Versículo destacado
2 Pedro 1:5 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Por esto, deben esforzarse en añadir a su fe la buena conducta; a la buena conducta, el entendimiento; "
2 Pedro 1:5
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
3 Dios, por su poder, nos ha concedido todo lo que necesitamos para la vida y la devoción, al darnos a conocer a aquel que nos llamó por su propia grandeza y sus obras maravillosas.
4 Por medio de estas cosas nos ha dado sus promesas, que son muy grandes y valiosas, para que por ellas ustedes lleguen a participar de la naturaleza de Dios y escapen de la corrupción que los malos deseos han traído al mundo.
5 Por esto, deben esforzarse en añadir a su fe la buena conducta; a la buena conducta, el entendimiento;
6 al entendimiento, el dominio propio; al dominio propio, la paciencia; a la paciencia, la devoción;
7 a la devoción, el afecto fraternal; y al afecto fraternal, el amor.
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Con estas palabras, el apóstol llega al propósito principal de esta carta: animar a los creyentes a crecer en la gracia y la santidad. Ellos ya habían recibido una fe preciosa y habían llegado a ser participantes de la naturaleza divina, pero eso solo era un buen comienzo. No debían detenerse allí, como si ya fueran perfectos. Él había orado para que la gracia y la paz abundaran en ellos, y ahora los exhorta a seguir avanzando hacia una medida mayor de gracia.
También debemos recordar animar a las personas por quienes oramos y ayudarlas a aprovechar los medios que Dios les ha dado para crecer. Todo el que desea progresar verdaderamente en la vida cristiana debe ser diligente y tomarla en serio. Sin un esfuerzo completo, no hay un verdadero avance en la santidad. Las personas perezosas no hacen nada en la obra de la fe. Debemos esforzarnos si queremos entrar por la puerta estrecha (Lucas 13:24).
Aquí vemos la vida cristiana trazada paso a paso. Primero, el creyente debe añadir virtud a su fe; aquí, virtud significa fortaleza y valor. Algunos han entendido que se refiere a la justicia, y hay algo de verdad en ello, pero el punto principal es tener un corazón firme, dispuesto a hacer buenas obras. Los creyentes fieles deben procurar mantenerse ocupados en buenas obras (Tito 3:8). Sin valor, un cristiano no puede defender abiertamente lo correcto ni perseverar en hacerlo. El justo debe ser valiente como un león (Proverbios 28:1). El cristiano temeroso, que se avergüenza de confesar a Cristo o de obedecer sus mandamientos, debe esperar que Cristo se avergüence de él en el día final.
Necesitamos este tipo de valor durante toda la vida, y será de gran importancia cuando llegue el momento de morir. No debemos permitir que el corazón desfallezca en el día de la adversidad. Debemos mostrar valor al enfrentar a todo enemigo: el mundo, la carne, el diablo y aun la muerte misma.
Segundo, el creyente debe añadir conocimiento a la virtud; es decir, prudencia al valor. Hay un conocimiento del nombre de Dios que debe preceder a la fe (Salmo 9:10). No podemos aprobar correctamente la voluntad buena, agradable y perfecta de Dios hasta conocerla. Pero también necesitamos sabiduría para discernir el momento, el lugar, las personas y la manera apropiada de cumplir con nuestro deber. La prudencia cristiana presta atención a esos detalles. Todo creyente debe buscar el conocimiento y la sabiduría que lo ayuden a orientarse, tanto en el orden de sus deberes cristianos como en la manera de llevarlos a cabo.
Tercero, debemos añadir dominio propio al conocimiento. Debemos ser sobrios y moderados en la manera en que amamos y usamos las cosas buenas de esta vida. Cuando comprendemos correctamente el valor de las comodidades externas, vemos que son mucho menos valiosas que las bendiciones espirituales. El ejercicio físico y los privilegios relacionados con el cuerpo aprovechan poco, por lo que deben valorarse y usarse de acuerdo con esa realidad. El evangelio enseña sobriedad, además de rectitud (Tito 2:12). Debemos ser moderados en nuestro deseo de comida, bebida, ropa, sueño, recreación y reconocimiento. Un deseo excesivo por estas cosas no es compatible con un deseo profundo de Dios y de Cristo. Quienes toman de ellas más de lo que les corresponde no pueden dar a Dios ni a los demás lo que les deben.
Cuarto, debemos añadir perseverancia al dominio propio. La perseverancia debe realizar plenamente su obra; de lo contrario, no podremos ser maduros y completos, sin que nos falte nada (Santiago 1:4). Nacemos para enfrentar dificultades, y por medio de muchas dificultades debemos entrar en el reino de los cielos. La tribulación produce perseverancia (Romanos 5:3), porque las pruebas ponen esta gracia en acción y la fortalecen. Por medio de la perseverancia soportamos las aflicciones y las pérdidas dolorosas con serenidad y sumisión. No nos quejamos contra Dios, sino que reconocemos que él es justo en todo lo que permite que nos suceda. Admitimos que nuestros sufrimientos son menores de lo que nuestros pecados merecen y confiamos en que no son mayores de lo que necesitamos.
Quinto, a la perseverancia debemos añadirle piedad: verdadera reverencia y amor por Dios. La perseverancia conduce a esto porque produce experiencia, es decir, un conocimiento de Dios y de su cuidado que ha sido probado (Romanos 5:4). Cuando los cristianos sufren con paciencia, aprenden por experiencia acerca de la bondad amorosa de su Padre celestial. Él no retira esa bondad de sus hijos, aun cuando los disciplina para corregir sus pecados (Salmo 89:32-33). Esto los conduce al temor reverente y al amor confiado propios de un hijo, que juntos forman la verdadera piedad.
Sexto, debemos añadir afecto fraternal a la piedad: un cariño tierno por todos los demás cristianos. Ellos son hijos del mismo Padre, siervos del mismo Señor, miembros de la misma familia, peregrinos hacia el mismo país y herederos de la misma herencia. Por eso deben amarse con un corazón puro y con calidez, con un amor que se deleita en ellos, como personas especialmente cercanas y queridas, en quienes encuentran un gozo especial (Salmo 16:3).
Séptimo, debemos añadir al amor especial que tenemos por los hijos de Dios el amor benevolente hacia todas las personas. Dios hizo de una sola sangre a todas las naciones, y todos comparten la misma naturaleza humana. Todos pueden recibir las mismas misericordias y están expuestos a las mismas dificultades. Por eso, aunque los cristianos han sido apartados y honrados por encima de quienes están sin Cristo, todavía deben compadecerse de los demás en sus sufrimientos, ayudarlos en sus necesidades y procurar su bien, tanto en el cuerpo como en el alma, siempre que tengan la oportunidad. De esta manera, los creyentes muestran que son hijos de Dios, quien es bueno con todos, pero especialmente bueno con Israel.
Todas estas gracias deben estar presentes; de lo contrario, no estaremos plenamente preparados para toda buena obra, para los deberes que debemos a Dios y a las personas, para la obediencia activa y perseverante, ni para aquellas acciones en las que imitamos a Dios, además de aquellas en las que simplemente le obedecemos. Por eso, y para impulsarnos a buscarlas de manera constante e incansable, el apóstol presenta las bendiciones que reciben todos los que se esfuerzan con éxito para que estas cualidades estén en ellos y abunden. Estas bendiciones se presentan de manera más general en el versículo 8.
Cuando estas gracias están en nosotros y van creciendo, nos impiden ser inútiles o estériles. En el estilo de las Escrituras, a menudo se expresa mucho más de lo que las palabras dicen de manera explícita. Por eso, cuando se dice acerca de Acaz, uno de los peores reyes de Judá, que no hizo lo recto ante los ojos del Señor (2 Reyes 16:2), se da a entender que hizo lo que era profundamente ofensivo y malo.
De la misma manera, cuando Pedro dice que tener y aumentar en las gracias cristianas nos librará de ser inactivos y estériles, quiere decir que estas gracias nos harán estar llenos de vida, dispuestos y activos en la práctica de la fe. Nos harán abundar en buenas obras, y esas obras glorifican a Dios. También producen fruto entre las personas, especialmente al llevarlas al conocimiento, o reconocimiento público, de nuestro Señor Jesucristo. El verdadero creyente reconoce a Cristo como Señor y lo demuestra haciendo la obra que él le ha encomendado.
Este es el resultado natural de añadir una gracia a otra. Cuando todas las gracias cristianas están en el corazón, se fortalecen y se animan mutuamente. Entonces todas crecen juntas, y donde aumenta la gracia, también aumentan las buenas obras. Pedro muestra cuán deseable es esa condición en el versículo 9.
También muestra cuán miserable es carecer de estas gracias vivificantes y fructíferas. La persona que no las tiene, o que solo afirma tenerlas sin ponerlas en práctica ni hacerlas crecer, está ciega en lo espiritual. Las palabras siguientes explican esto con mayor claridad: no puede ver de lejos. Puede ver y amar este mundo presente y malvado, pero no tiene una visión verdadera del mundo venidero. Las bendiciones espirituales y los privilegios celestiales no despiertan en ella ningún interés.
Todo el que realmente percibe el valor de la vida cristiana debe esforzarse por obtener esas gracias necesarias para recibir gloria, honra e inmortalidad. Pero cuando faltan estas gracias, las personas no pueden mirar verdaderamente hacia adelante, ni siquiera a cosas que en realidad no están lejos, aunque a ellas les parezcan lejanas. Las apartan de su mente. Qué condición tan miserable: estar ciego ante las grandes realidades de la vida venidera, sin poder ver la realidad, la certeza, la grandeza ni la cercanía de las recompensas que Dios dará a los justos, ni el terrible castigo que traerá sobre los impíos.
Pero eso no es todo. Quienes no añaden a su fe virtud, conocimiento y todo lo demás tampoco pueden mirar claramente hacia atrás. Su memoria es tan débil como su vista. Olvidan que han sido bautizados, que han recibido medios de gracia y que han sido comprometidos con la santidad en el corazón y en la vida. Por medio del bautismo somos alistados en una guerra santa contra el pecado. Quedamos solemnemente comprometidos a luchar contra la carne, el mundo y el diablo.
Por eso, deben mantener presente la solemne promesa de pertenecer al Señor. Deben pensar con frecuencia en los privilegios especiales y en los estímulos que han recibido para dejar atrás toda impureza del cuerpo y del espíritu.
Luego el apóstol menciona dos grandes beneficios que resultan de la diligencia en el deber cristiano: firmeza en la gracia y una entrada victoriosa en la gloria. Los introduce repitiendo en otras palabras el llamado que había hecho antes. Lo que dijo en el versículo 5 acerca de poner todo empeño en añadir virtud, conocimiento y todo lo demás a la fe, lo expresa en el versículo 10 como poner todo empeño en hacer firme nuestro llamamiento y elección. De esto aprendemos que los creyentes deben buscar la seguridad clara de que han sido escogidos por Dios.
La manera de hacer firme nuestra elección eterna es hacer firme nuestro llamamiento eficaz. Nadie puede penetrar en el plan eterno de Dios. Sin embargo, los escogidos de Dios también son llamados; y si comprobamos que hemos sido verdaderamente llamados de manera eficaz, podemos concluir que fuimos escogidos para salvación. Esto requiere mucha diligencia y esfuerzo. Implica examinarnos cuidadosamente y escudriñar nuestro interior para ver si realmente hemos sido convertidos, si nuestra mente ha sido iluminada, nuestra voluntad renovada y toda nuestra alma transformada en su inclinación y dirección.
Para alcanzar una certeza firme, necesitamos poner el mayor empeño, y no podemos conservarla sin la ayuda de Dios (Salmo 139:23; Romanos 8:16). Sin embargo, nadie debe pensar que este esfuerzo es excesivo, porque el beneficio es grande. Por este medio, seremos guardados de caer en todo momento, incluso durante temporadas de intensa tentación en la tierra. Cuando otros caigan en pecados graves y vergonzosos, quienes son diligentes recibirán ayuda para caminar con cuidado y perseverar en su deber.
Cuando muchos caigan en el error, ellos serán guardados firmes en la fe y serán perfeccionados y completados en todo lo que Dios quiere. Quienes son diligentes en su vida de fe también tendrán una entrada triunfal en la gloria. Algunos apenas se salvan, con gran dificultad, como pasando por fuego (1 Corintios 3:15; 1 Pedro 4:18). Pero quienes crecen en la gracia y abundan en la obra del Señor recibirán una bienvenida abundante al gozo de su Señor, a ese reino eterno donde Cristo reina y donde ellos reinarán con él para siempre.
De este capítulo
2 Pedro 1:1
"Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, saluda a quienes han llegado a tener una fe tan preciosa como la nuestra, porque nuestro Dios y Salvador Jesucristo es justo."
2 Pedro 1:2
"Reciban gracia y paz en abundancia mediante el conocimiento que tienen de Dios y de Jesús, nuestro Señor."
2 Pedro 1:3
"Dios, por su poder, nos ha concedido todo lo que necesitamos para la vida y la devoción, al darnos a conocer a aquel que nos llamó por su propia grandeza y sus obras maravillosas."
2 Pedro 1:4
"Por medio de estas cosas nos ha dado sus promesas, que son muy grandes y valiosas, para que por ellas ustedes lleguen a participar de la naturaleza de Dios y escapen de la corrupción que los malos deseos han traído al mundo."
2 Pedro 1:6
"al entendimiento, el dominio propio; al dominio propio, la paciencia; a la paciencia, la devoción;"
2 Pedro 1:7
"a la devoción, el afecto fraternal; y al afecto fraternal, el amor."
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