Versículo destacado

1 Pedro 5:5 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" De la misma manera, ustedes, los jóvenes, sométanse a la autoridad de los ancianos. Todos deben someterse unos a otros con humildad, porque: «Dios se opone a los orgullosos, pero ayuda con su bondad a los humildes». "

1 Pedro 5:5

menu_book El versículo en contexto

3 No se comporten como si fueran los dueños de quienes están a su cuidado, sino procuren ser un ejemplo para ellos.

4 Así, cuando aparezca el Pastor principal, ustedes recibirán la corona de la gloria, una corona que jamás se marchitará.

5 De la misma manera, ustedes, los jóvenes, sométanse a la autoridad de los ancianos. Todos deben someterse unos a otros con humildad, porque: «Dios se opone a los orgullosos, pero ayuda con su bondad a los humildes».

6 Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los enaltezca a su debido tiempo.

7 Dejen todas sus preocupaciones en manos de Dios, porque él se interesa por ustedes.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de explicar el deber de los pastores y guías espirituales, el apóstol se dirige ahora al rebaño. Les enseña cómo deben comportarse con sus ministros y unos con otros.

Los llama «jóvenes» en parte porque generalmente eran menores que sus pastores serios, y en parte para recordarles que ocupaban una posición inferior. Jesús usó la palabra «joven» en este sentido cuando habló de alguien que estaba en una posición de menor importancia (Lucas 22:26). Por eso, Pedro les dice a los más jóvenes y a quienes ocupan una posición inferior que se sometan a los ancianos. Deben mostrar el respeto y el honor debidos, y escuchar sus advertencias, correcciones y autoridad cuando estas se ajusten a la Palabra de Dios (Hebreos 13:17).

En cuanto a la relación entre unos y otros, la regla es que todos deben someterse mutuamente, es decir, estar dispuestos a recibir el consejo y la corrección de los demás. Deben estar listos para ayudar a llevar las cargas unos de otros y realizar todo acto de amistad y amor. Cuando sea necesario, cada creyente también debe aceptar la guía de toda la iglesia (Efesios 5:21; Santiago 5:16).

Como esta clase de sumisión a las personas mayores, a los líderes de la iglesia y a los demás creyentes va en contra del orgullo y el egoísmo humanos, Pedro les dice que se revistan de humildad. En otras palabras, deben permitir que la humildad dé forma a su manera de pensar, su conducta, su apariencia y toda su forma de vivir, como la mejor vestidura que pueden llevar. La humildad hace que la obediencia y el cumplimiento del deber sean más fáciles y agradables. Pero si las personas permanecen orgullosas y desobedientes, Dios se pondrá en su contra y las derribará, porque se opone a los orgullosos y da gracia a los humildes.

La humildad es una gran protección para la paz y el orden en las iglesias y comunidades cristianas. El orgullo, en cambio, es la causa principal de los conflictos y las divisiones. Existe una oposición directa entre Dios y los orgullosos. Ellos actúan como enemigos de Dios, y él se resiste a ellos porque se parecen al diablo, que es enemigo tanto de Dios como de su reino entre los seres humanos (Proverbios 3:34).

Donde Dios da gracia a las personas humildes, les concede aún más gracia. Les da más sabiduría, fe, santidad y humildad. Por eso el apóstol añade: «Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo» (1 Pedro 5:6). Puesto que Dios resiste a los orgullosos pero da gracia a los humildes, los creyentes deben humillarse delante del gran Dios, así como someterse unos a otros. Sus juicios estaban por venir sobre el mundo, y debían comenzar por la casa de Dios (1 Pedro 4:17). Su mano es todopoderosa, de modo que puede derribar fácilmente a los orgullosos o levantar a los humildes. Y ciertamente lo hará, ya sea en esta vida, si considera que es lo mejor, o en el día final del juicio.

El pensamiento de la poderosa mano de Dios debe hacernos humildes y dispuestos a someternos a todo lo que él ponga sobre nosotros. Humillarnos bajo su mano también es el camino más seguro hacia el alivio y el honor. La sumisión paciente bajo su disciplina, junto con el arrepentimiento, la oración y la esperanza en su misericordia, traerá su ayuda y liberación a su debido tiempo (Santiago 4:7, Santiago 4:10).

Pedro también sabía que aquellos cristianos ya estaban atravesando tiempos difíciles. Por eso esperaba, con razón, que su advertencia sobre problemas aún mayores pudiera llenarlos de preocupación y temor. Probablemente se preguntarían qué sucedería con ellos, con sus familias y con la iglesia de Dios. Como esa ansiedad los oprimiría y los tentaría fuertemente, les da un consejo sabio y una razón firme para seguirlo.

Su consejo es que pongan en Dios todas sus preocupaciones. Deben arrojar sobre el cuidado sabio y bondadoso de Dios las preocupaciones que hieren y angustian el alma. Deben confiar en él con una mente firme y tranquila, porque él cuida de ellos. Está dispuesto a tomar sobre sí la carga de sus preocupaciones. Impedirá que la dificultad llegue o los sostendrá en medio de ella. Ordenará todas las cosas de una manera que muestre su amor y ternura paternal; al final, nada les hará un daño verdadero, sino que todo contribuirá a su bien (Mateo 6:25; Salmo 84:11; Romanos 8:28).

Incluso los mejores cristianos tienden a cargar con muchas preocupaciones ansiosas. Las palabras de Pedro, «todas sus preocupaciones», muestran que las inquietudes cristianas pueden presentarse de muchas formas: preocupaciones personales y familiares, presentes y futuras, por nosotros mismos, por los demás y por la iglesia. Las preocupaciones aun de las personas buenas pueden volverse pesadas y, con frecuencia, pecaminosas. Cuando nacen de la incredulidad y la desconfianza, cuando atormentan y distraen la mente, cuando nos impiden cumplir nuestros deberes y arruinan nuestro servicio gozoso a Dios, son incorrectas.

La mejor cura para la preocupación excesiva es echar nuestra carga sobre Dios y entregar cada acontecimiento a su voluntad sabia y buena. La confianza firme en que la voluntad y la sabiduría de Dios son correctas calma el espíritu humano. Entonces podemos decir: «Que se haga la voluntad del Señor» (Hechos 21:14).

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