Versículo destacado

1 Pedro 1:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Por esta razón, ustedes están llenos de alegría, aun cuando sea necesario que durante un poco de tiempo pasen por muchas pruebas. "

1 Pedro 1:6

menu_book El versículo en contexto

4 y hará que ustedes reciban la herencia que Dios les tiene guardada en el cielo, la cual no puede destruirse, mancharse ni marchitarse.

5 Por la fe que ustedes tienen en Dios, él los protege con su poder para que alcancen la salvación que tiene preparada, la cual dará a conocer en los tiempos últimos.

6 Por esta razón, ustedes están llenos de alegría, aun cuando sea necesario que durante un poco de tiempo pasen por muchas pruebas.

7 Porque la fe de ustedes es como el oro: su calidad debe ser probada por medio del fuego. La fe que resiste la prueba vale mucho más que el oro, que puede destruirse. De modo que la fe de ustedes, al ser probada de esta manera, merecerá aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo aparezca.

8 Ustedes aman a Jesucristo, aunque no lo han visto; y ahora, creyendo en él sin haberlo visto, se alegran con una alegría tan grande y gloriosa que no pueden expresarla con palabras,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

La expresión «en esto» apunta a lo que el apóstol acaba de decir sobre la grandeza de su posición presente y la certeza de su esperanza futura. En esa esperanza se alegran grandemente, aunque por un poco de tiempo, si es necesario, estén afligidos por diversas pruebas (1 Pedro 1:6). Pedro reconoce que están pasando por una profunda dificultad, pero también presenta varias razones por las que su tristeza no cuenta toda la historia.

Todo cristiano verdadero siempre tiene algo por lo cual puede alegrarse grandemente. Esta clase de gozo es más que una sensación tranquila en el interior o un breve momento de consuelo. Se manifiesta en el rostro, en la conducta y, sobre todo, en la alabanza y la gratitud. El gozo principal de un buen cristiano proviene de las cosas espirituales y celestiales, de su relación con Dios y de su esperanza del cielo. En estas cosas todo cristiano verdadero puede alegrarse grandemente, porque su tesoro tiene un valor inmenso y su derecho a recibirlo está asegurado.

Incluso los mejores cristianos, aquellos que tienen grandes razones para alegrarse, pueden sentirse muy abatidos por causa de muchas pruebas. Toda clase de dificultades pone a prueba la fe, la paciencia y la firmeza. Estos problemas rara vez llegan de uno en uno; son muchos, vienen de diferentes direcciones y producen una tristeza profunda. Como seres humanos, estamos expuestos al dolor personal y familiar. Como cristianos, nuestro deber hacia Dios a menudo nos causa tristeza; además, nuestra compasión por quienes sufren, por la deshonra hecha a Dios, por las dificultades de su iglesia y por la ruina de la humanidad debido a su propia necedad y al juicio de Dios puede llenar de tristeza casi constante el corazón piadoso (Romanos 9:2).

Estas aflicciones solo duran un poco de tiempo. Aunque pueden causar mucho dolor, no duran para siempre. La vida misma es breve, y sus tristezas no pueden sobrevivirla. Saber que cualquier sufrimiento es temporal ayuda a disminuir su peso. Además, muchas veces una gran aflicción es necesaria para el bien del cristiano: «si es necesario, estén afligidos». Dios no aflige a su pueblo sin razón, sino sabiamente y de acuerdo con lo que necesita. Hay una conveniencia y, en realidad, una verdadera necesidad en ese sufrimiento; eso es lo que significan esas palabras. Por esta razón, nadie debe dejarse sacudir por estas dificultades. Sabemos que estamos destinados a enfrentarlas (1 Tesalonicenses 3:3). Estas pruebas tan dolorosas nunca llegan si no son necesarias, y nunca duran más de lo necesario.

Luego Pedro explica el propósito del sufrimiento y el fundamento del gozo en medio de él. El propósito de las pruebas de una persona piadosa es probar su fe. Esta prueba es mucho más valiosa que el oro que perece, aunque el oro es probado por el fuego. Cuando la fe es puesta a prueba, se demostrará que produce alabanza, honra y gloria en la venida de Jesucristo. El propósito de Dios al afligir a su pueblo es probarlo, no destruirlo. Una prueba es un examen, una evaluación profunda mediante la cual el sufrimiento revela el valor y la fortaleza de la fe.

La fe es probada sobre todo porque, en la práctica, poner a prueba la fe es poner a prueba todo lo bueno que hay en nosotros. Nuestra vida cristiana depende de la fe. Si falta la fe, nada más en nosotros está espiritualmente firme. Cristo oró por Pedro para que su fe no fallara, y si la fe se mantiene, todo lo demás también permanecerá firme. La fe de las personas piadosas es probada para que encuentren consuelo en ella, para que Dios reciba gloria por medio de ella y para que otros se beneficien de ella.

Una fe probada es mucho más valiosa que el oro probado. El oro es el más valioso, puro, útil y duradero de los metales, y la fe se encuentra entre las mayores virtudes cristianas. La fe permanece hasta llevar al alma al cielo, y entonces conduce al pleno disfrute de Dios para siempre. La prueba de la fe es aún más valiosa que la prueba del oro. En ambos casos hay un proceso de purificación, una separación de lo impuro y una demostración de lo genuino. Pero el oro no aumenta por causa del fuego; más bien, disminuye. La fe, en cambio, se fortalece, mejora y crece por medio de la oposición y el sufrimiento que enfrenta.

El oro finalmente perecerá, pero la fe nunca perecerá. «He orado por ti, para que tu fe no falle» (Lucas 22:32). La prueba de la fe producirá alabanza, honra y gloria. La honra es el respeto y el valor que alguien tiene ante los ojos de otra persona; por eso, tanto Dios como las personas honrarán a los santos. La alabanza es el reconocimiento expresado de esa honra, y Cristo elogiará a su pueblo en el gran día, diciendo: «Vengan, ustedes, los benditos de mi Padre». La gloria es el resplandor que brilla sobre quien ha sido honrado y alabado en el cielo. Si una fe probada termina en alabanza, honra y gloria, entonces la fe debe considerarse mucho más valiosa que el oro, aunque el sufrimiento la ataque y la ponga a prueba. Esto es cierto tanto por su utilidad presente como por su resultado final, aunque al mundo le parezca increíble.

Jesucristo aparecerá otra vez en gloria, y cuando lo haga, los santos aparecerán con él, y sus virtudes brillarán claramente. Mientras más haya sido probada su fe, más resplandecerá entonces. La prueba terminará pronto, pero la alabanza, la honra y la gloria permanecerán para siempre. Esto debe calmar el corazón en medio del sufrimiento presente, porque estas dificultades producen para nosotros «un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación».

Pedro también elogia la fe de estos primeros cristianos por dos razones especiales. En primer lugar, tenía como objeto excelente a Jesús, a quien no habían visto. El apóstol había visto al Señor en la carne, pero estos judíos dispersos nunca lo habían visto y, aun así, creían en él (1 Pedro 1:8). Una cosa es creer que Dios o Cristo existe, como incluso los demonios lo creen, y otra muy distinta es creer en él. Creer en él implica someterse a él, confiar en él y esperar de él todo bien que ha prometido.

En segundo lugar, su fe produjo dos resultados extraordinarios: amor y gozo. Su gozo era tan grande que no podía describirse por completo: «se alegran con un gozo indescriptible y lleno de gloria». La fe se ocupa correctamente de cosas que han sido reveladas, pero que no se ven. Los sentidos tratan con lo que está presente y es visible. La razón llega más alto y puede sacar conclusiones correctas de las causas a los efectos y de las promesas a su cumplimiento. Pero la fe llega aún más alto: acepta muchas verdades que los sentidos y la razón nunca podrían descubrir por sí solos, porque Dios las ha revelado. La fe es la certeza de lo que no se ve.

La fe verdadera nunca está sola. Produce un amor profundo por Jesucristo. Los cristianos verdaderos aman sinceramente a Jesús porque creen en él.

Este amor se manifiesta en la más alta estima por Cristo, en un deseo ferviente de estar con él, en la disposición a dejar esta vida para estar en su presencia, en pensamientos gozosos acerca de él, en un servicio alegre y en la disposición a sufrir por él.

Donde hay fe verdadera y amor por Cristo, hay, o puede haber, un gozo indescriptible y lleno de gloria. Este gozo no puede explicarse completamente; se conoce mejor al experimentarlo. Está lleno de gloria, lleno del cielo. Mucho de lo que pertenece al cielo y a la gloria futura ya entra en el gozo presente de los cristianos maduros. Su fe elimina las causas de tristeza y les da las mejores razones para alegrarse.

A veces, incluso las personas piadosas caminan en oscuridad. Esto puede deberse a sus propios errores e ignorancia, a un temperamento temeroso o triste, a algún pecado reciente o a algún acontecimiento doloroso dentro de la providencia de Dios. Estas cosas pueden apagar el consuelo por un tiempo. Aun así, tienen razones para alegrarse en el Señor y regocijarse en el Dios de su salvación (Habacuc 3:18).

Aquellos primeros cristianos tenían grandes razones para alegrarse con un gozo indescriptible, porque cada día recibían la meta de su fe: la salvación de sus almas (1 Pedro 1:9). Aquí se menciona el alma para referirse a la persona completa, ya que es la parte más noble de ella. La salvación es llamada la meta de la fe porque la fe conduce a ella y alcanza en ella su propósito. La fe contribuye a la salvación del alma, y cuando esa obra termina, la tarea de la fe queda completada para siempre.

Pedro habla en tiempo presente: ustedes están recibiendo ahora la meta de su fe. La palabra que usa alude a los juegos, donde el ganador recibía una corona o un premio del juez y se lo llevaba triunfalmente. De la misma manera, la salvación del alma era el premio que estos cristianos buscaban, la corona por la que trabajaban y la meta hacia la que se dirigían. Cada día se acercaba más a ellos.

Así aprendemos, en primer lugar, que todo cristiano fiel recibe diariamente la salvación de su alma. La salvación es una obra duradera. Comienza en esta vida, la muerte no la interrumpe y continúa para siempre. Estos creyentes ya tenían los comienzos del cielo en la santidad, en una mente orientada hacia lo celestial, en sus deberes, en la comunión con Dios, en el anticipo de la herencia y en el testimonio del Espíritu Santo.

Este era un consuelo apropiado para aquellas personas que estaban sufriendo. Parecía que estaban perdiendo según los criterios del mundo, pero el apóstol les recuerda lo que en realidad estaban recibiendo. Aunque perdieran bienes menores, seguían recibiendo la salvación de sus almas.

En segundo lugar, es correcto que el cristiano tenga como meta la salvación de su alma. La gloria de Dios y nuestra dicha están tan estrechamente unidas que, si buscamos verdaderamente una, necesariamente alcanzaremos la otra.

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