Versículo destacado
2 Pedro 1:16 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" La enseñanza que les dimos acerca del poder y el regreso de nuestro Señor Jesucristo no consistía en cuentos ingeniosamente inventados, pues con nuestros propios ojos vimos al Señor en su grandeza. "
2 Pedro 1:16
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
14 Nuestro Señor Jesucristo me ha dado a conocer que pronto habré de dejar esta vida;
15 pero haré todo lo posible para que, también después de mi muerte, ustedes se acuerden de estas cosas.
16 La enseñanza que les dimos acerca del poder y el regreso de nuestro Señor Jesucristo no consistía en cuentos ingeniosamente inventados, pues con nuestros propios ojos vimos al Señor en su grandeza.
17 Lo vimos cuando Dios el Padre le dio honor y gloria, cuando la voz de Dios le habló de aquella manera gloriosa: «Este es mi Hijo amado, a quien he elegido.»
18 Nosotros mismos oímos aquella voz que venía del cielo, pues estábamos con el Señor en el monte sagrado.
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Pedro da la razón de la fuerte advertencia que acaba de dar. Estas verdades no son historias vacías ni asuntos de poca importancia, sino verdades firmes y de gran trascendencia. El evangelio no es un relato ingeniosamente inventado, ni el discurso de un engañador, ni una invención de un grupo de hombres que usan artimañas para desviar a los demás.
El camino de salvación por medio de Jesucristo es realmente el plan de Dios, el diseño sabio del Señor infinitamente sabio. Él estableció esta manera de salvar a los pecadores por medio de Jesucristo. En el evangelio se dan a conocer el poder y la venida de Cristo, y eso es lo que predicó el apóstol.
La predicación del evangelio da a conocer el poder de Cristo. Muestra que él puede salvar por completo a todos los que se acercan a Dios por medio de él. Él es el Dios poderoso; por eso puede salvar a las personas tanto de la culpa del pecado como de la contaminación del pecado.
La predicación del evangelio también da a conocer la venida de Cristo. Él fue prometido inmediatamente después de la caída del ser humano y, cuando llegó el momento señalado, nació de una mujer. Ya vino en carne, y quien niega esto es un anticristo, alguien que está bajo la influencia del espíritu del anticristo (1 Juan 4:3). Pero los verdaderos apóstoles y ministros de Cristo, guiados por el Espíritu de Cristo, muestran que él vino tal como había sido prometido: esta era la fe en la que murieron creyendo todos los creyentes del Antiguo Testamento (Hebreos 11:39).
Cristo vino en carne porque aquellos a quienes vino a salvar son seres de carne y sangre. Él también participó de esa misma naturaleza, para sufrir en su lugar y hacer expiación, es decir, pagar por el pecado y restaurar la paz con Dios. El evangelio explica claramente esta primera venida de Cristo.
El evangelio también habla de una segunda venida, que los ministros deben dar a conocer. Él vendrá en la gloria de su Padre, acompañado de todos sus santos ángeles. Ha sido designado como Juez de los vivos y de los muertos. Juzgará al mundo con justicia por medio del evangelio eterno y llamará a cada persona a rendir cuentas de todo lo que haya hecho mientras vivía en el cuerpo, sea bueno o malo.
Aunque uno de esos miserables hombres que afirman ser sucesores de Pedro ha llamado blasfemamente fábula a este evangelio, Pedro demuestra que es cierto y real. Durante la vida terrenal de nuestro bendito Salvador, cuando tomó la condición de siervo y vivió como hombre, en ocasiones mostró que verdaderamente era Dios. Esto fue especialmente evidente para Pedro y para los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, quienes fueron testigos oculares de su majestad divina cuando él se transfiguró delante de ellos. Su rostro resplandeció como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz, tan blanca como la nieve, con una blancura que ningún lavandero de la tierra habría podido producir.
Pedro, Santiago y Juan vieron esto con sus propios ojos, por lo que pudieron y debieron dar testimonio de ello. Su testimonio es completamente verdadero, porque hablaron de lo que habían visto y oído. Junto con la gloria visible que Cristo manifestó en la tierra, también hubo una voz del cielo.
Observa qué declaración tan llena de gracia fue pronunciada: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). Es la voz más gloriosa que jamás se haya oído del cielo a la tierra. Dios se complace en Cristo y también se complace en nosotros por medio de él. Este es el Mesías prometido, por medio de quien todos los que creen son aceptados y salvados.
Esta declaración vino de Dios el Padre, quien reconoció públicamente a su Hijo aun cuando Cristo se encontraba en una condición humilde, con la forma de un siervo. Lo llamó su Hijo amado incluso en ese estado de humillación. Las circunstancias humildes de Cristo no disminuyeron en nada el amor del Padre por él. De hecho, se dice que el hecho de entregar su vida fue una razón especial por la que el Padre lo amaba (Juan 10:17).
El propósito de esta voz era otorgarle un honor especial a nuestro Salvador mientras estaba aquí abajo. Recibió honor y gloria de Dios el Padre. Él es aquel a quien Dios se deleita en honrar. Así como Dios exige que honremos y glorifiquemos a su Hijo al confesarlo como nuestro Salvador, también honra y glorifica a nuestro Salvador al declarar que es su Hijo.
Esta voz vino del cielo, llamado aquí la gloria excelsa, y eso le da aún mayor gloria a nuestro bendito Salvador. La declaración vino de Dios, la fuente del honor, y del cielo, el lugar de la gloria, donde Dios está presente de la manera más gloriosa.
Pedro, Santiago y Juan oyeron y entendieron la voz. No escucharon solamente un sonido, como lo hizo la multitud (Juan 12:28-29). Ellos comprendieron su significado. Dios abre los oídos y la mente de su pueblo para que reciban lo que necesitan saber. Otros son como los compañeros de Pablo, que oyeron las palabras, pero no entendieron su significado (Hechos 9:7); por eso se dice que no oyeron la voz de aquel que le hablaba (Hechos 22:9).
Bienaventurados son los que no solo oyen, sino que también entienden, creen y experimentan el poder de la voz del cielo, como Pedro cuando escribió este testimonio. Tenemos toda razón para aceptar su testimonio, pues ofrece un relato tan cuidadoso de la voz del cielo.
Ellos oyeron esta voz en el monte santo, mientras estaban con Jesús. Cualquier lugar donde Dios se manifiesta de manera especial y llena de gracia se vuelve santo durante ese tiempo. No es santo por su propia naturaleza, sino porque Dios está allí, así como fue santa la tierra donde Dios se apareció a Moisés (Éxodo 3:5), y como fue santo el monte donde se construyó el templo (Salmo 87:1). Esos lugares son santos en relación con la presencia especial de Dios, y deben tratarse de esa manera mientras las personas experimentan, o pueden esperar legítimamente conforme a la Palabra de Dios, su presencia especial y su ayuda llena de gracia.
De este capítulo
2 Pedro 1:1
"Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, saluda a quienes han llegado a tener una fe tan preciosa como la nuestra, porque nuestro Dios y Salvador Jesucristo es justo."
2 Pedro 1:2
"Reciban gracia y paz en abundancia mediante el conocimiento que tienen de Dios y de Jesús, nuestro Señor."
2 Pedro 1:3
"Dios, por su poder, nos ha concedido todo lo que necesitamos para la vida y la devoción, al darnos a conocer a aquel que nos llamó por su propia grandeza y sus obras maravillosas."
2 Pedro 1:4
"Por medio de estas cosas nos ha dado sus promesas, que son muy grandes y valiosas, para que por ellas ustedes lleguen a participar de la naturaleza de Dios y escapen de la corrupción que los malos deseos han traído al mundo."
2 Pedro 1:5
"Por esto, deben esforzarse en añadir a su fe la buena conducta; a la buena conducta, el entendimiento;"
2 Pedro 1:6
"al entendimiento, el dominio propio; al dominio propio, la paciencia; a la paciencia, la devoción;"
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