1 Macabeos 5:1
Cuando las naciones vecinas se enteraron de que el altar había sido reconstruido y que el templo había sido edificado de nuevo como antes, se indignaron mucho
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68 versículos | Biblia BibleGuided — Español
Cuando las naciones vecinas se enteraron de que el altar había sido reconstruido y que el templo había sido edificado de nuevo como antes, se indignaron mucho
y decidieron exterminar a los israelitas que vivían entre ellos; por eso comenzaron a matarlos para exterminarlos.
Entonces Judas fue a combatir contra los descendientes de Esaú en Idumea y atacó a Acrabatene, donde tenían rodeados a los israelitas. Allí infligió a los idumeos una gran derrota, los sometió y los saqueó.
También recordó la maldad de la gente de Beón, pues continuamente les ponían trampas y obstáculos a los israelitas y les tendían emboscadas en los caminos.
Judas los obligó a encerrarse en sus fortalezas, los sitió y los entregó a la destrucción, quemando las fortalezas con todos los que estaban dentro.
Después pasó al territorio de los amonitas, donde encontró un ejército poderoso y numeroso bajo el mando de Timoteo.
Los atacó muchas veces, hasta que los deshizo y derrotó,
y después de tomar Jazer con sus aldeas, regresó a Judea.
La población pagana de Galaad se alió contra los israelitas que vivían en aquel territorio para exterminarlos. Estos se refugiaron en la fortaleza de Datema,
y enviaron a Judas y a sus hermanos una carta que decía: La población pagana que nos rodea se ha aliado para exterminarnos.
Ya se están preparando para venir a asaltar la fortaleza donde nos refugiamos. Timoteo está al mando de ese ejército.
Ven a librarnos de ellos, pues entre nosotros ya ha habido muchas víctimas.
Todos nuestros hermanos que vivían en la región de Tobías han sido asesinados; se han llevado cautivos a sus mujeres y a sus niños, y les han quitado sus bienes. Cerca de mil hombres ya han muerto en esa región.
Todavía estaban leyendo esta carta cuando llegaron otros mensajeros de Galilea, con la ropa desgarrada, e informaron:
«Gente de Tolemaida, de Tiro y de Sidón, y todos los paganos de Galilea, se han aliado para acabar con nosotros.»
Cuando Judas y el pueblo oyeron estas noticias, se convocó una reunión muy numerosa para decidir qué debían hacer por sus hermanos, que se encontraban en una situación tan difícil, atacados por sus enemigos.
Judas le dijo a su hermano Simón: «Escoge a los hombres que quieras y ve a liberar a tus hermanos de Galilea. Mi hermano Jonatán y yo iremos a Galaad.»
Al resto del ejército lo dejaron en Judea para que la defendiera bajo el mando de José, hijo de Zacarías, y de Azarías, hombres con autoridad entre el pueblo.
Pero les dieron estas instrucciones: «Háganse cargo del pueblo, pero no entren en guerra con los paganos hasta que nosotros regresemos.»
A Simón le asignaron tres mil hombres para su campaña en Galilea, y a Judas, ocho mil para su campaña en Galaad.
Simón marchó, pues, a Galilea y libró muchas batallas contra los paganos, a quienes derrotó
y persiguió hasta las puertas de Tolemaida. Los paganos sufrieron cerca de tres mil bajas, y Simón se apoderó del botín.
Además, con gran alegría se llevó a Judea a los judíos que vivían en Galilea y en Arbata, junto con sus mujeres, sus hijos y todos sus bienes.
Mientras tanto, Judas Macabeo y su hermano Jonatán cruzaron el Jordán y avanzaron durante tres días por el desierto.
Allí se encontraron con un grupo de nabateos, quienes los recibieron pacíficamente y les contaron todo lo que les había sucedido a sus compatriotas judíos en Galaad,
y cómo muchos de ellos se habían encerrado en Bosrá, Bosor, Alema, Caspín, Maqued y Carnáin, todas ellas ciudades grandes y fortificadas.
Dijeron que también había israelitas encerrados en las otras ciudades de Galaad, y que sus enemigos habían decidido atacar las fortalezas al día siguiente, conquistarlas y exterminar en un solo día a todos los israelitas.
Entonces Judas y su ejército cambiaron repentinamente de dirección y se dirigieron por el desierto hacia Bosrá. Judas tomó la ciudad y, después de pasar a cuchillo a todos sus hombres, la saqueó y la incendió.
Durante la noche se pusieron en marcha y se dirigieron a la fortaleza de Datema.
Al amanecer vieron que un ejército innumerable ya estaba atacando la fortaleza; llevaban escaleras y máquinas de guerra para conquistarla.
Judas se dio cuenta de que la batalla ya había comenzado y de que los gritos de guerra y el sonido de las trompetas de la ciudad llegaban hasta el cielo.
Entonces ordenó a sus soldados: «¡Luchen hoy por nuestros hermanos!»
Los hizo avanzar en tres columnas para atacar al enemigo por la retaguardia. Tocaron las trompetas y alzaron la voz para pedir ayuda a Dios.
El ejército de Timoteo se dio cuenta de que se trataba de Macabeo y huyeron de él. Judas les infligió una gran derrota, pues les causó como ocho mil bajas aquel día.
Luego Judas se desvió hacia Alema, la atacó y la tomó, matando a toda la población masculina; después saqueó e incendió la ciudad.
Desde allí siguió adelante y tomó Caspín, Maqued, Bosor y las demás ciudades de la región de Galaad.
Después de esto, Timoteo reunió otro ejército y acampó frente a Rafón, al otro lado de un río.
Judas envió soldados para espiar el campamento, y ellos le informaron que todos los paganos de la región se habían unido a Timoteo y habían formado un ejército muy numeroso;
que entre ellos también había mercenarios árabes que los ayudaban, y que estaban acampados al otro lado del río, listos para atacarlos. Entonces Judas salió a su encuentro.
Cuando Judas y su ejército se acercaban al río, Timoteo les dijo a los jefes de sus tropas: Si Judas cruza el río antes que nosotros y nos ataca, no podremos resistirlo; seguramente nos vencerá.
Pero si le da miedo y acampa al otro lado del río, nosotros lo cruzaremos, atacaremos a Judas y lo venceremos.
Cuando Judas se acercó al río, colocó a los oficiales de la administración a lo largo del río con la orden de no permitir que nadie acampara allí, sino que todos siguieran al ataque.
Así pues, Judas, seguido por toda su gente, cruzó antes que sus enemigos y derrotó a todos aquellos paganos, quienes abandonaron sus armas y se refugiaron en el templo de Carnáin.
Los israelitas tomaron la ciudad e incendiaron el templo con todos los que estaban dentro. Así fue conquistada Carnáin, sin que pudiera seguir resistiendo a Judas.
Judas reunió a todos los israelitas que había en Galaad, sin excepción, con sus mujeres, sus niños y todos sus bienes, para que se fueran a Judá; formaban una multitud enorme.
Llegaron a Efrón, una ciudad grande y muy bien fortificada que estaba en el camino. No había paso por ninguno de los lados; el único camino atravesaba la ciudad.
Pero los habitantes de la ciudad no los dejaron pasar, sino que levantaron barricadas de piedra delante de las puertas.
Judas les envió mensajeros en son de paz para decirles: «Queremos pasar por el territorio de ustedes para llegar a nuestra patria. Nadie les hará ningún daño. Solamente queremos pasar.» Pero ellos no quisieron abrirle la ciudad.
Entonces Judas mandó avisar a su ejército que cada uno conservara la posición que tenía.
Los soldados tomaron posiciones de batalla y atacaron la ciudad durante todo aquel día y toda la noche, hasta que la ciudad cayó en su poder.
Judas y sus hermanos responden a las noticias de ataques, asesinatos y cautiverios, procurando rescatar a los israelitas que viven en regiones rodeadas por sus enemigos.
El capítulo presenta decisiones estratégicas, distribución de responsabilidades y la importancia de respetar las instrucciones. La derrota de José y Azarías muestra el peligro de actuar buscando fama y sin atender la autoridad establecida.
Aunque los ejércitos enemigos son numerosos y cuentan con fortificaciones y mercenarios, Judas actúa con resolución, organiza a sus tropas y reconoce la necesidad de pedir ayuda a Dios.
La liberación no se limita a una victoria militar: incluye reunir a las familias desplazadas, proteger sus bienes y conducirlas de regreso a Judea y al monte Sión.
El relato menciona asesinatos, cautiverios, destrucción de ciudades y pérdidas militares. Estas escenas muestran la dureza del conflicto y no deben separarse de su contexto histórico ni convertirse en una justificación general de la violencia.
El capítulo se sitúa durante la rebelión macabea, cuando las comunidades judías enfrentaban presión militar y religiosa en distintas zonas alrededor de Judea. La reconstrucción del altar y del templo provocó la reacción de pueblos vecinos y agravó las amenazas contra los israelitas dispersos en Galilea, Galaad e Idumea. Los nombres de ciudades como Datema, Bosrá, Carnáin, Efrón y Bet-seán reflejan una geografía de fortalezas, rutas y centros regionales cuya ubicación exacta no siempre puede determinarse con certeza. En este ambiente, la supervivencia de las comunidades dependía de alianzas, campañas militares, evacuaciones y control de caminos.
El capítulo comienza con la reacción hostil de las naciones vecinas y las campañas de Judas en Idumea y territorio amonita (vv. 1-8). Luego presenta las solicitudes de auxilio provenientes de Galaad y Galilea, junto con la división de las fuerzas entre Simón, Judas y Jonatán (vv. 9-24). La sección central narra las campañas de Judas en Galaad: el rescate de los habitantes de Datema, la toma de varias ciudades y la derrota de los ejércitos de Timoteo (vv. 25-44). Después se relata el traslado de las familias judías a Judea y su regreso al monte Sión (vv. 45-54). El cierre contrasta esas victorias con la derrota de José y Azarías, y resume nuevas campañas de Judas en el sur y en territorio filisteo (vv. 55-68).
El capítulo presenta la defensa de una comunidad perseguida, la responsabilidad de proteger a los vulnerables y la importancia de actuar con valentía y discernimiento. La petición de ayuda a Dios en medio de la batalla vincula la acción humana con la confianza religiosa, mientras que el regreso al monte Sión expresa alivio y gratitud después del peligro. Al mismo tiempo, el texto describe violencia extrema dentro de un relato histórico de guerra. Su contenido no autoriza a trasladar esas acciones directamente a conflictos actuales ni a tratar la destrucción narrada como un modelo general de conducta. En la tradición católica, este pasaje puede leerse junto con el conjunto de 1 Macabeos y con la enseñanza bíblica más amplia sobre la justicia, la protección de la vida, la prudencia y la paz.
El capítulo puede resonar con experiencias de desplazamiento, miedo, pérdida, amenaza comunitaria y cansancio causado por conflictos prolongados. También muestra cómo una crisis afecta no solo a quienes combaten, sino a familias, niños, personas mayores y comunidades enteras. La alegría del regreso ofrece una imagen de alivio después del peligro, pero el relato no elimina el dolor ni las pérdidas sufridas. Una lectura pastoral cuidadosa puede reconocer el deseo legítimo de protección sin romantizar la violencia ni presentar la guerra como una solución sencilla.
El capítulo destaca la importancia de responder a las crisis con organización, responsabilidad y atención a las personas más expuestas. También invita a distinguir entre valentía y búsqueda de reconocimiento, a respetar los límites de una misión y a coordinar esfuerzos en vez de actuar de manera impulsiva. En contextos actuales, estos principios pueden expresarse mediante apoyo comunitario, protección de familias vulnerables, comunicación clara, ayuda a personas desplazadas y decisiones prudentes que reduzcan el daño. La gratitud después de una situación difícil también aparece como una práctica comunitaria, no solo individual.
Las noticias describen amenazas simultáneas contra comunidades judías en ambas regiones. Judas asigna a Simón la campaña en Galilea y se dirige con Jonatán a Galaad, mientras deja tropas en Judea para protegerla.
Muestra que la liberación buscada incluye la protección de mujeres, niños, bienes y comunidades completas. El objetivo no es solamente ganar batallas, sino reunir a los israelitas y llevarlos a un lugar más seguro.
Judas actúa dentro de una estrategia compartida, busca información y coordina sus movimientos. José y Azarías, en cambio, deciden combatir para hacerse famosos sin esperar el regreso de Judas y sus hermanos, y sufren una derrota.
El relato muestra que la acción militar de Judas se acompaña de una invocación a Dios. La escena expresa dependencia religiosa en medio del peligro, sin presentar la estrategia humana y la confianza en Dios como realidades separadas.
Debe leerse dentro del contexto de una narración antigua sobre guerra, persecución y supervivencia comunitaria. El texto describe los hechos con dureza, pero no convierte automáticamente cada acción narrada en una norma para los conflictos actuales ni en una justificación de la violencia.
Este capítulo está atravesado por el miedo de comunidades rodeadas, la pérdida de seres queridos y el cansancio de quienes viven bajo amenaza. También conserva la alegría profunda de volver a casa y de saber que muchas familias han sido reunidas y protegidas. La esperanza que aparece aquí no borra el duelo: nace en medio de una historia marcada por heridas reales.
La estructura del capítulo alterna campañas militares, informes de emergencia, decisiones de mando y consecuencias de la obediencia o la imprudencia. El autor presenta a Judas como un líder que combina información, coordinación, rapidez y confianza en Dios. La condena de José y Azarías funciona como contraste narrativo: su derrota se atribuye no a la falta de valor, sino a actuar fuera de la estrategia recibida y buscar reputación propia.
El relato resalta prácticas de liderazgo que siguen siendo reconocibles: escuchar informes, repartir responsabilidades, proteger el lugar de origen, priorizar a las personas vulnerables y mantener una misión común. También advierte que la comparación y el deseo de reconocimiento pueden empujar a decisiones precipitadas. En una crisis, la coordinación y la claridad suelen servir mejor que la competencia interna.
El regreso al monte Sión después del peligro da al capítulo un movimiento espiritual: de la amenaza al refugio, de la dispersión a la reunión y del temor a la gratitud. La confianza en Dios no elimina la necesidad de actuar, discernir y proteger; acompaña esas responsabilidades. La memoria del rescate se convierte en una forma de reconocer que la vida recibida y la comunidad restaurada son dones que no deben darse por sentados.
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