Versículo destacado

2 Pedro 1:19 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Esto hace más seguro el mensaje de los profetas, el cual ustedes, con toda razón, toman en cuenta. Pues ese mensaje es como una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que amanezca el día y la estrella de la mañana salga para alumbrarles el corazón. "

2 Pedro 1:19

menu_book El versículo en contexto

17 Lo vimos cuando Dios el Padre le dio honor y gloria, cuando la voz de Dios le habló de aquella manera gloriosa: «Este es mi Hijo amado, a quien he elegido.»

18 Nosotros mismos oímos aquella voz que venía del cielo, pues estábamos con el Señor en el monte sagrado.

19 Esto hace más seguro el mensaje de los profetas, el cual ustedes, con toda razón, toman en cuenta. Pues ese mensaje es como una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que amanezca el día y la estrella de la mañana salga para alumbrarles el corazón.

20 Pero, ante todo, tengan presente esto: ninguna profecía de la Escritura es algo que uno pueda interpretar según su propio parecer,

21 porque los profetas nunca hablaron por iniciativa humana; al contrario, eran hombres que hablaban de parte de Dios, dirigidos por el Espíritu Santo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Con estas palabras, el apóstol presenta otro argumento a favor de la verdad del evangelio. Da a entender que esta prueba es incluso más fuerte que la anterior y muestra con mayor claridad que la enseñanza acerca del poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo no es una historia inventada ni un proyecto humano. Es el plan sabio y maravilloso del Dios santo y lleno de gracia. La razón es que este mensaje había sido anunciado de antemano por los profetas y escritores del Antiguo Testamento, quienes hablaron y escribieron bajo la dirección del Espíritu.

Primero, describe las Escrituras del Antiguo Testamento como «una palabra profética más segura». Son un testimonio profético acerca del poder y la venida de Cristo, de su divinidad y de su encarnación, anunciadas ya en el Antiguo Testamento. Allí se predijo que la descendencia de la mujer heriría la cabeza de la serpiente; esto significa que Cristo destruiría al diablo y su obra, y que nacería de una mujer. El gran nombre de Dios en el Antiguo Testamento, Jehová, entendido por algunos como «Él será», apunta a Dios viniendo en carne para redimir y salvar a su pueblo. De este modo, el Nuevo Testamento es la historia de lo que el Antiguo Testamento había prometido por medio de la profecía.

Todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan el Bautista (Mateo 11:13). Después, los evangelistas y los apóstoles escribieron la historia de lo que había sido anunciado anteriormente. La manera en que el Nuevo Testamento cumple el Antiguo, y la armonía entre ambos, ofrece una prueba firme de que los dos son verdaderos. Por eso debemos leer el Antiguo Testamento como una profecía acerca de Cristo, y usar el Nuevo Testamento con cuidado y gratitud como la mejor explicación del Antiguo.

El Antiguo Testamento recibe el nombre de «una palabra profética más segura» porque los judíos ya lo habían recibido como los oráculos de Dios. Los profetas posteriores confirmaron lo que habían dicho los profetas anteriores. Estas profecías fueron escritas por mandato de Dios, preservadas por su cuidado especial y, en muchos casos, cumplidas de maneras sorprendentes. Por esa razón, eran todavía más seguras para quienes habían recibido y leído las Escrituras durante mucho tiempo que el relato del apóstol acerca de la voz del cielo. Moisés y los profetas convencen con más fuerza que incluso los milagros (Lucas 16:31). Por tanto, ¡cuán firme debe ser nuestra fe, puesto que contamos con una palabra tan firme y segura en la cual descansar! Toda la profecía del Antiguo Testamento es aún más segura para nosotros, porque tenemos la historia de su cumplimiento exacto y detallado.

Segundo, el apóstol nos anima a escudriñar las Escrituras. Hacemos bien en prestarles atención. Esto significa usar la mente para comprender su significado y el corazón para creer en su verdad. También significa entregarnos a ellas de modo que nos formen. La palabra es la enseñanza en la cual debemos ser moldeados (Romanos 6:17), y el modelo de verdad que debe guiar nuestros pensamientos, palabras, confesiones y toda nuestra manera de vivir. Si nos entregamos de esta forma a la palabra de Dios, hacemos verdaderamente lo correcto en todo sentido, agradamos a Dios y también nos hacemos bien. En realidad, esto no es más que dar a los oráculos de Dios el respeto que merecen.

Para ayudarnos a hacerlo, el apóstol señala varias cosas útiles para cualquiera que desee aprovechar las Escrituras. Debemos considerar las Escrituras como una luz que Dios envió al mundo para disipar la oscuridad que cubre la tierra. La palabra es una lámpara para los pies de quienes la usan correctamente. Muestra el camino por el que debemos andar y nos ayuda a conocer la senda de la vida. También debemos reconocer nuestra propia oscuridad. Este mundo está lleno de error e ignorancia, y por naturaleza toda persona carece del conocimiento necesario para la vida eterna. Si alguien llega a ser sabio para la salvación, es porque la palabra de Dios resplandece en su corazón.

Las ideas naturales acerca de Dios no son suficientes para las personas caídas. Aun en el mejor de los casos, las personas ahora conocen mucho menos de lo que Adán conocía antes de pecar, y, sin embargo, necesitan conocer mucho más acerca de Dios. Cuando el Espíritu Santo envía la luz de las Escrituras a una mente ciega y a un entendimiento oscurecido, comienza el día espiritual y el lucero de la mañana se levanta en esa alma. Es como el amanecer, que se vuelve cada vez más brillante y se extiende por toda la persona hasta que llega el día pleno (Proverbios 4:18). Se trata de un conocimiento que crece. Quienes reciben esta iluminación nunca creen saber lo suficiente hasta que llegan a conocer como son conocidos. Por eso, prestar atención a esta luz es tanto el deber como el beneficio de todas las personas. Quienes practican la verdad vienen a la luz, mientras que quienes hacen el mal se mantienen alejados de ella.

Tercero, el apóstol dice que hay algo que debemos saber antes de poder escuchar verdaderamente las Escrituras y beneficiarnos de ellas: toda profecía proviene de Dios. No se limita a afirmarlo, sino que también lo demuestra. Ninguna profecía de las Escrituras proviene de una interpretación privada; es decir, no es una idea propia del ser humano ni una explicación personal. Es la revelación de la mente de Dios. Esto es lo que distinguía a los profetas del Señor de los falsos profetas. Los profetas del Señor no hablaban ni actuaban guiados por sus propios pensamientos. Moisés, el principal de ellos, declaró claramente que no había hecho ninguna de las obras ni comunicado ninguna de las leyes y órdenes por iniciativa propia (Números 16:28). En cambio, los falsos profetas hablaban visiones nacidas de su propio corazón, no de la boca del Señor (Jeremías 23:16).

Los profetas y escritores de las Escrituras hablaron y escribieron lo que estaba en la mente de Dios. Aunque, bajo la dirección del Espíritu, estuvieron dispuestos a revelar y registrar estas cosas, lo hicieron porque Dios quería que fueran habladas y escritas. Y aunque las Escrituras no son el producto de la opinión o el deseo humanos, sino la revelación de la voluntad de Dios, cada persona debe escudriñarlas y procurar comprender su significado. La verdad de que las Escrituras provienen de Dios y no del ser humano debe ser conocida y reconocida por todos los que quieran prestar atención a la palabra profética segura.

Que las Escrituras son la palabra de Dios no solo forma parte de la verdadera fe cristiana, sino que también es un asunto que puede conocerse. Una persona reconoce a un amigo por las señales claras y particulares que le pertenecen. De la misma manera, el cristiano reconoce que un libro proviene de Dios cuando ve en él las señales claras de un libro inspirado por Dios.

Encuentra dulzura en él, siente su poder y contempla una gloria verdaderamente divina. La divinidad de las Escrituras debe ser conocida y aceptada primero, antes de que las personas puedan aprovecharlas bien y prestarles la debida atención. Para apartar nuestra mente de todos los demás escritos y darles a las Escrituras un lugar especial como la única regla segura e inmutable, debemos estar plenamente convencidos de que provienen de Dios y contienen su verdadera mente y voluntad.

Puesto que esta convicción es tan necesaria, el apóstol explica entonces cómo llegó a escribirse el Antiguo Testamento. No surgió de la voluntad humana. Esto significa que las cosas registradas en él no son opiniones de hombres, y que los profetas no escribieron simplemente porque decidieron hacerlo. Lo que quedó escrito en el canon de las Escrituras no fue determinado por preferencias humanas.

Más bien, hombres santos de Dios hablaron impulsados por el Espíritu Santo. Eran hombres apartados para el servicio de Dios, los que él usó para escribir el libro que recibimos como su palabra. Balaam y Caifás, así como otras personas que no eran santas, pudieron hablar ocasionalmente por el Espíritu en momentos especiales; sin embargo, no fueron usados para escribir ninguna parte de las Escrituras destinadas a la iglesia de Dios. Todos los escritores de las Escrituras fueron hombres santos de Dios.

Estos hombres santos fueron impulsados por el Espíritu Santo en lo que hablaron como la mente y la voluntad de Dios. El Espíritu Santo es el autor principal, y los hombres santos fueron solamente sus instrumentos. El Espíritu inspiró y dirigió lo que debían comunicar. Los movió y les dio la capacidad de hablar y escribir lo que había puesto en sus bocas. También los ayudó y guio con tanta precisión que fueron preservados aun del más pequeño error en lo que escribieron.

Por eso, las mismas palabras de las Escrituras deben ser tratadas como palabras del Espíritu Santo. Toda su claridad y sencillez, todo su poder y vida, y toda su belleza y expresión apropiada deben considerarse provenientes de Dios. Mezcla, por tanto, la fe con lo que encuentres en las Escrituras. Valora y honra tu Biblia como un libro escrito por hombres santos, inspirados, guiados y ayudados por el Espíritu Santo.

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