Versículo destacado
Deuteronomio 10:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Y ahora, israelitas, ¿qué pide de ustedes el Señor su Dios? Solamente que lo honren y sigan todos sus caminos; que lo amen y lo adoren con todo su corazón y con toda su alma, "
Deuteronomio 10:12
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
10 Yo estuve en el monte cuarenta días y cuarenta noches, igual que la primera vez. También esta vez el Señor me escuchó y no quiso destruirlos a ustedes,
11 sino que me dijo: “Anda, prepárate para salir al frente del pueblo, a fin de que vayan y conquisten el país que prometí dar a sus antepasados.”
12 Y ahora, israelitas, ¿qué pide de ustedes el Señor su Dios? Solamente que lo honren y sigan todos sus caminos; que lo amen y lo adoren con todo su corazón y con toda su alma,
13 y que cumplan sus mandamientos y sus leyes, para que les vaya bien.
14 Tengan en cuenta que al Señor su Dios pertenecen los cielos y lo más alto de los cielos, la tierra y todo lo que hay en ella.
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Este es un llamado firme a obedecer, basado en la verdad que ya se les había presentado y expresado con gran fuerza. Moisés habla como un maestro hábil cuando pregunta: «Y ahora, Israel, ¿qué requiere de ti el SEÑOR tu Dios?» (Deuteronomio 10:12). Cuando Dios nos ha mostrado misericordia, es correcto preguntarnos qué podemos devolverle, como David cuando dijo: «¿Qué le daré?» (Salmo 116:12). Si reflexionamos bien en lo que Dios requiere, veremos que es justo en sí mismo y también está lleno de beneficios para nosotros.
Aquí Moisés muestra claramente nuestro deber para con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos. Nuestro deber para con Dios incluye tanto la vida interior como las acciones externas, nuestros principios y nuestra práctica. Debemos temer al SEÑOR nuestro Dios (Deuteronomio 10:12, 20), es decir, honrar su grandeza, reconocer su autoridad, reverenciar su poder y respetar su enojo contra el pecado. Este también es un deber propio del evangelio, como lo muestra Apocalipsis 14:6-7. También debemos amarlo: alegrarnos de que él existe, desear que sea nuestro y deleitarnos en pensar en él y estar cerca de él. Lo tememos como al gran Señor y lo amamos como al buen Padre y dador.
Debemos andar en sus caminos, es decir, por las sendas que él ha trazado para nosotros. Toda nuestra vida debe ajustarse a su santa voluntad. Debemos servirlo con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma (Deuteronomio 10:12, 20), entregándonos a su honra, sometiéndonos a su gobierno y trabajando para el bien de su reino entre las personas. Ese servicio debe ser sincero y entusiasta, con todo nuestro ser interior involucrado. Todo lo que hagamos por él debe hacerse de buena voluntad y con alegría. También debemos guardar sus mandamientos y estatutos (Deuteronomio 10:13), tomando su voluntad revelada como guía en todo, haciendo lo que manda y rechazando lo que prohíbe, confiando en que sus mandamientos son para nuestro bien.
La obediencia trae más que una recompensa al final; también produce verdadera honra y paz en el presente. Ahora mismo es bueno ser amables y humildes, puros y dueños de nosotros mismos, justos y generosos, pacientes y satisfechos. Estas cualidades hacen que la vida sea más estable, segura y agradable, y le dan una nobleza verdadera. También debemos honrar a Dios jurando solamente por su nombre (Deuteronomio 10:20), reconociendo su conocimiento perfecto, su gobierno, su justicia y su existencia eterna. Y debemos aferrarnos a él (Deuteronomio 10:20), permaneciendo fieles al Dios que hemos escogido, confiando en él, amándolo y sin soltarlo jamás.
Nuestro deber para con el prójimo también es claro: «Amen al extranjero» (Deuteronomio 10:19). Y si esto se exige respecto a un extranjero, con mucha más razón debe hacerse con nuestros propios hermanos y hermanas. Si Israel, un pueblo apartado de todos los demás, tenía que mostrar bondad a los extranjeros, cuánto más nosotros, que no estamos separados por una barrera semejante, debemos cuidar con ternura a toda persona que comparte nuestra naturaleza humana. Cuando tengamos la oportunidad, es decir, según la necesidad y nuestras posibilidades, debemos hacer el bien a todas las personas.
Se dan dos razones para esto. La primera es que el cuidado de Dios alcanza a todas las naciones. Él ama al extranjero (Deuteronomio 10:18), lo que significa que les da vida, aliento y todas las cosas incluso a quienes están fuera de Israel. Él conoce perfectamente a esas personas, aunque nosotros no sepamos nada de ellas. Les da alimento y ropa a quienes no han recibido sus leyes y estatutos. Puesto que Dios concede dones comunes a todos, nosotros también debemos honrar a todos. Estas palabras también señalan el cuidado especial de Dios por los extranjeros que están en aflicción; por eso debemos alabarlo (Salmo 146:9) e imitarlo en nuestra conducta.
La segunda razón es que el propio Israel había estado antes en esa misma condición. Habían sido extranjeros en Egipto, y quienes han sufrido aflicción y han encontrado la misericordia de Dios deben sentir profundamente por otros que se encuentran en una situación semejante. Deben estar dispuestos a mostrar bondad. Sin embargo, a pesar de estos mandamientos repetidos, más tarde los judíos se volvieron profundamente hostiles hacia los gentiles, las naciones que estaban fuera de Israel. Los despreciaron y envidiaron la gracia de Dios cuando llegó por medio de Cristo, y esto finalmente los llevó a la ruina.
También se declara nuestro deber para con nosotros mismos: «Circunciden el prepucio de su corazón» (Deuteronomio 10:16). Esto significa desechar los deseos y hábitos corruptos que nos impiden temer y amar a Dios. Debemos hacer morir el pecado en nuestra naturaleza humana. Tenemos que quitar toda clase de impureza y maldad que impida que la palabra de Dios llegue libremente al corazón. No debemos conformarnos con la señal externa de la circuncisión, que era solamente el símbolo, sino buscar la realidad interior: un corazón verdaderamente apartado para Dios (Romanos 2:29). El mandamiento de Cristo va aún más lejos y exige tratar el pecado con severidad, incluso hasta el punto de cortarse una mano o sacarse un ojo que haga pecar. Cuanto más espiritual es el pacto, más espiritual debe ser nuestra respuesta y con mayor firmeza debemos luchar contra el pecado.
También se nos dice que dejemos de ser obstinados, como ellos lo habían sido antes (Deuteronomio 9:24). Esto significa que ya no debemos resistirnos con terquedad a los mandamientos y las correcciones de Dios, sino estar dispuestos a obedecerlo en todo. Un corazón verdaderamente transformado estará dispuesto a someterse a Dios y a aceptar su yugo.
Él tiene la fuerza de un conquistador; por eso es temible para quienes se resisten y se rebelan contra él. También tiene la autoridad de un juez; por eso es justo con todos los que comparecen ante él o apelan a él. Ser justo e imparcial, sin favorecer a nadie ni aceptar sobornos, es parte de la honra de un juez tanto como infundir temor al enemigo es parte de la honra de un comandante. Nuestro Dios es ambas cosas.
También posee grandes riquezas. El cielo y la tierra le pertenecen (Deuteronomio 10:14), junto con todos los ejércitos, las estrellas y los poderes que hay en ellos. Por eso puede sostenernos en su servicio y compensar cualquier pérdida que suframos al cumplir nuestro deber para con él. Sin embargo, no necesita de nosotros ni de nada que tengamos o hagamos. Nosotros no podemos vivir sin él, pero él es completo sin nosotros. Por eso es tan asombrosa su bondad al recibirnos a nosotros y nuestro servicio. El cielo y la tierra son suyos, y aun así el pueblo escogido por el SEÑOR es su posesión especial.
Por eso también debemos considerar la bondad y la gracia de Dios, y amarlo, servirlo y obedecerlo de corazón. Su bondad es parte de su gloria tanto como lo es su grandeza. Él es bueno con todos. Dondequiera que encuentra sufrimiento, muestra misericordia. Él defiende la causa del huérfano y de la viuda (Deuteronomio 10:18). Es parte de su honra ayudar a los indefensos y cuidar a quienes más necesitan alivio, especialmente a las personas que otros están dispuestos a maltratar o ignorar (Salmo 68:4, Salmo 68:5; Salmo 146:7, Salmo 146:9).
Pero Dios es especialmente bueno con Israel, que tenía obligaciones especiales para con él: «Él es tu alabanza y él es tu Dios» (Deuteronomio 10:21). Por lo tanto, deben amarlo y servirlo por la relación que él tiene con ellos. Él es su Dios, un Dios de pacto; es decir, se ha comprometido con ellos mediante una promesa fiel y, como tal, es su alabanza. Esto significa dos cosas. Primero, él les concede honra. Pueden gloriarse todo el día de conocerlo y de ser conocidos por él. Si él es su Dios, él es su gloria. Segundo, él merece recibir honra de ellos. Es el Dios al que están ligados para alabar. Si él no recibe alabanza de ellos, ¿de quién más debería esperarla? Él habita entre las alabanzas de Israel.
Primero, consideren la elección llena de gracia que hizo de Israel (Deuteronomio 10:15). Él se agradó de sus antepasados y, por esa razón, escogió a sus descendientes. No había nada en ellos que les hubiera ganado su favor ni que los hiciera merecedores de él. Los escogió porque quiso hacerlo. Fue bondadoso con ellos aunque no los necesitaba.
Segundo, consideren las grandes cosas que había hecho por Israel (Deuteronomio 10:21, Deuteronomio 10:22). Moisés les recuerda no solo lo que habían escuchado de sus antepasados, sino también lo que habían visto con sus propios ojos, cosas que debían contarles a sus hijos. En particular, apenas setenta personas —toda la familia de Jacob cuando bajaron a Egipto— llegaron a convertirse en una gran nación, tan numerosa como las estrellas del cielo. Cuanto más aumentaba su número, más alabanza y servicio esperaba Dios de ellos. Sin embargo, como había ocurrido en el mundo antiguo, cuando comenzaron a multiplicarse, se corrompieron.
De este capítulo
Deuteronomio 10:1
"Entonces el Señor me dijo: “Corta tú mismo dos tablas de piedra iguales a las primeras, haz también un cofre de madera y sube al monte para hablar conmigo."
Deuteronomio 10:2
"Yo escribiré en esas tablas las mismas palabras que estaban escritas en las primeras, las que tú rompiste, y tú las guardarás en el cofre.”"
Deuteronomio 10:3
"Así que hice un cofre de madera de acacia, corté las dos tablas de piedra y subí con ellas al monte."
Deuteronomio 10:4
"El Señor escribió en las tablas los Diez Mandamientos, tal como lo había hecho la primera vez que les habló a ustedes en el monte, de en medio del fuego, cuando todos estábamos reunidos. Luego me las dio,"
Deuteronomio 10:5
"y yo bajé del monte. Después puse las tablas en el cofre, tal como el Señor me lo había ordenado, y todavía están allí."
Deuteronomio 10:6
"(Los israelitas partieron de Beerot-bené-jaacán y se dirigieron a Moserá. Allí murió Aarón y fue sepultado, y su hijo Eleazar ocupó su lugar como sacerdote."
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