Versículo destacado
Ezequiel 20:45 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El Señor se dirigió a mí y me dijo: "
Ezequiel 20:45
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
43 Allí se acordarán de todas las malas acciones con las que se han profanado y sentirán asco de ustedes mismos por la mucha maldad que han cometido.
44 Pueblo de Israel, cuando yo los trate a ustedes, no de acuerdo con su mala conducta y sus peores acciones, sino haciendo honor a mi nombre, entonces reconocerán que yo soy el Señor. Yo, el Señor, lo afirmo.”
45 El Señor se dirigió a mí y me dijo:
46 Tú, hombre, vuélvete hacia el sur y dirige hacia allá tus palabras; habla en mi nombre contra el bosque de la región del sur,
47 y dile: “Esto dice el Señor: Yo voy a prender en ti un fuego que devorará todos tus árboles, verdes y secos; este fuego arderá sin apagarse y le quemará la cara a toda la gente que hay en ti, de norte a sur.
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Aquí se presenta una profecía de ira contra Judá y Jerusalén. Encajaría mejor al comienzo del capítulo siguiente que al final de este, porque no se relaciona directamente con lo que viene antes. La explicación aparece en el capítulo siguiente, cuando el pueblo se queja de que aquello era una parábola que no entendían.
En esta parábola, un bosque es sometido a juicio: el bosque del campo del sur, que representa a Judá y Jerusalén. Estas tierras estaban al sur de Babilonia, donde vivía Ezequiel; por eso se le ordena mirar hacia el sur (Ezequiel 20:46). Esto mostraba que Dios había vuelto su rostro contra ellos, que estaba enojado con ellos y que había decidido destruirlos. Sin embargo, aun con un mensaje de juicio, Ezequiel debía hablar con suavidad y calma. Sus palabras debían caer hacia el sur como la lluvia (Deuteronomio 32:2), para que los corazones pudieran ablandarse, así como la tierra se ablanda con el río de Dios que riega la tierra seca (Salmo 65:12), especialmente en una región del sur que necesitaba ese riego (Josué 15:19).
Judá y Jerusalén son llamados un bosque, no solo porque tenían mucha gente, como árboles en un bosque, sino porque no daban fruto. Los árboles frutales no crecen en un bosque, y el bosque se opone al campo fértil (Isaías 32:15). Quienes debían ser como el jardín del Señor y su viña se habían convertido en un bosque silvestre, cubierto de espinos y zarzas. La palabra de Dios habla contra todos los que viven de esa manera, sin producir fruto de justicia.
La siguiente imagen es la de un fuego que arde en ese bosque (Ezequiel 20:47). Este fuego representa todos los juicios que devastarían tanto la ciudad como la tierra: la espada, el hambre, las enfermedades y el exilio. Es un fuego que Dios mismo enciende: «Yo encenderé un fuego en ti». En otro tiempo, él había sido como un fuego protector alrededor de Jerusalén, pero ahora sería un fuego consumidor dentro de ella. Todos verían, por la furia de ese fuego y la destrucción que provocaría, especialmente al compararlas con los pecados que lo alimentaron, que el Señor mismo lo había encendido (Ezequiel 20:48). Lo hace como el vengador justo de su propio honor herido.
La destrucción sería total. Personas de toda condición y edad serían consumidas: jóvenes y ancianos, ricos y pobres, importantes y humildes. Incluso los árboles verdes, que no arden con facilidad, serían quemados. Aun algunas personas buenas quedarían involucradas en estas calamidades. Si esto les sucede a los árboles verdes, cuánto más les sucederá a los secos. Los árboles secos serían como yesca, listos para arder de inmediato. Todos los rostros, es decir, todas las personas de la tierra, desde el sur hasta el norte, desde Beerseba hasta Dan, serían alcanzados por el fuego.
Y el fuego no se apagaría. Ningún esfuerzo por detener el colapso tendría éxito. Cuando Dios decide arruinar una nación, nada ni nadie puede salvarla.
Observemos ahora la respuesta del pueblo al profeta. Decían que él hablaba en parábolas. Esto podía deberse a su ignorancia o a su incredulidad, pues hasta las verdades más claras les parecían parábolas. También podía revelar el odio y el resentimiento que sentían contra el profeta. Es común que quienes no quieren ser transformados por la palabra de Dios encuentren defectos en ella. Para ellos, siempre es demasiado clara o demasiado oculta, demasiado refinada o demasiado sencilla, demasiado común o demasiado extraña. Siempre encuentran algo que, según ellos, está mal.
Observemos también la respuesta del profeta a Dios: «Señor DIOS, ellos dicen esto y aquello acerca de mí». Es un consuelo saber que, cuando otros hablan mal de nosotros sin causa, tenemos un Dios ante quien podemos presentar nuestra queja.
De este capítulo
Ezequiel 20:1
"En el décimo día del quinto mes del séptimo año, unos ancianos de Israel fueron a consultar al Señor y se sentaron delante de mí."
Ezequiel 20:2
"El Señor se dirigió a mí y me dijo:"
Ezequiel 20:3
"Tú, hombre, habla a los ancianos de Israel y diles: “Esto dice el Señor: ¿Vienen ustedes a consultarme? Pues yo, el Señor, juro por mi vida que no me dejaré consultar por ustedes.”"
Ezequiel 20:4
"Júzgalos más bien tú, hombre; júzgalos y hazles reconocer las cosas detestables que sus padres cometieron."
Ezequiel 20:5
"Diles: “Esto dice el Señor: Cuando elegí a Israel, hice un juramento a sus descendientes y me manifesté a ellos en Egipto. Solemnemente les juré: Yo soy el Señor su Dios."
Ezequiel 20:6
"En ese día me comprometí a sacarlos de Egipto y llevarlos al país que yo había buscado para ellos, un país donde la leche y la miel corren como el agua, ¡el país más hermoso de todos!"
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