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Hageo 1:1 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" En el segundo año del gobierno del rey Darío, el primer día del sexto mes, el Señor, por medio del profeta Hageo, se dirigió al gobernador de Judá, Zorobabel, hijo de Salatiel, y al jefe de los sacerdotes, Josué, hijo de Josadac. "
Hageo 1:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 En el segundo año del gobierno del rey Darío, el primer día del sexto mes, el Señor, por medio del profeta Hageo, se dirigió al gobernador de Judá, Zorobabel, hijo de Salatiel, y al jefe de los sacerdotes, Josué, hijo de Josadac.
2 Esta gente dice que todavía no es tiempo de reconstruir mi templo.
3 Y esto es lo que dijo el Señor todopoderoso por medio del profeta:
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En otro tiempo, los judíos que estaban en Babilonia se quejaron: «Ya no vemos nuestras señales, y no hay ningún profeta entre nosotros» (Salmo 74:9). Ese juicio sobre ellos era justo, porque se habían burlado de los profetas y los habían maltratado. Cuando Dios hizo volver al pueblo del cautiverio, al principio no leemos que hubiera profetas entre ellos, tal como Oseas había dicho (Oseas 12:13). Sin embargo, Dios los impulsó de inmediato por medio de su Espíritu para que actuaran; por eso no necesita profetas, aunque con frecuencia se sirve de ellos (Esdras 1:5).
Aun así, la luz de la profecía del Antiguo Testamento todavía no se había extinguido. Antes de apagarse, lanzó algunos últimos destellos brillantes y gloriosos, y Hageo fue el primero en aparecer como un mensajero especial del cielo. Era un tiempo en que la palabra del SEÑOR había sido muy preciada, es decir, escasa y urgentemente necesaria, como en los días en que comenzó la profecía (1 Samuel 3:1), cuando no había visión abierta. Hageo apareció durante el reinado de Darío Histaspes, el tercer rey persa, en el segundo año de su gobierno.
Dios envió su palabra por medio de Hageo a los dirigentes principales de los judíos, cuyos nombres aparecen en Hageo 1:1. Zorobabel, hijo de Salatiel, era el gobernador principal en los asuntos civiles. Pertenecía al linaje de David y dirigía a los judíos que habían regresado del cautiverio. Josué, hijo de Josadac, era el sumo sacerdote y el principal dirigente de la iglesia. Ambos eran hombres importantes y piadosos, pero aun así necesitaban ser animados cuando se volvían descuidados.
Los profetas no intentaban reemplazar las funciones ordinarias del gobernante y del sacerdote. Más bien, procuraban que ambos fueran más útiles para los propósitos que Dios les había encomendado. Tanto la autoridad del gobierno como el ministerio de la iglesia deben recibir apoyo, y ambos deben cumplir con mayor fidelidad el trabajo que les corresponde.
El pecado de los judíos en ese momento consistía en que habían retrasado la reconstrucción del templo (Hageo 1:2). Poco después de regresar del cautiverio, levantaron un altar para ofrecer sacrificios, y en menos de un año colocaron los cimientos del templo (Esdras 3:10). Al principio parecían entusiasmados, y todo indicaba que la obra pronto quedaría terminada. Pero después de que la corte persa emitió una prohibición y les ordenó no continuar, abandonaron el trabajo.
Podría haberse entendido que hicieran una pausa mientras la oposición era fuerte. Pero cuando la presión disminuyó, siguieron indiferentes. Ya no tenían ánimo para comenzar de nuevo y casi se alegraban de tener una excusa para dejar la obra detenida. Los siervos de Dios pueden verse obligados por un tiempo a apartarse de su deber debido a una tormenta, pero deben volver a él cuando la tormenta pase. Estos judíos no lo hicieron, y por eso necesitaban un nuevo llamado de atención.
Se decían unos a otros: «Todavía no ha llegado el momento de reconstruir la casa del SEÑOR». Con eso podían estar queriendo decir una de dos cosas. Primero, quizá querían decir: «Todavía no nos corresponde. Acabamos de regresar del cautiverio, aún no hemos recuperado lo que perdimos y todavía no estamos bien establecidos. Esta tarea es demasiado grande para quienes apenas están comenzando a reconstruir su vida. Primero construyamos nuestras propias casas y, por ahora, que baste con un altar sencillo, como el que tuvo nuestro antepasado Abraham».
No decían que nunca construirían el templo, sino solamente: «Todavía no». De esa misma manera se pierden muchas buenas obras: simplemente por retrasarlas. Félix pospuso actuar conforme a sus convicciones hasta que llegara un momento más conveniente, y muchas personas todavía hacen lo mismo. No dicen que nunca se arrepentirán, cambiarán su conducta o serán fieles; solo dicen: «Ahora no». Así, la gran obra para la que fuimos enviados al mundo queda sin hacerse, bajo la excusa de que siempre habrá tiempo más adelante.
En segundo lugar, quizá querían decir: «Todavía no es el momento de Dios». Tal vez pensaban que, como la restricción legal impuesta por las autoridades no había sido levantada por completo, no debían continuar, aunque la oposición ahora consistía solo en una tolerancia silenciosa. Con frecuencia nos apresuramos a convertir los obstáculos de la providencia en excusas para desobedecer, como si nos liberaran de nuestro deber. En realidad, muchas veces tienen el propósito de poner a prueba y fortalecer nuestro valor y nuestra fe. Descuidar el deber es malo, pero es peor usar la providencia como una cubierta para justificar ese descuido.
Los juicios de Dios cayeron sobre ellos por causa de esta negligencia (Hageo 1:6, Hageo 1:9-11). Habían pospuesto la construcción de la casa de Dios para tener tiempo y dinero para sus propios asuntos. Querían que se les excusara de una obra tan costosa; decían que tenían que mantener a sus familias. También sus hijos necesitaban alimento y ayuda, afirmaban, y mientras no estuvieran mejor establecidos no podían pensar en reconstruir el templo.
Por eso Dios hizo que el castigo correspondiera al pecado. Los mantuvo en la pobreza, y la escasez que creían evitar al descuidar el templo les sobrevino precisamente porque lo habían descuidado. Sintieron el peso del juicio, y cada uno se quejaba del mal tiempo, las malas cosechas, las pérdidas de ganado y la debilidad del comercio. Pero no veían, o no querían admitir, la causa. No reconocían que su demora en reconstruir el templo era la razón del desagrado de Dios.
Por eso ahora Dios les explica claramente por qué contendía con ellos. Necesitamos profetas y ministros no solo para explicar la palabra que Dios ha hablado, sino también sus actos de juicio. Ellos nos ayudan a entender el significado de la vara de Dios, así como el de su palabra. Nos muestran no solo en qué hemos ofendido a Dios, sino también de qué manera Dios está manifestando que se ha ofendido con nosotros.
El trato de Dios hacia ellos fue severo, pero no fue el castigo más extremo que merecían. No los envió de nuevo al cautiverio ni permitió que un enemigo extranjero los invadiera, aunque eso era lo que habían merecido. En lugar de eso, tomó la corrección en sus propias manos, porque grandes son sus misericordias. El que da semilla al que siembra retuvo su bendición de lo que ellos plantaban, de modo que su trabajo producía poca ganancia. Sembraban mucho (Hageo 1:6), y quizá esperaban una cosecha mayor de lo normal porque la tierra había estado en reposo y había disfrutado de sus años sabáticos. Sin embargo, recogían muy poco.
Después de hacer todo lo que podían, la cosecha seguía siendo escasa (Hageo 1:9). No producía lo que esperaban. Esto se parece a la advertencia de Isaías 5:10, donde una gran cantidad de semilla produce apenas una pequeña cosecha. Con frecuencia nuestras esperanzas puestas en las cosas creadas sufren la mayor decepción cuando han alcanzado su punto más alto. Entonces, cuando esperamos mucho y recibimos poco, se nos llama a dirigir nuestra esperanza solamente a Dios, donde encontraremos más de lo que esperábamos.
Se nos explica por qué quedaron decepcionados: «El cielo sobre ustedes ha retenido el rocío» (Hageo 1:10). Dios, quien tiene la llave de las nubes, las cerró y retuvo la lluvia cuando la tierra la necesitaba, tanto la lluvia temprana como la tardía. Entonces la tierra dejó de dar su fruto, porque cuando el cielo es como bronce, el suelo es como hierro. El grano quizá brotaba bien y prometía una cosecha abundante, pero sin el rocío necesario en el momento preciso no llegaba a desarrollarse. El sol lo quemaba y se marchitaba.
Los cautivos que habían regresado, después de vivir durante mucho tiempo en la necesidad de Babilonia, probablemente pensaban que nunca volverían a carecer de nada una vez que estuvieran de nuevo en su propia tierra. Pero de qué les servía la tierra si las nubes no respondían también a la voluntad de Dios. Dios les estaba enseñando que dependían constantemente de él en cada parte de la cadena de causas, de principio a fin. Así nunca podrían decir: «Ya no necesitamos a Dios ni su cuidado» (Oseas 2:21).
Dios no solo retuvo las lluvias refrescantes; también envió un calor abrasador: «Llamé a la sequía sobre la tierra» (Hageo 1:11). Ordenó que el clima fuera extremadamente caluroso, y los frutos de la tierra se quemaron. Esto demuestra que cada cosa creada es para nosotros lo que Dios permite que sea: un consuelo o una aflicción. Nada en la creación es más útil que el calor del sol, porque da vida a las plantas y renueva la tierra en la primavera. Sin embargo, cuando ese calor se vuelve extremo, destruye todo de nuevo. Nuestro Creador es nuestro mejor amigo, pero si lo convertimos en nuestro enemigo, hasta las mejores cosas de la creación se vuelven contra nosotros.
Esta sequía vino por mandato de Dios y se extendió por todas partes. Llegó primero a los montes, porque eran los lugares más altos y fueron los primeros en sentirla. Esos montes habían sido tierras de pastoreo llenas de rebaños, pero ahora no había pasto para ellos. La sequía afectó el trigo, el vino nuevo y el aceite; todo se perdió bajo aquel calor intenso. Incluso se marchitó todo lo que producía la tierra. También afectó a las personas: el calor debilitó a algunos y los dejó cansados y desfallecidos; a otros les provocó inflamación y fiebre. Parece que también causó enfermedades entre el ganado.
En resumen, arruinó todo el trabajo de sus manos, el fruto del esfuerzo del que esperaban vivir y con el que querían sostener a sus familias. El alimento del cuerpo es un alimento que perece, y si trabajamos únicamente por él, podemos perder incluso nuestro trabajo. Pero nuestro esfuerzo nunca será en vano si buscamos el alimento que permanece para vida eterna. En la obra de la fe, el esfuerzo diligente ciertamente conduce a verdaderas riquezas. Sin embargo, en esta vida, aun las personas más cuidadosas y trabajadoras con frecuencia pierden el fruto de su labor. No siempre gana la carrera quien corre más rápido ni vence la batalla quien es más fuerte.
El que da pan al que come también retuvo su bendición del pan que ellos comían, de modo que no los alimentaba. La razón por la que el grano no prosperaba en el campo era evidente: no había lluvia. Pero, además, una maldición secreta y una plaga afectaban lo que llevaban a sus casas. Cuando lo almacenaban en el granero, no podían estar seguros de conservarlo. «Yo soplé sobre él», dice el SEÑOR de los ejércitos (Hag. 1:9), y se marchitó, como los brotes que una helada mortal puede arruinar en primavera. También puede expresarse así: «Yo lo esparcí con un soplo». Cuando las personas amontonan riquezas, Dios puede dispersarlas con la misma facilidad con que nosotros alejamos una pluma soplando.
Nunca podemos estar completamente seguros de nada en este mundo. Las cosas no están a salvo solamente en el campo, sino también en la casa, donde la polilla y el óxido destruyen (Mat. 6:19). Si queremos que nuestros bienes terrenales duren y nos brinden consuelo, debemos hacer de Dios nuestro amigo. Si él los bendice, verdaderamente son bendiciones. Pero si sopla sobre ellos, no podemos esperar que nos hagan ningún bien, y desaparecen como algo que adquiere alas y se va volando.
Lo que tenían sobre la mesa tampoco lograba satisfacerlos. Comían, pero no quedaban satisfechos, ya fuera porque el alimento era escaso o porque su apetito era insaciable y nunca se conformaba. Bebían, pero no quedaban refrescados ni saciados. No tenían suficiente para calmar la sed. El vino nuevo les era quitado de la boca (Joel 1:5), y hasta el agua tenía que medirse, lo que les causaba temor e inquietud. No encontraban consuelo en ella porque no tenían abundancia.
La ropa que usaban tampoco les servía de mucho. Se vestían, pero no tenían calor. Sus prendas se desgastaban rápidamente y se volvían delgadas, porque Dios soplaba sobre ellas. Esto era lo contrario de lo que había ocurrido con Israel en el desierto, cuando Dios cuidó de ellos. Dios es quien hace que nuestra ropa nos dé calor cuando aquieta la tierra (Job 37:17).
Incluso lo que guardaban en sus bolsas, aunque no lo hubieran gastado, no estaba seguro. El salario ganado con mucho trabajo parecía caer por una bolsa llena de agujeros. Se escapaba poco a poco. Todo era tan escaso y costoso que gastaban el dinero tan rápido como lo ganaban. Quienes acumulan tesoros en la tierra los están poniendo en una bolsa llena de agujeros, y los pierden mientras avanzan. Pero si acumulamos tesoros en el cielo, nos preparamos bolsas que no se desgastan (Luc. 12:33).
También debemos fijarnos en la razón por la que Dios trató con ellos de esa manera y detuvo las bendiciones que había prometido cuando regresaran (Joel 2:24). Ellos lo habían provocado. Su queja era: «por causa de mi casa, que está en ruinas». Los cimientos del templo ya habían sido colocados, pero la construcción no continuaba. Cada uno estaba ocupado terminando y decorando su propia casa, mientras que a nadie le importaba la casa del SEÑOR. Por eso Dios frustró todos sus esfuerzos, para mostrarles su desagrado por aquel descuido y llevarlos a reconocer su pecado y su necedad.
Así como quienes buscan primero el reino de Dios y su justicia no solo lo encuentran, sino que también tienen más probabilidades de recibir las demás cosas, quienes descuidan y posponen esas prioridades no solo las perderán, sino que justamente verán cómo se les quitan otras cosas.
Si Dios frustra nuestros planes en esta vida y enfrentamos dificultades y decepciones, debemos considerar esta posible causa: hemos dejado sin hacer la obra que le debemos a Dios y a nuestra propia alma, mientras nos hemos preocupado más por nuestros propios intereses que por los de Jesucristo (Fil. 2:21).
Luego el profeta los reprende por descuidar la obra del templo (Hag. 1:4). Les pregunta: «¿Acaso es tiempo para que ustedes vivan en sus casas revestidas de madera, bien terminadas y decoradas, mientras la casa de Dios está en ruinas?». No se conformaban con tener paredes sencillas y un techo que les diera refugio. Querían comodidad, apariencia y elegancia. Uno decía: «Ya es tiempo de revestir mi casa de madera». Otro decía: «Ya es tiempo de pintar la mía». Mientras tanto, la casa de Dios estaba en ruinas y no se hacía nada para repararla. En efecto, el profeta les pregunta: «¿Es tiempo de satisfacer sus propios gustos y no de agradar a su Dios?».
Qué diferente era David, quien no podía descansar en su casa de cedro mientras el arca de Dios permanecía entre cortinas (2 Sam. 7:2). Y qué diferente era Salomón, quien construyó el templo de Dios antes de construir un palacio para sí mismo. Las personas demuestran poca sabiduría respecto a su propio bien cuando ponen las comodidades y decoraciones de esta vida breve por encima de las necesidades sencillas de la vida espiritual. Pueden esforzarse mucho para enriquecer sus propias casas, mientras el templo de Dios en su corazón permanece en ruinas, sin que se haga nada por él ni dentro de él.
Entonces el profeta les da un consejo sabio, pues habían mostrado desprecio por Dios y él estaba justamente disgustado con ellos. Primero les dice que piensen seriamente en su condición: «Ahora, pues, consideren bien sus caminos» (Hag. 1:5, 7). Debían sentir el peso de la mano de Dios contra ellos y preguntarse por qué les había sucedido aquello. Debían pensar en lo que habían hecho para provocar que Dios interrumpiera sus comodidades, y en lo que tenían que hacer para mostrar un arrepentimiento verdadero, a fin de que Dios volviera a ellos con misericordia.
Esta es una responsabilidad importante para cada uno de nosotros. Debemos considerar nuestros caminos, poner el corazón en ellos, reflexionar sobre ellos, examinarlos y probarlos (Sal. 119:59; Lam. 3:40; Prov. 4:26). Debemos examinarnos seriamente delante de Dios y observar nuestra condición espiritual, nuestros pecados pasados y nuestro deber para el futuro. El pecado es aquello por lo que tendremos que responder, y el deber es aquello que debemos hacer. Por eso, esas son las cosas sobre las que debemos preguntarnos, en vez de intentar controlar los acontecimientos, que debemos dejar en las manos de Dios. Muchas personas se apresuran a examinar la conducta de los demás, pero son descuidadas con la suya. Sin embargo, nuestra verdadera preocupación debe ser poner a prueba nuestra propia obra (Gál. 6:4).
También les dice que cambien su conducta (Hag. 1:8): «Suban al monte, traigan madera y todo lo que haga falta, y construyan la casa de inmediato». Ya no debían demorarse, sino comenzar el trabajo con seriedad. Cuando consideramos nuestros caminos, eso debe llevarnos a corregir lo que esté mal en ellos. Si hemos descuidado un deber durante mucho tiempo, esa no es razón para seguir descuidándolo. Al contrario, es una razón para comenzar por fin. Más vale tarde que nunca.
Para animarlos a emprender esta obra con seriedad, les dice dos cosas. Primero, Dios aceptaría su trabajo: «Construyan la casa, y me agradaré de ella». Eso debió ser suficiente para hacerlos trabajar con entusiasmo y determinación, y para que continuaran sin importarles cuánto les costara. Todo aquello que agrada a Dios cuando se realiza, debemos hacerlo con alegría. Esa es razón suficiente para comenzar y perseverar. ¿Qué mayor gozo podemos tener que colaborar en algo que agrada a Dios? Nuestro objetivo supremo debe ser agradar al Señor (2 Cor. 5:9).
Aunque neciamente habían descuidado la casa de Dios, si ahora volvían a cuidarla, Dios no tomaría en cuenta su descuido anterior. Se agradaría de la obra de sus manos. Quienes han tardado mucho en volver a Dios no deben desesperar de recibir su favor si regresan a él con todo su corazón.
Segundo, Dios sería glorificado por medio de ellos en esta obra: «Seré glorificado», dice el SEÑOR. Él sería adorado en el templo una vez construido, y sería honrado entre quienes se acercaran a él. Vale la pena dedicar todo el cuidado, esfuerzo y gasto posibles a aquello que da gloria a Dios.
De este capítulo
Hageo 1:2
"Esta gente dice que todavía no es tiempo de reconstruir mi templo."
Hageo 1:3
"Y esto es lo que dijo el Señor todopoderoso por medio del profeta:"
Hageo 1:4
"¿Y acaso para ustedes sí es tiempo de vivir en casas lujosas, mientras que mi templo está en ruinas?"
Hageo 1:5
"Yo, el Señor todopoderoso, les digo que piensen bien en su conducta."
Hageo 1:6
"Ustedes siembran mucho, pero cosechan poco; comen, pero no quedan satisfechos; beben, pero se quedan con sed; se abrigan, pero no entran en calor; y el que trabaja a jornal echa su salario en saco roto."
Hageo 1:7
"Yo, el Señor todopoderoso, les digo que piensen bien en su conducta."
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