Versículo destacado

2 Corintios 6:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Ahora pues, como colaboradores en la obra de Dios, les rogamos que no desaprovechen la bondad que Dios les ha mostrado. "

2 Corintios 6:1

menu_book El versículo en contexto

1 Ahora pues, como colaboradores en la obra de Dios, les rogamos que no desaprovechen la bondad que Dios les ha mostrado.

2 Porque él dice en las Escrituras: «En el momento oportuno te escuché; en el día de la salvación te ayudé». Y ahora es el momento oportuno. ¡Ahora es el día de la salvación!

3 En nada damos mal ejemplo a nadie, para que nuestro trabajo no caiga en descrédito.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos encontramos el mensaje y el llamado general del apóstol a todas las personas a quienes predicaba dondequiera que iba, junto con las razones y los métodos que empleaba. En primer lugar, su llamado era sencillo: aceptar la oferta del evangelio, que es la reconciliación con Dios. Puesto que habían recibido el privilegio de escuchar el evangelio, no debían recibir en vano la gracia de Dios (2 Corintios 6:1). El evangelio es un mensaje de gracia que llega a nuestros oídos, pero escucharlo no sirve de nada si no creemos en él y vivimos conforme a su propósito.

Cuando los ministros del evangelio exhortan y persuaden a las personas a aceptar la misericordia que se les ofrece, reciben el honor de ser llamados colaboradores con Dios. Tienen que trabajar, y deben hacerlo para Dios, para su gloria y para el bien de las almas. Son colaboradores de Dios, pero siguen estando bajo su autoridad y solo sirven como instrumentos en sus manos. Aun así, si son fieles, pueden esperar que Dios obre con ellos y que su trabajo dé fruto.

Este también es el espíritu y la manera de actuar del evangelio. No viene con dureza ni severidad, sino con mansedumbre. Busca persuadir, suplicar y exhortar mediante razones y llamados, para ganar a los pecadores que, por naturaleza, no están dispuestos a reconciliarse con Dios ni a encontrar en él la felicidad eterna.

Pablo también explicó los argumentos y el método que empleaba. Dijo que el tiempo presente es el único momento apropiado para recibir la gracia ofrecida y aprovechar la gracia concedida: ahora es el tiempo aceptable; ahora es el día de salvación (2 Corintios 6:2). El tiempo del evangelio es un día de salvación, los medios de gracia son medios de salvación y las invitaciones del evangelio son invitaciones a la salvación. El presente es el único momento correcto para aceptarlas: hoy, mientras todavía se dice «hoy».

El día de mañana no nos pertenece. No sabemos qué traerá ni dónde estaremos. Por eso debemos recordar que los tiempos presentes de gracia son breves e inciertos, y que no pueden recuperarse una vez que han pasado. Es tanto nuestro deber como nuestro bien aprovecharlos mientras los tenemos, porque nuestra salvación depende de ello.

Pablo también dice que ellos se cuidaban de no dar ningún motivo de tropiezo que pudiera impedir el éxito de su predicación: «No damos a nadie ninguna ocasión de tropiezo» (2 Corintios 6:3). Le resultaba muy difícil actuar con sabiduría y sin causar ofensa tanto ante judíos como ante gentiles, porque muchos de ambos grupos vigilaban sus errores y buscaban razones para acusarlo a él, a su ministerio o a su conducta. Por eso tenía cuidado de no ofender a quienes estaban listos para sentirse ofendidos, ni por un celo innecesario contra la ley ni por ceder sin necesidad ante quienes defendían la ley con celo.

Vigilaba cuidadosamente sus palabras y sus acciones para no dar motivo de ofensa, culpa o tristeza. Cuando otros se apresuran a sentirse ofendidos, debemos tener cuidado de no darles motivos para ello. Los ministros, especialmente, deben cuidarse de no hacer nada que atraiga reproches sobre su ministerio o lo haga menos eficaz.

El objetivo constante de Pablo era demostrar que era fiel como siervo de Dios en todo (2 Corintios 6:4). Con frecuencia destaca la fidelidad en nuestro trabajo, porque gran parte de su fruto depende de ella. Su corazón estaba dedicado únicamente a Dios en todo su servicio, y no deseaba nada más que ser siervo de Dios y demostrar que era digno de ese nombre. Los ministros del evangelio deben verse a sí mismos como siervos de Dios y actuar en todo como tales.

En primer lugar, lo demostró mediante mucha paciencia en el sufrimiento. Sufrió enormemente y enfrentó muchas dificultades. A menudo pasó necesidad y careció de las comodidades, y a veces incluso de lo indispensable para vivir. Se encontró en profunda angustia, presionado por todos lados y sin saber bien qué hacer. Fue golpeado muchas veces, encarcelado, atrapado en disturbios provocados por judíos y gentiles, agotado por el trabajo, viajando de un lugar a otro para predicar y trabajando con sus propias manos para cubrir sus necesidades. También enfrentó noches sin dormir y tiempos de ayuno, ya fuera por decisión propia, por razones religiosas o porque las exigencias de su labor religiosa se lo imponían (2 Corintios 6:4-5).

Esto nos enseña que los ministros fieles a menudo enfrentan grandes dificultades y necesitan mucha paciencia. Quienes desean demostrar su fidelidad a Dios deben ser fieles tanto en la aflicción como en la tranquilidad. No solo deben hacer con cuidado la obra de Dios, sino también soportar con paciencia la voluntad de Dios.

En segundo lugar, actuaba guiado por principios firmes. Les explicó cuáles eran esos principios (2 Corintios 6:6-7). Uno de ellos era la pureza, porque no existe verdadera piedad sin pureza. Mantenernos sin mancha del mundo es necesario si queremos ser aceptados por Dios. Otro era el conocimiento, porque el celo sin conocimiento no es más que un entusiasmo peligroso. También actuaba con paciencia y bondad; no se enojaba fácilmente, sino que soportaba la dureza del corazón de las personas y el trato áspero que recibía de ellas, mientras procuraba hacerles el bien con bondad.

Actuaba bajo la dirección del Espíritu Santo, con amor sincero, conforme a la norma de la palabra de verdad y con la ayuda del poder de Dios. Llevaba la armadura de justicia, es decir, la conciencia limpia de vivir en santidad y rectitud. Esa es la mejor protección contra las tentaciones de la prosperidad, por un lado, y de la adversidad, por el otro.

En tercer lugar, se comportaba correctamente en toda clase de circunstancias de este mundo (2 Corintios 6:8-10). Debemos esperar muchos cambios en nuestras circunstancias, y mantener un espíritu correcto y una buena conducta en medio de todos ellos demostrará una verdadera integridad. Los apóstoles recibieron tanto honra como deshonra, tanto buena fama como mala fama. Las personas buenas en este mundo deben esperar cierta deshonra y reproche que equilibren la honra y el respeto que reciben.

Necesitamos la gracia de Dios para protegernos de las tentaciones que acompañan a la honra, a fin de que los elogios no nos llenen de orgullo. También necesitamos gracia para soportar la deshonra sin impaciencia ni deseos de venganza. Parece que distintas personas describían a los apóstoles de maneras muy diferentes. Algunos los trataban como impostores y los atacaban como tales, mientras que otros los reconocían como hombres verdaderos, que predicaban la verdad del evangelio y demostraban ser fieles a la responsabilidad que se les había confiado.

La gente del mundo los despreciaba y los consideraba desconocidos, hombres sin rango ni valor, indignos de atención. Sin embargo, en todas las iglesias de Cristo eran bien conocidos y muy apreciados. Algunos pensaban que estaban muriendo, como si los mataran todo el día, y que su trabajo estaba desapareciendo. Pero Pablo dice: «Estamos vivos»; y vivían bien: seguían adelante con ánimo en medio de sus dificultades y continuaban avanzando hacia la victoria.

Eran disciplinados y con frecuencia sentían el peso del sufrimiento, pero no eran destruidos. Aunque la gente los consideraba tristes, como un grupo de hombres abatidos y desdichados que siempre suspiraban y lamentaban, ellos siempre se regocijaban en Dios y tenían la mejor razón para hacerlo en todo momento. Los despreciaban por ser pobres porque tenían poco en este mundo, pero ellos enriquecían a muchos al predicar las riquezas inescrutables de Cristo, es decir, la riqueza inagotable que se encuentra en él.

La gente pensaba que no tenían nada, y en este mundo verdaderamente no tenían plata ni oro, ni casas ni terrenos. Sin embargo, lo poseían todo. No tenían nada aquí, pero tenían un tesoro en el cielo. Sus verdaderas riquezas estaban guardadas en otro país, en otro mundo. No tenían nada en sí mismos, pero en Cristo poseían todas las cosas. Este es el extraño patrón de la vida cristiana. Atravesamos muchas circunstancias y enfrentamos informes muy diferentes mientras avanzamos hacia el cielo. Por eso, en todo esto, debemos tener cuidado de vivir de una manera que agrade a Dios.

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