Versículo destacado

2 Crónicas 9:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" El oro que Salomón recibía cada año ascendía a unos veintidós mil kilos, "

2 Crónicas 9:13

menu_book El versículo en contexto

11 Con la madera de sándalo, el rey hizo barandas para el templo del Señor y para el palacio real, además de arpas y salterios para los músicos. Nunca se había visto nada semejante en la tierra de Judá.

12 Por su parte, el rey Salomón le dio a la reina de Sabá todo lo que ella quiso pedirle, además de lo que ya le había dado a cambio de lo que ella le había traído. Después, la reina regresó a su país acompañada por la gente que estaba a su servicio.

13 El oro que Salomón recibía cada año ascendía a unos veintidós mil kilos,

14 sin contar el tributo que le pagaban los comerciantes y los viajeros. Además, todos los reyes de Arabia y los gobernadores del país le llevaban oro y plata a Salomón.

15 El rey Salomón mandó hacer doscientos escudos grandes de oro batido, empleando seis kilos de oro en cada uno.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos a Salomón en su trono y a Salomón en su sepulcro, porque el trono no pudo librarlo de la tumba. La muerte arranca el cetro de una mano del mismo modo que le quita la pala a otra.

Salomón reinó con riqueza y poder, rodeado de comodidad y abundancia, de una manera que, hasta donde sabemos, ningún otro rey igualó. Es difícil comparar su grandeza con la de los grandes gobernantes de la tierra, pero hay algo que sobresale: los reyes más famosos fueron conocidos por sus guerras, mientras que Salomón reinó durante cuarenta años en una profunda paz. Algunos gobernantes intentaban parecer más importantes manteniéndose lejos del pueblo, para que nadie pudiera acercarse a ellos. Salomón, en cambio, se movía libremente y atendía los asuntos públicos. En todo esto, Dios cumplió su promesa de darle riquezas, bienes y honor como ningún rey los había tenido antes ni los tendría después de él (2 Crónicas 1:12).

Ningún príncipe se presentó jamás en público con mayor esplendor que Salomón, y eso habría impresionado mucho a quienes juzgan por las apariencias, como suele hacer la mayoría. Delante de él llevaban doscientos escudos grandes y trescientos escudos de oro laminado (2 Crónicas 9:15-16), y él se sentaba en un trono magnífico (2 Crónicas 9:17-19). Nada parecido se había visto en ningún reino. Sin embargo, toda aquella gloria exterior apuntaba de antemano a la gloria espiritual del reino del Mesías, y no era más que una débil imagen de su trono, que está por encima de todo trono. El esplendor de Salomón era artificial, producido por la habilidad humana; por eso nuestro Señor dijo que los lirios del campo son más hermosos que todo aquello. Jesús dijo que ni siquiera Salomón, con toda su gloria, se vistió como uno de ellos (Mateo 6:29).

Ningún príncipe tuvo jamás mayores provisiones de oro y plata, aunque en su propio reino no había minas de esos metales. Es posible que Salomón hubiera tomado el control de minas en otros países y empleara a muchos trabajadores para extraer los metales preciosos, o que intercambiara los productos de su tierra fértil y trajera oro y plata a cambio. Esa es la riqueza que se describe aquí (2 Crónicas 9:13-21).

Ningún príncipe recibió jamás tantos regalos de los gobernantes vecinos como Salomón. Todos los reyes de Arabia y los gobernadores del país le llevaban oro y plata (2 Crónicas 9:14). No se trataba de tributos que les hubiera impuesto por la fuerza. Eran regalos voluntarios, destinados a ganarse su favor, o quizá intercambios por los productos de sus campos, como cereales o ganado. De hecho, todos los reyes de la tierra le llevaban regalos, es decir, todos los reyes de aquellas regiones del mundo (2 Crónicas 9:24, 2 Crónicas 9:28), porque deseaban su amistad y compañía. En esto, Salomón apuntaba a Cristo. Cuando Jesús nació, los sabios de Oriente le llevaron regalos de oro, incienso y mirra (Mateo 2:11). Y todos los que le pertenecen también deben ofrecerle sus dones (Salmo 76:11; Romanos 12:1).

Ningún príncipe fue conocido tan ampliamente por su sabiduría, ni fue tan buscado, consultado y admirado como Salomón (2 Crónicas 9:23). Los reyes de la tierra acudían a escuchar su sabiduría, pues ese honor era demasiado grande para que lo pidieran personas comunes. Tal vez deseaban conocer sus conocimientos sobre el mundo natural, la medicina, el gobierno, la vida sabia o incluso los principios de su fe y las razones que los sustentaban. El entusiasmo con que buscaban escuchar a Salomón debería avergonzar a quienes ignoran a Cristo y su evangelio. En Cristo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, pero ninguno de los gobernantes de este mundo desea conocerlos, porque les parecen una locura (1 Corintios 2:8, 1 Corintios 2:14).

Ahora vemos a Salomón morir, despojado de toda su gloria y dejando atrás toda su riqueza y poder. No dejó sus bienes en manos de alguien cuya sabiduría desconocía, como en el caso del que alguna vez habló (Eclesiastés 2:19), sino de alguien que sabía que sería un necio. Eso hizo que la vida pareciera no solo vacía, sino también dolorosa (2 Crónicas 9:29-31).

Vale mucho la pena notar que este pasaje no dice nada acerca del posterior alejamiento de Salomón de Dios. No ofrece ni la más mínima insinuación al respecto. Una razón es que el Espíritu Santo nos enseña a no disfrutar de repetir las faltas y necedades de otros. Si personas de buena reputación fallan, puede ser útil observar sus malas acciones como advertencia para nosotros y para los demás, pero no debemos apresurarnos a seguir hablando de ellas. Una vez basta. ¿Por qué seguir tocando esa cuerda triste? Más bien, debemos seguir el ejemplo de este escritor sagrado y hablar ampliamente de lo que es digno de alabanza, sin sacar a relucir las manchas de una persona, aunque hayan sido graves y evidentes. Eso es tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran a nosotros.

Hay otra razón: aunque Salomón cayó, no quedó perdido para siempre. Su pecado no se menciona otra vez porque se arrepintió, fue perdonado y fue tratado como si nunca hubiera existido. El silencio de las Escrituras también puede hablar con claridad. Me alegra pensar que el silencio que aquí se guarda acerca del pecado de Salomón sugiere que ninguno de sus pecados fue tomado en su contra (Ezequiel 33:16). Cuando Dios perdona el pecado, lo deja atrás y no vuelve a recordarlo.

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