Versículo destacado

1 Pedro 2:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Acérquense, pues, al Señor, la piedra viva que los hombres desecharon, pero que para Dios es una piedra escogida y de mucho valor. "

1 Pedro 2:4

menu_book El versículo en contexto

2 Como niños recién nacidos, busquen con ansia la leche espiritual pura, para que por medio de ella crezcan y tengan salvación,

3 ya que han probado la bondad del Señor.

4 Acérquense, pues, al Señor, la piedra viva que los hombres desecharon, pero que para Dios es una piedra escogida y de mucho valor.

5 De esta manera, Dios hará de ustedes, como piedras vivas, un templo espiritual, un sacerdocio santo que, por medio de Jesucristo, ofrezca sacrificios espirituales agradables a Dios.

6 Por eso también dice la Escritura: «Yo pongo en Sión una piedra que es la piedra principal, escogida y muy valiosa; el que confíe en ella no quedará defraudado».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El apóstol comienza describiendo a Jesucristo como una piedra viva. Para alguien que piensa superficialmente o no cree, esto puede sonar duro o extraño. Pero para los judíos, que valoraban su gran templo y sabían que los profetas llamaban al Mesías una piedra (Isaías 8:14; Isaías 28:16), estas palabras habrían sonado apropiadas y llenas de significado.

A Cristo se le llama piedra para mostrar su poder firme e inconmovible y su naturaleza permanente. Él es la protección y la seguridad de su pueblo, el fundamento sobre el cual son edificados y la roca que hace tropezar a sus enemigos. También es una piedra viva porque tiene vida en sí mismo para siempre y da vida a todo su pueblo. Las personas y Dios lo juzgan de maneras muy distintas. Los seres humanos lo rechazan, especialmente su propio pueblo, los judíos, y la mayor parte del mundo. Pero Dios lo escogió, lo apartó y lo designó de antemano para ser el fundamento de la Iglesia (1 Pedro 1:20). Él es precioso, honorable y excelente en sí mismo, ante Dios y según el juicio de todos los que creen en él.

Por quién es él, debemos acercarnos a él. Esto no significa un movimiento físico, ya que Cristo fue exaltado al cielo. Significa acercarnos por la fe, la cual nos une a él al principio y después nos sigue acercando a él. De esto aprendemos que Jesucristo es el verdadero fundamento de toda nuestra esperanza y felicidad. Él nos da a conocer a Dios (Mateo 11:27), nos permite acercarnos al Padre (Juan 14:6) y nos concede toda bendición espiritual (Efesios 1:3).

También aprendemos que, en general, las personas rechazan a Cristo. Lo ignoran, les disgusta, se oponen a él y lo rechazan, tal como lo dice la Escritura y lo demuestra la vida (Isaías 53:3). Sin embargo, aunque el mundo lo rechaza, Dios lo escogió y lo considera precioso. Él fue escogido para ser Señor de todos, cabeza de la Iglesia, Salvador de su pueblo y Juez del mundo. Es precioso por la belleza de su naturaleza, la grandeza de su oficio y la gloria de su obra.

Quienes esperan recibir misericordia de este Redentor lleno de gracia deben acercarse a él. Ese es nuestro acto, aunque solo es posible por la gracia de Dios. Es un acto del alma, no simplemente del cuerpo. Es una búsqueda verdadera, no un deseo vacío.

Después de describir a Cristo como el fundamento, el apóstol pasa a hablar del edificio que está asentado sobre él. Dice: «Ustedes también, como piedras vivas, sean edificados» (1 Pedro 2:6). Con esto anima a aquellos judíos dispersos acerca de la Iglesia cristiana. Ellos podían objetar que la Iglesia no tenía un templo grandioso ni un sacerdocio numeroso, y que su adoración parecía sencilla en comparación con el esplendor del sistema judío. Su respuesta es que la Iglesia cristiana es una estructura mucho más noble que el templo judío. Es un templo vivo, hecho no de piedras muertas, sino de piedras vivas.

Cristo, el fundamento, es una piedra viva. Los cristianos también son piedras vivas. Juntos forman una casa espiritual y un sacerdocio santo. No ofrecen sacrificios de animales, sino sacrificios mejores y más agradables. También tienen un altar, porque ofrecen sacrificios espirituales que son aceptables para Dios por medio de Jesucristo. De esto aprendemos que todos los verdaderos cristianos tienen vida espiritual en ellos, recibida de Cristo, su cabeza. Por eso, así como él es llamado piedra viva, ellos también son llamados piedras vivas. Ya no están muertos en el pecado, sino vivos para Dios por medio del nuevo nacimiento y de la obra del Espíritu Santo.

También aprendemos que la Iglesia de Dios es una casa espiritual. Cristo Jesús es su fundamento (Efesios 2:22). Es una casa por su fortaleza, su belleza, sus muchas partes y su utilidad. Es espiritual en su fundamento, que es Cristo; en sus materiales, que son personas espirituales; en sus adornos, que son las virtudes del Espíritu; en su unidad, que proviene del Espíritu de Dios y de una fe común; y en su obra, que consiste en servicio y sacrificio espirituales. Esta casa se edifica día tras día. Cada parte crece y, en cada época, se añaden nuevos creyentes.

Todos los buenos cristianos también forman un sacerdocio santo. Aquí Pedro habla del cuerpo entero de los creyentes. Son santos, escogidos para Dios, útiles a los demás, equipados con dones y virtudes celestiales, y ocupados en el servicio. Este sacerdocio santo debe ofrecer, y ofrecerá, sacrificios espirituales a Dios. Estos incluyen sus cuerpos, sus almas, sus afectos, sus oraciones, sus alabanzas, sus ofrendas y otros deberes. Incluso los sacrificios mejores y más espirituales solo son aceptables para Dios por medio de Jesucristo. Solo él es el gran sumo sacerdote por medio de quien nosotros y nuestro servicio somos aceptados. Por eso, todas nuestras ofrendas deben llevarse a él y, por medio de él, presentarse a Dios.

Luego el apóstol respalda esta enseñanza con Isaías 28:16. Observemos cómo cita la Escritura. No menciona libro, capítulo y versículo, porque esas divisiones todavía no existían. Por lo general, se refiere a Moisés, a David o a los profetas, y aquí expresa el sentido en vez de repetir las palabras exactas. El verdadero significado de la Escritura puede expresarse correctamente con otras palabras. La cita dice: «Miren, yo pongo en Sion». La forma verbal es activa, aunque los traductores la expresan en voz pasiva para evitar una dificultad gramatical.

De esto aprendemos varias cosas. En los asuntos de la fe, debemos depender completamente de la prueba que ofrece la Escritura. Cristo y sus apóstoles apelaron a Moisés, a David y a los profetas. La Palabra de Dios es la única regla que él nos ha dado, y es completa y suficiente. También aprendemos que las cosas que Dios nos ha revelado acerca de su Hijo merecen nuestra más cuidadosa atención: «Miren, yo pongo», y así sucesivamente. Juan también llama a prestar esta clase de atención a Cristo (Juan 1:29). Estas expresiones muestran la grandeza del asunto, su importancia y nuestra propia falta de atención.

El establecimiento de Jesucristo como cabeza de la Iglesia es una gran obra de Dios: «Yo pongo en Sion». La afirmación del papa de ser la cabeza de la Iglesia es solo una invención humana y una presunción atrevida. Cristo es el único fundamento y cabeza de la Iglesia de Dios. Jesucristo es la principal piedra angular que Dios puso en su edificio espiritual. La piedra angular permanece unida al edificio, lo mantiene unido y le da belleza.

Así, Cristo es el sostén de su santa Iglesia, su casa espiritual. Él es la piedra angular para la seguridad y la salvación de nadie más que de su verdadero pueblo, los que pertenecen a Sion; no los que pertenecen a Babilonia ni sus enemigos. La verdadera fe en Jesucristo es la única manera de evitar la ruina total. Tres cosas causan gran confusión a las personas, y la fe ofrece un remedio para las tres: la decepción, el pecado y el juicio.

Luego el apóstol llega a una conclusión importante en 1 Pedro 2:7. Puesto que Jesucristo es llamado la principal piedra angular, dice que para quienes creen, Cristo es precioso, es decir, digno de honor. Cristo es la corona y la gloria del cristiano. Los creyentes nunca se avergonzarán de él, sino que se gloriarán en él y se regocijarán en él para siempre. Pero las personas malvadas continúan rechazando a Jesucristo. Aun así, Dios ha determinado que Cristo permanecerá como la cabeza del ángulo, sin importar quién se oponga a él.

De esto aprendemos, en primer lugar, que todo lo que se deduce clara y necesariamente de la Escritura puede considerarse tan confiable como si estuviera escrito con palabras directas. El apóstol extrae una conclusión del testimonio del profeta. El profeta no la expresó exactamente de esa manera, pero dijo lo suficiente para que la conclusión fuera inevitable. Jesús también les dijo a las personas que escudriñaran las Escrituras porque hablaban de él, aunque ningún pasaje específico que mencionó dijera en palabras explícitas que Jesús de Nazaret era el Mesías. Sin embargo, esas Escrituras sí enseñan que el Mesías nacería de una virgen, vendría antes de que el cetro se apartara de Judá, aparecería durante el segundo templo y vendría después de las setenta semanas de Daniel. Jesucristo cumplió todo esto, y la conclusión es segura, aunque depende de un razonamiento cuidadoso, de la historia, de lo que se ve y de la experiencia.

En segundo lugar, la tarea de un ministro fiel es aplicar la verdad general a la condición específica de quienes lo escuchan. El apóstol cita un versículo del profeta y lo aplica de manera diferente a los buenos y a los malos. Esto requiere sabiduría, valor y fidelidad, pero es de gran ayuda para quienes escuchan. En tercer lugar, Jesucristo es profundamente precioso para todos los verdaderos creyentes. La grandeza y dignidad de su persona, el honor de su oficio, su relación cercana con ellos, sus obras poderosas y su gran amor llevan a los creyentes a estimarlo por encima de todo.

En cuarto lugar, las personas desobedientes no tienen una fe verdadera. Con «personas desobedientes» nos referimos a quienes no se dejan persuadir, no creen y no quieren arrepentirse. Pueden tener algunas ideas correctas, pero no tienen una fe real. En quinto lugar, quienes deberían ser constructores de la Iglesia de Cristo a menudo son sus peores enemigos en el mundo. En el Antiguo Testamento, los falsos profetas causaron el mayor daño. En el Nuevo Testamento, los escribas, los fariseos, los principales sacerdotes y otros que afirmaban preocuparse por la Iglesia se opusieron a Cristo con la mayor crueldad. Según la perspectiva expresada aquí, la jerarquía romana sigue siendo el peor enemigo de Jesucristo y de su causa en el mundo.

Sexto, Dios continuará su propia obra y defenderá la causa de Jesucristo en el mundo, a pesar de los falsos amigos y de la oposición de sus peores enemigos. Luego el apóstol ofrece otra descripción, todavía usando la imagen de una piedra (1 Pedro 2:8). Las palabras provienen de Isaías 8:13-14: «Santifiquen al Señor de los ejércitos; él será piedra de tropiezo y roca de escándalo». Esto muestra que Jesucristo es el Señor de los ejércitos y, por lo tanto, el Dios altísimo.

Los constructores, es decir, los principales sacerdotes, lo rechazaron, y el pueblo siguió a sus líderes. Así que Cristo se convirtió para ellos en una piedra con la que tropezaron y en una roca que los ofendió. Se lastimaron contra él y, a su vez, él cayó sobre ellos como una gran piedra y los destruyó. Como dijo Jesús: «El que caiga sobre esta piedra quedará hecho pedazos, y aquel sobre quien ella caiga será aplastado» (Mateo 12:44). Todos los que son desobedientes tropiezan con la palabra de Dios. Tropiezan con ella porque no quieren obedecerla. Cristo mismo los ofende, así como sus enseñanzas y la pureza de sus mandamientos. Los maestros judíos tropezaron especialmente con su apariencia humilde y con la afirmación de que debían confiar solamente en él para estar en paz con Dios. No quisieron buscar la justificación, es decir, ser declarados justos delante de Dios, por medio de la fe, sino que intentaron lograrla mediante las obras de la ley. Por eso tropezaron con esa piedra de tropiezo (Romanos 9:32).

El mismo Jesús bendito que trae salvación a algunos se convierte, para otros, en la causa de su pecado y destrucción. Él está puesto para que muchos en Israel caigan o se levanten. No es la causa de su pecado; pero su propia desobediencia hace que tropiecen con él y lo rechacen, y entonces él los juzga con destrucción. Quienes lo rechazan como Salvador se estrellarán contra él como contra una roca. Dios mismo ha establecido la destrucción eterna para todos los que tropiezan con la palabra porque son desobedientes. Todo el que persiste en la incredulidad y el desprecio por el evangelio está destinado a la destrucción eterna, y Dios los ha conocido desde la eternidad. Cuando vemos que los judíos, en general, rechazaron a Cristo, y que muchas personas de todas las épocas lo desprecian, no debemos desanimarnos en nuestro amor y obediencia a él. Los profetas anunciaron esto desde mucho tiempo atrás, y fortalece nuestra fe tanto en las Escrituras como en el Mesías.

Quienes recibieron a Cristo fueron grandemente honrados (1 Pedro 2:9). Los judíos protegían con mucho celo sus antiguos privilegios, especialmente su afirmación de ser el único pueblo de Dios, recibido en un pacto especial con él y separado del resto del mundo. Decían que, si aceptaban el orden del evangelio, perderían todo eso y quedarían al mismo nivel que los gentiles. El apóstol responde que, si lo rechazaban, serían arruinados (1 Pedro 2:7-8). Pero si aceptaban a Cristo, no perderían ningún beneficio verdadero. Seguirían siendo aquello que esperaban ser: una generación escogida, un sacerdocio real, y mucho más.

Todos los verdaderos cristianos son una generación escogida. Forman una sola familia, un pueblo apartado del mundo común, diferente en su espíritu, sus principios y su manera de vivir. Nunca podrían ser así si no hubieran sido escogidos en Cristo para serlo y santificados por su Espíritu. Todos los verdaderos siervos de Cristo son un sacerdocio real. Son reales por su relación con Dios y con Cristo, por su poder delante de Dios y por su dominio sobre sí mismos y sobre sus enemigos espirituales. Son como príncipes por el crecimiento y la excelencia de su espíritu, así como por sus esperanzas y expectativas. También son un sacerdocio, apartados del pecado y de los pecadores, dedicados a Dios y ofreciendo una adoración espiritual y dones aceptables para Dios por medio de Jesucristo. Todos los cristianos, dondequiera que vivan, forman una nación santa.

Son una nación, reunida bajo un solo líder, unida en las mismas costumbres y maneras de vivir, y gobernada por las mismas leyes. Son una nación santa porque han sido apartados para Dios, renovados y santificados por su Espíritu Santo.

Es un honor para los siervos de Cristo ser el pueblo especial de Dios. Son su pueblo por su elección, su cuidado, su posesión y su deleite. Estos cuatro honores no les pertenecen por naturaleza. Su condición original era de terrible oscuridad, pero Dios los llamó eficazmente de las tinieblas a su luz admirable, a la alegría, el gozo y la bendición. Lo hizo para que mostraran, con sus palabras y sus acciones, la bondad y la alabanza de aquel que los llamó.

Para que su pueblo estuviera contento y agradecido por la gran misericordia y el honor que el evangelio les había concedido, el apóstol les dice que comparen lo que eran antes con lo que son ahora. Hubo un tiempo en que no eran un pueblo y no habían recibido misericordia. Habían sido rechazados abiertamente y desechados (Jeremías 3:8; Oseas 1:6, Oseas 1:9). Pero ahora habían sido recibidos nuevamente como pueblo de Dios y habían recibido misericordia.

De esto aprendemos que aun las mejores personas deben mirar con frecuencia lo que fueron en otro tiempo. También aprendemos que el pueblo de Dios es el pueblo más valioso del mundo. En comparación, todos los demás son nada o casi nada. Además, ser incorporado al pueblo de Dios es una gran misericordia, y es una misericordia que puede recibirse.

Luego les advierte que se guarden de los deseos pecaminosos, en 1 Pedro 2:11. Incluso las mejores personas, la generación escogida y el pueblo de Dios, necesitan ser exhortadas a mantenerse alejadas de los peores pecados. El apóstol habla con seriedad y afecto porque sabe que este deber es difícil, pero importante. «Amados míos, les ruego», es la manera en que insiste en este asunto.

Su deber es evitar y resistir los primeros impulsos de los deseos pecaminosos. Muchos de ellos provienen de la corrupción humana y dependen del cuerpo para expresarse, alimentando deseos corporales pecaminosos y apetitos descontrolados. Estos cristianos deben evitar tales pecados por tres razones. Primero, por su posición delante de Dios y de las personas buenas, son muy amados. Segundo, por su lugar en el mundo, son extranjeros y peregrinos, y no deben hacer más lento su camino participando en la maldad y los deseos pecaminosos de la tierra por la que pasan. Tercero, por el daño y el peligro que estos pecados producen, pues luchan contra el alma. Por eso, el alma debe luchar contra ellos.

El gran daño que el pecado le hace a una persona es este: hace guerra contra el alma. Destruye la libertad moral del alma. La debilita y la desgasta al dañar sus capacidades. Le roba la paz y el consuelo. Disminuye y arruina su valor, obstaculiza su bienestar presente y la conduce a una miseria interminable. Entre todos los pecados, los deseos pecaminosos están entre los más dañinos para el alma. Los deseos pecaminosos, la inmoralidad sexual y una vida sensual son especialmente aborrecibles para Dios y destructivos para el alma humana. Ser entregado a ellos es un juicio muy severo.

También los exhorta a hacer atractiva su fe al vivir con honestidad. Su conducta, en cada aspecto de la vida, en cada acción y en cada decisión, debe ser honorable. Debe ser buena, hermosa, apropiada, agradable y libre de culpa. Esto importa porque vivían entre los gentiles, personas de otra religión, que eran sus acérrimos enemigos y ya los calumniaban llamándolos malhechores.

Una vida limpia, justa y buena no solo puede silenciar esas acusaciones, sino también llevar a algunos a glorificar a Dios y a acercarse a los creyentes cuando vean que sobresalen en buenas obras. Ahora los llaman malhechores, pero deben responderles con buenas obras. Así es como muestran la verdad. También se acerca un día de visitación, cuando Dios puede llamarlos por medio de su palabra y su gracia al arrepentimiento. Entonces glorificarán a Dios y alabarán a los creyentes por su buena conducta (Lucas 1:68). Cuando el evangelio los alcance y eche raíces en ellos, una vida buena ayudará a su conversión, pero una vida mala la obstaculizará.

Así aprendemos que la profesión cristiana siempre debe ir unida a una vida honesta (Filipenses 4:8). También aprendemos que es común que las personas malvadas hablen en contra de los mejores cristianos. Y cuando Dios visita a las personas con su gracia, estas cambian rápidamente su opinión sobre quienes hacen el bien. Entonces glorifican a Dios y alaban a aquellos a quienes antes atacaban como malhechores.

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