Versículo destacado
Hechos 7:54 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Cuando oyeron estas cosas, se enfurecieron y rechinaron los dientes contra Esteban. "
Hechos 7:54
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
52 ¿A cuál de los profetas no maltrataron los antepasados de ustedes? Ellos mataron a quienes habían anunciado la venida de aquel que es justo, y ahora que este justo ya ha venido, ustedes lo traicionaron y lo mataron.
53 Ustedes, que recibieron la ley por medio de ángeles, no la obedecen.
54 Cuando oyeron estas cosas, se enfurecieron y rechinaron los dientes contra Esteban.
55 Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios.
56 Entonces dijo: —¡Miren! Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre a la derecha de Dios.
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Aquí vemos la muerte del primer mártir de la iglesia cristiana. Esta historia presenta una imagen vívida tanto de la furia de los perseguidores como del valor y el consuelo de quien sufría. También muestra lo que podemos esperar si somos llamados a sufrir por Cristo. Además, revela el marcado contraste entre el infierno, con su fuego y oscuridad, y el cielo, con su luz y gloria.
El texto no dice explícitamente que el consejo haya votado sobre el caso de Esteban y luego lo haya condenado por mayoría. Sin embargo, es probable que eso haya sucedido. Probablemente no fue un asesinato provocado por una turba sin ningún orden legal. Aquí aparecen las señales habituales de una ejecución oficial: Esteban fue llevado fuera de la ciudad y los testigos comenzaron la ejecución.
Debemos observar tanto la confusión de los enemigos de Esteban como la serenidad de su espíritu. La corrupción de ellos muestra hasta dónde puede llegar el mal. Su malicia era completa, como si el infierno mismo se hubiera desatado y las personas se hubieran vuelto semejantes a demonios. La descendencia de la serpiente silbaba su veneno.
Cuando oyeron estas cosas, fueron heridos en el corazón (Hechos 7:54). La palabra griega empleada aquí transmite la idea de ser cortados como con una sierra. Sus mentes sufrieron un dolor tan intenso como el que muchos mártires soportaron en sus cuerpos. Estaban llenos de ira ante los argumentos poderosos e irrefutables de Esteban, y no tenían nada que responderle. No fueron traspasados por el arrepentimiento, como quienes escucharon el mensaje en Hechos 2:37. Más bien, fueron heridos en el corazón por la furia, como en Hechos 5:33. Pablo emplea un tono igualmente fuerte cuando dice que es necesario reprenderlos con severidad (Tito 1:13).
Las personas que rechazan el evangelio muchas veces terminan atormentándose a sí mismas. La enemistad contra Dios es dolorosa para el corazón. La fe y el amor lo sanan. Cuando vieron que Esteban, quien antes de hablar parecía un ángel, ahora hablaba como un ángel, como un mensajero del cielo, fueron como un toro salvaje atrapado en una red (Isaías 51:20). No podían refutar el caso que él había presentado, pero aun así se negaban a ceder.
Luego rechinaban los dientes contra él. Esto demostraba tanto su profunda furia contra Esteban como la intensa frustración que llevaban dentro. Job habló de un enemigo que rechinaba los dientes contra él (Job 16:9). También sugiere el deseo salvaje de despedazarlo. Pablo advierte a los creyentes que se cuiden de personas así cuando dice: «Cuídense de los perros» (Filipenses 3:2). El odio contra el pueblo de Dios puede hacer que las personas actúen como bestias salvajes.
También gritaron a gran voz (Hechos 7:57). Lo hicieron para incitarse unos a otros y ahogar el sonido de sus propias conciencias. Cuando Esteban dijo que veía el cielo abierto, gritaron para que no se le oyera. Es común que una causa justa, especialmente la causa de la fe en Cristo, sea atacada con ruido y caos. Cuando faltan los argumentos, muchas veces se intenta vencer por medio del alboroto.
Gritaban como soldados que se lanzan a la batalla, reuniendo todas sus fuerzas para un ataque desesperado. Luego se taparon los oídos para no escuchar aquello que odiaban. Tal vez afirmaban que no podían soportar oír una blasfemia. Caifás, el sumo sacerdote, se rasgó la ropa cuando Jesús habló de ver al Hijo del Hombre venir en gloria (Mateo 26:64-65). De la misma manera, ellos se taparon los oídos cuando Esteban dijo que veía al Hijo del Hombre en gloria.
Esto demostraba su obstinada negativa a escuchar. Ya habían decidido no oír nada que pudiera convencerlos. Los profetas se quejaron muchas veces de este tipo de dureza. Eran como la víbora sorda que no escucha la voz del encantador (Salmo 58:4-5). También era una advertencia del juicio de endurecimiento que Dios traería sobre ellos. Cerraron sus oídos y, en un juicio justo, Dios los dejaría en esa dureza. Esto formaba parte de lo que Dios estaba haciendo en ese tiempo con los judíos que no creían: volver insensible el corazón de ese pueblo y hacer pesados sus oídos. Esteban ya los había descrito como incircuncisos de corazón y de oídos.
Entonces se lanzaron contra él de común acuerdo. El pueblo, los ancianos, los jueces, los acusadores, los testigos y los espectadores se abalanzaron sobre él como bestias sobre su presa. Actuaban con violencia e irresponsabilidad. Se lanzaron contra él, aunque Esteban no intentaba escapar. También estaban unidos para hacer el mal; todos actuaban juntos. Querían atemorizarlo y perturbar la paz y el consuelo que tenía en el alma.
Después lo sacaron de la ciudad y lo apedrearon, como si no fuera digno de vivir en Jerusalén ni siquiera en el mundo. Afirmaban estar aplicando la ley de Moisés (Levítico 24:16), que establecía que cualquiera que blasfemara el nombre del Señor debía morir y que toda la congregación debía apedrearlo. En ese mismo tribunal habían condenado antes a Cristo como blasfemo, aunque luego escogieron la crucifixión para añadirle mayor vergüenza. Sin embargo, Dios incluso utilizó aquello para el cumplimiento de las Escrituras.
La furia de ellos se ve en la manera en que llevaron a cabo la ejecución. Sacaron a Esteban de la ciudad como si no pudieran soportar verlo. Lo trataron como algo maldito, como basura. Los testigos en su contra encabezaron la ejecución, tal como lo exigía la ley (Deuteronomio 17:7). En casos de blasfemia, los testigos debían ser los primeros en apedrear al acusado (Levítico 24:14; Deuteronomio 13:9), para que su propio testimonio quedara confirmado por sus acciones.
Apedrear a alguien requería un gran esfuerzo físico, por lo que los testigos se quitaron sus prendas exteriores para moverse con mayor libertad. Dejaron esa ropa a los pies de un joven llamado Saulo, quien observaba aquella tragedia con aprobación.
Esta es la primera vez que leemos el nombre de Saulo, y más adelante conoceremos y amaremos mejor ese nombre, cuando se convierta en Pablo. Pasaría de ser perseguidor a ser predicador. La pequeña participación que tuvo en la muerte de Esteban más tarde volvió a su memoria con dolor, cuando dijo que él había estado allí guardando las prendas de quienes lo mataban (Hechos 22:20).
Observemos el poder de la gracia en Esteban y las maravillosas señales de la obra del favor de Dios en él. Sus enemigos estaban llenos de Satanás, pero él estaba lleno del Espíritu Santo; más lleno de lo habitual y fortalecido de manera especial para la lucha. Así, el día de angustia correspondió a la fuerza que recibió. Por eso son bienaventurados quienes sufren por hacer lo correcto, porque el Espíritu de gloria y de Dios reposa sobre ellos (1 Pedro 4:14). Cuando Esteban fue escogido por primera vez para servir públicamente, se le describió como un hombre lleno del Espíritu Santo (Hechos 6:5). Ahora, cuando fue llamado a morir por su fe, seguía teniendo ese mismo carácter. Quienes están llenos del Espíritu Santo están preparados para cualquier cosa, ya sea servir a Cristo o sufrir por él.
Dios equipa para un servicio difícil a las personas que llama a servir en su nombre. También las sostiene durante ese servicio y las consuela al llenarlas del Espíritu Santo. Así, a medida que aumentan sus sufrimientos por Cristo, también aumenta mucho más su consuelo en él, y ninguna de esas cosas puede hacerlas vacilar. Aquí vemos una cercanía extraordinaria entre este bendito mártir y el bendito Jesús en aquel momento decisivo. Cuando los seguidores de Cristo son entregados a la muerte todo el día por causa de él y considerados como ovejas para el matadero, eso no los separa del amor de Cristo ni significa que él los ame menos. Tampoco hace que ellos lo amen menos. Esta historia lo demuestra con claridad.
Cristo se mostró bondadosamente a Esteban, tanto para consolarlo como para honrarlo en medio de su sufrimiento. Mientras los miembros del consejo estaban heridos en el corazón, rechinaban los dientes contra él y se preparaban para despedazarlo, Esteban contempló la gloria de Cristo, una visión que lo llenó de un gozo indescriptible. Esta visión no tenía como único propósito animar a Esteban, sino también sostener a todos los siervos de Dios que sufren en cada generación.
Lleno del Espíritu Santo, Esteban fijó la mirada en el cielo (Hechos 7:55). De ese modo, miró por encima del poder y la furia de sus perseguidores y los consideró como nada. Ellos clavaban en él sus ojos con malicia y crueldad, pero él miraba al cielo y no les prestaba atención. Estaba tan concentrado en la vida eterna que tenía delante que parecía no preocuparse por el peligro presente. En vez de mirar a su alrededor buscando una manera de escapar, miró hacia el cielo. Su ayuda venía únicamente de allí, y ese camino seguía abierto para él. Aunque lo rodeaban por todos lados, no podían romper su comunión con el cielo.
Mantener la mirada puesta en Dios y en la realidad celestial ayuda a elevarnos por encima del temor a las personas. Cuando el miedo nos controla, olvidamos al Señor, nuestro Creador (Isaías 51:13). Esteban también dirigió su sufrimiento hacia la gloria de Dios y la honra de Cristo, como si dijera: «Señor, sufro esto por causa de ti». Mostró su intenso deseo de que Cristo fuera honrado en su cuerpo. Como estaba listo para ofrecerse, fijó la mirada en el cielo, dispuesto a entregarse a Dios.
También elevó su alma hacia Dios con la mirada, pidiéndole sabiduría y gracia para enfrentar correctamente aquella prueba. Dios ha prometido estar con los siervos a quienes llama a sufrir por él, pero ellos todavía deben buscarlo en oración. Él está cerca de ellos, pero deben acudir a él para recibir lo que necesitan: «¿Está afligido alguno? Que ore». Esteban también anhelaba la patria celestial a la que sus perseguidores estaban a punto de enviarlo. Es bueno que los creyentes que están por morir miren firmemente al cielo y piensen: «Allí está el lugar adonde la muerte llevará mi mejor parte. Entonces, muerte, ¿dónde está tu aguijón?».
Esto también demostraba que estaba lleno del Espíritu Santo. Dondequiera que vive, obra y gobierna el Espíritu de gracia, eleva el alma hacia lo alto. Quienes están llenos del Espíritu Santo mirarán firmemente al cielo, porque allí está su corazón. Esteban también se colocó en una actitud de expectativa, listo para recibir la siguiente manifestación de la gloria y la gracia divinas. Si esperamos escuchar algo del cielo, debemos mirar firmemente hacia el cielo.
Vio la gloria de Dios (Hechos 7:55) porque primero vio los cielos abiertos (Hechos 7:56). Algunos piensan que sus ojos fueron fortalecidos más allá de su capacidad natural, de modo que pudo ver hasta el tercer cielo, aun desde una gran distancia. Otros creen que se trató de una visión divina puesta delante de sus ojos, como ocurrió con Isaías y Ezequiel. En ese sentido, el cielo descendió hasta él, como en Apocalipsis 21:2. Los cielos fueron abiertos para que pudiera ver la felicidad a la que estaba a punto de entrar y así atravesar una muerte tan grande con valor y paz.
Si nosotros miráramos firmemente hacia lo alto por la fe, veríamos los cielos abiertos por medio de la mediación de Cristo, porque el velo ha sido rasgado y se nos ha abierto un camino nuevo y vivo hacia el lugar santo. El cielo está abierto para que haya comunión entre Dios y las personas: sus bendiciones descienden hasta nosotros, y nuestras oraciones y alabanzas suben hasta él. También podemos contemplar la gloria de Dios, hasta donde él la ha revelado en su palabra. Esa visión nos sostendrá en medio de todo terror, sufrimiento y muerte.
Esteban vio a Jesús de pie a la derecha de Dios (Hechos 7:55), al Hijo del Hombre, como dice Hechos 7:56. Puesto que Jesús es el Hijo del Hombre y llevó consigo al cielo nuestra naturaleza humana, revestida de un cuerpo, podía ser visto con ojos corporales, y Esteban lo vio. Cuando los profetas del Antiguo Testamento contemplaban la gloria de Dios, por lo general había ángeles presentes en la visión. La visión de Isaías de la presencia de Dios estuvo acompañada por serafines, y la de Ezequiel, por querubines; ambos grupos señalan a los ángeles, servidores de la providencia de Dios. Pero aquí no se mencionan ángeles, aunque rodean el trono y al Cordero. En cambio, Esteban ve a Jesús a la derecha de Dios, el gran mediador, por medio de quien la gracia de Dios llega a nosotros y de quien sube hacia Dios más gloria que la que procede de todo el ministerio de los santos ángeles. La gloria de Dios resplandece con mayor intensidad en el rostro de Jesucristo, porque allí la gloria de su gracia se manifiesta con mayor claridad.
Esto también demuestra que Cristo ha sido exaltado a la derecha del Padre. Los apóstoles lo vieron ascender, pero no lo vieron sentarse. Una nube lo recibió y lo ocultó de sus ojos.
Se nos dice que Jesús se sentó a la derecha de Dios, pero ¿alguna vez fue visto allí? Sí. Esteban lo vio allí y quedó completamente satisfecho con esa visión. Vio a Jesús a la derecha de Dios, lo cual muestra su gran honor y su gobierno real, su poder ilimitado y su autoridad sobre todas las cosas. Todo lo que la mano derecha de Dios nos da, recibe de nosotros o hace por nosotros, lo hace por medio de Cristo, porque él es la mano derecha de Dios.
Por lo general se dice que Cristo está sentado allí, pero Esteban lo ve de pie, como alguien especialmente preocupado por su siervo que sufre. Se puso de pie como un juez listo para defender la causa de Esteban contra sus perseguidores. Él se levanta de su morada santa (Zacarías 2:13) y sale de su lugar para castigar (Isaías 26:21). Está de pie, listo para recibir a Esteban y coronarlo, y mientras tanto le permite contemplar el gozo que tiene delante.
Esto tenía el propósito de animar a Esteban. Él ve que Cristo está de su lado, y entonces no importa quién esté en su contra. Cuando nuestro Señor Jesús estaba en agonía, un ángel apareció para fortalecerlo, pero a Esteban se le apareció Cristo mismo. Nada trae más consuelo a los creyentes que están por morir ni más valor a los creyentes que sufren que ver a Jesús a la derecha de Dios. Bendito sea Dios: por la fe, nosotros también podemos verlo allí.
Entonces Esteban les dijo a quienes estaban a su alrededor lo que veía (Hechos 7:56): «Miren, veo los cielos abiertos». Lo que lo consolaba a él debió haberlos convencido de pecado y advertido que no siguieran atacando a un hombre sobre quien el cielo mostraba claramente su favor. Así que declaró lo que veía y dejó que ellos decidieran qué hacer con ello. A algunos solo los hizo enfurecerse más, pero quizá llevó a otros a pensar en ese Jesús a quien perseguían y a creer en él.
Ahora siguen las oraciones piadosas de Esteban a Jesucristo. La manifestación de la gloria de Dios no lo elevó por encima de la oración. Lo movió a orar con mayor profundidad: «Apedrearon a Esteban mientras él invocaba a Dios» (Hechos 7:59). Él invocaba a Dios, y eso demostraba que era un verdadero israelita; aun así, ellos continuaron apedreándolo, sin darse cuenta de lo peligroso que es luchar contra quienes tienen un lugar en el cielo. Aunque lo apedreaban, él siguió invocando a Dios. De hecho, esa era precisamente la razón por la que lo invocaba.
Esto es un consuelo para quienes son odiados y maltratados sin causa. Tienen un Dios a quien pueden acudir, un Dios que es completamente suficiente y que siempre escucha la oración. Las personas pueden taparse los oídos, como lo hicieron aquí (Hechos 7:57), pero Dios no. A Esteban lo habían expulsado de la ciudad, pero no lo habían alejado de su Dios. Estaba dejando el mundo, y por eso invocaba a Dios, pues debemos hacerlo mientras vivamos. Es bueno morir orando. Entonces necesitamos una fuerza que nunca antes hemos tenido para realizar una obra que nunca antes hemos hecho; y ¿cómo podemos recibir esa ayuda si no es por medio de la oración?
Esteban ofreció dos oraciones breves en sus últimos momentos, y en ellas pareció exhalar su alma. Primero oró por sí mismo: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Cristo había entregado su propio espíritu en las manos del Padre, y aquí se nos enseña a entregar el nuestro en las manos de Cristo como mediador, aquel que nos lleva al Padre. Esteban vio a Jesús de pie a la derecha del Padre y le clamó: «Bendito Jesús, haz ahora por mí lo que estás allí para hacer por todos los tuyos. Recibe en tus manos mi espíritu que está por partir».
Observemos primero que el alma es la verdadera persona. Por eso, nuestra principal preocupación, en la vida y en la muerte, debe ser nuestra alma. El cuerpo de Esteban estaba a punto de quedar cruelmente destrozado bajo una lluvia de piedras. Su tienda terrenal estaba a punto de ser derribada y maltratada. Pero, sin importar lo que le sucediera al cuerpo, su oración era: «Señor, que mi espíritu esté seguro. Haz que todo le vaya bien a mi pobre alma». Mientras vivimos, debemos procurar que, aunque el cuerpo tenga hambre o esté mal vestido, el alma sea alimentada y vestida. Aunque el cuerpo padezca dolor, el alma puede descansar en paz. Cuando morimos, aunque el cuerpo sea arrojado a un lado como una vasija rota que nadie quiere, el alma todavía puede ser recibida como una vasija para honra, con Dios como su fuerza y su herencia, aun cuando la carne desfallezca.
Observemos también que nuestro Señor Jesús es Dios, y que debemos buscarlo, confiar en él y hallar consuelo en él durante la vida y la muerte. Esteban oró a Cristo, y nosotros también debemos hacerlo, porque es la voluntad de Dios que todos honren al Hijo tal como honran al Padre. Debemos encomendarnos a Cristo, porque solo él puede guardar lo que le confiamos hasta aquel día. Cuando llegue el momento de morir, debemos mantener los ojos puestos en Cristo, porque no hay un paso seguro hacia el mundo venidero fuera de su cuidado, ni consuelo en los momentos de la muerte que no provenga de él.
Que Cristo reciba nuestro espíritu al morir es lo más importante que debemos procurar y aquello que más consuelo debe darnos. Mientras vivimos, debemos preocuparnos de que Cristo reciba nuestro espíritu cuando muramos. Si él lo rechaza, ¿adónde podrá ir? ¿Cómo podrá escapar del león rugiente? Por eso debemos encomendárselo cada día, para que lo gobierne, lo santifique y lo prepare para el cielo. Solo entonces lo recibirá. Si esta ha sido nuestra preocupación mientras vivimos, puede ser nuestro consuelo al morir: seremos recibidos en moradas eternas.
En segundo lugar, Esteban oró por sus perseguidores (Hechos 7:60). Vale la pena observar la manera en que oró, porque parece haberlo hecho con mayor solemnidad que en la primera oración. Se arrodilló, mostrando humildad al orar. También clamó con voz fuerte, mostrando fervor. ¿Por qué mostró más humildad y urgencia exterior en esta petición que en la primera? Porque nadie dudaría de que hablaba con verdadera seriedad cuando oraba por sí mismo. Pero orar por los enemigos va en contra de la naturaleza humana caída, así que dio una prueba clara de que realmente lo decía de corazón.
Su oración fue: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado». Así siguió el ejemplo de su Maestro moribundo, quien oró: «Padre, perdónalos», por quienes lo estaban matando. También dejó un ejemplo para todos los que, después de él, sufrirían por causa de Cristo, mostrándoles cómo orar por quienes los persiguen. La oración puede proclamar un mensaje. Eso hizo ante los hombres que apedreaban a Esteban. Él se arrodilló para que notaran que estaba a punto de orar, y clamó para que escucharan lo que decía y aprendieran dos cosas.
Primero, lo que estaban haciendo era pecado, un pecado muy grave; y, a menos que la misericordia y la gracia de Dios los libraran de ello, se les atribuiría y les traería vergüenza eterna. Segundo, aunque estaban llenos de odio y furia contra él, Esteban estaba en paz con ellos. Lejos de querer que Dios los castigara por su muerte, le pidió sinceramente que no les tomara en cuenta ese pecado. Tendrían que rendir cuentas por algo terrible.
Si no se arrepentían, su culpa ciertamente se les tomaría en cuenta. Sin embargo, Esteban no quería que ese terrible juicio cayera sobre ellos. Al reflexionar en esto cuando sus mentes estuvieran tranquilas, seguramente les resultaría difícil perdonarse por haber matado a un hombre tan dispuesto a perdonarlos. «Los sanguinarios aborrecen al íntegro, pero los rectos buscan su vida» (Proverbios 29:10).
Tercero, aunque su pecado era muy grande, no debían pensar que estaba más allá del perdón si se arrepentían. Si tomaban esto en serio, Dios no se los tomaría en cuenta. San Agustín dijo: «¿Crees que Pablo escuchó a Esteban orar así? Probablemente sí; quizá entonces se burló de esa oración, pero después se benefició de ella y le fue mejor por causa de ella». En otras palabras, la oración de Esteban quizá ayudó más adelante al menos a uno de sus enemigos.
La muerte de Esteban llegó acompañada de estas palabras. Cuando hubo dicho esto, se durmió; o, mientras todavía hablaba, recibió el golpe mortal. Para el pueblo de Dios, la muerte es solo un sueño; no un sueño del alma, pues Esteban había entregado su alma en las manos de Cristo, sino un sueño del cuerpo. Es descanso de todas sus aflicciones y trabajos arduos, liberación completa del cansancio y del dolor. Esteban murió con gran rapidez, tan pronto como alguien podría morir; sin embargo, al morir, se durmió.
Se entregó a su última tarea con tanta calma como si simplemente fuera a acostarse. Era como si la muerte solo le cerrara los ojos. Observemos también que se durmió mientras oraba por quienes lo perseguían. La manera en que está escrito sugiere que sentía que no podía morir en paz hasta haber hecho esto. Morir en paz con todos ayuda mucho a morir bien. Así Cristo nos encuentra en paz. No permitamos que el sol se ponga sobre nuestro enojo.
Se durmió. La antigua versión latina añade: «en el Señor», es decir, en el abrazo amoroso de Cristo. Si duerme de esta manera, todo estará bien. Despertará de nuevo en la mañana de la resurrección.
De este capítulo
Hechos 7:1
"El sumo sacerdote le preguntó a Esteban si era cierto lo que decían de él,"
Hechos 7:2
"y él respondió: Hermanos y padres, escúchenme: Nuestro glorioso Dios se manifestó a nuestro antepasado Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de que se fuera a vivir a Harán,"
Hechos 7:3
"y le dijo: “Deja tu tierra y a tus parientes, y vete a la tierra que yo te mostraré”."
Hechos 7:4
"Entonces Abraham salió de Caldea y se fue a vivir a Harán. Después de que murió su padre, Dios trajo a Abraham a esta tierra donde ustedes viven ahora."
Hechos 7:5
"Pero no le dio ninguna herencia en ella, ni siquiera un lugar donde poner el pie. Sin embargo, le prometió que se la daría para que, después de su muerte, perteneciera a sus descendientes, aunque en aquel tiempo Abraham todavía no tenía hijos."
Hechos 7:6
"Además, Dios le dijo que sus descendientes vivirían como extranjeros en una tierra extraña, que serían esclavos y que los maltratarían durante cuatrocientos años."
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