Versículo destacado

1 Pedro 4:7 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Ya se acerca el fin de todas las cosas. Por eso, sean juiciosos y dedíquense seriamente a la oración. "

1 Pedro 4:7

menu_book El versículo en contexto

5 Pero ellos tendrán que rendir cuentas ante aquel que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos.

6 Pues aun a personas muertas se les anunció la buena noticia, para que pudieran vivir en el espíritu según Dios, aunque en este mundo hubieran sido juzgadas en el cuerpo según los hombres.

7 Ya se acerca el fin de todas las cosas. Por eso, sean juiciosos y dedíquense seriamente a la oración.

8 Sobre todo, haya mucho amor entre ustedes, porque el amor perdona muchos pecados.

9 Recíbanse unos a otros en sus casas, sin murmurar de nadie.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos una verdad seria y la enseñanza que se desprende de ella. La verdad es que el fin de todas las cosas está cerca. La terrible destrucción de la comunidad y la nación judías, que nuestro Salvador había anunciado, estaba muy próxima. Por eso, el tiempo de su persecución y de los sufrimientos de ustedes sería muy breve.

La vida de ustedes, y también la de sus enemigos, pronto llegaría a su fin. Incluso el mundo mismo no duraría mucho más. El fuego final lo llevará a su término, y entonces todas las cosas quedarán absorbidas por la eternidad sin fin. A partir de esta verdad, el apóstol presenta una serie de exhortaciones.

Primero los llama a ser sobrios y estar atentos: «Sean sobrios y velen» (1 Pedro 4:7). Esto significa que su mente debe ser seria, firme y equilibrada. También deben mantener un estricto control sobre los placeres mundanos. No deben permitir que estos los arrastren de nuevo a sus antiguos pecados y tentaciones (1 Pedro 4:3). Deben velar para orar, permaneciendo en una condición tranquila y sobria que los prepare para la oración, y orando con frecuencia, para que ese fin no los tome por sorpresa (Lucas 21:34; Mateo 26:40-41).

De esto aprendemos que pensar en nuestro fin próximo es una razón poderosa para ser sobrios en los asuntos del mundo y diligentes en los asuntos espirituales. También aprendemos que quienes desean orar bien deben velar para orar. Deben cuidar su propio espíritu, buscar momentos apropiados para orar y cumplir con su deber lo mejor que puedan. Mantener el cuerpo en un orden adecuado también ayuda mucho al bien del alma. Cuando los deseos del cuerpo son restringidos y guiados por la palabra de Dios y la verdadera razón, y cuando las necesidades del cuerpo se someten al bien superior del alma, el cuerpo se convierte en una ayuda, no en un enemigo, para el alma.

Luego los llama al amor, es decir, a preocuparse con afecto unos por otros: «Sobre todo, ámense intensamente unos a otros» (1 Pedro 4:8). Esta es una regla noble del cristianismo. Los cristianos deben amarse unos a otros; eso incluye cuidar a los demás, desear su bienestar y esforzarse por promoverlo. Este amor no debe ser frío, sino intenso: sincero, fuerte y constante. Se coloca por encima de todo, lo cual muestra su importancia (Colosenses 3:14). En grandeza, es mayor que la fe o la esperanza (1 Corintios 13:13). Uno de sus grandes efectos es que cubre una multitud de pecados.

Aprendemos que los cristianos deben tener un amor más afectuoso entre sí que hacia las demás personas: «unos a otros». Aquí no se refiere a los paganos, idólatras o apóstatas, sino a los creyentes entre sí. «Sigan amándose como hermanos» (Hebreos 13:1). Existe un vínculo especial entre todos los verdaderos cristianos, y hay en ellos una bondad y una belleza reales que merecen un afecto especial. No basta con que los cristianos eviten la amargura o se traten con simple cortesía. Deben amarse profundamente y con sinceridad.

También aprendemos que el amor verdadero cubre muchos pecados. Lleva a las personas a perdonar y olvidar las ofensas cometidas contra ellas. Hace que oculten los pecados de los demás en vez de agravarlos o divulgarlos. Nos enseña a amar a quienes todavía son débiles y quizá hicieron muchas cosas malas antes de convertirse. También nos prepara para recibir la misericordia de Dios, quien ha prometido perdonar a quienes perdonan a los demás (Mateo 6:14).

Después los llama a practicar la hospitalidad: «Compartan su hogar sin quejarse» (1 Pedro 4:9). Aquí la hospitalidad significa recibir de manera libre y amable a los extraños y viajeros. En aquellos tiempos, especialmente, los destinatarios apropiados de la hospitalidad cristiana eran los creyentes. El vínculo estrecho que los unía y las duras condiciones que enfrentaban durante la persecución y la angustia hacían que esto fuera necesario. A veces despojaban a los cristianos de todo lo que tenían y los obligaban a huir a lugares lejanos para ponerse a salvo. En esos casos, habrían quedado expuestos a morir de hambre si otros cristianos no los hubieran recibido. Por eso, esta era una instrucción sabia y necesaria, y también se ordena en otros lugares (Hebreos 13:1-2; Romanos 12:13).

Este deber debe cumplirse de manera agradable, amable y generosa, sin quejarse por el costo o las molestias. Aprendemos que los cristianos no solo deben ser caritativos, sino también hospitalarios, unos con otros. También aprendemos que todo lo que un cristiano haga por amor o con hospitalidad debe realizarlo con alegría y sin murmuraciones. Hemos recibido gratuitamente; por eso, debemos dar gratuitamente.

Luego pasa al uso de los dones, o talentos, que Dios ha dado (1 Pedro 4:11). Cualquiera que sea el don que tengamos, común o especial, y cualquier poder o capacidad que poseamos para hacer el bien, debemos usarlo para servirnos unos a otros. No debemos considerarnos dueños, sino administradores —es decir, encargados— de los muchos dones de Dios. Aprendemos que toda capacidad que tenemos para hacer el bien es un regalo de Dios y debe atribuirse a su gracia. También aprendemos que los dones que recibimos son dados para beneficio de los demás. No debemos guardarlos para nosotros ni esconderlos, sino usarlos para servirnos unos a otros lo mejor que podamos.

Al recibir y usar los muchos dones de Dios, debemos recordar que solo somos administradores y actuar como tales. Los talentos que se nos han confiado pertenecen a nuestro Señor, y debemos usarlos como él lo indique. De un administrador se espera fidelidad.

Después, el apóstol explica esto de dos maneras: hablar y servir. Si alguien habla, ya sea un ministro en público o un cristiano en una conversación privada, debe hablar como quien comunica las palabras de Dios; es decir, las palabras de Dios deben guiar el contenido de lo que dice. Lo que los cristianos expresan en privado y lo que los ministros enseñan en público debe ser la palabra pura de Dios. En cuanto a la manera de hablar, debe tener la seriedad, reverencia y solemnidad apropiadas para esas palabras santas.

Si alguien sirve, ya sea como diácono encargado de los recursos de la iglesia y de atender a los pobres, o como una persona que ofrece caridad y ayuda en privado, debe hacerlo conforme a la capacidad que Dios le da. Quien ha recibido de Dios abundancia y fuerzas debe dar abundantemente y de acuerdo con esa capacidad. Esto debe hacerse para que Dios sea glorificado en todo: en cada don, acto de servicio y buena obra. Los demás deben ver esas buenas obras y glorificar al Padre celestial (Mateo 5:16). Esto sucede por medio de Jesucristo, quien obtuvo y concede estos dones a las personas (Efesios 4:8), y por medio de quien solamente nosotros y nuestro servicio somos aceptados por Dios (Hebreos 13:15). A él, Jesucristo, pertenecen la alabanza y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.

También aprendemos, en primer lugar, que tanto los cristianos en privado como los ministros en público deben hablar entre sí acerca de las cosas de Dios (Malaquías 3:16; Efesios 4:29; Salmo 145:10-12). En segundo lugar, todos los predicadores del evangelio deben mantenerse cerca de la palabra de Dios y tratarla con la reverencia debida a las propias palabras de Dios.

En tercer lugar, los cristianos no solo deben cumplir con los deberes de su llamado, sino hacerlo con energía y con la mayor capacidad que tengan. La obra cristiana es elevada y exigente. La bondad del Maestro y la grandeza de la recompensa requieren un esfuerzo serio y diligente. Todo lo que se nos llame a hacer para honrar a Dios y beneficiar a los demás debemos hacerlo con todas nuestras fuerzas.

En cuarto lugar, en todos los deberes y actividades de la vida debemos tener como objetivo principal la gloria de Dios. Todo otro propósito debe estar subordinado a este. Esto es lo que hace santas nuestras acciones y ocupaciones ordinarias, como se enseña en Colosenses 3:17.

En quinto lugar, Dios no recibe honra de nada que hagamos a menos que se lo ofrezcamos por medio de Jesucristo, es decir, por medio de su obra salvadora. Dios debe ser glorificado en todo por medio de Jesucristo, quien es el único camino al Padre.

En sexto lugar, la adoración que el apóstol ofrece a Jesucristo, junto con la alabanza y el dominio ilimitados y eternos que le atribuye, demuestra que Jesucristo es el Dios supremo, bendito por siempre. Amén.

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