Versículo destacado

1 Corintios 4:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Ustedes deben considerarnos simplemente ayudantes de Cristo, encargados de enseñar los designios secretos de Dios. "

1 Corintios 4:1

menu_book El versículo en contexto

1 Ustedes deben considerarnos simplemente ayudantes de Cristo, encargados de enseñar los designios secretos de Dios.

2 Ahora bien, quien recibe un encargo debe demostrar que es digno de confianza.

3 En lo que a mí respecta, me preocupa muy poco que ustedes o algún tribunal humano me juzguen. Ni siquiera yo mismo me juzgo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí el apóstol pide que se le dé el respeto correspondiente a su función y a su trabajo, porque muchos de los corintios se habían equivocado gravemente en este aspecto. «Que cada uno nos considere servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Corintios 4:1). Algunos quizá habían ido demasiado lejos en la otra dirección, tratando a Pablo como líder de un grupo y afirmando ser sus discípulos. Al considerar a los servidores de Dios, como en todos los demás asuntos, debemos evitar los extremos.

A los apóstoles no se les debía dar un honor excesivo. Eran servidores, no amos; administradores, no señores. Eran servidores de Cristo y nada más, aunque servían en el nivel más alto. Estaban encargados de su casa, distribuían alimento a los demás y dirigían su trabajo. Es un grave abuso de poder, y un gran pecado en los servidores comunes, actuar como gobernantes sobre otros siervos o pretender tener autoridad sobre su fe o su conducta. Incluso los apóstoles eran solamente servidores de Cristo, enviados a hacer su obra y a comunicar los misterios de Dios: verdades que habían permanecido ocultas al mundo en épocas pasadas. No tenían derecho a difundir sus propias ideas, sino únicamente la fe cristiana.

Al mismo tiempo, no se debía despreciar a los apóstoles. Aunque eran solamente servidores, eran servidores de Cristo. El carácter y el honor de su Maestro les daban dignidad. Aunque eran solamente administradores, no estaban encargados de cosas comunes, sino de los misterios divinos, verdades sagradas que antes habían estado ocultas. Se les había confiado una responsabilidad muy grande, y eso hacía honorable su función. Eran administradores en la casa de Dios, los principales servidores en su reino de gracia. No afirmaban ser amos, pero sí merecían respeto por desempeñar una labor tan honorable.

Sobre todo, merecían ese respeto cuando cumplían fielmente con su deber: «Ahora bien, lo que se requiere de los administradores es que cada uno sea hallado fiel» (1 Corintios 4:2). Los administradores de la familia de Cristo deben establecer solamente lo que él ha establecido. No deben poner a trabajar a sus compañeros de servicio para sus propios propósitos. No deben exigirles nada sin la autoridad de su Maestro. Tampoco deben alimentarlos con las ideas sin valor que ellos mismos han inventado, en lugar de darles el alimento saludable de la enseñanza y la verdad cristianas. Deben enseñar lo que Cristo ha mandado, no doctrinas ni reglas humanas. Deben mantenerse leales a los intereses de su Señor y procurar su honor.

Los servidores de Cristo deben hacer de la fidelidad su propósito constante y sincero. Cuando tienen la conciencia tranquila y cuentan con la aprobación de su Maestro, no deben dejarse sacudir por las opiniones ni por las quejas de sus compañeros de servicio. «Para mí es muy poco que ustedes me juzguen, o que me juzgue cualquier tribunal humano» (1 Corintios 4:3). La reputación ante los demás puede ayudar a que un servidor sea útil, y las palabras de Pablo muestran que sí le importaba su buen nombre. Pero quien convierte en su meta principal agradar a la gente no demostrará ser fiel a Cristo (Gálatas 1:10). Si alguien quiere ser fiel a Cristo, no debe dejarse gobernar por las críticas de los demás cuando sufre por causa de Cristo.

Si su Señor lo aprueba, debe dar muy poca importancia a lo que otros digan de él. La gente puede pensar mal de él o hablarle con dureza mientras cumple con su deber. Pero el juicio de esas personas no es el que finalmente importa. Los servidores fieles tienen la bendición de contar con un Juez más sabio y bondadoso que sus compañeros de servicio, un Juez que conoce y comprende sus debilidades, aunque él mismo no tenga ninguna. Es mejor caer en las manos de Dios que en las manos de los seres humanos (2 Samuel 24:14). Aun las mejores personas suelen juzgar de manera precipitada, dura e injusta, pero Dios siempre juzga con verdad.

Es un consuelo saber que las personas no son nuestros jueces finales. De hecho, tampoco debemos convertirnos nosotros mismos en nuestros jueces finales. «Ni siquiera yo me juzgo a mí mismo», dice el apóstol. Aunque no supiera de nada malo en sí mismo y no pudiera acusarse de infidelidad, eso no lo declararía completamente inocente. «El que me juzga es el Señor». Su juicio debe decidir el asunto. Debemos aceptar el veredicto que él dé. Una persona es solamente lo que el Señor descubre y declara que es.

Por eso, juzgarnos favorablemente, o incluso defendernos, no demuestra que estemos a salvo ni que seamos bienaventurados. Nada puede demostrarlo excepto la aceptación y la aprobación de nuestro soberano Juez. «No es aprobado el que se recomienda a sí mismo, sino aquel a quien recomienda el Señor» (2 Corintios 10:18).

A partir de esto, el apóstol advierte a los corintios contra un espíritu condenatorio: el hábito de juzgar a los demás con demasiada rapidez y severidad. «Así que no juzguen nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor» (1 Corintios 4:5). Esto se refiere a juzgar antes del momento apropiado y sin suficientes fundamentos. No está hablando de los jueces que actúan dentro de la función que les corresponde, ni de los juicios personales sobre asuntos que se conocen claramente. Se refiere a juzgar el estado futuro de una persona, sus motivos ocultos y las intenciones internas de sus acciones, o asuntos que en sí mismos son dudosos. Dar un veredicto final en esos casos es ocupar el lugar de Dios y reclamar algo que le pertenece solamente a él.

Qué atrevido es el pecador que critica con rapidez y dureza. Sus juicios son inoportunos y están llenos de arrogancia. Pero hay Uno que juzgará tanto al crítico como a aquellos a quienes critica, sin prejuicio, pasión ni favoritismo. Viene el día en que las personas ya no podrán evitar ver las cosas correctamente, porque tendrán que someterse a su juicio. Esto debería hacerlas cautelosas ahora al juzgar a los demás y cuidadosas al juzgarse a sí mismas.

Viene un día en que el Señor sacará a la luz las cosas ocultas de las tinieblas y hará manifiestos los pensamientos del corazón. Las acciones secretas hechas en la oscuridad, junto con los deseos, planes e intenciones escondidos en lo más profundo de la persona, quedarán expuestos. Ese día revelará todo. El Juez sacará estas cosas a la luz. El Señor Jesucristo dará a conocer los pensamientos de cada corazón.

El Señor Jesús tiene que conocer los pensamientos del corazón para poder revelarlos. Esto le pertenece solamente a Dios (Jeremías 17:10); sin embargo, nuestro Salvador reclama para sí este poder de una manera especial (Apocalipsis 2:23). «Todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña la mente y el corazón, y les daré a cada uno de ustedes según sus obras». Debemos tener mucho cuidado al criticar a los demás, porque tendremos que comparecer ante un Juez de quien no podemos escondernos. Es posible que los demás no nos vean con claridad, pero delante de él estamos completamente expuestos. Cuando venga a juzgar, cada persona recibirá la alabanza de Dios; es decir, la recibirá todo aquel que la merezca.

Aunque ningún servidor de Dios puede ganarse algo de él, y aunque incluso en sus mejores obras hay mucho que merece reproche, Dios aun así elogiará y recompensará su fidelidad. Si otros servidores los juzgan injustamente, se burlan de ellos o los tratan mal, un día él quitará toda acusación falsa y mostrará su verdadera condición, agradable delante de él. Los cristianos pueden soportar con más paciencia las críticas injustas cuando recuerdan que ese día llegará, especialmente si su propia conciencia les confirma que han actuado con honestidad.

Pero ¡cuánto cuidado deben tener de no insultar ahora a otros, cuando el Juez que todos comparten los elogiará después! Luego Pablo explica por qué usó su propio nombre y el de Apolos, un colaborador fiel en el evangelio, al hablar de este tema. Habló usando una figura y lo hizo por el bien de ellos. Escogió mencionarse a sí mismo y a Apolos en lugar de mencionar a los líderes de los grupos rivales en Corinto, porque así era menos probable que provocara a los corintios y más probable que su advertencia tuviera efecto.

Los servidores de Dios deben usar sabiduría al dar consejos y advertencias, especialmente cuando tienen que reprender. De lo contrario, pueden alejar precisamente a las personas a las que quieren ayudar. Pablo quería que los corintios aprendieran a no pensar de los seres humanos más de lo que permite la Escritura y a no enorgullecerse de un servidor por encima de otro (1 Corintios 4:6). Los apóstoles debían ser considerados solamente sembradores y regadores en el campo de Dios, maestros constructores en su casa, administradores de sus secretos y servidores de Cristo. Los servidores comunes no pueden tener esos títulos en el mismo sentido pleno en que los tuvieron los apóstoles.

Debemos tener mucho cuidado de no darle a un servidor el honor y la autoridad que le pertenecen al Maestro. No debemos llamar maestro en la tierra a ningún ser humano, porque uno solo es nuestro Maestro: Cristo (Mateo 23:8, Mateo 23:10). No debemos pensar de las personas más allá de lo que la Escritura dice acerca de ellas. La palabra de Dios es la mejor norma para juzgar a las personas, y juzgarlas correctamente, sin darles más honor del que merecen, ayuda a prevenir las disputas y las divisiones en la iglesia.

El orgullo suele estar en la raíz de estas discusiones. Una opinión demasiado elevada de nosotros mismos a menudo también nos lleva a tener una opinión exagerada de nuestros maestros. Además, nos impulsa a confiar demasiado en nuestro propio criterio, aferrándonos a un maestro y oponiéndonos a otro, aun cuando ambos sean fieles y estén bien capacitados para la tarea que Dios les ha encomendado.

Pero si pensamos con humildad de nosotros mismos y no consideramos a nuestros maestros por encima de lo que está escrito, esto ayudará a reducir las disputas, las rivalidades y las divisiones en la iglesia. No sentiremos orgullo por un líder en contra de otro si recordamos que todos ellos son solo instrumentos en el campo y en la edificación de Dios, y que él les ha dado dones diferentes.

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