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Efesios 6:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

Y ahora, hermanos, busquen su fuerza en el Señor y en su poder irresistible.

Efesios 6:10

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos un llamado general a permanecer fieles y firmes en la vida cristiana, y a recibir ánimo para la lucha espiritual. Nuestra vida es una batalla, porque enfrentamos las dificultades comunes de la vida humana. Nuestra fe es aún más una batalla, porque luchamos contra los poderes de las tinieblas y contra muchos enemigos que quieren apartarnos de Dios y del cielo.

Tenemos enemigos contra los cuales luchar, un capitán por quien luchar, un estandarte bajo el cual luchar y reglas de combate que deben guiarnos. Por eso, cuando Pablo dice: «Finalmente, hermanos míos» (Efesios 6:10), quiere decir que todavía nos corresponde entregarnos a la obra y al deber de los soldados de Cristo. Un soldado debe ser valiente y estar bien armado. Si los cristianos somos soldados de Jesucristo, primero debemos asegurarnos de tener un corazón valiente. Eso es lo que este versículo pide: «Fortalézcanse en el Señor».

Quienes tienen tantas batallas por delante y deben abrirse paso hacia el cielo atravesando toda clase de dificultades necesitan mucho valor. Por tanto, sean fuertes: fuertes para servir, fuertes para sufrir y fuertes para luchar. Un soldado puede llevar la mejor armadura por fuera, pero si no tiene valor por dentro, esa armadura le servirá de muy poco. La fuerza y el valor espirituales son indispensables para nuestra lucha espiritual.

«Fortalézcanse en el Señor» puede significar que seamos fuertes en su causa y por amor a él, o, más probablemente, que seamos fuertes en su poder. No tenemos suficiente fuerza propia. Nuestro valor natural en realidad es cobardía, y nuestra fuerza natural en realidad es debilidad. Pero toda nuestra suficiencia proviene de Dios. Debemos avanzar con su fuerza. Mediante actos de fe, debemos recibir del cielo la ayuda y la gracia necesarias para hacer lo que no podemos hacer por nosotros mismos en la obra y la lucha cristianas. Debemos animarnos a resistir la tentación confiando en el poder completo y la gran fuerza de Dios.

Los cristianos también debemos estar bien armados: «Pónganse toda la armadura de Dios» (Efesios 6:11). Debemos usar toda defensa y toda arma apropiada para hacer retroceder las tentaciones y los engaños de Satanás. Debemos buscar y practicar todas las virtudes cristianas, toda la armadura, para que ninguna parte quede desnuda y expuesta al enemigo. Quienes desean manifestar una gracia verdadera deben procurar toda gracia y llevar la armadura completa.

Se llama la armadura de Dios porque él la prepara y también la entrega. No tenemos ninguna armadura propia capaz de permanecer firme en una prueba difícil. Nada nos servirá excepto la armadura de Dios. Esta armadura está preparada para nosotros, pero nosotros debemos ponérnosla. Eso significa que debemos pedir gracia en oración, usar la gracia que hemos recibido y ponerla en acción cuando surja la necesidad.

La razón para estar completamente armados es que podamos resistir las artimañas del diablo, mantenernos firmes y vencer, a pesar de todos sus ataques de fuerza y engaño, sus trucos, sus trampas y sus planes contra nosotros. Pablo explica esto mostrando primero cuál es nuestro peligro y cuánto necesitamos toda esta armadura debido a la clase de enemigos que enfrentamos: el diablo y todos los poderes de las tinieblas. «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne» (Efesios 6:12).

La lucha para la cual debemos estar preparados no es contra enemigos humanos comunes, ni simplemente contra personas hechas de carne y sangre, ni únicamente contra nuestra propia naturaleza pecaminosa considerada por sí sola. Luchamos contra diferentes rangos de demonios, que ejercen cierta autoridad en este mundo. Enfrentamos a un enemigo astuto, que usa trucos y artimañas, como se indica en (Efesios 6:11). Tiene mil maneras de desviar a las almas inconstantes. Por eso se le llama serpiente debido a su astucia, una serpiente antigua, experta en el oficio de la tentación.

También es un enemigo poderoso: principados, potestades y gobernadores. Son muchos y fuertes, y gobiernan sobre las naciones paganas que todavía permanecen en tinieblas. Las partes oscuras del mundo son el asiento del gobierno de Satanás. También son gobernantes ilegítimos sobre todas las personas que todavía viven en pecado e ignorancia. El reino de Satanás es un reino de oscuridad, mientras que el de Cristo es un reino de luz.

Son enemigos espirituales, «maldades espirituales en las regiones celestes», o espíritus malignos, como algunos lo traducen. El diablo es un espíritu, un espíritu maligno. Nuestro peligro es mayor porque no podemos ver a nuestros enemigos y ellos atacan antes de que sepamos que están cerca. Estos demonios son espíritus malignos, y principalmente afligen a los creyentes impulsándolos hacia pecados espirituales, como el orgullo, la envidia y la malicia.

Se dice que están en las regiones altas o celestiales, lo cual puede referirse al aire entre la tierra y las estrellas, donde se considera que los demonios nos atacan, o a las cosas celestiales, como entendían algunos escritores antiguos. En ese sentido, nuestros enemigos intentan impedir que ascendamos al cielo, quitarnos las bendiciones celestiales y bloquear nuestra comunión con el cielo. Atacan las cosas que pertenecen a nuestra alma y tratan de borrar en nuestro corazón la imagen celestial de Dios. Por eso debemos permanecer alerta frente a ellos.

Necesitamos fe en nuestra lucha cristiana, porque tenemos enemigos espirituales que enfrentar. También necesitamos fe en nuestra obra cristiana, porque debemos recibir de Dios la fuerza espiritual. Esto muestra el peligro en el que nos encontramos. También muestra nuestro deber: tomar y ponernos toda la armadura de Dios, y luego mantenernos firmes y resistir a nuestros enemigos. Debemos hacerles frente (Efesios 6:13). No debemos ceder ante las tentaciones y los ataques del diablo, sino oponernos a ellos.

Si Satanás se levanta contra nosotros, como en (1 Crónicas 21:1), nosotros debemos levantarnos contra él. Debemos mantener una posición firme contra el diablo y sostenerla. Satanás es el maligno, y su reino es un reino de pecado. Por tanto, hacerle frente a Satanás significa luchar contra el pecado. Debemos hacerlo para poder resistir en el día malo, el día de la tentación o de la aflicción intensa.

También debemos permanecer firmes: «y habiendo acabado todo, estar firmes». Por la gracia de Dios, debemos decidir no ceder ante Satanás. Resístanlo, y él huirá de ustedes. Si perdemos la confianza en nuestra causa, nuestro líder o nuestra armadura, le damos una ventaja. Nuestro deber presente es resistir los ataques del diablo y seguir firmes. Después de hacer todo lo que deben hacer los buenos soldados de Jesucristo, nuestra lucha terminará y finalmente seremos victoriosos.

Debemos permanecer armados, y Pablo explica esto detalladamente. Aquí vemos al cristiano con la armadura completa, y la armadura es divina: la armadura de Dios, la armadura de luz (Romanos 13:12) y la armadura de justicia (2 Corintios 6:7). Pablo menciona las partes de esta armadura, tanto para atacar como para defenderse: el cinturón, la coraza, el calzado, el escudo, el casco y la espada. Observemos que ninguna de ellas protege la espalda. Si le damos la espalda al enemigo, quedamos expuestos.

La verdad, o la sinceridad, es nuestro cinturón (Efesios 6:14).

Se anunció que Cristo llevaría la justicia como cinturón y la fidelidad como faja alrededor de su cintura (Isaías 11:5). Lo que Cristo llevó, todos los cristianos también debemos llevarlo. Dios quiere la verdad, es decir, la sinceridad, en lo profundo del corazón. Esta sinceridad interior da fuerza a toda nuestra vida y mantiene unidas las demás partes de nuestra armadura; por eso aparece primero. No conozco una verdadera religión sin sinceridad. Algunos entienden esto como la verdad de la doctrina del evangelio, que debe adherirse a nosotros como un cinturón se ciñe a la cintura (Jeremías 13:11). Esa verdad nos libra de una vida desordenada y de la indulgencia propia, así como el cinturón mantiene seguro el cuerpo. Este es el cinturón del soldado cristiano, y sin él no está preparado.

La justicia debe ser nuestra coraza. La coraza protege las partes vitales y resguarda el corazón. La justicia de Cristo que se nos atribuye, es decir, que se nos acredita, es nuestra coraza contra las flechas de la ira de Dios. La justicia de Cristo formada en nosotros también es nuestra coraza, pues fortalece el corazón contra los ataques de Satanás. Pablo lo explica en 1 Tesalonicenses 5:8: debemos ponernos la coraza de la fe y del amor. La fe y el amor abarcan toda la vida cristiana, porque por medio de la fe estamos unidos a Cristo y por medio del amor estamos unidos a nuestros hermanos y hermanas. Estas virtudes nos llevan a cumplir nuestro deber con Dios y a actuar correctamente con los demás, con justicia, verdad y bondad.

La determinación debe ser como una armadura para las piernas: «y calzados los pies con la preparación del evangelio de la paz» (Efesios 6:15). En tiempos antiguos, los soldados usaban zapatos o grebas de bronce como parte de su armadura (1 Samuel 17:6). Estas protegían sus pies de las trampas y de las estacas afiladas colocadas en el camino para hacerlos más lentos. La preparación del evangelio de la paz significa tener un corazón preparado y firme, enfocado en el evangelio y arraigado en él. Ese tipo de corazón nos ayuda a caminar con firmeza por el camino de la fe, aun cuando sea difícil y peligroso. Se le llama el evangelio de la paz porque trae paz con Dios, paz interior y paz con los demás. También puede referirse al arrepentimiento, que nos prepara para recibir el evangelio. Debemos tener los pies calzados con esto, porque una vida de arrepentimiento nos arma contra el pecado y contra las estrategias de Satanás.

El Dr. Whitby entiende esto de una manera muy parecida: para estar preparados para la batalla, debemos ponernos el evangelio de la paz y buscar la actitud tranquila y pacífica que el evangelio exige. No debemos enojarnos con facilidad ni estar ansiosos por discutir. Mostrar bondad y paciencia con todos nos protegerá de muchas tentaciones y dificultades, así como los zapatos de bronce protegían a los soldados de las trampas.

La fe debe ser nuestro escudo, y por encima de todo debemos tomarlo (Efesios 6:16). Es más necesaria que cualquier otra pieza de la armadura. La fe lo es todo para nosotros en tiempos de prueba. La coraza protege las partes vitales, pero el escudo puede dirigirse en cualquier dirección. «Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe». Debemos estar completamente convencidos de que todas las promesas y advertencias de Dios son verdaderas, porque esa fe es una gran ayuda contra la tentación. Si entendemos la fe como la evidencia de lo que no se ve y la seguridad de lo que se espera, podemos ver cuán útil es para este propósito. La fe recibe a Cristo y las bendiciones de la redención, y obtiene gracia de él; por eso actúa como un escudo, como una protección para todo.

Aquí nuestro enemigo es llamado «el maligno». Él mismo es malo y trata de hacernos malos también. Sus tentaciones son llamadas dardos porque vuelan rápidamente y con frecuencia sin que se noten, y porque hieren profundamente el alma. Son dardos encendidos, como flechas venenosas que inflaman el lugar herido, de la misma manera que se llama ardientes a las mordeduras de las serpientes. Las tentaciones intensas, que encienden el alma con el fuego del infierno, son los dardos que Satanás nos dispara. La fe es el escudo que apaga esos dardos encendidos. Los recibimos por medio de la fe, y entonces pierden su poder; así no nos alcanzan o, al menos, no nos hacen daño. Cuando la fe actúa sobre la palabra de Dios y la aplica, y cuando actúa sobre la gracia de Cristo y se sirve de ella, apaga los dardos de la tentación.

La salvación debe ser nuestro casco (Efesios 6:17), y esto significa la esperanza, cuyo objeto es la salvación, como se afirma en 1 Tesalonicenses 5:8. El casco protege la cabeza. Una buena esperanza de salvación, sólida y bien fundamentada, limpia el alma y la protege de ser contaminada por Satanás. También la consuela y la mantiene libre de la angustia y el tormento que Satanás intenta producir. Él quisiera llevarnos a la desesperación, pero una buena esperanza nos mantiene confiando en Dios y regocijándonos en él.

La palabra de Dios es la espada del Espíritu. La espada es una parte muy necesaria y útil del equipo de un soldado. De la misma manera, la palabra de Dios es necesaria y sumamente útil para el cristiano que debe seguir luchando en la batalla espiritual y vencer. Se le llama la espada del Espíritu porque el Espíritu la dio y la hace eficaz y poderosa, más cortante que una espada de dos filos. Como la espada de Goliat, no hay otra semejante, y con ella respondemos a quienes nos atacan. Los argumentos basados en la Escritura son la manera más firme de responder a la tentación. Cristo mismo resistió a Satanás diciendo: «Escrito está» (Mateo 4:4, 4:6, 4:7, 4:10). Cuando esta palabra está guardada en el corazón, impide que una persona peque (Salmo 119:11), y también debilita y da muerte a los deseos pecaminosos y a la corrupción que viven en nuestro interior.

La oración debe sujetar todas las demás piezas de nuestra armadura cristiana (Efesios 6:18). Debemos unir la oración a todas estas virtudes como defensa contra los enemigos espirituales, pidiéndole a Dios ayuda y fortaleza según lo necesitemos. Debemos orar siempre. Esto no significa dedicarnos exclusivamente a orar, porque hay otros deberes de la fe y de nuestra vida diaria que deben cumplirse en el momento apropiado. Pero debemos apartar tiempos regulares para la oración y ser fieles a ellos. Debemos orar cuando nuestras necesidades o las necesidades de otras personas lo requieran. Debemos mantener el corazón dispuesto a orar en todo momento e intercalar oraciones breves en nuestras demás responsabilidades y tareas cotidianas. La oración establecida y formal puede estar fuera de lugar en algunas ocasiones, cuando es necesario cumplir otros deberes, pero las oraciones breves y devotas nunca están fuera de lugar. Debemos orar con toda oración y súplica, es decir, con toda clase de oración: pública, privada, secreta, compartida y a solas, tanto formal como espontánea. También debemos incluir en la oración todos sus elementos: confesión del pecado, peticiones de misericordia y acción de gracias por las bendiciones recibidas. Debemos orar en el Espíritu, con nuestro propio espíritu involucrado en esta tarea y con la ayuda del Espíritu Santo de Dios.

Debemos permanecer alerta y esforzarnos por mantener el corazón dispuesto para la oración. Debemos aprovechar toda oportunidad y sacar el mayor provecho de cada ocasión para orar. También necesitamos observar los impulsos de nuestro propio corazón hacia la oración. Cuando Dios dice: «Busquen mi rostro», nuestro corazón debe responder y obedecer (Salmo 27:8).

Debemos seguir haciendo esto con perseverancia constante. Debemos aferrarnos a la oración sin importar los cambios que ocurran en nuestra vida exterior y continuar en ella mientras vivamos en este mundo. También debemos perseverar en una petición específica y no interrumpirla cuando el corazón está dispuesto a continuar, cuando hay tiempo y cuando nuestras necesidades requieren más oración. De la misma manera, debemos seguir insistiendo en peticiones particulares aun cuando al principio encontremos algún desaliento o una negativa.

Debemos orar con peticiones humildes, no solo por nosotros mismos, sino por todos los santos, porque somos miembros los unos de los otros. Nadie es tan santo ni se encuentra en una situación tan favorable en este mundo que no necesite nuestras oraciones. Y debemos ofrecérselas. Luego, el apóstol pasa de esto al cierre de la carta.

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