectos a quienes cada año se acercan a Dios para ofrecerle los mismos sacrificios."
Hebreos 10:2
"Pues si la ley realmente pudiera purificarlos del pecado, ya no se sentirían culpables y dejarían de ofrecer sacrificios."
Hebreos 10:3
"Pero estos sacrificios sirven más bien para hacerles recordar sus pecados cada año."
Hebreos 10:4
"Porque la sangre de los toros y de los chivos no puede quitar los pecados."
Hebreos 10:5
"Por eso Cristo, al entrar en el mundo, dijo a Dios: No quieres sacrificio ni ofrendas, sino que me has dado un cuerpo."
Hebreos 10:6
"No te agradan los holocaustos ni las ofrendas para quitar el pecado."
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