Versículo destacado
Amós 4:6 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Yo también les he dado limpieza de dientes en todas sus ciudades y falta de pan en todos sus lugares; pero no han vuelto a mí, dice el SEÑOR. "
Amós 4:6
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
4 Vengan a Betel y transgredan; en Gilgal multipliquen la transgresión. Traigan sus sacrificios cada mañana y sus diezmos después de tres años.
5 Ofrezcan con levadura un sacrificio de acción de gracias, y proclamen y publiquen las ofrendas voluntarias; porque esto les gusta, hijos de Israel, dice el Señor DIOS.
6 Yo también les he dado limpieza de dientes en todas sus ciudades y falta de pan en todos sus lugares; pero no han vuelto a mí, dice el SEÑOR.
7 También les negué la lluvia cuando aún faltaban tres meses para la cosecha. Hice llover sobre una ciudad y no hice llover sobre otra ciudad; sobre una parcela llovió, y la parcela sobre la que no llovió se secó.
8 Así, dos o tres ciudades vagaron hasta una ciudad para beber agua, pero no quedaron satisfechas; aun así, no han vuelto a mí, dice el SEÑOR.
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Aquí, Dios se queja de que su pueblo no quiso cambiar, aun después de que él lo disciplinó para humillarlo y restaurarlo. Les había dado señales claras de su desagrado para que se arrepintieran y hicieran las paces con él, pero las advertencias no tuvieron ningún efecto. La acusación que se repite en estos versículos es: «Sin embargo, ustedes no han vuelto a mí, dice el SEÑOR». Habían sido corregidos muchas veces, pero seguían sin cambiar, sin mostrar ninguna señal de regresar.
Esto muestra que Dios tenía el propósito de que cada advertencia providencial y cada dificultad que enviaba los hicieran volver a serle fieles. Si hubieran regresado a Dios, él los habría recibido, y sus dificultades habrían terminado. El hecho de que enviara nuevos juicios solo demuestra que los anteriores no habían cumplido su propósito. A Dios le dolía su terquedad, porque lo obligaban a hacer algo que no deseaba hacer. Se habían apartado del Dios mismo que estaba dispuesto a recibirlos y que tantas veces los había llamado.
Para mostrar cuán paciente había sido, Dios señala los juicios más leves que ya había usado para llamarlos al arrepentimiento. En ocasiones había escasez de alimentos, aunque no se pudiera ver una causa evidente. Él dice: «Les di limpieza de dientes en todas sus ciudades», lo cual significa que no tenían nada que comer y, por eso, sus dientes permanecían limpios. En otras palabras, faltaba el pan, el principal sustento de la vida, aunque habían sembrado mucho y recogido poco (Hageo 1:9). Algunos piensan que esto se refiere a la hambruna de siete años de la época de Eliseo (2 Reyes 8:1). Aun así, en vez de volver a Dios, no regresaron a él.
En otras ocasiones, Dios retuvo la lluvia y entonces las cosechas fracasaron. Esto era obra suya, pues dice: «Yo les retuve la lluvia» (Amós 4:7). Dios gobierna las nubes, y nadie puede abrir lo que él cierra. La lluvia cesó cuando todavía faltaban tres meses para la cosecha, precisamente cuando normalmente más la necesitaban. Eso hizo que el juicio fuera especialmente severo, porque destruyó sus esperanzas de obtener una cosecha. Dios incluso hizo que la falta de lluvia fuera desigual: podía llover en una ciudad mientras que en otra cercana no caía una sola gota, o un campo podía recibir agua mientras el siguiente permanecía seco.
No fue un accidente. Mostraba que la lluvia estaba dirigida por la voluntad de Dios y no por la casualidad. También es probable que indicara que los lugares que quedaron secos eran los más malvados, como Betel y Gilgal (Amós 4:4), mientras que en los lugares que recibieron lluvia todavía había algo de fe y bondad. En los campos de una misma población, podía llover sobre la tierra de un propietario y no sobre la de otro, porque la maldición de Dios está sobre la casa y el terreno de los malvados, mientras que él bendice el hogar de los justos. Para quienes veían marchitarse sus tierras, debió ser un dolor intenso observar que los campos de sus vecinos prosperaban. Los malvados veían prosperar a otros y se angustiaban por ello.
Sin embargo, visto en su conjunto, aun este juicio estaba mezclado con misericordia. Eso debió fortalecer su llamado al arrepentimiento y darles esperanza de recibir misericordia si volvían a Dios. Pero no aprovecharon bien esa bondad y, por eso, no recibieron ningún beneficio de ella. Como dice Amós 4:8, dos o tres ciudades iban tambaleándose a otra ciudad, como mendigos, con la esperanza de encontrar agua y llevar un poco a sus casas, pero no quedaban satisfechas. El agua era escasa, y quienes la tenían solo podían compartir un poco, porque temían necesitarla para sí mismos. Los que bebían seguían insatisfechos, porque solo recibían una cantidad limitada y su sed permanecía.
Cualquiera pensaría que tantas decepciones repetidas los llevarían a considerar su conducta y arrepentirse. Pero no fue así. Ni siquiera regresaron a Dios lo suficiente como para pedir correctamente las lluvias tempranas y tardías (Zacarías 10:1). Esto demuestra cuán insensato es el corazón dominado por las cosas de este mundo. Las personas siguen corriendo de un lugar a otro y de una cosa creada a otra en busca de satisfacción, pero nunca la encuentran. Trabajan por lo que no satisface (Isaías 55:2) y, aun así, no quieren volver a Dios, en quien podrían encontrar la verdadera satisfacción.
La predicación del evangelio es como la lluvia. Dios a veces la derrama más abundantemente sobre un lugar que sobre otro. Algunos países y ciudades están, como el vellón de Gedeón, empapados de este rocío, mientras que el terreno a su alrededor permanece seco. Donde falta esta lluvia, todo se marchita.
Sería bueno que las personas cuidaran su alma con el mismo esmero con que cuidan su cuerpo. Cuando esta lluvia no esté cerca de ellas, deberían ir a buscarla donde pueda encontrarse. Si la buscan de la manera correcta, no la buscarán en vano.
En ocasiones, las orugas se comían los frutos de la tierra o estos se echaban a perder por el moho, como en Amós 4:9. El cielo y la tierra están armados contra quienes han hecho de Dios su enemigo. Cuando Dios estaba disgustado, sufrían a causa de un aire dañino, demasiado caliente o demasiado frío, que arruinaba sus cosechas de una manera que nadie podía ver ni detener. No había defensa contra ello.
También sufrieron a causa de criaturas destructoras. Sus viñedos y huertos daban una cosecha abundante, al igual que sus higueras y olivos. Pero la langosta devoraba los frutos antes de que maduraran y estuvieran listos para recogerlos. Este pudo haber sido el mismo juicio que leemos en Joel 1:4-6, o una advertencia menor del mismo tipo. Pero no aprendieron de ello: aun así, no habían vuelto a Dios.
En otras ocasiones, la peste se extendió entre ellos y la espada de la guerra mató a muchos, como en Amós 4:10. La peste es mensajera de Dios. Él la envió contra ellos y determinó a quiénes golpearía, y así sucedió. Fue una plaga como la de Egipto, con muertes extendidas entre ellos por medio de un ángel destructor a medianoche. Tal vez, como la plaga de Egipto, atacó a los primogénitos.
O pudo haber venido «por el camino de Egipto», como dice la nota al margen; es decir, cuando huían hacia Egipto o iban allí en busca de ayuda, la peste los encontró en el camino y los detuvo. La espada de la guerra también es la espada del SEÑOR. Él la desenvainó con autoridad y mató a sus jóvenes, la fuerza de aquella generación y la esperanza de la siguiente. Dios dice: «Yo los maté», y reconoce abiertamente lo que hizo. Muchos fueron los muertos por el SEÑOR.
El enemigo tomó sus caballos y los usó para sí mismo. Los cadáveres de quienes murieron por la espada o por la peste fueron tantos, y quedaron sin sepultura durante tanto tiempo porque no había sobrevivientes que pudieran enterrarlos, que el olor de sus campamentos les subía hasta la nariz. Era un hedor repugnante y peligroso, y debió recordarles cuán ofensivo era su pecado delante de Dios. Sin embargo, ni siquiera esto los humilló ni los hizo volver al que los había golpeado. Una escena tan triste y espantosa todavía no los llevó a regresar a Dios.
En estos y otros juicios, algunos fueron cortados de manera impresionante y se convirtieron en ejemplos de justicia, mientras que otros fueron preservados de manera igualmente notable y se convirtieron en ejemplos de misericordia. Poner ambos aspectos lado a lado debió moverlos, pero no lo hizo, como dice Amós 4:11. Algunos quedaron completamente arruinados, con sus familias destruidas junto con ellos: «Derribé a algunos de ustedes, como Dios derribó a Sodoma y Gomorra». Es posible que fueran destruidos por un rayo, como Sodoma, o que sus casas se incendiaran de alguna otra manera, con sus habitantes dentro.
Se dice que Sodoma y Gomorra fueron condenadas a la destrucción y convertidas en ejemplo (2 Pedro 2:6). Dios había advertido que destruiría toda la tierra con una destrucción semejante a la de Sodoma (Deuteronomio 29:23). Pero comenzó primero con ciertos lugares, para advertirles, o quizá con ciertas personas cuyos pecados ya las habían llevado al juicio.
Otros apenas escaparon. «Ustedes fueron como un tizón arrebatado del fuego», como Lot cuando salió de Sodoma, después de que el fuego ya había comenzado a caer sobre ella. Aun así, no llegaron a odiar más el pecado por el peligro que les había traído, ni a amar más a Dios por el rescate que les había concedido. Quienes habían sido librados de una manera tan clara y especial tampoco volvieron a él.
Al final, Dios llama a su pueblo a entender, todavía a tiempo, las cosas que conducen a su paz, antes de que queden ocultas a sus ojos, como en Amós 4:12-13. Los amenaza con juicios peores que todos los que habían enfrentado hasta entonces: «Por tanto, ya que no han cambiado por medio de la corrección, así haré con ustedes, Israel». No dice exactamente qué hará, solo que será peor que lo ocurrido antes (Juan 5:14). O quizá quiere decir: «Seguiré haciendo esto con ustedes, juicio tras juicio, como las plagas de Egipto, hasta acabar por completo con ustedes». Nada, excepto el arrepentimiento, impedirá que un pueblo pecador llegue a la ruina. Si no vuelven a él, su ira no se apartará, sino que su mano seguirá extendida. La ley había dicho lo mismo: si no aceptaban la corrección, él los castigaría siete veces más (Levítico 26:23-24).
Por eso los llama a hacer las paces con Dios mientras aún hay tiempo: «¡Prepárate para encontrarte con tu Dios, Israel!». Esto puede significar, en primer lugar, que consideren cuán incapaces son de enfrentarse con él como enemigo. Algunos lo entienden como ironía o desafío: prepárense para encontrarse con Dios, que viene a contender contra ustedes. ¿Qué armadura pueden ponerse? ¿Con qué valor pueden endurecerse? En realidad, sería como poner espinos y zarzas delante de un fuego consumidor (Isaías 27:4-5). ¿Pueden ustedes, con menos de diez mil hombres, enfrentarse al que viene contra ustedes con más de veinte mil? (Lucas 14:31).
También significa, en segundo lugar, decidir encontrarse con él como personas arrepentidas, humildes suplicantes, que vienen a encontrarse con su Dios del pacto, listas para someterse y dejar de resistir. Debemos prepararnos para encontrarnos con Dios en el tiempo de sus juicios (Isaías 26:8) y aferrarnos a su fuerza para hacer las paces con él. Puesto que no podemos huir de Dios, debemos prepararnos para encontrarnos con él. Él advierte para que podamos prepararnos. Y cuando acudimos a encontrarnos con él en sus ordenanzas, también debemos preparar nuestro corazón para buscarlo.
Dios muestra la grandeza de su poder como otra razón para prepararnos a encontrarnos con él, en Amós 4:13. Si él es el Dios que allí se describe, es una insensatez luchar contra él. Es nuestro deber y nuestro bien hacer las paces con él. Es una bendición tenerlo como amigo, y es peligroso tenerlo como enemigo. Él formó los montes, las partes más fuertes y majestuosas de la tierra, y todavía sostiene la tierra y los montes con la palabra de su poder. Todo bien que proviene de las colinas eternas lo hizo él. Toda salvación que las personas esperan de los montes y las colinas proviene de aquel que los fundó (Salmo 89:11-12). El Dios que formó los grandes montes también puede allanar los obstáculos cuando se interponen en el camino del rescate de su pueblo.
Él crea el viento.
El poder del aire proviene de Dios, y él lo dirige. Saca el viento de sus depósitos y decide en qué dirección soplará. El que hizo el viento también lo gobierna; aun los vientos y el mar le obedecen.
También muestra a las personas lo que piensa. Da a conocer su voluntad por medio de sus profetas a los habitantes de la tierra, incluido su juicio contra los pecadores obstinados y su buen propósito para quienes se arrepienten. También puede revelar los pensamientos del corazón de una persona, porque los conoce perfectamente. Los entiende desde lejos, y en el día en que se pongan las cosas en evidencia sacará a la luz los malos pensamientos del pecador junto con el resto de sus pecados.
A menudo convierte la mañana en oscuridad al cubrir el cielo con nubes espesas poco después de que el sol haya salido brillante y despejado. De la misma manera, cuando esperamos paz y alegría, puede destruir rápidamente nuestras esperanzas con una dificultad repentina. Él pisa las alturas de la tierra. Esto significa que no solo está por encima de lo más alto, sino que tiene autoridad sobre todo. Quebranta a los orgullosos y a los ídolos que se adoran en los lugares altos.
El SEÑOR, Dios de los ejércitos, es su nombre. Él existe por sí mismo y es la fuente de toda vida y de todo ser. Todos los ejércitos del cielo y de la tierra están bajo su mando. Por eso, humillémonos ante este Dios, preparémonos para encontrarnos con él y hagamos todo lo posible para que sea nuestro Dios. Dichoso el pueblo cuyo Dios es el SEÑOR, porque todo este poder obra a su favor.
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De este capítulo
Amós 4:1
"Oigan esta palabra, vacas de Basán, que están en el monte de Samaria, que oprimen a los pobres, aplastan a los necesitados y dicen a sus señores: Traigan, y bebamos."
Amós 4:2
"El Señor DIOS ha jurado por su santidad que, miren, vendrán sobre ustedes días en que él las llevará con ganchos, y a su posteridad con anzuelos de pesca."
Amós 4:3
"Saldrán por las brechas, cada vaca por la que esté frente a ella; y los arrojarán al palacio, dice el SEÑOR."
Amós 4:4
"Vengan a Betel y transgredan; en Gilgal multipliquen la transgresión. Traigan sus sacrificios cada mañana y sus diezmos después de tres años."
Amós 4:5
"Ofrezcan con levadura un sacrificio de acción de gracias, y proclamen y publiquen las ofrendas voluntarias; porque esto les gusta, hijos de Israel, dice el Señor DIOS."
Amós 4:7
"También les negué la lluvia cuando aún faltaban tres meses para la cosecha. Hice llover sobre una ciudad y no hice llover sobre otra ciudad; sobre una parcela llovió, y la parcela sobre la que no llovió se secó."
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