Versículo destacado

Eclesiastés 3:11 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Él hizo que todo fuera hermoso en el momento preciso; además, puso en la mente humana la idea de lo infinito, aunque el hombre no alcanza a comprender en toda su amplitud lo que Dios ha hecho y lo que hará. "

Eclesiastés 3:11

menu_book El versículo en contexto

9 ¿Qué provecho obtiene el hombre de tanto trabajar?

10 Me doy cuenta de la carga que Dios ha puesto sobre los hombres para humillarlos con ella.

11 Él hizo que todo fuera hermoso en el momento preciso; además, puso en la mente humana la idea de lo infinito, aunque el hombre no alcanza a comprender en toda su amplitud lo que Dios ha hecho y lo que hará.

12 Yo sé que lo mejor que puede hacer el hombre es divertirse y disfrutar de la vida,

13 pues si comemos, bebemos y contemplamos los beneficios de nuestro trabajo, es porque Dios nos lo ha concedido.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Hemos visto cuántos cambios ocurren en el mundo, y no debemos esperar que la vida aquí sea más estable para nosotros de lo que ha sido para otros. Ahora Salomón muestra la mano de Dios en todos esos cambios. Dios ha hecho que cada criatura sea lo que es para nuestro bien, por eso debemos mantener siempre la mirada puesta en él.

Debemos aprovechar al máximo lo que está sucediendo ahora y creer que, por el momento, es lo mejor. Debemos adaptarnos a ello. «Él ha hecho cada cosa hermosa a su tiempo» (Eclesiastés 3:11); por eso, mientras algo permanezca, debemos hacer las paces con ello. Más aún, debemos encontrar algún consuelo en su belleza. Todo es exactamente como Dios lo ha hecho y, en verdad, corresponde a lo que él ha dispuesto, aunque no siempre nos parezca así. Lo que nos resulta desagradable puede ser apropiado cuando llega su momento. El frío corresponde al invierno, así como el calor corresponde al verano. La noche, en su lugar, tiene su propia belleza oscura, tal como el día tiene la suya, llena de luz.

Hay un orden maravilloso en la providencia de Dios, es decir, en su gobierno sabio sobre todas las cosas. Cuando sus obras se contemplan en relación unas con otras y en el momento en que ocurren, parecen muy hermosas. Esto le da gloria a Dios y consuelo a quienes confían en él. Aunque todavía no veamos toda la belleza de su providencia, algún día la veremos, y será una visión gloriosa cuando el misterio de Dios llegue a su cumplimiento. Entonces se verá que todo se hizo exactamente en el momento correcto, y esto causará asombro por toda la eternidad (Deuteronomio 32:4; Ezequiel 1:18).

También debemos esperar con paciencia hasta comprender plenamente lo que ahora parece enredado y difícil de seguir. No podemos descubrir la obra de Dios desde el principio hasta el fin, así que no debemos juzgar con demasiada rapidez. Debemos creer que Dios ha hecho todas las cosas hermosas. Todo está bien hecho, tanto en la creación como en la providencia, y lo veremos con claridad cuando llegue el fin. Pero mientras tanto, no estamos en condiciones de juzgarlo correctamente.

Mientras se pinta un cuadro o se construye una casa, todavía no vemos toda su belleza. Pero cuando el artista lo termina, todo se ve muy bien. Nosotros solo vemos la parte intermedia de las obras de Dios: no vemos su comienzo, donde podríamos observar la sabiduría con la que el plan fue establecido en el consejo de Dios, ni su final, donde veríamos el resultado glorioso. Por eso debemos esperar hasta que se levante el velo. No debemos poner a Dios en el banquillo ni pretender juzgar sus caminos. Las cosas secretas no nos pertenecen.

Las palabras «también ha puesto el mundo en el corazón de ellos» se entienden de distintas maneras. Algunos consideran que significan que podemos conocer más de las obras de Dios de lo que normalmente conocemos. Como dijo el señor Pemble, Dios no se ha quedado sin dar testimonio de la manera justa, sabia y recta en que ordena todas las cosas. Ha puesto ese testimonio delante de nosotros en el libro del mundo. También ha colocado en el corazón humano un gran deseo y cierta capacidad para comprender la historia de la naturaleza y el curso de los asuntos humanos. Si las personas observaran con atención, podrían ver en muchas cosas un orden y un diseño maravillosos.

Otros entienden estas palabras como que conocemos menos de las obras de Dios de lo que podríamos conocer, porque el mundo ocupa demasiado nuestro corazón. El obispo Reynolds dijo que estamos tan absorbidos por los pensamientos y las preocupaciones de las cosas del mundo, y tan ocupados con ellas, que no tenemos ni el tiempo ni la disposición para buscar la mano de Dios en todo lo que sucede. El mundo no solo se ha apoderado del corazón, sino que también ha formado allí ideas equivocadas acerca de la belleza de las obras de Dios.

También debemos estar contentos con la condición que nos ha tocado en este mundo y aceptar con alegría la voluntad de Dios para nosotros. Debemos adaptarnos a ella. Las cosas terrenales no ofrecen un bien duradero. El bien que sí hay en ellas se describe aquí, y debemos usarlo correctamente (Eclesiastés 3:12, 3:13). Debemos usar estas cosas para el bien de los demás: nuestras familias, nuestros vecinos, los pobres y el bien común, tanto en la vida civil como en la religiosa. ¿Para qué tenemos la vida, las capacidades y las posesiones, sino para servir de alguna manera a nuestra generación? Nos equivocamos si pensamos que nacimos únicamente para nosotros mismos. Nuestra tarea es hacer el bien.

Ahí es donde se encuentra el placer más verdadero. Lo que se usa de esa manera es lo mejor que podemos guardar y producirá el mejor fruto. Observemos que este bien debe hacerse durante esta vida, que es breve e incierta. Tenemos poco tiempo para hacer el bien, así que debemos aprovecharlo al máximo. Esta vida es nuestro tiempo de prueba y preparación para la vida venidera. La vida de una persona es su oportunidad de hacer lo que tendrá importancia por toda la eternidad.

También debemos usar los regalos de Dios para nuestro propio bienestar. Estemos en paz, alegrémonos y disfrutemos del fruto de nuestro trabajo como un regalo de Dios. De esa manera disfrutamos a Dios en esas cosas, experimentamos su amor, le damos gracias y lo convertimos en el centro de nuestra alegría. Debemos comer y beber para su gloria y servirle con gozo, incluso cuando tenemos abundancia. Puesto que las cosas terrenales son tan inciertas, es insensato privarnos de manera mezquina y ahorrar solo para acumularlo todo para después. Es mejor vivir con alegría y ser útiles con lo que tenemos, y dejar que el mañana se ocupe de sí mismo. La gracia y la sabiduría para vivir así son regalos de Dios, y son dones preciosos que coronan toda su bondad providencial.

También debemos estar plenamente satisfechos con todas las disposiciones de la providencia divina, tanto en nuestra vida personal como en los asuntos públicos. Debemos poner nuestra mente de acuerdo con ellas, porque Dios, en todo, hace lo que ha dispuesto para nosotros y obra conforme a su propia voluntad. Su propósito no puede cambiar, y por eso la sabiduría nos enseña a aceptar lo que no se puede evitar. Tiene que ser como Dios quiere. «Yo sé, y todo el que sabe algo acerca de Dios sabe, que todo lo que Dios hace permanecerá para siempre» (Eclesiastés 3:14). Él tiene un solo propósito, y nadie puede hacerlo cambiar. Sus planes nunca fracasan. Nunca se ve obligado a adoptar un plan nuevo. Lo que ha decidido sucederá, y el mundo entero no puede detenerlo ni anularlo. Por eso debemos decir: «Que se haga la voluntad de Dios», porque, por difícil que su voluntad parezca para nuestros planes o intereses, su voluntad está guiada por su sabiduría.

Este propósito no necesita ser cambiado, porque no hay nada malo en él ni nada que pueda mejorarse. Si pudiéramos verlo todo de una vez, descubriríamos que es tan perfecto que no se le puede añadir ni quitar nada. No le falta nada, ni tampoco contiene algo innecesario. Así como ocurre con la palabra de Dios, también ocurre con sus obras: cada una es perfecta en su propia clase, y es presuntuoso que intentemos añadirles o quitarles algo (Deuteronomio 4:2). Por eso, poner nuestra voluntad de acuerdo con la voluntad de Dios es tanto para nuestro bien como un deber que debemos cumplir.

También debemos procurar responder al propósito de Dios en todas sus providencias, que, en términos generales, es hacernos personas reverentes delante de él.

Dios hace todo esto para que las personas le teman. Quiere mostrarles que hay un Dios por encima de ellas, con autoridad absoluta sobre sus vidas. Sus tiempos y cada acontecimiento de sus vidas están en las manos de Dios. Por eso deben mantener la mirada fija en él, adorarlo y honrarlo, reconocerlo en todos sus caminos, esforzarse cuidadosamente por agradarle en todo y tener temor de ofenderlo en cualquier cosa.

Dios cambia la manera en que ordena los acontecimientos, pero sus propósitos nunca cambian. No lo hace para confundirnos, y mucho menos para llevarnos a la desesperación, sino para enseñarnos nuestro deber delante de él y guiarnos a cumplirlo. Lo que Dios busca al gobernar el mundo es sostener y hacer crecer la verdadera fe entre las personas.

Cualesquiera que sean los cambios que veamos o sintamos en este mundo, debemos reconocer la firmeza constante del gobierno de Dios. El sol sale y se pone, y la luna crece y mengua, pero ambos permanecen en el curso que Dios les asignó. Desde el principio, su movimiento ha continuado de la misma manera, conforme al orden de los cielos. Lo mismo ocurre con los acontecimientos de la providencia, es decir, con el cuidado y el gobierno sabio de Dios sobre todas las cosas (Eclesiastés 3:15). «Lo que ha sido ya es». Dios no comenzó recientemente a gobernar de esta manera.

No; las cosas siempre han sido tan cambiantes e inciertas como lo son ahora, y siempre lo serán. «Lo que ha de ser ya fue». Por eso hablamos sin cuidado cuando decimos: «Seguramente el mundo nunca había sido tan malo como ahora», o: «Nadie ha enfrentado jamás decepciones como las nuestras», o: «Las cosas nunca mejorarán». Es posible que mejoren para nosotros y que, después de un tiempo de tristeza, llegue un tiempo de alegría; pero esa alegría seguirá sujeta al mismo patrón común y a las mismas dificultades comunes. El mundo, tal como ha sido, es y será, permanece constante en su inconstancia.

Dios hace volver lo pasado; es decir, repite lo que ya ha hecho y trata con nosotros como suele tratar con quienes hacen el bien. La tierra no se dejará de lado por causa nuestra ni la roca será removida de su lugar. Nada nos ha sucedido ni ninguna tentación nos ha sobrevenido que no sea común a la humanidad. Por eso, no nos volvamos orgullosos ni descuidados cuando prosperamos, porque Dios puede permitir que regrese una aflicción anterior para perturbar nuestro gozo (Salmo 30:7). Tampoco perdamos el ánimo en la dificultad, porque Dios puede hacer volver antiguos consuelos, como lo hizo con Job.

También podemos aplicar esto a nuestras propias acciones pasadas y a la manera en que hemos respondido a los cambios que nos han sobrevenido. Dios nos pedirá cuentas de lo pasado. Por eso, al entrar en una nueva etapa de la vida, debemos examinarnos en cuanto a los pecados de la etapa anterior, ya haya sido un tiempo de tranquilidad o de sufrimiento.

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