Versículo destacado
1 Corintios 4:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Pues ¿quién te da privilegios sobre los demás? ¿Y qué tienes que Dios no te haya dado? Y si él te lo ha dado, ¿por qué presumes como si lo hubieras conseguido por ti mismo? "
1 Corintios 4:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 Por lo tanto, no juzguen nada antes de tiempo; esperen hasta que venga el Señor y saque a la luz lo que ahora está en la oscuridad, y dé a conocer las intenciones del corazón. Entonces Dios dará a cada uno la alabanza que merezca.
6 Hermanos, les hablo de estas cosas por su propio bien, poniendo como ejemplo a Apolo y a mí mismo. Lo digo para que, por nuestro ejemplo, ustedes aprendan a no ir más allá de lo que está escrito, y para que nadie se hinche de orgullo favoreciendo a uno en perjuicio de otro.
7 Pues ¿quién te da privilegios sobre los demás? ¿Y qué tienes que Dios no te haya dado? Y si él te lo ha dado, ¿por qué presumes como si lo hubieras conseguido por ti mismo?
8 Al parecer, ustedes ya son ricos, tienen todo lo que pueden desear y se sienten como reyes que no necesitan nada de nosotros. ¡Ojalá fueran reyes de verdad, para que nosotros también tuviéramos parte en su reino!
9 Pues me parece que Dios nos ha puesto a nosotros, los apóstoles, en el último lugar, como si fuéramos condenados a muerte. Hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres.
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Aquí el apóstol retoma su argumento anterior y lo convierte en una advertencia contra el orgullo y el exceso de importancia que una persona puede darse. También les muestra a los corintios qué tentaciones podían llevarlos a menospreciarlo debido a la diferencia entre sus circunstancias. Comienza recordándoles que cualquier diferencia entre ellos provenía de Dios: «¿Quién te hace diferente de otro? ¿Y qué tienes que no hayas recibido?» (1 Corintios 4:7).
Pablo se dirige especialmente a los ministros que se habían puesto al frente de esos grupos rivales y habían contribuido a fomentar la división. ¿De qué podían jactarse, si sus dones especiales provenían de Dios? Puesto que los habían recibido, no podían jactarse legítimamente como si fueran propios sin deshonrar a Dios. Cuando usaban esos dones para alimentar su orgullo, debían recordar que eran regalos que los comprometían a responder a la bondad y la gracia de Dios.
Esto también puede entenderse como una verdad general. No tenemos razón para enorgullecernos de nuestras capacidades, nuestras bendiciones ni nuestro trabajo, porque todo lo bueno que hay en nosotros se debe a la gracia abundante y gratuita de Dios. Aquí no hay lugar para la jactancia. En realidad, no poseemos nada bueno que no hayamos recibido de Dios. Jactarnos de algo que solo nos fue dado es una necedad y una ofensa contra Dios. Quienes reciben todo no tienen razón para enorgullecerse de nada (Salmo 115:1).
Luego Pablo insiste en la humildad mediante una fuerte ironía o, por lo menos, mediante una reprensión contundente por su orgullo: «Ya están satisfechos, ya son ricos y han llegado a reinar sin nosotros». En otras palabras, no solo tenían suficientes dones espirituales, sino más que suficiente; incluso podían jactarse de ellos sin Pablo, es decir, en su ausencia y sin sentir ninguna necesidad de él. Pablo presenta una progresión muy clara: de tener suficiente, a ser ricos, y de ser ricos, a ser reyes, para mostrar hasta qué punto se habían elevado en su propia opinión por causa de su sabiduría y sus dones.
Ese orgullo había crecido mientras Pablo estaba lejos de ellos, y los había llevado a olvidar el lugar que él ocupaba entre ellos. El orgullo tiende a exagerar las bendiciones que tiene y a ignorar a quien se las dio. Se infla por lo que posee y olvida su fuente. Cuando Pablo dice: «Han llegado a reinar como reyes», quiere decir: «Al menos eso creen ustedes». Luego añade: «Ojalá de verdad reinaran, para que nosotros también reináramos con ustedes». Su intención es: «Ojalá tuvieran el verdadero honor de una iglesia cristiana, y no solo una idea de grandeza en su propia mente. Entonces yo también compartiría ese honor, y ustedes no me pasarían por alto como lo hacen ahora. Me valorarían como siervo de Cristo y como un colaborador útil entre ustedes».
Las personas que tienen una opinión demasiado elevada de sí mismas suelen ser las que menos se conocen. Los corintios podrían haber crecido y prosperado, y Pablo junto con ellos, si no se hubieran llenado de una grandeza imaginaria. El orgullo es una barrera seria para el crecimiento. Quien piensa que ya llegó a la cima no seguirá creciendo en sabiduría ni en carácter.
Luego Pablo describe la condición de los apóstoles y la compara con la de los corintios. Dice que Dios había colocado a los apóstoles en el último lugar, como hombres condenados a muerte, y que se habían convertido en un espectáculo público ante el mundo, los ángeles y los seres humanos (1 Corintios 4:9). Pablo y los demás apóstoles habían estado expuestos a sufrimientos extremos. Nadie en esa época era perseguido y acosado con mayor intensidad. Sus vidas estaban constantemente en peligro.
Pablo alude a los sangrientos espectáculos de los anfiteatros romanos, donde obligaban a los hombres a luchar contra animales salvajes o unos contra otros para entretener al público. Con frecuencia, el vencedor no escapaba con vida, sino que era reservado para otra pelea y finalmente se le daba muerte. A esos hombres condenados se les podía llamar «destinados a morir». Pablo dice que los apóstoles eran presentados «en último lugar» porque quienes luchaban al final del día enfrentaban el mayor peligro: muchas veces combatían desnudos y eran tratados con una crueldad brutal. El punto es que los apóstoles vivían bajo la amenaza constante de la muerte, y a menudo de la peor clase de muerte, mientras cumplían fielmente su labor.
Dios los había puesto en exhibición, como los gobernantes romanos llevaban a los combatientes a la arena, el lugar donde la gente observaba. Pero Dios lo hizo por una razón muy distinta. Los romanos lo hacían para complacer a la multitud y satisfacer su propio orgullo, o por motivos aún peores. Dios mostraba a los apóstoles para revelar el poder de su gracia, confirmar la verdad de su llamado y de su mensaje, y extender la fe por todo el mundo. Esos eran propósitos nobles, dignos de Dios. Sin embargo, los apóstoles seguían enfrentando peligros semejantes a los de aquellos hombres miserables de los espectáculos romanos.
Por eso, el ministerio apostólico era honorable y difícil a la vez. Era una exhibición pública, como una especie de espectáculo ante todo el mundo. Tanto los ángeles como los seres humanos podían ver sus persecuciones, sus sufrimientos, su paciencia y su valentía. Todos podían ver que sufrían por su lealtad a Cristo; podían ver cómo sufrían, cuán grande era el peligro, con qué valor lo enfrentaban, cuán intenso era el dolor y con qué paciencia lo soportaban por la gracia de Dios y la convicción cristiana. Su labor era difícil, pero honorable; peligrosa, pero gloriosa. Dios era honrado por medio de ellos, y a través de ellos se demostraba que la fe era real. El mundo no podía dejar de ver y admirar su determinación sin temor, su paciencia constante y su perseverancia.
Pablo y los demás siervos fieles de Cristo estaban dispuestos a quedar expuestos al sufrimiento y a la vergüenza por el honor de su Maestro. De la misma manera, los ministros y discípulos fieles de Cristo deben estar dispuestos a soportar cualquier cosa por causa de él y para su gloria.
Luego Pablo compara su propia condición con la de los corintios: «Nosotros somos insensatos por causa de Cristo, pero ustedes son sabios en Cristo; nosotros somos débiles, pero ustedes son fuertes; ustedes son honrados, pero nosotros somos despreciados» (1 Corintios 4:10). Quiere decir: «Nos consideran insensatos porque pertenecemos a Cristo, y estamos dispuestos a aceptar ese juicio».
Podemos ser tratados como insensatos por el mundo y ser despreciados por ello, para que la sabiduría de Dios y el honor del evangelio queden protegidos y se manifiesten con claridad. Los ministros fieles pueden soportar que los menosprecien si eso ayuda a mostrar la sabiduría de Dios y el poder de su gracia.
«Pero ustedes son sabios en Cristo». Los corintios tenían fama de ser cristianos sabios y educados, y valoraban mucho esa reputación. A Pablo y a los demás apóstoles los deshonraban porque comunicaban las verdades sencillas del evangelio de una manera sencilla. En cambio, los corintios eran respetados por su elocuencia y su sabiduría humana, lo cual hacía que muchos los consideraran sabios en Cristo.
«Nosotros somos débiles, pero ustedes son fuertes». Es decir, nosotros sufrimos por causa de Cristo, mientras ustedes viven con comodidad y tranquilidad (2 Corintios 12:10). No todos los cristianos enfrentan las mismas dificultades. Algunos son llamados a soportar pruebas mucho más duras que otros, aunque todos estén sirviendo en la misma batalla. En un ejército, los que llevan el estandarte suelen ser los primeros en ser atacados; de igual manera, en tiempos de persecución, los ministros suelen ser los primeros y los que más sufren.
O quizá Pablo quiere decir: «El mundo nos trata como personas de poca capacidad, como creyentes jóvenes e inmaduros. Pero ustedes se consideran, y otros los consideran, personas maduras y fuertes». Sin embargo, los que se creen más avanzados en el cristianismo, o a quienes otros consideran así, no siempre son los que realmente han progresado más. El amor propio hace que este error sea muy fácil. Los corintios podían haberse considerado más sabios y fuertes en Cristo que los mismos apóstoles, pero qué grave era ese error.
Pablo luego describe detalladamente sus sufrimientos. Hasta ese mismo momento, después de todo el servicio que habían prestado entre los corintios y en otras iglesias, ellos tenían hambre y sed, carecían de ropa adecuada, eran golpeados, no tenían un hogar fijo y trabajaban con sus propias manos (1 Corintios 4:11-12). Se habían convertido en la basura del mundo y en el desecho de todas las cosas (1 Corintios 4:13). Tenían que trabajar con sus propias manos para mantenerse, y como tenían tanto trabajo ministerial, no siempre podían conseguir una vida cómoda. Por eso a menudo les faltaban comida, bebida y ropa, y no tenían un lugar estable donde quedarse.
Era una condición muy difícil para los principales ministros del reino de nuestro Salvador: no tener casa ni hogar, y carecer de alimento y ropa. Sin embargo, no era más pobre que la condición de Aquel que no tenía dónde recostar la cabeza (Lucas 9:58). Aun así, su amor por Dios y su profundo deseo de salvar a las personas los sostuvo en medio de todo. Su pobreza fue voluntaria y asumida con gozo. Se sentían ricamente recompensados si podían servir a Cristo y salvar vidas, aun cuando carecieran de todos los bienes externos.
Cuando Pablo dice que ellos eran “la basura del mundo” y “el desecho de todos”, quiere decir que eran tratados como personas indignas de vivir. Algunos estudiosos piensan que esto se refiere a una práctica común entre muchas naciones paganas, en la que se ofrecía como sacrificio a las personas más despreciables en tiempos de plagas u otros grandes desastres. En los primeros tiempos de la iglesia, a menudo se culpaba a los cristianos de toda calamidad pública y se los entregaba a la furia de la multitud, si no para calmar la ira de dioses falsos, sí para apaciguar al pueblo. Los apóstoles no recibieron un trato mejor. La gente trataba sus cuerpos y su reputación como si fueran los peores y más despreciables de los hombres, los más apropiados para ser ofrecidos. O quizá Pablo quiere decir que los trataban como la suciedad que se barre, como los desperdicios y residuos de todo, como el alcantarillado común donde se arrojaba cada insulto. Ser el desecho de una sola cosa ya es terrible; ser el desecho de todo es mucho peor.
En todo esto, los apóstoles se parecían estrechamente a su Maestro y completaban en su cuerpo lo que faltaba de las aflicciones de Cristo por amor a su iglesia (Colosenses 1:24). Sufrían por él y sufrían siguiendo su ejemplo. Su Señor también había vivido y servido en pobreza y desprecio. Cualquiera que quiera ser fiel a Cristo Jesús debe estar dispuesto a enfrentar ese mismo tipo de pobreza y vergüenza.
Una persona puede ser muy querida por Dios y honrada ante sus ojos, aun cuando la gente la considere indigna de vivir y la trate como la suciedad y los desperdicios del mundo. Dios no ve como ve el ser humano (1 Samuel 16:7).
Aquí también vemos cómo se comportaban los apóstoles en medio de todo esto y cómo respondían a un trato tan cruel: cuando los insultaban, bendecían; cuando los perseguían, lo soportaban; cuando los difamaban, respondían con palabras amables y ruegos llenos de mansedumbre (1 Corintios 4:12-13). Devolvían bendiciones por insultos y palabras bondadosas ante las mentiras y los ataques más crueles. Eran pacientes aun bajo la peor persecución.
La lección es clara: los discípulos de Cristo, especialmente quienes sirven como ministros, deben conservar su integridad y una conciencia limpia sin importar la oposición o las dificultades que enfrenten en el mundo. Cualquiera que sea el sufrimiento que reciban de parte de la gente, deben seguir el ejemplo de su Señor y obedecer su voluntad y sus mandamientos. Deben estar dispuestos, junto con él y por causa de él, a ser despreciados y maltratados.
De este capítulo
1 Corintios 4:1
"Ustedes deben considerarnos simplemente ayudantes de Cristo, encargados de enseñar los designios secretos de Dios."
1 Corintios 4:2
"Ahora bien, quien recibe un encargo debe demostrar que es digno de confianza."
1 Corintios 4:3
"En lo que a mí respecta, me preocupa muy poco que ustedes o algún tribunal humano me juzguen. Ni siquiera yo mismo me juzgo."
1 Corintios 4:4
"Sin embargo, que mi conciencia no me acuse de nada no significa que por eso yo sea inocente, pues quien me juzga es el Señor."
1 Corintios 4:5
"Por lo tanto, no juzguen nada antes de tiempo; esperen hasta que venga el Señor y saque a la luz lo que ahora está en la oscuridad, y dé a conocer las intenciones del corazón. Entonces Dios dará a cada uno la alabanza que merezca."
1 Corintios 4:6
"Hermanos, les hablo de estas cosas por su propio bien, poniendo como ejemplo a Apolo y a mí mismo. Lo digo para que, por nuestro ejemplo, ustedes aprendan a no ir más allá de lo que está escrito, y para que nadie se hinche de orgullo favoreciendo a uno en perjuicio de otro."
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