Versículo destacado

Amós 8:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Escuchen esto, ustedes que devoran al necesitado y hacen desaparecer a los pobres de la tierra, "

Amós 8:4

menu_book El versículo en contexto

2 Y él dijo: Amós, ¿qué ves? Yo respondí: Una canasta de fruta de verano. Entonces el SEÑOR me dijo: El fin ha llegado sobre mi pueblo Israel; no volveré a pasar junto a ellos nunca más.

3 Los cantos del templo se convertirán en aullidos aquel día, dice el Señor DIOS. Habrá muchos cadáveres en todo lugar; los arrojarán en silencio.

4 Escuchen esto, ustedes que devoran al necesitado y hacen desaparecer a los pobres de la tierra,

5 diciendo: ¿Cuándo pasará la luna nueva para que vendamos grano, y el sábado para que saquemos trigo, reduciendo el efa, aumentando el siclo y falseando con engaño las balanzas?

6 ¿Para que compremos al pobre por plata y al necesitado por un par de sandalias, y vendamos hasta el desecho del trigo?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Dios confronta a opresores orgullosos y muestra la gravedad de su pecado. En resumen, tenían el mismo carácter que el juez injusto de (Lucas 18:2), quien no temía a Dios ni respetaba a las personas.

Primero, observemos su adoración, y veremos que no tenían reverencia por Dios. A pesar de su maldad, mantenían la apariencia externa de la religión. Guardaban el sábado y la luna nueva, y distinguían esos días de los días comunes. Pero pronto se cansaban de ellos, porque su corazón estaba enfocado en el mundo y en sus ganancias.

Es triste que dijeran: «¿Cuándo terminará el sábado para que podamos vender el grano?». Sin embargo, esa sigue siendo la señal de muchos que se llaman cristianos. Estaban cansados de los días de sábado y decían: «¿Cuándo se acabarán?». Las restricciones del sábado y de los días de luna nueva les molestaban porque les impedían dedicarse a sus negocios habituales. También estaban cansados de la adoración y del servicio propios de esos días, y los trataban como una carga, como en (Malaquías 1:13). Hubieran preferido estar en cualquier otro lugar antes que en el altar de Dios. Para los corazones dominados por el mundo, los días de sábado y las responsabilidades sagradas son una carga, porque siempre temen hacer demasiado por Dios y por la eternidad.

No hay mejor manera de emplear nuestro tiempo que en comunión con Dios. En cambio, ¡cuánto tiempo pasamos de buena gana con el mundo! El sábado terminará antes de que hayamos concluido su labor y recibido su bendición. Por eso no hay razón para apresurarnos a deshacernos de él.

Anhelaban los días de mercado. Deseaban vender el grano y sacar el trigo. Mientras cumplían sus deberes religiosos, estaban pensando en sus negocios. Su corazón seguía la avaricia, como en (Ezequiel 33:31). De esa manera, convirtieron la casa de Dios en una casa de comercio e incluso en una cueva de ladrones. Las obligaciones sagradas les cansaban porque su trabajo mundano tenía que detenerse por un tiempo. Allí era donde se sentían como en casa; en el santuario de Dios, en cambio, eran como un pez fuera del agua. Quienes aman más los días de mercado que los días de sábado y prefieren vender grano antes que adorar a Dios son extraños para Dios y enemigos de sí mismos.

Observemos también cómo trataban a los demás, y veremos que no tenían consideración por las personas. Esto suele suceder después de perder la verdadera reverencia por Dios. Quienes pierden el amor por la piedad no tardan en perder también el sentido de la honestidad. No hacen lo correcto ni aman la misericordia.

Engañaban a las personas con quienes comerciaban. Cuando vendían grano, defraudaban al comprador tanto en la cantidad que entregaban como en el dinero que recibían. Medían el grano con su propia medida y afirmaban entregar lo acordado, pero hacían pequeño el efa. Su medida era insuficiente y no correspondía al estándar establecido, de modo que perjudicaban al comprador. Cuando recibían el pago, usaban sus propias balanzas y pesas, y el siclo que empleaban era demasiado grande. Así, al pesar el dinero del comprador, este resultaba insuficiente y había que añadir más. También engañaban de esa manera, mientras aparentaban preocuparse mucho por la justicia.

Con esas prácticas perversas demostraban cuánto amaban el dinero, cuánto se amaban a sí mismos y qué poco les importaban los demás. También despreciaban la ley clara de Dios, pues él ha dicho expresamente que las pesas y balanzas falsas son una abominación para él. Otra señal de su fraude era que vendían el desecho del trigo, pero cobraban el mismo precio que por el trigo de mejor calidad. Se aprovechaban de la ignorancia o de la necesidad de su prójimo.

Eran duros y despiadados con los pobres. Devoraban a los necesitados y hacían desaparecer a los pobres de la tierra. Valoraban tanto sus riquezas que despreciaban a todo el que era pobre. Los odiaban, no los soportaban y los apartaban. Hacían todo lo posible para hacerlos desaparecer, no ayudándolos a dejar de ser pobres, sino expulsándolos o destruyéndolos. Pero quien insulta al pobre desprecia a su Creador, porque ricos y pobres se encuentran bajo la mano de Dios.

También estaban tan ansiosos por aumentar sus riquezas que robaban a los pobres para enriquecerse. Se aprovechaban de ellos porque no tenían poder para defenderse ni para obtener justicia de sus opresores. La riqueza obtenida arruinando a los pobres traerá ruina sobre quienes la consiguieron. Devoraban a los pobres imponiéndoles acuerdos abusivos y engañándolos en esas transacciones. Falsificaban las balanzas no solo para enriquecerse, sino también para hundir a otros en la miseria hasta poder convertirlos en esclavos. Después de quitarles todo lo demás, querían tener su trabajo por nada o por casi nada.

Compraban a los pobres por plata y los entregaban, junto con sus hijos, a la esclavitud, porque no tenían dinero para pagar el grano que habían comprado, como en (Nehemías 5:2-5). Eran tantos los que estaban en esa situación que el precio había caído muchísimo. Los opresores lo habían reducido tanto que un pobre podía ser comprado como esclavo por un par de sandalias. Primero les quitaban sus propiedades y luego les quitaban su libertad. Así trabajan los opresores: primero convierten a las personas en mendigos y después las convierten en esclavos. De ese modo destruyen tanto la dignidad de la naturaleza humana como la compasión que se le debe: una, por el sufrimiento de quienes son pisoteados, y la otra, por el pecado de quienes los pisotean.

Consideremos ahora la severidad del castigo que Dios enviará por este pecado. Cuando se hace daño a los pobres, ellos claman a Dios, y él los escucha. Dios tratará con quienes los perjudican, porque los pobres están bajo su cuidado. Considera las injusticias cometidas contra ellos como injusticias cometidas contra él mismo, como en (Éxodo 22:23-24).

Dios recordará sus pecados para juzgarlos. Ha jurado por el orgullo de Jacob, en (Amós 8:7), es decir, por sí mismo, pues no puede jurar por alguien superior. ¿Qué otra cosa representa la gloria y la majestad de Jacob? Jura por las señales de su presencia y favor entre ellos, señales que habían profanado y de las que habían abusado, haciéndolas despreciables por su conducta. Ya había dicho, en (Amós 6:8), que aborrece el orgullo de Jacob. Ahora, en su ira, jura por su propio nombre, el nombre que antes era tan conocido y honrado en Israel. Dice: «Ciertamente, nunca olvidaré ninguna de sus acciones». Esto implica más de lo que expresan las palabras: sus pecados permanecerán delante de él, y los llamará a cuentas.

«Nunca los olvidaré» significa lo mismo que «nunca los perdonaré». Esto muestra cuán miserable es realmente la condición de esos hombres crueles e injustos. ¡Ay, y muchos ayes, de la persona a quien Dios ha ligado con su juramento, de modo que la misericordia perdonadora ya no le sirve de nada! Quienes no han mostrado misericordia tienen toda razón para temer un juicio sin misericordia.

Dios también traerá sobre ellos ruina y confusión completas. El profeta lo describe de muchas maneras contundentes, con la esperanza de que, si fuera posible, eso los llevara a un arrepentimiento verdadero y a una vida transformada. Habrá un temor y una sacudida generalizada en la tierra (Amós 8:8), la misma tierra de la que ellos pensaban expulsar a los pobres. Todos los que vivan allí harán duelo. Quienes no tiemblan ni lamentan como deberían los pecados de toda una nación serán hechos temblar y lamentarse bajo los juicios que caerán sobre ella. Quienes observan sin preocupación los pecados de los opresores y la miseria de los oprimidos sin sentir dolor descubrirán que Dios puede hacerlos temblar bajo la violencia de los opresores y lamentarse por sus propias pérdidas y sufrimientos.

También habrá una inundación devastadora de ruina. Cuando Dios se levante contra ellos, las aguas de la angustia y del desastre crecerán como una inundación. Una corriente bloqueada sigue acumulándose hasta desbordarse con mayor fuerza, y así todo intento de contener el juicio de Dios solo hará que sea más grande. El juicio irrumpirá como aguas impetuosas. Toda la tierra quedará cubierta y devastada, como la tierra de Egipto cada año cuando se desborda el Nilo. Estas palabras también pueden señalar a actos anteriores del juicio de Dios, como el diluvio de Noé, que cubrió todo el mundo, o el mar Rojo, donde quedaron sepultados el faraón y los egipcios. Ambos juicios, al igual que el que se anuncia aquí, ocurrieron a causa de la violencia y la opresión, que el Señor siempre juzga.

Este juicio también los sorprenderá cuando menos lo esperen (Amós 8:9). Dios dice: «Haré que el sol se oculte al mediodía», cuando está en su mayor resplandor, precisamente a la hora en que esperan que todavía les quede una larga tarde y creen que tienen mucho tiempo. «Oscureceré la tierra en pleno día», cuando todo parece agradable y lleno de esperanza. Esto muestra cuán inciertas son todas las comodidades terrenales, incluso la vida misma. Una persona puede estar sana y prosperando, y luego caer rápidamente en la enfermedad y las dificultades. Al igual que en el caso de Job, su sol puede ponerse al mediodía. Muchos son llevados en medio de la vida, y así la muerte llega en la mitad de sus días. Aun mientras vivimos, estamos rodeados por la muerte. Los juicios de Dios son especialmente aterradores para quienes duermen en una falsa sensación de seguridad. Son como el sol que se pone al mediodía: cuanto menos se esperan, más impactantes resultan. Cuando la gente dice: «Paz y seguridad», la destrucción repentina cae sobre ellos como una trampa (Lucas 21:35).

También convertirá sus celebraciones en luto y acabará con toda su alegría (Amós 8:10). Dios dice: «Convertiré sus fiestas en luto», tal como antes había dicho que los cantos del templo se convertirían en gritos de dolor. La risa del pecador termina en tristeza. Para los justos, la luz surge en medio de la oscuridad y reciben alegría en lugar de luto. Pero para los malvados, la oscuridad cae en medio de la luz, y su risa se convierte en lamento y su alegría, en tristeza. La destrucción será tan grande y tan extendida que todos se vestirán de cilicio y se raparán la cabeza, en lugar de usar la ropa fina y llevar el cabello arreglado como antes. El luto de aquel día será como el luto por un hijo único: el dolor más profundo y prolongado. Cuando todo llegue a su peor momento, no habrá esperanza de que las cosas mejoren ni de que vuelva a aparecer la luz al anochecer. Hasta el final será un día amargo, un día de profundo luto. La condición de los pecadores que no se arrepienten seguirá empeorando, y su estado final será el peor de todos. Dios dice: «Esto recibirán de mi mano: se acostarán llenos de dolor».

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