Versículo destacado

Deuteronomio 6:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Oye, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. "

Deuteronomio 6:4

menu_book El versículo en contexto

2 De esta manera honrarán al Señor su Dios y cumplirán durante toda su vida las leyes y los mandamientos que yo les mando a ustedes, a sus hijos y a sus nietos; así vivirán muchos años.

3 Por lo tanto, israelitas, pónganlos en práctica. Así les irá bien y llegarán a ser un pueblo numeroso en esta tierra donde la leche y la miel corren como el agua, tal como el Señor y Dios de sus antepasados se lo ha prometido.

4 Oye, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor.

5 Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

6 Grábate en la mente todas las cosas que hoy te he dicho,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos un breve resumen de la fe y la obediencia, con las primeras verdades fundamentales de ambas (Deuteronomio 6:4-5). Los judíos consideran estos dos versículos entre las partes más preciosas de la Escritura. Los escriben en sus filacterias, pequeñas cajas que usan durante la oración, y consideran un privilegio repetirlos cada mañana y cada noche: «Escucha, Israel: el SEÑOR nuestro Dios es un solo SEÑOR». Pero somos aún más bendecidos cuando realmente los entendemos y los ponemos en práctica.

Primero, se nos enseña qué debemos creer acerca de Dios: «El SEÑOR nuestro Dios es un solo SEÑOR». Esto significa que el Dios a quien servimos es Jehová, el Dios eterno, perfectamente completo en sí mismo y que no necesita nada. También significa que él es el único Dios vivo y verdadero, y que no existe ningún otro. Creer firmemente en esta verdad los habría protegido de la idolatría, es decir, de adorar dioses falsos, una práctica que surgió de la idea equivocada de que hay muchos dioses. Es indiscutible que hay un solo Dios y que no hay otro fuera de él (Marcos 12:32). Por eso no debemos tener ningún otro dios, ni siquiera desearlo.

Algunos han pensado que este versículo da una clara insinuación de la Trinidad, el único Dios en tres personas, porque el nombre de Dios se menciona tres veces y, aun así, el versículo declara que él es uno. Dichosos quienes tienen a este único SEÑOR como su Dios. Solo tienen un amo a quien servir y una sola fuente de ayuda a la cual acudir. Es mejor tener una fuente que mil cisternas, un Dios completamente suficiente que mil dioses incapaces de ayudar.

Segundo, se nos enseña qué exige Dios de nosotros: «Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón». Moisés había prometido enseñarles a temer a Dios (Deuteronomio 6:2), y ahora les enseña a amarlo. Cuanto más amemos a Dios, más reverencia tendremos por él. ¿Qué rey humano ha promulgado alguna vez una ley que obligue a sus súbditos a amarlo? Sin embargo, Dios, en su bondad, hace del amor el primero y más grande mandamiento de su ley. Él quiere que lo amemos y que cumplamos todo otro deber por amor. «Hijo mío, dame tu corazón».

Debemos tenerlo en muy alta estima, alegrarnos de que exista un ser como él y regocijarnos en todas sus cualidades y en la relación que tiene con nosotros. Nuestro deseo debe dirigirse hacia él; nuestro deleite debe estar en él; debemos confiar en él y entregarnos por completo a él. Debe ser un gozo constante pensar en él, escuchar de él, hablar con él y servirlo. Debemos amarlo como el SEÑOR, el mejor de todos los seres, excelente y hermoso en sí mismo. También debemos amarlo como nuestro Dios, el Dios que ha hecho un pacto con nosotros, nuestro Padre y el más bondadoso de nuestros amigos y benefactores.

Se nos manda amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y fuerzas. Esto significa que debemos amarlo con sinceridad, no solo de labios mientras nuestro corazón está en otra parte. Nuestro amor debe ser interior y verdadero, con un gozo genuino en él. Debemos amarlo intensamente, con profundo afecto y fervor. Algunos incluso han pensado que debemos ser cuidadosos al decir que hacemos algo «con todo nuestro corazón», porque esa expresión debería reservarse especialmente para el amor a Dios. Aquel que lo es todo para nosotros debe tener todo de nosotros, y nadie más. Debemos amar a Dios por encima de toda criatura, y no amar nada sino por causa de él y en el orden correcto, bajo su autoridad.

También debemos amarlo con entendimiento, como explica Marcos 12:33. Amar a Dios con todo el corazón y con todo el entendimiento significa que debemos conocerlo y luego amarlo porque vemos buenas razones para hacerlo. Nuestro amor debe ser de todo corazón, con toda nuestra vida interior unida en este gran deber. Puesto que él es uno, nuestro corazón debe ser uno al amarlo, y todos nuestros afectos deben dirigirse hacia él. Que este amor de Dios sea derramado en nuestros corazones.

El pasaje también enseña cómo mantener viva la fe en nuestro corazón y en nuestro hogar, para que no se apague. El primer medio es la meditación: «Estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón» (Deuteronomio 6:6). Las palabras por sí solas, sin las realidades que expresan, no nos beneficiarán. Pero si descuidamos las palabras, corremos el peligro de perder esas realidades, porque Dios normalmente lleva su luz y su poder al corazón por medio de su Palabra. Sus palabras deben estar guardadas en nuestro corazón, para que nuestros pensamientos se ocupen de ellas cada día. Así, toda el alma queda bajo su influencia y recibe su forma. Esto aparece inmediatamente después del mandato de amar a Dios con todo el corazón, porque quienes verdaderamente lo aman guardarán su palabra en el corazón, tanto como prueba de ese amor como para conservarlo y hacerlo crecer. Quien ama a Dios ama su Biblia.

El segundo medio es la formación espiritual de los hijos (Deuteronomio 6:7): «Las repetirás a tus hijos». Cuando compartes lo que sabes, también profundizas en tu propio conocimiento. Quienes aman al SEÑOR Dios deben hacer todo lo posible para ganar para él el corazón de sus hijos, a fin de que la fe continúe en sus familias. Algunos entienden estas palabras como «las afilarás cuidadosamente en tus hijos», es decir, que debemos repetirlas con frecuencia, usar todos los medios apropiados para grabarlas en su mente y ayudarlas a llegar a su corazón. Así como un cuchillo se afila pasándolo primero por un lado y luego por el otro, los hijos deben recibir una formación paciente y repetida. Esta enseñanza no estaba destinada solamente a los hijos biológicos, como decían los judíos, sino a todos los que estuvieran bajo nuestro cuidado e instrucción. El obispo Patrick señala acertadamente que Moisés consideraba esta ley tan clara y sencilla que todo padre podía enseñársela a sus hijos y toda madre a sus hijas.

El tercer medio es conversar acerca de Dios. «Hablarás de ellas» con reverencia y seriedad, para el bien no solo de tus hijos, sino también de tus empleados, amigos y compañeros. Habla de ellas cuando estés en casa, ya sea trabajando, comiendo, descansando o recibiendo visitas. Habla de ellas cuando camines por el camino, ya sea durante un paseo, una conversación o un viaje. Habla de ellas cuando te acuestes por la noche, cuando te levantes por la mañana y cuando regreses con tu familia.

Aprovecha toda oportunidad para hablar con quienes te rodean acerca de las cosas divinas. No discutas sobre misterios que Dios no ha revelado ni sobre argumentos dudosos; habla de las verdades y leyes claras de Dios, y de las cosas que contribuyen a nuestra paz. Lejos de rebajar las cosas santas, este tipo de conversación familiar las honra. Cuanto más tiempo pasemos con ellas, más las admiraremos, sentiremos su fuerza y ayudaremos a transmitir a otros la luz y el calor de Dios.

También se requiere leer con frecuencia la Palabra de Dios: «Serán como frontales entre tus ojos, y las escribirás en los postes de tu casa» (Deuteronomio 6:8-9). Es probable que en aquella época hubiera pocas copias escritas de toda la ley. El pueblo probablemente solo la escuchaba leer públicamente durante las fiestas de los tabernáculos. Por eso Dios les ordenó, al menos por un tiempo, escribir en sus paredes o en pequeños rollos que llevaban en las muñecas algunas frases escogidas de la ley, las más importantes y completas. Algunos creen que así se originaron las filacterias, pequeños textos de la Escritura que los judíos llevaban consigo. Cristo no reprendió a los fariseos por llevarlas, sino por hacerlas más grandes que las de los demás (Mateo 23:5). Cuando las Biblias llegaron a ser comunes, hubo menos necesidad de ese recurso.

Los primeros reformadores de la Iglesia inglesa dispusieron sabia y fielmente que, cuando las Biblias eran escasas, algunas partes escogidas de la Escritura se escribieran en las paredes y columnas de las iglesias. Así el pueblo podía familiarizarse con ellas, de acuerdo con este mandamiento. En su sentido literal, esto quizá se aplicaba especialmente a los judíos, pero su propósito también se aplica a nosotros. Debemos usar todos los medios posibles para familiarizarnos con la Palabra de Dios, de modo que la tengamos lista para cada situación: para apartarnos del pecado, guiarnos y animarnos a cumplir nuestro deber. Debe ser como si estuviera grabada en nuestras manos y siempre delante de nuestros ojos (Proverbios 7:1-3). También se nos enseña que nunca debemos avergonzarnos de reconocer nuestra fe ni de reconocer que estamos bajo su autoridad. Que esté escrita en nuestras puertas, para que todo el que pase pueda leer que creemos que solo Jehová es Dios y que estamos obligados a amarlo con todo nuestro corazón.

A continuación sigue una advertencia: no olvidar a Dios en tiempos de comodidad y abundancia (Deuteronomio 6:10-12). Primero, Dios les hace esperar grandes muestras de su bondad. Da por sentado que los llevará a la buena tierra que les prometió (Deuteronomio 6:10). Ya no vivirán en tiendas como pastores y viajeros pobres, sino que se establecerán en ciudades grandes y buenas. Ya no vagarán por un desierto árido, sino que disfrutarán de casas bien abastecidas y jardines bien cultivados (Deuteronomio 6:11). Todo esto llegará sin que ellos hayan tenido que esforzarse ni pagar por ello, algo que el pasaje recalca: ciudades que no construyeron, casas que no llenaron y mucho más. Eso hacía que la misericordia fuera todavía más valiosa, porque la recibirían sin que les costara casi nada. Sin embargo, si no reflexionaban en ello, la misericordia significaría menos para ellos, pues por lo general valoramos más aquello que nos ha costado mucho. Cuando las bendiciones llegan con facilidad, a menudo nos sentimos tentados a descuidarnos y olvidar a quien las dio.

Segundo, Dios los llama a vigilar su propio corazón. «Ten cuidado cuando estés seguro y cómodo, no sea que olvides al SEÑOR» (Deuteronomio 6:12). En tiempos de prosperidad corremos un grave peligro de olvidar a Dios, nuestra dependencia de él, nuestra necesidad de él y nuestras obligaciones para con él. Cuando el mundo nos sonríe, sentimos la tentación de darle toda nuestra atención y esperar de él la felicidad. Entonces olvidamos a aquel que debe ser nuestra única herencia y nuestro descanso. Agur ora contra este peligro: «No sea que me sacie y te niegue» (Proverbios 30:9). Por eso, en esos momentos necesitamos tener mucho cuidado y vigilar estrictamente nuestro corazón. Debemos estar atentos, porque ya hemos sido advertidos. Precisamente con ese propósito hay que llevar las palabras de Dios siempre presentes, para no olvidarlo. Cuando se establezcan en Canaán, no deben olvidar que fueron rescatados de Egipto. Deben mirar atrás, a la roca de la que fueron sacados. Cuando su prosperidad haya aumentado mucho, deben recordar lo pequeños que fueron sus comienzos.

Después siguen algunos mandamientos y advertencias especiales de gran importancia. Primero, deben honrar a Dios en toda situación (Deuteronomio 6:13). Deben temerle y servirle, porque si él es su Señor, tienen que respetarlo y hacer su obra. También deben jurar por su nombre; es decir, no deben apelar a nadie más como aquel que conoce la verdad y castiga la maldad. Deben jurar solamente por él, no por un ídolo ni por ninguna otra criatura. En los tratados y acuerdos con las naciones vecinas, deben jurar por su nombre y no halagar a esas naciones jurando por sus dioses. Jurar por su nombre también puede significar profesar abiertamente su fe en él (Isaías 45:23; Romanos 14:11).

Segundo, nunca deben dar ese honor a otros dioses (Deuteronomio 6:14). No deben ir tras otros dioses, lo que significa que no deben servirlos ni adorarlos. Ese fue su gran pecado: apartarse del Dios verdadero como un cónyuge infiel. En este asunto, especialmente, él es un Dios celoso (Deuteronomio 6:15). El obispo Patrick señala, citando a Maimónides, que en la ley y en los profetas la ira, el furor, los celos y la indignación nunca se atribuyen a Dios excepto en relación con la idolatría.

Tercero, deben tener cuidado de no deshonrar a Dios poniéndolo a prueba (Deuteronomio 6:16). No deben desconfiar de su poder, su presencia ni su cuidado en ninguna situación difícil, ni discutir con él. Si conservaran un corazón malvado e incrédulo, se sentirían tentados a hacerlo en Canaán, tal como lo habían hecho en el desierto. Un cambio en las circunstancias externas no cura un espíritu quejumbroso e inquieto. Nuestro Salvador usó esta advertencia para responder a una de las tentaciones de Satanás y la aplicó a sí mismo: «No pongas a prueba al Señor tu Dios» (Mateo 4:7). Tampoco nosotros debemos poner a Dios a prueba, ya sea dudando de su poder y bondad mientras permanecemos en el camino del deber, o presumiendo de ellos cuando nos apartamos de ese camino.

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