Versículo destacado

Hechos 24:22 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Cuando Félix oyó estas cosas, como tenía un conocimiento más preciso de aquel camino, los aplazó y dijo: Cuando baje el comandante Lisias, me informaré a fondo de su asunto. "

Hechos 24:22

menu_book El versículo en contexto

20 O que estos mismos que están aquí digan si encontraron alguna mala acción en mí cuando comparecí ante el consejo,

21 a menos que sea por esta única declaración que grité mientras estaba de pie entre ellos: Por la resurrección de los muertos, hoy ustedes me juzgan.

22 Cuando Félix oyó estas cosas, como tenía un conocimiento más preciso de aquel camino, los aplazó y dijo: Cuando baje el comandante Lisias, me informaré a fondo de su asunto.

23 Y ordenó a un centurión que custodiara a Pablo, que le permitiera cierta libertad y que no prohibiera a ninguno de sus conocidos atenderlo ni acercarse a él.

24 Algunos días después, Félix llegó con su esposa Drusila, que era judía; mandó llamar a Pablo y lo escuchó acerca de la fe en Cristo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos el resultado del juicio de Pablo ante Félix y lo que sucedió después. Félix aplazó el caso y se dio más tiempo para pensarlo (Hechos 24:22). Sabía más acerca de «ese Camino», es decir, de la fe cristiana, de lo que el sumo sacerdote y los ancianos habían supuesto. Como vivía en Cesarea, probablemente había oído de Cornelio, el centurión romano que se había convertido al cristianismo, y de otros que el cristianismo no era aquella maldad que afirmaban sus enemigos.

Félix también sabía que algunos seguidores de ese Camino eran honestos, buenos y cuidadosos con su conciencia. Por eso despidió a los acusadores con una excusa: cuando bajara el comandante Lisias, examinaría el asunto con más detalle. En efecto, estaba diciendo que tanto Pablo como los líderes judíos tenían interés en el resultado y que él quería conocer la verdad por medio de alguien más neutral. O Pablo había provocado el alboroto y merecía un castigo, o los mismos acusadores lo habían provocado y lo estaban culpando injustamente. Félix escucharía más y decidiría en consecuencia.

Esto fue una decepción para el sumo sacerdote y los ancianos, porque esperaban que Pablo fuera condenado o entregado a ellos. Pero Dios muchas veces frena la ira de los enemigos de su pueblo por medio de personas que no son sus amigos. Si incluso los extraños tienen cierto conocimiento del camino de Dios, todavía pueden alzar la voz para proteger a su pueblo.

También fue una injusticia contra Pablo, porque Félix debió haberlo puesto en libertad. Claramente vio que el caso estaba impulsado por la malicia, y un juez debe rescatar al inocente de manos de los malvados (Salmo 82:4). Pero Félix era un hombre que no temía a Dios ni se preocupaba mucho por las personas, así que no podía esperarse mucho bien de él. No solo es injusto negar la justicia; también lo es retrasarla.

Félix mantuvo a Pablo bajo custodia y se negó a aceptar una fianza, aunque Pablo tenía amigos en Cesarea que con gusto habrían garantizado su liberación. Como Pablo era una figura pública, Félix quizá pensó que podía aprovechar la situación para ganarse el favor de alguien o manejar sus relaciones con ambos grupos. Así que mantuvo a Pablo encarcelado y ordenó que un centurión, un oficial del ejército romano, lo vigilara (Hechos 24:23). Sin embargo, Pablo no fue arrojado a una cárcel común. Se le mantuvo bajo una custodia relativamente cómoda, con la libertad de moverse por la fortaleza y probablemente cierta libertad para salir bajo su palabra de honor.

Los judíos querían que mataran a Pablo, pero Félix al menos le permitió cierta libertad. No compartía el odio que ellos sentían contra Pablo ni contra la fe cristiana. También ordenó que no se les impidiera a los amigos de Pablo visitarlo. Los guardias no debían mantener alejados a sus compañeros. Una prisión se vuelve mucho más llevadera cuando se permite que los amigos vayan a visitar y servir al preso.

Después, Félix hablaba con frecuencia en privado con Pablo, y aquí se destaca uno de esos encuentros, poco tiempo después de la audiencia pública (Hechos 24:24-25). Félix quería conversar acerca de la fe en Cristo. Ya tenía cierto conocimiento del cristianismo, pero quería escucharlo directamente de Pablo, quien era reconocido como uno de los principales predicadores de esa fe. Quienes desean aprender más deben hablar con quienes conocen bien el tema. Félix quizá también quería satisfacer su propia curiosidad, o la de su esposa Drusila, una mujer judía e hija de Herodes Agripa, quien había muerto comido por gusanos. Como había sido criada en la religión judía, ella naturalmente tendría curiosidad acerca del cristianismo, que afirmaba llevar la antigua fe a su cumplimiento.

Pero el interés de Drusila no hizo mejor su vida. Era una vergüenza para la religión de la que provenía y para la vida que llevaba. Cuando Félix la tomó, ella era esposa de otro hombre, y vivía con él en adulterio. Aun así, quería escuchar acerca de la fe en Cristo. Muchas personas disfrutan escuchar ideas religiosas nuevas y conversar sobre ellas, pero no quieren que la religión gobierne sus vidas. Se alegran de recibir información para la mente, mientras su conducta permanece sin cambios.

Pablo les respondió con una verdad práctica. Quizá esperaban algo místico o especulativo, pero él habló de la justicia, el dominio propio y el juicio venidero. Probablemente también mencionó las verdades centrales del cristianismo, incluida la muerte y resurrección del Señor Jesús y su obra como Mediador, es decir, como aquel que une a Dios y al ser humano. Pero rápidamente pasó a la aplicación, dirigiéndose a sus conciencias.

Habló con claridad y seriedad acerca de la justicia, el dominio propio y el juicio venidero. Al hacerlo, mostró que la fe en Cristo tiene el propósito de fortalecer las grandes exigencias de la justicia y del dominio propio. La gracia de Dios nos enseña a vivir de manera sobria y justa (Tito 2:12). Incluso los maestros paganos de moral elogiaban la justicia y el dominio propio; por eso, si el mensaje de Pablo hubiera significado libertad de esas responsabilidades, Félix lo habría recibido de inmediato. Pero Pablo enseñaba lo contrario. El evangelio de Cristo ata a las personas con mayor firmeza a la honestidad, la justicia, la negación de sí mismas y el dominio del cuerpo.

Por medio del bautismo, los creyentes han renunciado al mundo y a la carne; por eso, todas sus actividades y placeres deben estar gobernados por la fe. Pablo habló de la justicia y del dominio propio para confrontar a Félix con su propia injusticia y falta de dominio, pecados por los que era bien conocido. Quería que Félix viera lo repugnante que era ese pecado y cuán expuesto estaba a la ira de Dios por causa de él (Efesios 5:6). Entonces, al reconocer ese peligro, Félix podría haber buscado la fe de Cristo con un corazón sincero.

Por medio de la enseñanza de Cristo aprendemos acerca del juicio venidero. Ese juicio determinará finalmente y para siempre la condición eterna de cada ser humano. Las personas pueden tener ahora su propio día, y Félix tenía el suyo, pero se acerca el día de Dios, cuando todos darán cuenta ante Dios, el Juez de todos. Pablo razonó acerca de esto; es decir, mostró por qué debemos creer en el juicio venidero y por qué esa verdad debe impulsarnos a vivir fielmente.

A partir de este resumen de los temas principales de Pablo, podemos observar varias cosas. Pablo no mostraba favoritismo en su predicación, porque la palabra de Dios tampoco muestra favoritismo. Presentó las mismas verdades y advertencias al gobernador romano que a las demás personas. También se dirigió a la conciencia de las personas, no a su curiosidad ni a su orgullo. Quería que reconocieran sus pecados y entendieran su deber y su verdadero bien.

Pablo valoraba más servir a Cristo y salvar almas que su propia seguridad. Félix tenía autoridad sobre él, incluido el poder de ponerlo en libertad o mantenerlo preso. Pablo tuvo la oportunidad de ganarse el favor de Félix, suavizar la situación y quizá incluso poner a Félix en contra de sus acusadores, pero ignoró todo eso. Lo que más le importaba era hacer el bien y cumplir con su deber. También estaba dispuesto a esforzarse y correr riesgos aun cuando las probabilidades de éxito parecieran escasas. Félix y Drusila, su esposa, estaban tan endurecidos en el pecado que parecía poco probable que Pablo los llevara al arrepentimiento, especialmente en circunstancias tan desfavorables. Aun así, Pablo trató con ellos como quien no se daba por vencido respecto a ellos.

También vemos el efecto que tuvo el mensaje de Pablo en este hombre poderoso pero malvado. Félix tembló; es decir, de repente se llenó de temor y se convirtió en un terror para sí mismo, como Pashur en (Jeremías 20:3-4). Pablo no tembló delante de Félix, pero Félix tembló delante de Pablo. Parecía pensar que, si Pablo tenía razón, algo terrible le esperaba en la vida venidera; si los injustos y los que viven entregados a sus deseos serían condenados en el juicio venidero, entonces estaba perdido para siempre a menos que cambiara su vida. No se nos dice que Drusila temblara, aunque era igualmente culpable. Era judía y probablemente se apoyaba en la ley ceremonial, confiando en que esta la excusaría. Félix, en cambio, no tenía ningún consuelo que calmara su conciencia, así que tembló.

Aquí vemos el poder de la palabra de Dios cuando viene con autoridad divina. Escudriña el corazón, sobresalta al pecador y puede infundir temor en la persona más orgullosa y atrevida al dejar al descubierto sus pecados y mostrarle los terrores de Dios. También vemos la obra de la conciencia natural. Cuando la conciencia despierta, llena el alma de horror ante su propia corrupción y peligro. Quienes son temidos por otros en esta vida pueden llegar a sentir terror de sí mismos cuando su conciencia es despertada. El pensamiento del juicio venidero basta para hacer temblar incluso al corazón más fuerte. Cuando ese día llegue realmente, hasta los gobernantes poderosos clamarán a las rocas y a las montañas que los escondan, pero será inútil.

Entonces Félix intentó deshacerse del temor que las palabras de Pablo habían producido en él. Trató esas convicciones de la misma manera en que había tratado a los acusadores de Pablo: las aplazó. Le dijo: «Vete por ahora; cuando encuentre un momento conveniente, te llamaré». Tembló, pero nada más. El temblor de Pablo en (Hechos 9:6) y el del carcelero en (Hechos 16:29) terminaron en conversión, pero el de Félix no. Muchas personas son sacudidas por la palabra de Dios, pero nunca son verdaderamente transformadas por ella. Muchos temen las consecuencias del pecado y, aun así, siguen amando el pecado mismo.

Félix no luchó contra sus convicciones. No atacó a Pablo ni al mensaje porque le inquietara la conciencia. Tampoco amenazó a Pablo con un trato más severo o con la muerte por hablarle de su pecado, como Herodes había tratado a Juan el Bautista. En vez de eso, hábilmente apartó el asunto y lo aplazó. No tenía nada sólido que objetar a las palabras de Pablo. Eran serias y dignas de reflexión. Pero, como un deudor que pide más tiempo, en efecto dijo: «Por ahora, detengámonos aquí. Estoy ocupado. Cuando tenga un momento más conveniente, te llamaré para seguir escuchándote».

Muchas personas pierden el beneficio de la convicción porque no actúan mientras el asunto todavía está fresco. Si Félix, mientras temblaba, hubiera preguntado qué debía hacer, como lo hicieron Pablo y el carcelero, quizá habría llegado a la fe en Cristo y habría sido verdaderamente feliz para siempre. En cambio, al aplazar su convicción, la perdió, y se perdió a sí mismo con ella. En la obra que Dios hace en el alma, la demora es peligrosa. Nada es más dañino que posponer de un momento a otro el arrepentimiento y la conversión. Las personas dicen que se arrepentirán y se volverán a Dios, pero no todavía. Esperan una temporada mejor, después de terminar alguna tarea o cuando sean mayores. Entonces la convicción se desvanece, las buenas intenciones no producen nada y el corazón se vuelve todavía más duro en el mal.

Félix aplazó el asunto para un momento «más conveniente», pero no se nos dice que ese momento haya llegado alguna vez. El diablo nos roba todo nuestro tiempo al robarnos el momento presente. Sin duda, el presente es el mejor momento. Debemos recordar que este es el tiempo aceptable y que hoy, mientras todavía se llama «hoy», debemos escuchar la voz de Dios.

Después de todo esto, Félix siguió manteniendo a Pablo en prisión, y Pablo permaneció allí hasta que Félix fue destituido de su cargo dos años después (Hechos 24:26-27). Félix estaba convencido en su conciencia de que Pablo no había hecho nada que mereciera la muerte ni siquiera la prisión, pero aun así le faltó la honestidad necesaria para ponerlo en libertad. Pablo le había hablado de la justicia, y Félix había temblado al pensar en sus propias malas acciones; sin embargo, continuó actuando con una injusticia evidente. La razón era peor que una simple debilidad: estaba dominado por el amor al dinero.

No quiso poner en libertad a Pablo porque esperaba obtener dinero de él. Con el tiempo, quería que los amigos de Pablo pagaran por su libertad. Así podría aliviar su conciencia poniendo en libertad a Pablo y, al mismo tiempo, alimentar su avaricia. No podía decidirse a cumplir con su deber como juez si no obtenía algún beneficio de ello.

Esperaba que Pablo, o alguien en su nombre, le diera dinero, y entonces lo dejaría libre. Con esa esperanza, mantuvo a Pablo en prisión y lo mandaba llamar con frecuencia para conversar con él. Pero ya no quería escuchar acerca de la fe en Cristo. Había oído suficiente acerca de Cristo y del juicio venidero, así que Pablo no debía volver a esos temas. En vez de eso, Félix quería hablar de la liberación de Pablo, o en realidad, del precio de su libertad.

Félix tenía demasiada vergüenza para preguntarle claramente a Pablo cuánto le daría. Por eso lo mandaba llamar para tantear el terreno y darle la oportunidad de preguntar cuánto costaría su libertad. En esto vemos qué pasó con su promesa, tanto a Pablo como a sí mismo, de escuchar más acerca de Cristo en otro momento conveniente. Tuvo muchas oportunidades convenientes para hablar de ese asunto, pero nada resultó de ellas. Su única preocupación ahora era obtener dinero de Pablo, no aprender de Cristo por medio de él.

Es justo que Dios diga de quienes juegan con sus convicciones y creen que pueden acudir a su gracia cuando quieran: «Mi Espíritu no seguirá luchando con ellos». Cuando las personas se niegan a escuchar hoy la voz de Dios, mientras todavía se llama «hoy», con frecuencia su corazón se endurece por el engaño del pecado. Pablo era pobre y no tenía plata ni oro para comprar su libertad. Pero Félix sabía que Pablo tenía amigos que se preocupaban por él y podían ayudarlo. Poco antes, Pablo había reunido una cantidad considerable de dinero para los santos pobres, es decir, para los creyentes necesitados. Por eso podía esperarse que los creyentes más ricos dieran algo para liberarlo. Me sorprende que no lo hayan hecho.

Pablo merece reconocimiento porque no quiso ofrecerle dinero a Félix ni pedirles dinero a las iglesias, pues su espíritu noble y generoso no se rebajaría a ninguna de las dos cosas. Sin embargo, no sé si sus amigos merecen elogio por no hacerlo en su favor. Debieron haber intercedido por él ante el gobernador con tanta insistencia como sus enemigos lo hicieron en su contra. Si un regalo era necesario para abrir el camino hacia personas importantes, como dice Salomón, quizá podían haberlo hecho legítimamente. Nadie debe sobornar a un juez para que haga algo malo. Pero si un juez no está dispuesto a hacer lo correcto sin recibir un pago, darlo no es más que obtener justicia para uno mismo. Si ellos podían haber actuado así, fue una vergüenza que no lo hicieran.

Me avergüenza que permitieran que un hombre tan grande y útil como Pablo permaneciera en la cárcel cuando un poco de dinero podía haberlo liberado y enviado de nuevo a su trabajo. Los cristianos de Cesarea, donde Pablo estaba detenido, habían llorado en otra ocasión para evitar que fuera encarcelado (Hechos 21:13). ¿Acaso no podían también desprenderse de dinero para ayudarlo a salir? Aun así, Dios pudo haber tenido un propósito en todo esto. Las cadenas de Pablo estaban destinadas a contribuir a la difusión del evangelio de Cristo, y por eso tuvo que permanecer encarcelado. Pero eso no excusa a Félix, quien debió poner en libertad a un hombre inocente sin pedir ni aceptar nada a cambio. Un juez que no hace lo correcto sin un soborno seguramente hará lo incorrecto por un soborno.

Félix también actuó motivado por el deseo de agradar a la gente. Cerca de dos años después, fue destituido de su cargo y Porcio Festo ocupó su lugar. Uno habría esperado que Félix terminara su gobierno con un acto de justicia y pusiera a Pablo en libertad, pero no lo hizo. Dejó a Pablo encadenado porque quería hacerles un favor a los judíos. No lo entregó a la muerte solo para complacerlos, pero prefirió mantenerlo en prisión antes que ofenderlos. Esperaba que esto compensara las muchas ofensas que ya había cometido contra ellos.

Félix pensaba que Pablo no tenía ni la influencia ni el deseo de acusarlo ante el tribunal por mantenerlo detenido tanto tiempo, en contra de la ley y de la justicia. Pero temía que el sumo sacerdote y los ancianos lo acusaran ante el emperador por los males que él les había hecho. Así que esperaba que, al complacerlos en este asunto, pudiera mantenerlos callados. Quienes hacen cosas vergonzosas con frecuencia sienten la tentación de cometer otras cosas vergonzosas para encubrirse y sostener lo que ya han hecho. Si Félix no hubiera tratado mal antes a los judíos, no habría necesitado hacer esto para agradarles. Pero aun después de hacerlo, no obtuvo lo que quería. Los judíos siguieron acusándolo ante el emperador, y algunos historiadores dicen que Festo lo envió a Roma encadenado. Si fue así, el recuerdo de la ligereza con que Félix trató las cadenas de Pablo seguramente hizo que sus propias cadenas le pesaran más.

Quienes procuran agradar a Dios haciendo el bien obtendrán lo que buscan. Pero no sucede lo mismo con quienes intentan agradar a la gente haciendo el mal.

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