Versículo destacado
Éxodo 34:28 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Moisés permaneció allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber. Allí escribió sobre las tablas las palabras de la alianza, es decir, los diez mandamientos. "
Éxodo 34:28
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
26 Deben llevar los mejores primeros frutos de su tierra al templo del Señor su Dios. No cocinen cabritos en la leche de su madre.
27 El Señor le dijo a Moisés: «Escribe estas palabras, porque son la base de la alianza que yo hago contigo y con los israelitas.»
28 Moisés permaneció allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber. Allí escribió sobre las tablas las palabras de la alianza, es decir, los diez mandamientos.
29 Después Moisés bajó del monte Sinaí llevando las dos tablas de la ley; pero, al bajar del monte, no se dio cuenta de que su cara resplandecía por haber hablado con el Señor.
30 Cuando Aarón y todos los israelitas vieron que la cara de Moisés resplandecía, sintieron miedo y no se acercaron a él.
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Aquí vemos, en primer lugar, cuánto tiempo permaneció Moisés en el monte, donde Dios lo sostuvo milagrosamente con vida (Éxodo 34:28). Estuvo en comunión cercana con Dios durante cuarenta días y cuarenta noches, sin interrupción, y no sintió que el tiempo se hiciera largo. Cuando nos cansamos después de una o dos horas de adoración y oración, debemos recordar a Moisés y también esperar con anhelo el día interminable que esperamos pasar alabando a Dios.
Durante todo ese tiempo, Moisés no comió ni bebió nada. Ya había ayunado durante ese mismo período anteriormente, pero esta vez ni siquiera llevó provisiones consigo. Confió en que el ser humano no vive solo de pan, y su experiencia pasada le había enseñado que eso era verdad. Permaneció sin comida ni bebida, y probablemente también sin dormir, por dos razones.
Primero, el poder de Dios lo sostuvo, de modo que no necesitó el alimento ordinario. Aquel que creó el cuerpo puede mantenerlo con vida sin los medios habituales, aunque muchas veces se vale de ellos. La vida es más que la comida. Segundo, su comunión con Dios lo llenaba de satisfacción, por lo que no sentía deseos de comer. Tenía un alimento que el mundo no conocía, porque su verdadero sustento era escuchar la palabra de Dios y orar. El profundo gozo de la palabra de Dios y la visión del Todopoderoso hicieron que olvidara las necesidades del cuerpo.
Cuando Dios le concedió un honor especial a Moisés, no lo hizo con comida ni bebida, sino con luz, ley y amor. Le dio conocimiento de sí mismo y de su voluntad, y en ese sentido Moisés verdaderamente comió el alimento de los ángeles. Esto muestra lo que debemos considerar nuestro placer más profundo. El reino de Dios no consiste en comida y bebida, ni en abundancia y banquetes exquisitos, sino en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Moisés, Elías y Cristo ayunaron durante cuarenta días y cuarenta noches. Mientras menos apegados estemos a los placeres del cuerpo, más preparados estaremos para los gozos del cielo.
En segundo lugar, Moisés bajó del monte grandemente enriquecido y maravillosamente transformado. Trajo consigo las dos tablas de piedra de la ley, escritas por el dedo de Dios (Éxodo 34:28, 34:29). Recibir la ley de Dios, como la recibió Israel, es una gran misericordia (Salmo 147:19, 147:20). También es un gran honor ser usado para comunicar la ley de Dios a otros, y ese honor le fue concedido a Moisés.
También bajó con una belleza de otra clase, porque la piel de su rostro resplandecía (Éxodo 34:29). Durante esta permanencia en el monte, escuchó las mismas palabras que antes, pero contempló más de la gloria de Dios. Al mirar esa gloria a cara descubierta, fue transformado en cierta medida a la misma imagen, de un grado de gloria a otro (2 Corintios 3:18). La vez anterior que bajó, lo hizo con la autoridad de un juez, dispuesto a confrontar y castigar la idolatría de Israel. Ahora bajó con la gloria de un ángel, trayendo paz y reconciliación. Entonces llevaba una vara; ahora venía con un espíritu de mansedumbre.
Este rostro resplandeciente fue, en primer lugar, un gran honor para Moisés. Impediría que el pueblo dudara de su llamado o hablara de él con ligereza. Llevaba la prueba en su propio rostro. Algunos piensan que conservó rastros de aquella gloria durante el resto de su vida, y que quizá eso fortaleció su cuerpo en la vejez. Un ojo que había visto a Dios no se oscurecería fácilmente, y un rostro que había resplandecido con la gloria de Dios no se arrugaría rápidamente. Los israelitas no podían mirarlo fijamente sin recordar que Dios lo había comisionado. Así Dios honró al hombre a quien había escogido honrar. Aun así, después de todo esto, más adelante se quejaron contra él, porque las señales más claras no bastan por sí solas para vencer la incredulidad obstinada.
Este resplandor también fue una bendición y un consuelo para el pueblo. Dios puso esta gloria sobre su intercesor, el que rogaba por ellos, para que pudieran ver que él había sido aceptado y que ellos eran aceptados por medio de él. De la misma manera, la exaltación de Cristo como nuestro abogado ante el Padre es un gran apoyo para nuestra fe.
También fue el efecto de haber contemplado a Dios. La comunión con Dios, en primer lugar, produce un honor verdadero que se refleja en el rostro. La piedad sincera da a la persona una apariencia que inspira respeto y afecto. En segundo lugar, debe conducir a la santidad en cada aspecto de la vida. Cuando hemos estado en el monte con Dios, debemos dejar que nuestra luz brille delante de los demás por medio de la humildad, la mansedumbre y todas las señales de una vida celestial. La belleza del Señor nuestro Dios debe estar sobre nosotros, incluso la belleza de la santidad, para que quienes nos rodean puedan reconocer que hemos estado con Jesús (Hechos 4:13).
En cuanto al resplandor del rostro de Moisés, observa que él mismo no lo sabía (Éxodo 34:29). Esto muestra, primero, la tristeza de algunas personas que verdaderamente tienen la gracia de Dios, pero no la perciben y, por eso, no pueden disfrutar del consuelo que brinda. Otros pueden ver mucho de Dios en ellas, pero ellas mismas creen no tener ninguna gracia. Segundo, muestra la humildad de quienes tienen dones evidentes y son muy útiles, pero no se concentran en ellos ni se vuelven orgullosos. Cualquiera que sea la belleza que Dios nos conceda, debemos recordar nuestra indignidad y debilidad; eso hará que olvidemos incluso las cosas que hacen resplandecer nuestro rostro.
Aarón, hermano de Moisés, y el pueblo de Israel lo vieron y tuvieron miedo (Éxodo 34:30). Muchos testigos confirmaron que era algo real, y también sintieron el temor que producía. No solo deslumbraba sus ojos; los llenaba de reverencia y los hacía retroceder. Quizá se preguntaban si era una señal del favor de Dios o de su enojo. Parecía más probable que fuera una buena señal, pero su culpa les hacía temer lo peor, especialmente al recordar la condición en que Moisés los había encontrado la vez anterior que bajó del monte. La santidad inspira respeto, pero una conciencia culpable hace que las personas teman incluso a sus amigos y hasta aquello que en realidad pretende ser una bendición.
Moisés se cubrió el rostro con un velo cuando notó que resplandecía (Éxodo 34:33, 34:35). Esto nos enseña, en primer lugar, modestia y humildad. Debemos estar dispuestos a que nuestras buenas cualidades permanezcan ocultas, en vez de querer exhibirnos. Quienes de verdad desean la aprobación de Dios tampoco anhelan los aplausos humanos. Existe una forma de ocultamiento que es digna. En segundo lugar, esto enseña a los ministros a adaptar su enseñanza a la comprensión del pueblo y a hablar de maneras que este pueda soportar. Todo lo que sirve más para lucirse que para ayudar debe quedar cubierto, y quienes son fuertes deben dar espacio a la debilidad de los demás.
Este velo también mostraba la oscuridad de aquel antiguo pacto. Las leyes ceremoniales contenían mucho acerca de Cristo y de la gracia del evangelio, pero esas verdades estaban parcialmente ocultas. Los hijos de Israel no podían ver con claridad ni de manera constante las cosas buenas que habrían de venir, las cuales la ley solo representaba por medio de sombras. Era una belleza cubierta, oro escondido en la mina, una perla que todavía permanecía dentro de su concha.
Gracias sean dadas a Dios, porque el evangelio ha sacado a la luz la vida y la inmortalidad, y el velo ha sido quitado del Antiguo Testamento. Sin embargo, el velo todavía permanece sobre el corazón de quienes rechazan la luz. El apóstol explica este pasaje de esa manera en (2 Corintios 3:13-15).
Cuando Moisés entraba delante del Señor para hablar con él en el tabernáculo de reunión, se quitaba el velo (Éxodo 34:34). Allí no lo necesitaba. Delante de Dios, toda persona está al descubierto, porque todas las cosas están desnudas y abiertas ante los ojos de aquel con quien tenemos que ver. Es absurdo pensar que podemos ocultarle algo o disfrazar cualquier cosa delante de él.
Todo velo debe dejarse a un lado cuando venimos delante del Señor. Esto también señala la verdad explicada en (2 Corintios 3:16): cuando una persona se vuelve al Señor, el velo es quitado y, a cara descubierta, puede contemplar su gloria. Cuando lleguemos delante del Señor en el cielo y hablemos con él para siempre, el velo no solo será quitado de la gloria de Dios tal como la contemplamos, sino también de nuestro propio corazón y de nuestros ojos, para que veamos como somos vistos y conozcamos como somos conocidos.
De este capítulo
Éxodo 34:1
"El Señor le dijo a Moisés: —Corta tú mismo dos tablas de piedra iguales a las primeras, para que yo escriba en ellas las mismas palabras que estaban escritas en las primeras tablas, las que hiciste pedazos."
Éxodo 34:2
"Prepárate también para subir mañana por la mañana al monte Sinaí y preséntate ante mí en la parte más alta del monte."
Éxodo 34:3
"Nadie debe subir contigo, ni debe verse a nadie en todo el monte; tampoco debe haber ovejas ni vacas pastando frente al monte."
Éxodo 34:4
"Moisés cortó dos tablas de piedra iguales a las primeras. Al día siguiente, muy temprano, tomó las dos tablas de piedra y subió al monte Sinaí, tal como el Señor se lo había ordenado."
Éxodo 34:5
"Entonces el Señor descendió en una nube, estuvo allí con Moisés y pronunció su propio nombre."
Éxodo 34:6
"Pasó delante de Moisés y dijo en voz alta: —¡El Señor! ¡El Señor! ¡Dios tierno y compasivo, paciente y grande en amor y verdad!"
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