Versículo destacado
Hechos 26:24 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Mientras él hablaba así en su defensa, Festo dijo en voz alta: Pablo, estás fuera de ti; tanto conocimiento te está volviendo loco. "
Hechos 26:24
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
22 Por lo tanto, habiendo recibido ayuda de Dios, continúo hasta el día de hoy dando testimonio tanto a pequeños como a grandes, sin decir nada aparte de lo que los profetas y Moisés dijeron que sucedería:
23 que Cristo sufriría, que sería el primero en resucitar de entre los muertos y que anunciaría luz al pueblo y a los gentiles.
24 Mientras él hablaba así en su defensa, Festo dijo en voz alta: Pablo, estás fuera de ti; tanto conocimiento te está volviendo loco.
25 Pero él dijo: No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que pronuncio palabras de verdad y sensatez.
26 Porque el rey conoce estas cosas, y ante él también hablo con libertad, pues estoy convencido de que ninguna de ellas está oculta para él, porque esto no se hizo en un rincón.
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Tenemos razones para pensar que Pablo todavía tenía mucho más que decir en defensa del evangelio que predicaba y para honrarlo. Apenas había llegado al centro del tema: la muerte y la resurrección de Jesucristo, y era precisamente allí donde se sentía más cómodo. Al llegar a ese asunto, se volvió todavía más ferviente; su corazón se abrió más, y podría haber continuado hablando por mucho tiempo. El poder de la muerte de Cristo y la participación en sus sufrimientos eran temas inagotables para él. Por eso es triste que lo interrumpieran en ese momento, después de haberle permitido hablar en su propia defensa (Hechos 26:1), antes de que pudiera terminar todo lo que quería decir.
Pero esa era una carga que Pablo llevaba con frecuencia, y también es una decepción para nosotros, que leemos su discurso con tanto interés. Sin embargo, no se podía hacer nada; el tribunal estaba listo para emitir su decisión en el caso. Festo, el gobernador romano, pensó que aquel pobre hombre estaba fuera de sí y que lo mejor sería llevarlo a un lugar para enfermos mentales. Estaba convencido de que Pablo no era un criminal ni un hombre malvado que debiera ser castigado, sino alguien con una alteración mental a quien había que compadecer e ignorar. De esta manera, Festo creyó haber encontrado una forma de evitar tanto condenar a Pablo como prisionero como creerle en calidad de predicador. Si Pablo no estaba en su sano juicio, entonces no había que juzgarlo ni confiar en él.
Observemos primero lo que Festo dijo de Pablo: gritó en voz alta. No se lo dijo en privado a quienes estaban cerca, lo cual habría sido más excusable. En cambio, sin siquiera consultar a Agripa, cuya opinión parecía haber respetado mucho (Hechos 25:26), habló de tal manera que todos lo oyeran, con el propósito de detener a Pablo y apartar a los presentes de lo que estaba diciendo: «Pablo, estás fuera de ti. Hablas como un loco, como alguien con el cerebro alterado por la fiebre, que no sabe lo que dice». Sin embargo, Festo no pensaba que una conciencia culpable hubiera destruido la razón de Pablo, ni que sus sufrimientos y la furia de sus enemigos la hubieran dañado. Eligió la explicación más generosa que pudo: «Tanto estudio te ha vuelto loco. Te has dañado la mente de tanto estudiar».
Dijo esto menos por enojo que por burla y desprecio. No entendía lo que Pablo estaba diciendo. Para él era como un acertijo, así que culpó a una imaginación agotada. Si no quieres que te entiendan, no debes esperar que la gente te preste atención. Festo reconoce que Pablo es un hombre instruido, pues Pablo podía referirse con tanta facilidad a lo que habían escrito Moisés y los profetas, libros que Festo no conocía. Incluso eso se usa en su contra. A los apóstoles, que eran pescadores, los ridiculizaban porque no tenían estudios. A Pablo, que había recibido una educación avanzada y había sido formado como fariseo, lo ridiculizaban por tener demasiados conocimientos, más de los que le convenían. Así ha sucedido muchas veces con los ministros de Cristo: sus enemigos siempre encuentran algo que atacar.
Festo también lo insulta al llamarlo loco. Así trataban con frecuencia a los profetas del Antiguo Testamento: les ponían una mala reputación para volver a la gente en su contra. De uno de los profetas dijeron: «¿Por qué ha venido a ustedes este loco?» (2 Reyes 9:11; Oseas 9:7). También acusaron a Juan el Bautista y a Cristo de tener un demonio, como si estuvieran trastornados. Es probable que Pablo hablara ahora con más vida y emoción que al principio de su discurso, y que sus gestos mostraran con más fuerza su fervor. Eso le dio a Festo una excusa para ponerle esa etiqueta insultante, aunque probablemente nadie más presente lo considerara así. No es algo inofensivo hablar con ligereza de personas que muestran más fervor religioso que otras y decir que están locas.
Entonces Pablo se defendió de esa acusación ofensiva, ya fuera que la hubiera enfrentado antes o no. Parece que los falsos apóstoles habían dicho eso de él, pues escribió: «Si estamos fuera de nosotros, como dicen algunos, es por Dios» (2 Corintios 5:13). Pero nunca antes lo habían acusado de eso ante el gobernador romano, así que tuvo que responder. Negó la acusación mostrando pleno respeto por el gobernador, pero también siendo justo consigo mismo. Dijo que no había ninguna razón para hacer tal afirmación: «No estoy loco, excelentísimo Festo. Gracias a Dios, siempre he tenido la mente clara y ahora tampoco estoy divagando. Estoy hablando palabras de verdad y sensatez, y sé lo que estoy diciendo» (Hechos 26:25).
Observemos que, aunque Festo usó palabras vulgares e insultantes, Pablo no respondió de la misma manera. Le mostró el debido respeto al llamarlo «excelentísimo Festo». Esto nos enseña a no responder a los insultos con insultos ni a las palabras ofensivas con otras palabras ofensivas, sino a hablar con cortesía incluso con quienes nos tratan con desprecio. Siempre debemos hablar palabras de verdad y sensatez, y entonces podemos dejar la crítica injusta en manos de Dios.
Pablo también apeló a Agripa respecto de lo que había estado diciendo (Hechos 26:26): «El rey conoce estas cosas», es decir, conoce a Cristo, su muerte y resurrección, y las profecías del Antiguo Testamento que se cumplieron en él. Por eso Pablo habló con libertad delante de un hombre que sabía que todo aquello no eran sueños, sino hechos. Agripa conocía algo de estos asuntos y estaría dispuesto a saber más. Pablo estaba seguro de que nada de eso le era desconocido, ni siquiera lo que había contado acerca de su propia conversión y de la misión que había recibido de predicar el evangelio. A Agripa difícilmente se le habría escapado algo de esto, pues llevaba mucho tiempo viviendo entre los judíos. No había sucedido en secreto. Todo el país había oído hablar de ello, y cualquier judío presente podía confirmar que lo había escuchado muchas veces de otras personas. Por eso era absurdo llamar loco a Pablo por contar esa historia, y mucho más por hablar de la muerte y la resurrección de Cristo, acontecimientos de los que todos hablaban. Pedro expresó algo parecido a Cornelio y a sus amigos: «Ustedes conocen el mensaje que se anunció por toda Judea acerca de Cristo» (Hechos 10:37). Por lo tanto, Agripa no podía ignorarlo, y era vergonzoso que Festo estuviera tan desinformado.
Lejos de pensar que Pablo estaba loco, Agripa consideraba que nunca había escuchado a un hombre presentar un argumento más sólido ni hablar con mayor precisión. Entonces Pablo apeló directamente a la conciencia de Agripa. Algunos piensan que Festo se irritó porque Pablo mantenía la mirada puesta en Agripa y dirigía todo su discurso hacia él; por eso lo interrumpió en ese momento (Hechos 26:24).
Pero si eso fue lo que lo ofendió, Pablo no permitió que lo detuviera. Continuó hablando a las personas que lo entendían y a quienes esperaba alcanzar, así que siguió dirigiéndose directamente a Agripa. Como ya había dicho que Moisés y los profetas respaldaban el evangelio que predicaba, volvió a señalarlos a Agripa (Hechos 26:27): «Rey Agripa, ¿crees en los profetas? ¿Aceptas las Escrituras del Antiguo Testamento como la palabra de Dios y como una promesa de lo que habría de venir?». No esperó una respuesta; como muestra de respeto, dio por sentado que la respuesta era afirmativa: «Yo sé que crees».
Todos sabían que Agripa, el rey Agripa, profesaba públicamente la religión judía, como lo habían hecho sus antepasados. Por eso conocía los escritos de los profetas y reconocía su autoridad. Es sabio partir de lo que las personas ya conocen de las Escrituras y creen acerca de ellas, porque eso proporciona un punto de partida en común.
Agripa reconoce que Pablo ha presentado un caso convincente (Hechos 26:28): «Por poco me persuades a hacerme cristiano». Algunos entienden esto como sarcasmo y lo interpretan así: «¿En tan poco tiempo piensas hacerme cristiano?». Aun así, sigue significando que Pablo había hablado de manera muy precisa y que sus palabras tenían fuerza. Es como si Agripa dijera: «Pablo, vas demasiado rápido. No puedes esperar convertirme en creyente de una sola vez».
Otros toman en serio las palabras de Agripa y entienden que quiso decir que estaba casi convencido de que Cristo era el Mesías. No podía dejar de admitir, y con frecuencia había pensado para sí mismo, que las profecías del Antiguo Testamento se habían cumplido en Cristo. Ahora, ante ese fuerte llamado, estaba listo para ceder. Era como un hombre que empieza a preguntar las condiciones antes de rendirse. Estaba tan cerca de creer en Cristo como Félix, cuando tembló, estuvo de renunciar a sus pecados.
Agripa veía muchas buenas razones para el cristianismo. Reconocía que las pruebas eran sólidas y que no podía refutarlas. También veía que las objeciones contra el cristianismo eran débiles, y le daría vergüenza seguir insistiendo en ellas. Aun así, lo detenían su apego a la ley ceremonial, es decir, al antiguo sistema judío de rituales y adoración externa, así como el respeto por la religión de sus antepasados y de su pueblo. Su posición como rey y sus intereses mundanos también lo frenaban. Muchas personas están casi persuadidas a vivir una vida religiosa, pero no completamente persuadidas. Están profundamente convencidas de su deber y de la bondad de los caminos de Dios, pero alguna presión externa les impide actuar conforme a lo que saben.
Pablo no tuvo oportunidad de continuar con su defensa, así que terminó con un deseo respetuoso o, más bien, con una oración: que todos sus oyentes llegaran a ser cristianos. «Le pido a Dios que así sea» (Hechos 26:29). Ese era el anhelo de su corazón y su oración a Dios: que todos fueran salvos (Romanos 10:1). Pablo no quería solamente que Agripa fuera como él, sino también todos los que lo escuchaban ese día, casi y completamente como él, con la excepción de sus cadenas. Con esto demuestra su firme determinación de permanecer en la fe de la que estaba plenamente convencido y de vivir y morir por ella. Al desear que todos fueran como él, también está diciendo que él nunca llegará a ser como ellos, fueran judíos o gentiles, sin importar qué beneficio pudiera obtener en el mundo. Sigue así el mandato de Dios al profeta: «Que ellos se vuelvan a ti, pero tú no te vuelvas a ellos» (Jeremías 15:19).
También muestra que está satisfecho no solo con la verdad del cristianismo, sino con sus buenos frutos y sus bendiciones. Tiene tanto consuelo en Cristo ahora y tanta confianza en que la fe terminará en gozo eterno, que no podría desear nada mejor para su amigo más cercano que verlo convertirse en un discípulo fiel y fervoroso de Jesucristo. Job dijo: «Que mi enemigo sea como el malvado» (Job 27:7). Pablo podría decir: «Que mi amigo sea como el cristiano».
Pablo también lamenta que Agripa no haya llegado más lejos que a estar casi como él, casi siendo cristiano, pero sin serlo por completo. Quiere que tanto él como los demás no sean simplemente casi cristianos, sino cristianos sinceros y entregados de todo corazón, completamente como Pablo. También está expresando que esto sería lo mejor para todos ellos y la mayor felicidad que podrían alcanzar. En Cristo hay gracia suficiente para todos, sin importar cuántos acudan a él, y suficiente para cada persona, sin importar cuán grande sea su necesidad.
Pablo les muestra una bondad genuina a todos. Desea para ellos lo mismo que desea para su propia alma: que sean tan felices en Cristo como él lo es. También quisiera que estuvieran mejor que él en sus circunstancias externas, pues añade: «excepto por estas cadenas». Desea que compartan su consuelo como cristianos, pero no su sufrimiento como prisionero de Cristo. Ellos habían tomado a la ligera su encarcelamiento y no habían mostrado preocupación por él. Félix lo había mantenido encadenado para complacer a los judíos. Muchos, en el lugar de Pablo, habrían deseado que ellos sufrieran como él, para que supieran lo que era estar en prisión y aprendieran a compadecerlo. Pablo hace lo contrario. Desea que estén unidos a Cristo, pero nunca encadenados por causa de Cristo. No podría haber nada más tierno ni más bondadoso.
Todos coinciden en que Pablo es inocente y que las acusaciones contra él son injustas. La audiencia terminó algo repentinamente (Hechos 26:30). Después de que Pablo pronunció esas palabras tan bondadosas del versículo 29, que conmovieron a todos, el rey temió que, si Pablo continuaba, dijera algo todavía más conmovedor. Eso podría llevar a algunos a hablar a favor de Pablo más de lo que resultaba conveniente, e incluso podría conducirlos hacia el cristianismo. El rey sintió que su propio corazón comenzaba a ceder y no se atrevió a seguir escuchando. Al igual que Félix, despidió a Pablo por el momento.
Por justicia, debieron haberle preguntado al prisionero si tenía algo más que decir en su defensa. Pero pensaron que ya había dicho suficiente. Por eso el rey se levantó, junto con el gobernador, Berenice, la hermana del rey Agripa, y los demás que estaban sentados con ellos. Consideraron que el asunto estaba claro, aunque Pablo todavía tenía más que decir y eso lo habría dejado aún más claro. Luego se retiraron y conversaron entre ellos. Todos estuvieron de acuerdo en el mismo veredicto: ese hombre no está haciendo nada que merezca cadenas. No es un hombre peligroso que deba permanecer bajo custodia.
Más tarde, Nerón promulgó una ley que condenaba a muerte a quienes profesaran la fe cristiana. Pero en ese momento no existía tal ley entre los romanos, así que Pablo no había quebrantado ninguna ley. De hecho, la decisión de este tribunal quedó como un testimonio contra la malvada ley que Nerón promulgaría después. Pablo fue el cristiano más activo y fervoroso que jamás haya vivido; sin embargo, hasta jueces que no simpatizaban con sus creencias decidieron que no había hecho nada digno de muerte ni siquiera de prisión. De este modo, Pablo quedó declarado inocente ante la conciencia de quienes todavía se negaban a aceptar su mensaje. Los gritos furiosos de los judíos, que decían: «¡Quítenlo de en medio! ¡No merece vivir!», quedaron avergonzados por el juicio sereno de este tribunal.
Agripa dio su opinión: Pablo podría haber sido puesto en libertad si no hubiera apelado al César (Hechos 26:32). Pero esa apelación ahora impedía que lo liberaran. Algunos piensan que así funcionaba realmente la ley romana. Una vez que un prisionero apelaba al tribunal supremo, los tribunales inferiores ya no podían ponerlo en libertad, del mismo modo que tampoco podían condenarlo. Eso quizá habría sido cierto si los acusadores hubieran aceptado la apelación y se hubieran unido al proceso. Pero en el caso de Pablo, no parece que lo hubieran hecho. Él se vio obligado a apelar para protegerse de la violencia de ellos, cuando se dio cuenta de que el gobernador no lo había protegido como debía.
Otros piensan que Agripa y Festo, el gobernante romano, no estaban dispuestos a ofender a los judíos poniendo a Pablo en libertad. Por eso usaron la apelación como una excusa para mantenerlo bajo custodia, aunque sabían que podían haber justificado su liberación. Agripa, que solo estuvo casi convencido de hacerse cristiano, termina sin hacer nada mejor que si nunca hubiera sido persuadido. El caso de Pablo muestra cuán débil puede ser una respuesta a medias.
No puedo decir si Pablo se arrepintió de haber apelado al César y deseó no haberlo hecho. Tal vez, al mirar atrás, lo consideró una decisión precipitada, pues fue lo único que impidió que lo liberaran. Quizá sintió que había actuado con demasiada prisa, con muy poca paciencia y con poca confianza en el cuidado de Dios. En ese sentido, pudo haber pensado que habría sido mejor apelar a Dios que al César. Esto concuerda con las palabras de Salomón: «¿Quién sabe qué es lo mejor para el ser humano durante esta vida?» (Eclesiastés 6:12). Lo que nos parece mejor con frecuencia termina siendo una trampa. Tenemos una visión limitada y recibimos malos consejos cuando confiamos en nuestro propio entendimiento.
O quizá Pablo estaba completamente satisfecho con lo que había hecho. Su apelación era legal, apropiada para un ciudadano romano y probablemente ayudó a que su caso se tomara más en serio ante el tribunal. Cuando apeló, le pareció la mejor opción en ese momento. Aunque más adelante pareciera una decisión imprudente, no se atormentó con remordimientos. Creía que la providencia de Dios estaba obrando por medio de aquello y que, al final, todo resultaría para bien. Además, el Señor ya le había dicho en una visión que debía dar testimonio de Cristo en Roma (Hechos 23:11). Para Pablo, importaba menos llegar allí como prisionero o como hombre libre, porque sabía que el propósito del Señor se cumpliría. Podía decir: «Que así sea. Que se haga la voluntad del Señor».
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De este capítulo
Hechos 26:1
"Entonces Agripa le dijo a Pablo: Se te permite hablar en tu defensa. Pablo extendió la mano y comenzó a responder en su defensa:"
Hechos 26:2
"Me considero dichoso, rey Agripa, porque hoy responderé ante ti acerca de todas las cosas de las que me acusan los judíos,"
Hechos 26:3
"especialmente porque sé que eres experto en todas las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos. Por eso te ruego que me escuches con paciencia."
Hechos 26:4
"Todos los judíos conocen mi manera de vivir desde mi juventud, la cual transcurrió desde el principio entre mi propia nación, en Jerusalén."
Hechos 26:5
"Ellos me conocían desde el principio y, si quisieran testificar, dirían que viví como fariseo conforme a la secta más estricta de nuestra religión."
Hechos 26:6
"Y ahora estoy aquí y soy juzgado por la esperanza en la promesa hecha por Dios a nuestros padres."
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