Versículo destacado
Amós 9:11 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" En aquel día levantaré la tienda caída de David, cerraré sus brechas, levantaré sus ruinas y la edificaré como en los días antiguos. "
Amós 9:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Porque miren, yo daré la orden y zarandearé a la casa de Israel entre todas las naciones, como se zarandea el grano en un cedazo; pero ni el grano más pequeño caerá a tierra.
10 Todos los pecadores de mi pueblo morirán a espada, los que dicen: «El mal no nos alcanzará ni se anticipará a nosotros».
11 En aquel día levantaré la tienda caída de David, cerraré sus brechas, levantaré sus ruinas y la edificaré como en los días antiguos.
12 Para que posean el remanente de Edom y de todas las naciones que son llamadas por mi nombre, dice el SEÑOR, que hace esto.
13 Miren, vienen días, dice el SEÑOR, en que el que ara alcanzará al que cosecha, y el que pisa las uvas, al que siembra la semilla; las montañas gotearán vino dulce y todas las colinas se derretirán.
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El profeta termina señalando el día en que Dios haría grandes cosas por su iglesia mediante el Mesías. Esta promesa corresponde al establecimiento de la iglesia cristiana, y los apóstoles la aplicaron de esa manera en Jerusalén (Hechos 15:15-17). Estos mismos versículos también explican por qué se había anunciado el juicio anterior sobre los judíos: su rechazo del Mesías conduciría a su propio rechazo.
Primero, en el Mesías sería restaurado el reino de David (Amós 9:11). Se le llama la «tienda de David», es decir, la casa y la línea real de David que, aunque en otro tiempo fueron fuertes, eran comparadas con el reino de Dios tan sencillas y temporales como una tienda. La iglesia, en medio de sus luchas actuales, también puede considerarse la tienda de David: vive como en tiendas de pastores, dedicados al cuidado, y como en tiendas de soldados, preparados para la batalla. David amaba la morada de Dios y deseaba vivir allí para siempre (Salmo 61:4).
Estas tiendas habían caído en decadencia. La familia real se había debilitado, su honor había sido dañado y su poder se había reducido casi a nada. Muchos descendientes de esa línea se habían apartado de los caminos de David, y durante el cautiverio perdió su dignidad real. De la misma manera, en sus últimos días la iglesia judía estaba cerca de la ruina: había perdido tanto su pureza como su paz externa.
Sin embargo, por medio de Jesucristo esas tiendas fueron levantadas de nuevo. En él, el pacto de Dios con David halló su cumplimiento, y la gloria de aquella casa, que había caído tan bajo, fue restaurada. Sus brechas fueron reparadas y sus ruinas fueron reconstruidas como antes. Más aún, la gloria espiritual de la familia de Cristo es mayor que toda la gloria terrenal que la familia de David llegó a tener en su mejor momento. En Cristo, el pacto de Dios con Israel también alcanzó su meta, y la iglesia del evangelio se convirtió en el nuevo lugar donde Dios habita entre las personas.
Por eso el primer concilio de Jerusalén usó esta promesa para explicar el llamado de los gentiles, es decir, de las naciones que no pertenecían a Israel, y cómo Dios tomaría de entre ellas un pueblo para su nombre. Mientras exista el mundo, Dios tendrá una iglesia en él. Si la iglesia cae en un lugar y entre un pueblo, Dios la levantará en otro lugar.
Segundo, este reino crecería y se extendería, pues muchas naciones entrarían en él (Amós 9:12). La casa de David poseería el remanente de Edom y todas las naciones; es decir, Cristo las recibiría como su herencia, incluso hasta los confines de la tierra como su posesión (Salmo 2:8). Quienes antes habían sido extranjeros y enemigos se convertirían en súbditos dispuestos y fieles del Hijo de David. Serían añadidos a la iglesia o, como dice el texto, serían aquellos que llevan el nombre de Dios: personas que le pertenecen, que participan de su gracia escogida y que han sido destinadas a la vida eterna (Hechos 13:48). Esto es cierto tanto para los gentiles como para los judíos, porque los escogidos lo han recibido, mientras que los demás fueron endurecidos (Romanos 11:7).
Cristo murió para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos por todas partes, y aquí se les describe como aquellos que llevan su nombre. La promesa también alcanza a «todos los que están lejos», es decir, a todos los que el Señor nuestro Dios llame (Hechos 2:39). Santiago explicó este pasaje como una promesa de que el resto de la humanidad buscaría al Señor, especialmente todos los gentiles sobre quienes se invoca el nombre de Dios. Podemos confiar en esta promesa porque el Señor mismo la pronuncia. Él hace lo que dice, tiene poder para cumplirlo y ya ha decidido llevarlo a cabo. En Dios, decir y hacer son una misma cosa.
Tercero, en el reino del Mesías habría gran abundancia: abundaría todo lo bueno que produce la tierra (Amós 9:13). La imagen es la de una cosecha tan abundante que el labrador todavía estaría trabajando cuando ya debería haber terminado la siega, porque habría tanto grano que el tiempo de la cosecha se extendería hasta la época de la siembra. Lo mismo sucedería con la cosecha de uvas, que duraría tanto que hasta los montes parecerían destilar vino nuevo. Las colinas secas quedarían empapadas de la riqueza de la tierra, como si se derritieran por su fertilidad. Compárese con (Joel 2:24) y (Joel 3:18).
Esto se refiere principalmente a la abundancia de las bendiciones espirituales en los lugares celestiales. Todos los que están verdaderamente unidos a Cristo y a su iglesia se llenan de la bondad de la casa de Dios, de la gracia y del consuelo de su Espíritu. Tienen pan, el pan de vida, para fortalecer su corazón, y vino, el consuelo que Dios da para alegrarlos. En términos sencillos, reciben todo lo que la Palabra y el Espíritu de Dios llevan al alma.
Durante mucho tiempo, estas bendiciones estuvieron limitadas a la viña de la iglesia judía. Allí, y solamente allí, se encontraban la revelación especial de Dios y su poder salvador. Pero en los tiempos del evangelio, los montes y las colinas del mundo gentil serían enriquecidos con esos mismos dones mediante el evangelio de Cristo, predicado, creído y recibido con poder. Cuando muchos se convirtieron, naciones enteras llegaron a la fe y los predicadores del evangelio se alegraron por sus frutos, entonces el labrador alcanzó al segador. Cuando las iglesias gentiles fueron enriquecidas en toda palabra, en todo conocimiento y en todo don espiritual (1 Corintios 1:5), entonces los montes destilaron vino dulce.
Cuarto, el reino del Mesías estaría bien poblado. Así como la tierra se llenaría, también se llenarían las ciudades, y habría personas que vivirían en ellas (Amós 9:14). Los que habían sido llevados cautivos regresarían de su exilio. Sus enemigos no los mantendrían en la tierra del cautiverio, ni ellos escogerían quedarse allí. El remanente volvería, reconstruiría las ciudades en ruinas y viviría en ellas. Formarían iglesias cristianas y establecerían una doctrina, una adoración y un orden eclesial sólidos, conforme al mandato del evangelio por el cual se organizan las ciudades de Cristo.
También disfrutarían de los bienes que nacen de esta vida en comunidad. Plantarían viñas y cultivarían jardines. Aunque los montes y las colinas ya destilarían vino, y las bendiciones de la iglesia del evangelio se compartirían abiertamente, ellos también cercarían campos para sí mismos. Esto no significa que guardarían esos dones solo para ellos. Significa que los usarían sabiamente, en comunión con los demás, y disfrutarían del fruto de su propio trabajo. Quienes se esfuerzan en la vida de fe, como es necesario hacerlo con las viñas y los jardines, encontrarán en ella tanto gozo como provecho.
La promesa de que Dios devolvería el cautiverio de su pueblo también puede señalar el fin de la ley ceremonial, que durante mucho tiempo había sido como un yugo de esclavitud para el pueblo de Dios. En Cristo, Dios les dio la libertad que él vino a traer a su iglesia, como dice Gálatas 5:1. El punto es que el pueblo de Dios ya no estaría sometido a aquellas antiguas reglas externas, porque Cristo lo liberaría.
El reino del Mesías echaría raíces tan profundas en el mundo que nada podría arrancarlo jamás. Dios dice: «Los plantaré en su tierra» (Amós 9:15). Aquí se habla del Israel espiritual de Dios, su pueblo verdadero, plantado por la propia mano de Dios en el lugar que él le ha dado. Ya no serían arrancados, como lo fue la antigua nación judía. Dios los guardaría de destruirse a sí mismos al apartarse completamente de él y también de ser destruidos por sus enemigos. La iglesia puede corromperse, pero no abandonará por completo a Dios. Puede ser perseguida, pero Dios no la dejará por completo. Por eso las puertas del infierno, ni por medio de las mentiras ni por medio de las amenazas, podrán vencerla.
Dos cosas aseguran el futuro perdurable de la iglesia. Primero, Dios le ha dado un regalo: «Es la tierra que les he dado». Dios permanecerá fiel a lo que ha dado. La porción que ha entregado a su pueblo es esa buena parte que nunca le será quitada. Él no cancelará su regalo, y ningún poder en la tierra ni en el infierno podrá deshacerlo.
Segundo, la iglesia le pertenece a Dios. Él es el Señor su Dios, quien ha hablado y hará que suceda. Él es tuyo, Israel, y reinará como tu Dios por todas las generaciones. Puesto que él vive, la iglesia también vivirá.
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De este capítulo
Amós 9:1
"Vi al Señor de pie sobre el altar, y dijo: «Golpea el dintel de la puerta para que tiemblen los postes, y córtalos a todos por la cabeza. Yo mataré a espada al último de ellos; quien de ellos huya no logrará huir, y quien de ellos escape no será librado»."
Amós 9:2
"Aunque caven hasta el infierno, de allí los tomará mi mano; aunque suban hasta el cielo, de allí los haré bajar."
Amós 9:3
"Aunque se escondan en la cima del Carmelo, allí los buscaré y los sacaré; y aunque se oculten de mi vista en el fondo del mar, allí daré órdenes a la serpiente, y esta los morderá."
Amós 9:4
"Aunque vayan cautivos delante de sus enemigos, allí daré órdenes a la espada, y esta los matará. Pondré mis ojos sobre ellos para mal y no para bien."
Amós 9:5
"El Señor DIOS de los ejércitos es quien toca la tierra, y esta se derretirá, y todos los que habitan en ella se lamentarán. Toda ella subirá como una inundación y se hundirá como por la inundación de Egipto."
Amós 9:6
"Él construye sus pisos en el cielo y ha establecido su tropa en la tierra; llama a las aguas del mar y las derrama sobre la superficie de la tierra. SEÑOR es su nombre."
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